29. Lo que vi al bajar
Euriclea subió la escalera riéndose. Eso fue lo primero que oí al despertarme, con la boca pastosa de la adormidera y la cabeza llena de algodón.
Una risa de vieja, aguda, entrecortada, que subía los escalones a trompicones, con las rodillas que le fallaban y los pies que se le enredaban en el ruedo.
Entró en el cuarto del olivo sin llamar y se plantó junto a la cabecera, con la cara roja y los ojos brillantes como los de una loca.
—Despierta, Penélope, hija mía. Despierta y ve con tus propios ojos lo que llevas esperando todos los días. Ha vuelto Odiseo. Ha llegado a casa, aunque tarde, y ha matado a los pretendientes insolentes que le arruinaban la casa y le comían el ganado y maltrataban a su hijo.
No me moví. La miré desde la almohada.
—Ama, los dioses te han vuelto loca —le dije—.
Que pueden volver loco al más sensato y sensato al más tonto.
¿Por qué te burlas de mí, que tengo el corazón lleno de pena, contándome esas tonterías?
¿Por qué me despiertas del sueño más dulce que he tenido desde que Odiseo se fue a esa Ilión maldita que no debería ni nombrarse?
Vete abajo. Si me hubiera despertado así otra de las criadas, la habría echado a la calle. Da gracias a tu vejez.
Me acuerdo de cada palabra. Me acuerdo de que mientras lo decía sabía que no estaba loca. Y de que lo decía igual, porque si no lo decía tendría que creerla, y si la creía y no era verdad, me moriría allí mismo.
Euriclea no se fue. Se sentó en el borde de la cama, cosa que no había hecho nunca, y me cogió de las manos.
—No me burlo de ti, hija. Es verdad. Ha vuelto. Es el extranjero al que todos insultaban en el salón. Telémaco lo sabía desde hace días y lo ha callado para que pudiera vengarse.
—¿Y cómo ha podido él solo contra todos?
—No lo vi. No lo oí. Solo oí los gemidos de los que morían.
Estábamos encerradas en el fondo de las habitaciones, con las puertas atrancadas, hasta que tu hijo vino a llamarme.
Y entonces lo encontré de pie entre los muertos, que estaban amontonados alrededor de él en el suelo, unos encima de otros.
Te habría alegrado verlo, manchado de sangre y de polvo como un león.
Ahora están todos amontonados en el patio, junto a la puerta.
Y él está quemando azufre para limpiar la casa.
Me ha mandado a llamarte. Y a ti te dormí yo, hija, con adormidera en el vino.
Me lo pidió él, anoche, cuando le lavé los pies. Que no lo vieras.
Le dije que no me alegrara antes de tiempo. Que a lo mejor había sido un dios, enfadado por la insolencia de esos hombres. Y que Odiseo había perdido lejos de Grecia la vuelta y la vida.
Y entonces Euriclea me dijo lo de la cicatriz.
—Hija, ¿qué palabra se te ha escapado? Tu marido está junto al fuego y dices que no volverá nunca.
Te voy a decir otra señal, una muy clara.
La cicatriz que le hizo el jabalí con el colmillo.
Se la vi anoche cuando le lavaba los pies, y quise decírtelo, y él me tapó la boca con la mano para que no hablara.
Ya lo sabía. Lo había visto con el rabillo del ojo junto al fuego, había oído la jofaina. Pero cuando lo dijo así, en voz alta, en el cuarto del olivo, con sus manos de vieja apretando las mías, me levanté de la cama de un salto.
Y bajé la escalera.
*
Esto no se lo he contado a Odiseo. Él estaba en el salón, junto a la columna, con los ojos bajos, esperando a que yo le dijera algo. Pero antes de llegar al salón pasé por el patio.
Olía a azufre. Era un olor espeso, amarillo, que se te pegaba a la garganta y te hacía toser y te picaba en los ojos.
Por debajo del azufre olía a otra cosa, a hierro, a carne, a vientre abierto.
El suelo de tierra apisonada del patio estaba mojado.
Lo habían regado con agua y con esponjas para lavar la sangre, pero la tierra estaba oscura todavía y se me pegaba a las sandalias.
Los cadáveres estaban junto a la puerta, amontonados unos sobre otros, igual que se amontonan los peces en la arena cuando los pescadores vacían las redes.
Ciento ocho. Algunos con los ojos abiertos.
Algunos con flechas clavadas todavía. Reconocí a muchos.
Reconocí los rizos de Eurímaco, pegados de sangre.
Reconocí la cara ancha de Antínoo, con un agujero en la garganta.
Reconocí a Leodes, el adivino, sin cabeza; la cabeza estaba al lado, en el polvo.
