Las nubes
Álex llegaba por la mañana, se ponía un cinturón de estibador, agarraba la manguera y regaba el jardín o llenaba la regadera de mano, minúscula en sus manazas, y les ponía agua a las materas de los cuartos y de los corredores.
El cinturón, pensaba yo, era el símbolo de su fuerza.
El cinturón, decía Misael, era para que la regaderita no fuera a causarle alguna hernia.
Silencioso, terminaba lo que se le había indicado y, sin darse una pausa, preguntaba si había algo más para hacer.
No tenía iniciativa, no quería tenerla, y no cometía errores, pues con el sistema de obedecer al pie de la letra y dejarle toda la responsabilidad a quien asignara el trabajo, era imposible cometerlos.
El suyo era así un mundo equilibrado, sin enredos.
Por la señora que ayudaba con las tareas de la casa, Carmelita, me enteré de que se llamaba Alejandro Lopera, tenía cincuenta años, era soltero y no sabía leer.
Pero no valieron la ayuda de Álex y mi pasión por las plantas.
Mientras más trabajábamos más descontento me sentía, y solamente al final de esos primeros dos años, con la llegada de Aurora, empezaría el trabajo a definirse mejor y yo a salir de un azaroso estado de desesperanza que venía empeorando día tras día.
Era instructora de yoga certificada y además sabía mucho de plantas y de jardines.
Aunque bonita y de modales delicados, tenía bastante fuerza física, y como provenía de familia campesina —campesinos pudientes que cultivaban caña de azúcar en su finca del noroeste del país— las plantas le respondían.
A mí no se me daban demasiado bien, aunque tampoco demasiado mal, y, sin ser torpe, no era particularmente hábil con las manos.
Estaba aún firme por esos días y era bastante flexible, pero se me habían juntado los años y mi fuerza física había disminuido.
El día de su llegada recorrimos juntos el jardín mientras yo me extendía sobre lo que había hecho hasta ahora y sobre lo que pensaba hacer.
Dejé de hablar cuando me pidió la palita de jardinería.
Se acuclilló con las rodillas hacia un lado, como si llevara falda, para examinar la tierra de un bancal de lavanda que estaba demasiado amarillento, aunque bastante florecido.
El bluyín no le entorpecía para nada los movimientos.
Se levantó, sonrió, y yo seguí exponiendo mis pensamientos sobre el jardín.
Hacía mucho que no hablaba tanto y con tanto entusiasmo.
Había comenzado mis trabajos, le dije, con la idea de que en aquel muy antiguo juego de luz y sombra que eran los jardines solamente se necesi taba agua, mucha vegetación y algunas piedras.
Con el tiempo me daría cuenta de que en eso había y no había tenido razón, pues si bien algunos jardineros lo lograban, otros se quedaban con sólo el agua, la vegetación y las piedras.
Le mostré fotos tomadas a los seis meses de comprada la propiedad, en las cuales aparecían recién puestas las primeras tres piedras grandes que había hecho traer con una retroexcavadora.
En otra foto aparecían las mismas, un año después.
Es posible que estén vivas e incluso que tengan espíritu, como afirman algunos, pero las piedras son lo que menos cambia.
Las de las fotos seguían iguales, por supuesto, aparte de algunos musgos que yo les había sembrado y no terminaban de prender, mientras todo a su alrededor se veía domesticado y soso.
A pesar de lo mucho que había trabajado, a pesar de lo mucho que lo había disfrutado, no sentía yo que durante el último año hubiera hecho progreso alguno. En mi opinión, había retrocedido.
Desde el principio fue para mí claro que no debía adentrarme demasiado en el caos, le expliqué a Aurora, pues ese no es jardín, ni tampoco acercarme mucho al club campestre ni al jardín botánico.
De los tres males prefería el primero, pero en este momento mi jardín estaba mucho más cerca del jardín botánico.
Yo quería crear un lugar que diera la impresión de haberse formado sin intervención alguna y lo que tenía era una colección de árboles y plantas sembrados a lo largo de un camino que daba curvas entre piedras de varios tamaños, algunas bastante grandes, detrás de una casa hermosa, grande, muy vieja, en una ciudad antigua y maltratada, situada entre dos ríos muy caudalosos, maltratados también, mugrosos.
Cristina, mi hija, pensó que me estaba halagando y alegrando al comentar justo eso, que mi casa parecía un jardín botánico.
No se dio cuenta de lo desanimado que me dejaba el comentario.
—Un jardín es un mandala, don Esteban —dijo Aurora cuando terminamos el recorrido por el sendero.
Llevaba una camisa azul de tela parecida a la seda, que dejaba ver un brasier blanco con rositas rosadas.
Usaba bluyines ceñidos, como era la moda, y sus sandalias de cuero, con tiras que subían un poco por los tobillos, y el pelo negro y ondulado, que le llegaba a los hombros, le daban cierto aire de joven dama romana.
Su manera de vestirse no era propiamente elegante ni de buen gusto convencional, pero sí muy atractiva.
Todo eso lo vi sin perder detalle y a pesar mío, y ella aceptó mi admiración, tan intensa que yo mismo quedé sorprendido, con naturalidad y tranquilidad, como si estuviera acostumbrada a recibirla.
—Los monjes tibetanos crean pinturas con arena de colores, lindísimas, que al final deshacen con la mano —dijo—. Lo importante es vivirlo.
Al principio, recién llegada, esa y otras frases semejantes me sorprendieron, en especial por ve nir de una persona de escasos treinta años, pero con los días me fui dando cuenta de que no eran propias.
