Las noches todas El bus
3%
Las noches todas

Las noches todas

Por Tomas Gonzalez

© inepub.com

El bus

Nunca he tenido carro y uso lo menos posible el motor de explosión en cualquiera de sus manifestaciones.

El motor, les decía a mis estudiantes, la amplificación del sonido y la expansión urbana son tres grandes males que han venido deteriorando a fondo la calidad de vida de la especie humana desde hace más o menos ciento cincuenta años y que bien podrían ser la causa de su extinción.

La humanidad asfixiada por su basura, sus ladrillos y su mala música.

También me desagradaban los buses y los camiones, pero no tenía más remedio que usarlos, por lo menos mientras terminaba lo de la compra de la casa y trasteaba los muebles y los libros.

Decían mis amigos que yo me pensaba anticapitalista, pero que en realidad era precapitalista y que bien podría vivir en alguna tribu amazónica o comuna hippie o con grupos como los amish, que se niegan a pasar del arado, la mula y la carreta.

Hippie vestido de gerente, decían, refiriéndo se a mis vestidos de tonos discretos y a las corbatas y zapatos de buena marca, ropa que terminé por detestar como se detesta el uniforme de trabajo y dejé de usar para siempre jamás desde el primer día de la jubilación, cuando me recluí en el apartamento y pasé a la piyama, las pantuflas y la ruana o el chaleco de plumas.

—Cada época a su modo —dice mi amiga Lucía siempre que tocamos el tema del motor de explosión—. Hoy te matan los carros, antes lo hacían las patadas de mula.

Sobre los arrollamientos y las patadas digo «qué vaina» y pienso que, así y todo, a la hora de morir es preferible la mula, pues está viva y es bella, pero nada digo, ya que a la mención de belleza Lucía va a traer a cuento los taxis de Londres y los carritos Mini Morris, y vamos a llegar al mismo callejón sin salida de otras veces: que nadie sabe lo que es la belleza, que la Belleza con mayúscula no existe y todas las demás verdades de ese corte, muy sonoras, pero que no aclaran nada.

¡Como si uno bajara de la capital con las piernas todas cómodas, mirando las montañas por los amplísimos vidrios de los taxis de Londres!

Yo conocía bien la ciudad donde iba a vivir, pues de allí era mi familia materna, de la que sólo quedaban algunos primos, a los que no veía desde hacía mucho tiempo.

Fundada trescientos años atrás, había venido perdiendo en gracia y en belleza desde hacía veinte o treinta por culpa de aquellos tres males.

La nueva arquitectura, que ni siquiera podía llamarse moderna sino disparatada, se expandía sin control.

Aparecían barrios de la noche a la mañana.

De la noche a la mañana se levantaban edificios de más de diez pisos, con vidrios azules que espejeaban.

En el centro histórico se apiñaba un tráfico maloliente de motocicletas, buses y automóviles.

Casas de más de doscientos años eran reformadas y desfiguradas para que funcionaran en ellas ventas de buñuelos, almacenes de electrodomésticos, ferreterías, asaderos de pollos.

Y la música en algunos sectores sonaba tan fuerte que rechinaban las frecuencias altas y hacían doler los oídos, mientras las bajas repercutían en el corazón y en los intestinos.

La ciudad estaba cruzada en un costado por un río ancho y poderoso, de aguas de color barro, sobre el que volaban garzas, gallinazos y cormoranes, y en el cual, justo al comienzo del casco urbano, desembocaba otro río un poco menos grande y de un café mucho más oscuro, casi negro.

En este último se vertían, muchos kilómetros más arriba, los desechos químicos de las fábricas y los desechos orgánicos de los ocho millones de habitantes de la capital.

Abundaban los peces a la altura de la desembocadura, pero según las autoridades sanitarias no eran aptos para el consumo humano.

Y se decía que los caimanes, capaces de ingerir cualquier clase de materia orgánica y hasta inorgánica, tóxica o no tóxica, viva o muerta, pre ferían vivir en sus aguas, no en las del más grande, por el mucho alimento que en ellas encontraban.

Se podían consumir con menos riesgo los peces del río mayor, pero muchos sólo lo hacían si estaban seguros de que habían sido pescados antes de la desembocadura.

En aquella ciudad, bella aún, aunque asediada por el desorden y la desarmonía, en la que había pasado yo casi todas las vacaciones de niño y aun de adolescente, compré una casalote y empecé a trabajar en el jardín.

La casa era de tapias y una parte estaba en ruinas.

De cada lado se levantaba una pared a lo largo de la calle, que era la última de la ciudad por aquel costado.

Allí empezaba el campo y la calle se volvía carretera.

Mi propiedad quedaba al final del sector colonial, por el sur, no por el lado de los ríos.

La parte habitable tenía doscientos metros cuadrados, las ruinas otros doscientos, y el resto, es decir, el lote o jardín, aproximadamente dos mil.

Una fila de acacias amarillas corría a lo largo del lindero con la propiedad vecina.

De las avenidas y calles cercanas alcanzaba a llegar el fragor de motocicletas, carros y buses, pero el grosor de las tapias y su misma antigüedad suavizaban el ruido y lo hacían remoto.

Mi vecino del lado de las acacias, único colindante, anciano de ochenta y cinco años, viudo, el señor Ezequiel, se la pasaba sentado en el corredor de su casa, antigua también y construida en un alto en el centro de la propiedad, sombrero de fieltro y poncho de algodón a pesar del calor, mirando con calma cómo sus diez hectáreas, donde alguna vez había cultivado frutales, se enmalezaban, se enmarañaban, se ponían selváticas.

—¿Y es que no está haciendo frío, su señoría?

—me dijo el día que nos conocimos, cuando le pregunté que si sufría de frío.

En sus gestos y tono de voz se sentía la dulzura de la vejez avanzada.

El señor Ezequiel recibía de los urbanizadores ofertas multimillonarias que estudiaba durante meses y terminaba siempre por rechazar.

Disfruté de su vecindad y de su compañía durante casi diez años y lamenté su muerte.

El señor Ezequiel acostumbraba llevarme de regalo racimos de bananos que yo colgaba de las vigas del corredor y compartía con los pájaros; también manojos de yucas.

A su muerte, la hija le entregó todo al marido, gordo, conflictivo, rubio, de ojos azules, y de ese modo me llegaron, justo cuando el trabajo en el jardín estaba casi logrado, los problemas personales y legales que no había tenido hasta entonces.