Y reconocí a Anfínomo. Estaba boca abajo, con la lanza de Telémaco todavía clavada entre los omóplatos. Tenía la mano derecha estirada hacia delante, con los dedos abiertos, intentando agarrarse a algo al caer. Tenía hierba seca del huerto pegada todavía a las sandalias.
Me paré delante de él. Euriclea tiró de mí. No me moví.
No lloré. No podía. Me quedé mirando su mano estirada, sus dedos abiertos, y me acordé de esa misma mano partiendo un higo maduro con los pulgares, debajo de la higuera, y subiéndome el peplo al hombro con los dedos temblando. Así no. Si va a ser, que sea a la luz.
Y luego levanté la vista. Y las vi.
Estaban colgadas al otro lado del patio, entre la columna del pórtico y la esquina del horno, en una fila, de un cabo de barco negro tensado de un lado a otro.
Doce. Cada una con un lazo al cuello. Las cabezas caídas de lado, igual que las de las palomas o los tordos que se enredan en una red tendida en un matorral cuando vuelven a su nido.
Los pies a un palmo del suelo. Habían dejado de patalear hacía rato. Se mecían un poco con el aire del mar.
La del medio llevaba un peplo verde con una cenefa de hojas bordadas.
No me acerqué. Me quedé lejos, en el umbral del patio, con Euriclea agarrándome del brazo.
La vieja me hablaba. Me decía que se lo merecían, que eran unas desvergonzadas, que se habían acostado con los pretendientes y se habían burlado de mí y de ella y de Telémaco.
Que ella misma le había dicho a Odiseo cuáles eran, las doce, de las cincuenta que había en la casa. Que se lo habían ganado.
No la escuchaba. Miraba el peplo verde. Miraba los pies descalzos de Melanto, que yo le había lavado tantas veces en la tina de los pulpos azules, cuando tenía seis años y costras en los talones. Pensaba en la muñeca sin cara. En el hilo rojo.
Autónoe e Hipodamía no estaban en la fila. Lo comprobé. Las conté una por una, sin querer, igual que cuento las ánforas en el almacén. Ninguna de mis tres de confianza. Euriclea las había salvado. Las de las noches de destejer.
Y luego me di la vuelta y entré en el salón.
*
No se lo he reprochado a Odiseo esta noche.
No se lo reprocho ahora. Sé lo que es la guerra y sé lo que es una casa tomada, y sé que en una casa tomada las criadas que se acuestan con el enemigo son el enemigo.
Sé que lo hicieron según la ley, y que en cualquier otra casa de Grecia se habría hecho igual o peor.
Sé que Telémaco quería que muriesen de una muerte que no fuera limpia, porque le habían echado insultos sobre su cabeza y la mía, y que su padre le dejó. Lo sé todo.
Pero que conste que, entre los ciento ocho cadáveres del patio y las doce de la cuerda, fui al salón a reconocer a mi marido pasando por encima de dos cosas mías. De un hombre que me sujetó cuando lloraba. Y de una niña a la que le quité los piojos.
Y que si me senté frente a él sin decir nada, en la silla junto al fuego, al otro lado de la columna, fue por desconfianza, sí, y por esperar una señal, también.
Pero sobre todo porque no tenía palabras.
Lo miraba sentado allí, limpio, lavado, con un manto nuevo, con el pelo cortado y peinado, más alto y más ancho que el viejo del umbral, oliendo a aceite y a azufre, y veía al mismo tiempo a mi marido y al hombre que había hecho lo del patio.
Y las dos cosas eran la misma. Y yo tenía que decidir, sentada en esa silla, si podía querer a ese hombre entero, con el patio incluido.
Igual que él tendrá que decidir si puede quererme a mí entera, con Cleómedes y Anfínomo y las noches de Clitemnestra incluidas.
Telémaco me riñó. Me dijo que tenía el corazón más duro que una piedra.
Que ninguna mujer se quedaría así, apartada de su marido, después de veinte años de sufrimientos.
Le contesté que tenía el corazón atónito en el pecho y que no podía hablarle ni preguntarle nada ni mirarle a la cara.
Pero que, si de verdad era Odiseo, nos reconoceríamos mejor entre nosotros, porque teníamos señales que solo conocíamos los dos y que estaban ocultas a los demás.
Y él sonrió. La sonrisa de medio lado.
Y le dijo a Telémaco que me dejara ponerle a prueba.
Que yo lo despreciaba porque iba sucio y con ropas miserables, y que ya llegaría a conocerlo.
Y luego se fue a bañar. Y cuando volvió, limpio, con una túnica y un manto, se sentó otra vez frente a mí, y me dijo, con rabia, que los dioses me habían dado el corazón más duro de todas las mujeres.
Y se volvió hacia Euriclea y le pidió que le preparara una cama para dormir solo, porque esta mujer tiene en el pecho un corazón de hierro.
Y ahí fue cuando me salió. Sin pensarlo. Lo de la cama.