Las noches de Penélope 30. Las raíces #2
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30. Las raíces #2

Luego me lo metí en la boca. Sabía a aceite de oliva y a él, a sal y a piel, y era el mismo sabor amargo de hacía veinte años, el mismo, y me dieron ganas de llorar con la boca llena.

Le oí gemir por encima de mí como gemía entonces, sorprendido, desprevenido, y cuando le temblaron los muslos paré y subí.

Cuando por fin se puso encima de mí, me dolió un poco.

Hacía veinte años. Me había tocado muchas veces, me había metido los dedos y el cuero de Mileto, pero no es lo mismo, y mi cuerpo, al sentirle entrar, se cerró un momento, sorprendido, igual que se cierra una mano por reflejo.

Él se dio cuenta. Se quedó quieto, dentro de mí, apoyado en los codos, mirándome. Y no se movió.

No se movió hasta que me moví yo.

Ahí, en ese momento, mientras se quedaba quieto encima de mí esperando a que mi cuerpo le reconociera, supe que era él. La cama lo había dicho, y la cicatriz, y la fíbula del perro y el cervatillo. Pero lo supe por eso. Porque esperó. Porque se acordaba.

Y me moví. Y nos movimos juntos.

Fue distinto de la noche del velo. Y de la última noche.

Más lento, más torpe, más extraño. Nos chocábamos con las rodillas.

Le dio un calambre en la pantorrilla y tuvimos que parar.

Me reí. Se rió. Volvimos a empezar. Yo le pedía cosas y él las hacía.

Él me pedía cosas y yo le decía que sí o que no.

Me subí encima de él y me eché hacia delante y me froté contra el vello gris de su vientre en cada bajada, como aquella primera vez que se me salió y me reí.

Esta vez no se me salió. Le agarré las muñecas y se las puse contra el poste, encima de la cabeza, sin cordón, y se quedó así, quieto, mirándome cabalgarle, con los ojos llenos de lágrimas.

Luego me di la vuelta y le enseñé cómo me gustaba de lado, por detrás, con su mano entre mis piernas haciendo lo que le había enseñado y su boca en mi nuca, que era lo que hicimos la última vez antes de que me dijera lo de la barba de Telémaco.

Y esta vez, cuando nos corrimos, casi a la vez, no le mordí el hombro, ni él a mí.

Me abrazó por detrás y se quedó dentro, latiendo, temblando, con la cara hundida en mi pelo, y le oí llorar otra vez, en silencio, como la última noche.

El olivo no crujió ni una vez. Tiene raíces.

*

Nos quedamos así mucho rato. Fuera no se oía nada. Ni los perros, ni el mar, ni los grillos. La lámpara se iba gastando. Él respiraba contra mi nuca.

Y entonces me dijo que me iba a contar lo que le había pasado.

Y me lo contó. Los cíclopes, los muertos, la hechicera, las mujeres con alas, la diosa de la isla.

Media noche. Y cuando terminó, cuando ya no le quedaba nada que contar, se dio la vuelta y me miró, con la cabeza apoyada en mi vientre, y me pidió que le contara yo.

Y me levanté a echar aceite en la lámpara.

Y empecé por la cama.

Y ahora que ya se lo he contado, que ya no queda nada guardado en el arcón, que sabe lo de Cleómedes y lo de la cala y lo de Clitemnestra y lo del huerto y lo de la escalera y lo de Melanto, ahora me mira. Y yo le miro a él. Y por la ventana empieza a clarear.

Epílogo. El remo

No me lo quería decir. Lo vi en cómo se quedó mirando la ventana gris, con la mandíbula apretada, igual que cuando era joven y tenía que darle a su padre una mala noticia sobre el ganado.

Me lo había insinuado antes, a medianoche, en medio de lo de los cíclopes y los muertos.

Que todavía le quedaba una prueba. Que lo había dicho Tiresias.

Y luego había pasado a otra cosa, a la hechicera, a las sirenas, y yo le había dejado pasar.

Pero ahora que clareaba se lo pregunté. Le dije que me lo contara, que si los dioses lo habían dispuesto así me enteraría tarde o temprano, y que prefería enterarme por él, en esta cama, que por un mendigo en el salón dentro de un año.

Y me lo contó.

Que tenía que irse otra vez. Que el adivino le había mandado coger un remo bien hecho, de los que se manejan con las manos, y echárselo al hombro, y caminar tierra adentro.

Por muchas ciudades. Hasta llegar a un sitio donde los hombres no conocieran el mar, ni comieran la comida mezclada con sal, ni supieran nada de naves de proas pintadas ni de remos, que son las alas de los barcos.

