Las noches todas El taxi
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El taxi

Me instalé en la casa la misma semana de la firma de la escritura.

Muebles y libros quedaron en un depósito y llegarían cuando se terminaran los trabajos de renovación.

El bus entró a la ciudad casi de noche y tomé en la terminal un taxi destartalado, manejado por un hombre aún joven.

Veloz, locuaz. No terminaba de acomodarme cuando me dijo que había llegado hacía tres años, después de comprar en la capital un carro con permiso de funcionamiento de esta ciudad…

Al asiento se le sentían los resortes.

—¿Este carro?

—¿Cómo me dice?

—¿Compró este taxi?

—La carrocería deja que desear, en eso el señor tiene razón, pero de motor está bien. Lo costoso es la licencia. La licencia es lo que vale.

Cuando compró el taxi tenía treinta años, estaba todavía soltero y sin hijos, y podía vivir donde quisiera.

Si la licencia hubiera sido de una ciudad del Pacífico, allá estaría ahora, tal vez casado con alguna mujer negra de las grandes y altas que hay por esos lados.

Mónica, su mujer, era pecosa y color de hormiga brava.

El niño también era color candela. Siete años.

Al llegar a la ciudad, Misael había tenido que enfrentarse con los taxistas locales, descontentos por que alguien de afuera les estuviera quitando la clientela.

Lo agredían, lo amenazaban, hasta que se compró un revolvercito, se les plantó en la raya y no lo molestaron más.

Andaba siempre con cuidado, eso sí, no fuera que lo mataran a traición en alguna calle poco iluminada o en una carretera demasiado sola, pero ya lo pensaban dos veces antes de agredirlo.

Me mostró el revolvercito, que no era tan diminutivo tampoco, aunque sí bastante lúgubre.

Para corresponder a la confianza que había mostrado al contarme lo del arma, mencioné entonces mi proyecto de renovación de la casa y también el del jardín.

«Eso le va a costar su billete», comentó.

Llegamos. Le pedí una tarjeta. No tenía tarjetas.

Revolvió entonces en la guantera, que encerraba un caos de trapos, libretas con documentos, herramientas pequeñas, un carrito de plástico azul, recibos sueltos, la billetera, monedas, el revólver y polvo, hasta encontrar un pedazo de papel cuadriculado, donde escribió su nombre, Misael, y su número de teléfono.

Antes de irse ofreció mandarme un maestro de obras amigo suyo, de nombre Alvarito, para que me cotizara los trabajos, y yo dije que sí, por favor, y que se le agradecía.

Las llaves del alto portón eran grandes y pesadas, parecidas a las de las iglesias o a las de entrar al cielo.

Puse en el cuarto del tercer piso el colchón inflable que me había prestado Lucía.

Aquel piso consistía solamente de ese cuarto o mirador, que tenía tres ventanas grandes y un balcón con vista al solar completo y a las montañas lejanas.

Me recosté unos minutos y decidí salir al día siguiente a comprar una buena cama en algún centro comercial, pues el colchón inflable era estrecho y desagradable al tacto y al peso.

En la casa hacía calor y olía a moho, a encierro, a polvo.

Del solar, donde el espacio era negro puro en aquella noche oscura, subía un olor fuerte a vegetación de tierra caliente, que la lluvia hacía poco había alborotado.

También subía el canto de las ranas. Y su canto y ellas mismas y el olor a vegetación y todas las demás cosas, tanto las que tienen nombre como aquellas que no lo tienen, parecían orientarse desde el espacio negro del solar hacia la gran noche, como girasoles.

Me quité la camisa frente al gabinete del baño.

Barriga no demasiado protuberante, de persona flaca de sesenta y siete, blanca.

Músculos cediendo. Estatura mediana. Pelo abundante aún, liso, gris, vigoroso, más bien largo.

Frente ni ancha ni estrecha. Ojos cafés, comunes y corrientes.

Esclerótica aún blanca por aquellos días.

Mirada que expresaba amabilidad, timidez, distancia.

Bolsas debajo de los ojos, incipientes. Contento de haber llegado, aunque me sentía solo.

No estoy solo, claro que no , pensé con rapidez, como corrigien do una imprudencia cometida frente a algún estricto tribunal integrado por los más gregarios de entre mis semejantes.

Tenía familia, tenía exesposa y todo, tenía a mi hija, a mi nieta. No estaba solo.

Por las noches el agua suena siempre duro al caer, y más aún en aquella casa vacía y todavía extraña.

El acueducto de la ciudad venía desde muy arriba de las montañas vecinas, y el chorro de la ducha era abundante y muy frío.

