Las noches de Penélope 28. El arco de Ífito
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28. El arco de Ífito

La llave era de bronce, curva, con el mango de marfil.

Me la había dado Odiseo la víspera de irse, atada al cordón que aquella noche le sujetó las muñecas al olivo.

Llevaba veinte años entre mis pechos. Aquella mañana me la saqué por fuera del peplo y bajé la escalera con ella en la mano, y la gente que me vio pasar, las criadas, Medonte, Eumeo, se apartó sin decir nada.

El almacén estaba al fondo de la casa, como siempre.

Subí los escalones de madera. Desaté la correa del pestillo.

Metí la llave por el agujero y empujé el cerrojo hacia atrás, apuntando bien, y la puerta mugió como un toro que pace en el prado.

Ese ruido no lo había oído en años, porque Euriclea abría con su propia llave y yo hacía mucho que no entraba.

Me quedé quieta en el umbral. Olía a cedro y a aceite de oliva viejo y a la cera de los cofres. Olía a Odiseo. A lo que dejó.

El arco estaba colgado en su clavo, en su funda, donde él lo dejó. Me subí a un arcón para alcanzarlo. Lo descolgué con cuidado, igual que se descuelga a un niño dormido de una cuna alta, y me senté en el arcón con él en las rodillas.

Y lloré.

No había llorado así en toda la noche, ni con lo del cretense, ni con lo del sueño.

Lloré a gritos, con la boca abierta, con el arco en el regazo, sin vergüenza ninguna porque no había nadie.

Lo saqué de la funda. Pasé las manos por la madera, por el cuerno, por la empuñadura de cuero gastado.

Lo apreté contra el pecho. Lo besé. Me acordé de sus manos tensándolo en el patio, de la cuerda vibrando junto a su oreja, del ruido que hacía la flecha al soltarla.

Me acordé de que en todos estos años lo había bajado del clavo muchas veces, a escondidas, y había intentado doblarlo con la rodilla, con todo mi peso, con rabia, y nunca había conseguido que se doblara ni un dedo.

Me acordé de que alguna noche de las malas me lo había llevado a la cama.

Nunca se lo he contado a nadie. Me tumbaba con él encima, a lo largo del cuerpo, la madera fría sobre los pechos y el vientre, y me frotaba contra la empuñadura de cuero, la que había gastado su mano, la que olía a su sudor de hacía veinte años.

Me la pasaba despacio entre los labios del sexo, adelante y atrás, apretando el arco contra mí con las dos manos igual que se aprieta a un hombre por las nalgas, hasta que el cuero se oscurecía con mi humedad y yo me corría abrazada a la única cosa de la casa que solo él podía usar.

Luego lo limpiaba con la manga y lo volvía a colgar en su clavo antes del amanecer, avergonzada y contenta.

Cuando terminé de llorar, me sequé la cara con el borde del peplo, me levanté, cogí la aljaba llena de flechas que colgaba en el clavo de al lado, y salí. Detrás de mí las criadas cargaban con el cofre donde estaban las hachas, las doce, de hierro y de bronce, las que Odiseo usaba para sus juegos.

*

Entré en el salón con el arco en la mano. Me puse junto a la columna, la misma de siempre, con el velo delante de la cara. Y hablé.

Les dije que me escucharan. Que llevaban mucho tiempo comiendo y bebiendo en esta casa, aprovechándose de que el dueño llevaba fuera muchos años, y que no habían encontrado otra excusa que la de querer casarse conmigo.

Que ahí estaba el premio. Que iba a sacar el gran arco del divino Odiseo, y que el que lo tensara con más facilidad y pasara la flecha por las doce hachas, con ese me iría, dejando esta casa.

Y le di el arco a Eumeo para que se lo llevara.

Eumeo lloró al cogerlo. Y Filetio, el boyero, lloró también al verlo.

Antínoo los insultó, los llamó paletos y tontos, y luego dijo que el arco era muy difícil de tensar, que él había conocido a Odiseo de niño y que no había nadie entre ellos como él.

Pero lo dijo con una sonrisa. En el fondo, lo vi, pensaba que él lo iba a tensar.

Telémaco se levantó, se quitó el manto rojo, cavó una zanja larga en el suelo de tierra del salón, plantó las hachas en fila, derechas, alineadas con un cordel, y apisonó la tierra alrededor.

Lo hizo bien, sin haberlo visto hacer nunca, y los pretendientes se quedaron admirados.

Luego cogió el arco y lo intentó él mismo.

Tres veces. Tres veces lo dobló temblando y tres veces se le escapó.

A la cuarta lo habría tensado, eso lo vi en su cara, en el cuello, en las venas.

Pero miró hacia el umbral, donde estaba sentado el mendigo, y algo vio en él que le hizo parar.

—Ay —dijo, devolviendo el arco a la pared—. Voy a ser siempre un cobarde y un débil. O soy demasiado joven.

Mentía. Mi hijo mentía. Lo había aprendido de los dos.

*

Cómo fallaron todos lo vio Odiseo desde el umbral, con sus harapos, mejor que yo.

Leodes el primero, el adivino, el que se sentaba siempre junto a la crátera y decía que no le gustaba lo que hacían los demás.

