30. Las raíces
—Euriclea —dije, sin mirarle—, prepárale la cama fuera de la alcoba bien construida, la que hizo él mismo. Sacadle el lecho y echadle encima pieles, mantas y colchas espléndidas.
Lo dije con la voz más tranquila del mundo. Igual que quien pide que saquen una silla al patio para tomar el sol.
Y Odiseo se levantó.
Nunca lo había visto así. Ni en la mañana del arado, ni con los ojos que apuntan nombres en tablillas.
Se le puso la cara roja, se le hincharon las venas del cuello, le temblaron las manos.
Se volvió hacia mí y me gritó. Me preguntó quién había movido su cama.
Que eso era imposible, que ni el hombre más fuerte podría moverla sin la ayuda de un dios.
Y luego empezó a contarlo, a voces, delante de Euriclea y de Telémaco y de Eurínome, delante de todos, arrancándose cada palabra con tenazas.
Que en el patio había un olivo de hojas largas, frondoso, con el tronco grueso como una columna.
Que alrededor de él había levantado el dormitorio con piedras bien ajustadas, y lo había techado, y le había puesto puertas sólidas.
Que luego le cortó la copa, y desbastó el tronco desde la raíz con el bronce, y lo alisó con el hacha, y lo enderezó con el cordel, y lo convirtió en el pie de la cama, y lo taladró con el berbiquí.
Y que a partir de ahí hizo la cama, adornándola con oro, plata y marfil, y tensó dentro las correas de piel de buey, relucientes de púrpura.
—Esa es la señal que te doy —gritó—. Y no sé, mujer, si mi cama sigue en su sitio o si algún hombre ha cortado el tronco del olivo para llevársela a otra parte.
Le temblaba la voz al final. Al decir lo del tronco cortado.
Y yo me eché a correr.
*
No me acuerdo de cruzar el salón. Me acuerdo de que tropecé con el escabel de la silla y lo volqué.
Me acuerdo de su pecho contra mi cara, del olor del aceite del baño y de lo que olía debajo del aceite, que era su olor, el de antes, el que se me había ido de la ropa al año de irse.
Le eché los brazos al cuello. Le besé la cara.
Lloraba. Le pedía que no se enfadara conmigo.
Le explicaba, a trompicones, entre besos y mocos, que los dioses nos habían dado mucho sufrimiento, que no habían querido que disfrutáramos juntos de la juventud ni que llegáramos juntos al umbral de la vejez.
Que no se enfadara porque no lo había abrazado nada más verlo.
Que tenía miedo siempre, en el fondo del pecho, de que llegara algún hombre a engañarme con palabras.
Que hay muchos que maquinan cosas malas.
Y le dije lo de Helena.
Le dije que ni Helena, la argiva, la hija de Zeus, se habría acostado con un extranjero si hubiera sabido que los aqueos la iban a traer de vuelta a su casa. Que un dios la empujó. Que ella no pensó en las consecuencias de aquella locura que nos trajo a todos tanto dolor.
No sé por qué se lo dije. Supongo que porque llevaba veinte años pensando en mi prima.
Porque lo que yo había estado a punto de hacer en el pasillo con Cleómedes, en el almacén con Eurímaco, en el huerto con Anfínomo, era lo que hizo ella.
Y yo no lo hice, y ella sí. Y entre ella y yo lo único que había de diferencia era un poco de suerte, una tos, una frase tonta, un hombre bueno que se apartó a tiempo.
Quería que lo supiera. Que yo no era mejor que Helena.
Que solo había tenido otras circunstancias.
Pero eso no lo entendió entonces. Me abrazó y lloró.
Lloró igual que lloran los náufragos cuando ven tierra después de que Poseidón les ha hecho pedazos la nave en alta mar, y nadan, y llegan a la orilla con el cuerpo cubierto de sal.
Así de agradable le resulté yo, me dijo luego. Como la tierra para el náufrago.
Y no lo solté. No lo solté en mucho rato. Tenía los brazos blancos alrededor de su cuello y no podía soltarle.
*
Euriclea y Eurínome nos prepararon la cama con mantas suaves, a la luz de las antorchas. Eurínome nos alumbró hasta la alcoba con una antorcha en la mano. Nos dejó en la puerta. Cerró por fuera.
Oí el pestillo de correa. Igual que la noche del velo.
Y nos quedamos solos, de pie, a un paso de la cama del olivo.
No sabía qué hacer. Veinte años imaginando este momento, de mil maneras, con mil detalles, y ahora que había llegado no sabía qué hacer con las manos.
Me quedé quieta junto al poste. Él se quedó quieto junto a la puerta.
Nos mirábamos igual que se miran dos desconocidos en una fiesta, sin saber quién tiene que hablar primero.
Y entonces se rió. La risa de antes, con la boca muy abierta, enseñando el diente partido.
—Pareces una novia —me dijo.
—Tú pareces un viejo.
—Es que soy un viejo.
Y me reí yo también, y con la risa se me fue el miedo, o la mitad del miedo, y me acerqué a él.
*
Lo desnudé yo. Igual que la última noche. Le quité el manto nuevo y la túnica que le había dado Eurínome después del baño. Y lo miré.