Las había leído u oído en alguna parte, lo cual no estaba mal, pensé, teniendo en cuenta que uno a esa edad aún se está educando y así se enriquece.
—Estos ladrillos se están poniendo musgosos, don Esteban. Hay que lavarlos con jabón y cepillo, porque se vuelven peligrosos.
Aurora tenía la edad de Cristina, mi hija, quien vivía desde hacía algunos años en Brighton con su marido y con Juliana, mi única nieta.
Aunque se parece bastante a la mamá, mi hija y yo hemos sido siempre muy cercanos.
En la época de las grandes peleas, Cristina, aún de niña, tendía a ponerse de mi parte, por considerarme más noble, más afectuoso y respetuoso que Victoria, y frágil en comparación con ella.
Esa opinión cambiaría con los años. Después de las discusiones más fuertes, Victoria y yo pasábamos días sin hablarnos, y la tensión en la casa oprimía.
Mi fragilidad se ponía en evidencia para la niña en el hecho de que yo dejara de comer y de hablar, mientras que a la madre los conflictos, muy en especial los conyugales, parecían abrirle el apetito y hacerla aún más locuaz.
Otra señal de mi vulnerabilidad era la costumbre de sentarme en el cuarto de la niña durante horas, envuelto en una cobija, a leer en el piso entapetado, la espalda apoyada en un cojín contra la pared, sin casi ha blar y como buscando refugio del frío que me producían las peleas con Victoria.
La niña me llevaba té endulzado con mucha miel, que me tomaba después de acariciarle la mejilla con el dorso de la mano.
Hablábamos un poco de sus asuntos, no de los míos, y cuando terminaba el dulcísimo té le entregaba el pocillo y otra vez me envolvía con cuidado en la cobija y desaparecía en la lectura.
Juliana, la niña de Cristina, se parecía a ella cuando estaba de su edad y, lo mismo que a Cristina veinte años atrás, yo la intrigaba.
Durante la época de mi reclusión en el apartamento, por ejemplo, cuando la familia todavía no se había ido para Inglaterra, a la niña le había parecido muy peculiar que su abuelo hubiera decidido no salir más, y cada vez que me visitaba preguntaba que si había salido hoy y que cuándo pensaba salir o si era cierto que nunca jamás iba a salir.
La palabra «salir» se repetía muchas veces en la pregunta.
Juliana tenía siete años, edad de la gran borrachera de la imaginación, y seguramente pensaba que yo llegaba a la puerta del apartamento, la abría y me quedaba en el umbral, sin avanzar ni un centímetro hacia el exterior, como si me detuviera un vidrio.
Después de que Aurora mencionó los peligros de los ladrillos musgosos, nos quedamos en silencio.
—Mi hija Cristina es de su misma edad. Vive en Brighton. Inglaterra —dije, y sonrió, tal vez por mi aclaración del país en el que estaba Brighton.
Dos semanas después, cuando llegó a quedarse, me llamó la atención su escaso equipaje, en especial si se tenía en cuenta que era bonita y joven.
No vi cosméticos. La acomodé en uno de los cuatro cuartos que tenían ventana a la calle, y su ropa no alcanzó a llenar ni la mitad del armario.
Cama sencilla con colchón firme y cómodo, mesa de noche con su lámpara, biblioteca con mis pocos libros de arquitectura y diseño de jardines, y en la pared la tela estampada con el círculo de los taoístas, que yo había colgado entre dos varas de bambú.
Recorrimos por segunda vez el jardín. Me produjo buena impresión que no dijera nada ni alabara nada y mirara todo con cierto desapego y distancia, como quien estudia un corte de tela, una piedra o un trozo de madera para ser cortados o tallados.
A unos veinte metros de la casa, en la primera curva de la senda que llevaba a la puerta de hierro, había puesto yo un monje de bronce sentado en flor de loto.
Medía cuarenta centímetros de alto y estaba sobre una laja muy grande de piedra, montada a su vez sobre un desfondado lavadero de cemento que seguramente llevaba mucho tiempo allí abandonado, pues cuando compré había desaparecido ya bajo una hiedra.
Después de acomodar al monje se me había ocurrido rodear lavadero, monje y laja con tres grandes lajas montadas a diferentes alturas sobre otras piedras.
Lo veía como un monje que flotaba en una nube en medio de otras nubes.
Aurora, después de pensarlo un momento tal vez demasiado largo, estuvo de acuerdo con aquella imagen.
Lo llamó «el gordito», pues no parecía una figura sagrada sino un fulano cualquiera meditando; un monje del montón y con algo de sobrepeso.
Yo le había sembrado alrededor helechos y unas matas de hojas gigantes de color morado oscuro, casi negro, así como una planta de hojas parecidas a las de los nenúfares, pero más pequeñas, y flores comestibles, anaranjadas, muy luminosas y que algunos usan para adornar las ensaladas.
Mi idea era que el gordito desapareciera en la manigua con nubes y todo.
Ella se toma su tiempo mirando la vegetación que lo rodea, y nada comenta.
Días después me pregunta que si la dejo organizarlo distinto.
Lo pienso un momento y acepto. Yo habría sido capaz de vender el alma para ver el asunto realizado.
Con algunos cambios en la ubicación de las piedras, con algunos quiches en el trasfondo y con enredaderas de distintas variedades, el gordito, sin dejar de estar presente, se hizo poco a poco invisible en la manigua.
Era lo que yo había venido buscando desde hacía mucho tiempo.