Se me pegó la piel contra las costillas.

Me habría podido dar el lujo de alojarme algunos meses en un hotel con agua caliente y aire acondicionado mientras habilitaba una parte de la casa, pero me entristecen los hoteles y más si tienen aire acondicionado.

Mejor instalarme de una vez, a pesar del agua helada, el polvo y los ratones.

El colchón de aire parecía natilla o flan y me auguraba una noche aún más mala que de costumbre.

De unos años para acá venía levantándome muchas veces en las noches, a caminar por la casa o a leer sin ganas.

Dormía una hora y volvía a despertarme, a levantarme a pasar las páginas sin prestarles demasiada atención y a seguir caminando.

Dormía otra hora y otra vez me levantaba.

No quería leer ni caminar, quería dormir.

La noche parecía moverse al revés, alejándome cada vez más de un amanecer que, contra toda evidencia y esperanza y después de siglos, terminaba siempre por llegar.

Contrario a lo que esperaba, dormí cinco horas seguidas, cosa que no lograba desde hacía años, y al abrir los ojos y ver la luz del día me alegré como por un triunfo.

Y a eso de las siete, justo cuando terminaba de colar el café, tocó en la puerta el maestro Alvarito que, ya en la cocina e incluso antes de sentarse, comenzó a elogiar sin reservas la calidad de su propio trabajo.

—Le voy a ser franco, don Esteban. Hay maestros de obra que le van a cobrar más barato que yo. Yo cobro caro, pero trabajo a conciencia y cumplo. Lo mío es calidad cinco admirado.

—¿Azúcar, maestro?

Revolvió con energía las cuatro cucharadas colmadas y siguió hablando muy bien de él mismo y de su trabajo, lo cual me dio ya mala espina.

Comenzada la obra, y comenzó esa misma semana, vi que, en efecto, su trabajo era a duras penas pasable y que además tendía a atrasarse, pues se enredaba y ofuscaba al enfrentarse con los trabajos más complicados, que muchas veces debía desbaratar y comenzar de nuevo.

Y cobraba mucho más que los otros albañiles, en proporción directa a la autoestima, tal vez, e inversa a la estatura, pero como no se rebajaba confundiendo las cuentas ni robándose el cemento o los ladrillos, cosa que sucedía con muchos albañiles de estaturas más altas y egos y tarifas más bajos, decidí no buscar otro.

La adecuación de la parte de la casa donde iba a vivir no ofrecía problemas.

Se agarraron las go teras, se renovaron los tres baños, se resanaron y pintaron las paredes.

Y todo quedó bien, menos los toalleros, tan bajitos que casi había que agacharse para colgar las toallas; las baldosas unidas unas a otras con franjas de cemento demasiado anchas; los gabinetes torcidos, y algunos desagües de funcionamiento lento, que mejorarían al sacárseles los residuos de cemento que el maestro les había dejado.

Calidad si acaso tres, diría yo, y sin mucho para admirar.

Empecé a trabajar de tiempo completo en el jardín.

Como a Alvarito no le había resultado obra luego de dejar habitable la casa, aceptó la de templar bien el alambre del cerco que encerraba el gran rectángulo del solar y empataba con las tapias de la calle.

Le sembramos rosas de flores pequeñas rojo vivo y púas afiladas y ponzoñosas, salvajes más que silvestres, que no dejaban pasar ni a las abejas.

En un depósito de materiales de demolición encontré una puerta de hierro que puse en medio del seto y daba a la finca del vecino.

Para ir a la casa del señor Ezequiel se caminaban cinco minutos por un sendero que recorría una muy enmontada arboleda de naranjos llenos de parásitas, pero que daban fruto todavía.

Al sentirme llegar, los perros se disparaban del corredor ladrando como si fueran a despedazarme, y de repente empezaban a saludar.

Uno de ellos bajaba la cabeza, la volteaba mirando hacia arriba y sonreía con los dientes inferiores.

El señor Ezequiel ni siquiera los llamaba.

Cada vez que iba a visitarlo y se me venían encima, el vecino me decía que no me preocupara, que esos chandosos aparte de ladrar, comer y dormir no era mucho lo que hacían.

Los perros del señor Ezequiel se llamaron siempre Azabache, Lola y Tarzán, y nunca logré saber cuál era cuál, pues el vecino, cuando se morían, los remplazaba con otros a los que daba el nombre de los muertos y rara vez se parecían a ellos.

Al faltar él, su yerno puso fin a esa especie de dinastía cuando metió en costales a los tres de la última generación y los arrojó al río.