Era otro. Más flaco, más nudoso, con la piel más oscura, curtida, cuarteada en los codos y en las rodillas.
El vello del pecho se le había vuelto gris.
Tenía marcas por todas partes, cicatrices que no conocía, la quemadura del omóplato, las rayas de uñas en la cintura, un tajo mal cerrado en el antebrazo.
Le faltaba un trozo de la oreja izquierda.
Su sexo colgaba más largo y más blando de lo que recordaba, entre unos muslos más delgados, con el vello también gris en la base.
Y la cicatriz del jabalí, la de la rodilla, seguía allí, blanca y lisa, la misma.
Me arrodillé y se la besé. Eso fue lo primero. Recorrí la cicatriz con la lengua desde la rodilla hasta el muslo, despacio, igual que la última noche. Y él me puso la mano en la cabeza, en el pelo, y le temblaba.
Luego me levanté y me quité yo el peplo.
Lo dejé caer al suelo. Y me quedé quieta delante de él, con la luz de la lámpara de cardamomo detrás, para que me viera entera.
Los pechos caídos, la tripa floja, las caderas anchas, las venas de los muslos, la cicatriz del parto, las canas que ya no me tapaba con los mechones.
Y entre los pechos, la marca roja del cordón de la llave, veinte años de cordón, que ninguna mujer de Grecia tiene más que yo.
Me miró mucho rato. No dijo nada. Ni que estaba igual, ni que estaba preciosa, ni nada de lo que se dice.
Me miró igual que miraba el arco en el salón, dándome vueltas con los ojos, buscando la carcoma.
Y no debió de encontrarla, porque se le puso dura despacio, delante de mí, sin que yo le tocara, levantándose poco a poco hasta apuntarme.
*
Cogí la lámpara de la repisa. Él la reconoció y sonrió.
Me mojé dos dedos en el aceite tibio, aceite de los olivos de la isla, y se los pasé por la clavícula, de un hombro a otro, igual que hizo él conmigo la primera noche, y le lamí el camino que había dejado el aceite.
Luego bajé. Le unté de aceite el pecho, el vientre, el sexo, despacio, con toda la mano, hasta que le brilló entero a la luz de la lámpara, y él tuvo que apoyarse en el poste del olivo para no caerse.
Lo tumbé en la cama. Las correas nuevas de piel de buey crujieron un poco al recibirlo; el olivo, no. Me tumbé a su lado. Y por primera vez en nuestra vida, en vez de dejarme llevar, lo llevé yo.
Le cogí la mano derecha, la de las piedras. Me la puse entre las piernas. Y le enseñé.
Le enseñé dónde estaba el botoncito escondido debajo de su capucha, el que encontraba a veces su lengua y luego perdía.
Le enseñé a rodearlo en lugar de tocarlo de frente.
Le enseñé a ir despacio al principio y deprisa después, y a no ir deprisa demasiado pronto.
Le enseñé el otro sitio, por dentro, rugoso como el paladar, con dos dedos doblados hacia arriba.
Se lo enseñé con mi mano encima de la suya, guiándole, como se le enseña a un niño a escribir con el punzón en la tablilla de cera.
Y me dejó. Con esa cara de concentración que ponía cuando aprendía algo nuevo, con la lengua asomando entre los dientes.
Me dejó, igual que me dejó atarle las muñecas al poste la última noche. Ni una vez intentó hacerlo a su manera.
Me corrí en su mano, con los ojos abiertos, mirándole. Y él me miraba a mí, sorprendido, como si nunca me hubiera visto correrme. Y es posible que no me hubiera visto nunca así. Así no.
—¿Dónde has aprendido eso? —me preguntó, con la voz ronca.
—Aquí. Sola. En esta cama.
Se quedó callado. Luego me besó. Un beso largo, hondo, que me supo a vino y a sal.
Y después bajó. Se puso entre mis piernas, de rodillas en la piel de oveja, y me abrió los muslos con las dos manos, igual que la primera noche, como se abre un libro de tablillas.
Y esta vez, cuando bajó la boca, no se fue a la entrada.
Fue derecho al sitio que le había enseñado, y lo rodeó con la lengua, despacio, y se quedó allí.
Se quedó allí. Cuando empecé a temblar no se movió a otro sitio, ni aceleró, ni paró.
Siguió igual, con una paciencia de veinte años, con la barba gris raspándome los muslos por dentro, mientras yo le agarraba del pelo ralo y le apretaba contra mí y le decía su nombre, y luego el de los dioses, y luego nada.
Me corrí con su boca encima y él no la apartó hasta que le aparté yo la cabeza con las dos manos, porque ya no podía más, porque me dolía de gusto.
*
No le dejé entrar enseguida. Quise mirarle.
Quise tocarle entero, como la última noche, pero ahora para reconocerle y no para aprenderle.
Le recorrí con la boca las cicatrices nuevas, una por una, preguntándole, y él me contestaba a medias, con monosílabos, o no me contestaba.
La quemadura, el Cíclope. El antebrazo, los lestrigones.
La oreja, no me acuerdo. Las rayas de la cintura no se las pregunté.