Se levantó, se puso en el umbral, intentó tensarlo, y se le cansaron las manos blandas, que no habían cogido nunca nada más duro que una copa.

Luego los demás. Antínoo mandó a Melantio, el cabrero, que encendiera fuego y trajera un rollo de sebo, y calentaron el arco junto al fuego y lo untaron de grasa para ablandarlo.

No sirvió de nada. Uno detrás de otro, los jóvenes lo intentaron y fallaron.

Eurímaco le dio vueltas junto al fuego, calentándolo por un lado y por otro, y luego lo intentó y no pudo, y se puso a gemir y a decir que no le dolía tanto la boda, que mujeres había muchas, sino quedar como más débiles que Odiseo delante de la gente.

No le dolía la boda. Me lo dijo delante de mí, con la cara colorada. Perderme le daba igual. Le dolía perder.

Me reí detrás del velo. Me reí tanto que me tuve que tapar la boca con la mano.

Antínoo, que era más listo, dijo que ese día era la fiesta de Apolo, el dios arquero, y que no estaba bien tensar arcos en su día. Que lo dejaran para mañana. Que al día siguiente harían sacrificios al dios y lo intentarían otra vez.

Y entonces habló el mendigo.

*

Desde el umbral, con la voz cascada de viejo que se había inventado, pidió que le dejaran probar. Solo probar. Para ver si le quedaba algo de la fuerza que tenía de joven en esos miembros doblados, o si el vagabundeo y la mala vida se la habían quitado.

Se pusieron furiosos. Antínoo le dijo que estaba borracho, que el vino le había trastornado, como al centauro Euritión en las bodas de Pirítoo. Que si tensaba el arco lo iban a mandar en una nave negra al rey Équeto, el que les corta la nariz y las orejas a los hombres.

Y yo hablé.

No lo tenía pensado. Me salió. Le dije a Antínoo que no estaba bien, ni era justo, maltratar a los huéspedes de Telémaco que llegaban a esta casa.

Que si el extranjero tensaba el arco de Odiseo, confiado en sus manos y en su fuerza, ¿de verdad pensaba que me iba a llevar a su casa como esposa?

Que ni él mismo lo esperaba. Que no se preocupara ninguno por eso, que no había nada más lejos de lo posible.

Eurímaco me contestó que no temían que el mendigo se casara conmigo. Que temían lo que diría la gente. Que se diría que unos hombres mucho peores que el marido pretendían a la mujer de un hombre ilustre, y no eran capaces de tensar su arco, y que llegó un mendigo y lo tensó con facilidad.

Y le contesté que ya no tenían buena fama, que se la habían comido junto con nuestro ganado.

Que el extranjero era alto y fuerte y decía ser de buena familia.

Que le dieran el arco y vieran. Que si lo tensaba, si Apolo le concedía esa gloria, le daría un manto y una túnica, un buen vestido, y una jabalina contra los perros y los hombres, y una espada de doble filo, y sandalias para los pies, y lo mandaría adonde su corazón quisiera ir.

Eso le prometí. Un manto. Unas sandalias. Una espada.

Lo estaba armando delante de todos. Y nadie se dio cuenta.

*

Telémaco sí. Telémaco se levantó y me dijo, delante de todos otra vez, que el arco era cosa suya.

Que nadie de los aqueos tenía más derecho que él a darlo o negarlo a quien quisiera.

Que me fuera a mis habitaciones y me ocupara de mis labores, el telar y la rueca, y mandara a las criadas a trabajar.

Que el arco era cosa de hombres, y sobre todo suya, que era el que mandaba en esta casa.

Las mismas palabras que unas semanas antes. Pero ahora las entendí de otra manera. Esta vez me echaba para que no viera lo que iba a pasar.

Y esta vez me fui, pero en la escalera me volví.

Vi al mendigo coger el arco. Se lo había dado Eumeo, atravesando el salón entre los gritos de los pretendientes.

Lo vi sentado en el taburete, con el arco en las manos, dándole vueltas, examinándolo por todos lados, mirando si la carcoma había comido el cuerno en todos esos años.

Lo hacía con una calma que no tenía nadie en aquel salón.

Lo miraba como se mira a una mujer a la que no se ha visto en mucho tiempo.

Así me había mirado a mí la tarde de los regalos. Igual.

Y entonces lo supe. Esta vez sí. Lo supe con el cuerpo. Con las rodillas que se me aflojaron en el escalón. Con el vientre. Lo supe como sabe el cuerpo las cosas, de golpe y sin pruebas.

Eurínome me cogió del brazo. Me llevó arriba en volandas. Me sentó en la cama de olivo. Me dio una copa de vino caliente con miel, que me bebí de un trago porque tenía la boca seca, y tardé en notar que sabía raro, a algo amargo debajo de la miel. A adormidera.

No me dio tiempo a enfadarme. Desde la cama, antes de que se me cerraran los ojos, oí abajo, lejos, en el salón, un ruido que no había oído en veinte años. Una cuerda tensada que vibra al soltarla. Un sonido agudo y limpio, igual que el canto de una golondrina.

Y luego oí un trueno. En pleno día, con el cielo despejado.

Y ya no oí nada más.