Y que allí, cuando se le cruzara un caminante y le preguntara qué hacía con un bieldo al hombro, con una pala de aventar trigo, tenía que clavar el remo en el suelo y hacerle un sacrificio a Poseidón, un carnero, un toro y un verraco.

Y volver a casa. Y ofrecer hecatombes a todos los dioses del cielo, uno por uno.

Y que luego, me dijo, bajando la voz, le vendría la muerte desde el mar. Una muerte suave, muy suave, que se lo llevaría ya agotado por una vejez tranquila, con el pueblo feliz a su alrededor.

Le escuché sin interrumpirle. Cuando terminó, me quedé callada mucho rato. Fuera cantó un gallo. Luego otro.

—Si los dioses te van a dar una vejez mejor —le dije—, entonces hay esperanza de que nos libremos de los males.

Eso fue lo que le contesté. Lo dije en voz alta, para él. Lo que pensé por dentro fue otra cosa, y la escribo ahora, porque se ha quedado dormido por fin con la cabeza en mi hombro, con la boca abierta, roncando un poco.

*

Pensé que se iba a ir otra vez. Que esta tarde, o mañana, o dentro de una luna, cuando hayamos enterrado a los muertos y hayamos hecho las paces con sus padres, que vendrán, ya lo sé, Eupites el primero, con las armas en la mano a vengar a su hijo, cuando todo eso pase, se echará un remo al hombro y se irá por esos caminos de tierra adentro, a buscar gente que no conozca el mar. Y que yo me quedaré aquí.

Y pensé que no me importaba tanto como debería.

Que nadie lo entienda mal. Le quiero. Le he querido veinte años, a ratos con rabia, a ratos con asco, a ratos con una ternura que me partía por la mitad.

Le quiero ahora, con el patio incluido y con las rayas de uñas en la cintura y con la piedra de Palamedes que todavía le pesa en la mano.

Le quiero entero. Melitta me preguntó una vez por qué le esperaba y le dije que porque le quería, y ella me dijo que mientras fuera esa la razón, aguantara.

Sigue siendo esa.

Pero ya no soy la mujer que se tapó la cara con el velo en el camino de Esparta.

Ni la que subía al Nérito cada mañana a mirar un mar vacío.

Esa mujer esperaba porque no sabía hacer otra cosa.

Yo ahora sé hacer muchas. Sé llevar una casa y una isla.

Sé mentir a ciento ocho hombres a la vez.

Sé tejer y destejer. Sé nadar, mal, pero sé.

Sé tocarme. Sé lo que me gusta y sé pedirlo, y esta noche se lo he pedido a él, y me lo ha dado.

Sé estar dentro de lo que me da miedo y no ahogarme.

Sé que mi cuerpo es mío y que mis marcas son mis días. Sé que puedo irme, y elijo quedarme.

Así que esperaré otra vez. Pero esperaré como espera una mujer que sabe que puede irse. Con la puerta abierta. Con el telar cargado. Con las manos ocupadas, como decía Anticlea, aunque no para que no piensen. Para que hagan cosas.

*

Ya es de día.

La luz entra por la rendija de la puerta y cae en diagonal sobre la cama, sobre las pieles de oveja, sobre su espalda llena de marcas.

Euriclea está detrás de la puerta, la oigo arrastrar los pies, esperando a que la llame para traer el agua.

Abajo, en el patio, alguien ha empezado a cavar.

Las fosas, supongo. Huele todavía un poco a azufre.

Me voy a levantar ahora. Despacio, para no despertarle.

Voy a atarme el peplo con un nudo en el hombro, sin fíbula, y voy a salir al patio por el lado del huerto, para no ver la cuerda entre la columna y el horno, que ya la habrán quitado o no, no lo sé.

Voy a ir al almacén con la llave que llevo veinte años colgada del cuello.

Y voy a sacar lana nueva. No blanca. Roja, azul, azafrán.

Voy a montar el telar en el cuarto de hilar, el de los postes de roble que no se tuercen, y voy a empezar una tela que no es un sudario para nadie.

Todavía no sé lo que será. Un manto, quizá. Para el camino de tierra adentro, para cuando se eche el remo al hombro. O para mí. Ya veré.

Lo que sí sé es que esta tela no la voy a destejer por las noches.

Y cuando vuelva, si vuelve, que volverá, porque los dioses le han prometido una muerte suave que viene del mar y aquí estamos rodeados de mar, cuando vuelva le estará esperando esta cama. Que no se mueve. Que tiene raíces.

Igual que yo.

FIN