Las noches de Penélope 27. Veinte gansos
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27. Veinte gansos

Tenía veinte gansos en el patio. De verdad, no en el sueño.

Me los había regalado una mujer del pueblo años atrás, una pareja, y se habían ido criando, y para entonces eran veinte, blancos, gordos, ruidosos.

Comían trigo remojado en una artesa junto al abrevadero y yo me sentaba a mirarlos por las mañanas.

Me gustaba. Me gustaba verlos pelearse por el grano, estirar el cuello, sacudir las alas.

Eran tontos y vanidosos y no servían para nada más que para hacer ruido y comer, y me alegraban la vista.

Eso fue lo primero que le dije al mendigo aquella noche junto al fuego, después de que Euriclea se fuera con la jofaina. Que tenía veinte gansos y que me alegraba verlos.

Y luego le conté el sueño.

Que había bajado del monte un águila enorme, de pico curvo, y les había roto el cuello a todos, uno detrás de otro, y que los había dejado amontonados en el patio, muertos, y había vuelto a subir hacia el cielo.

Que yo lloraba en el sueño. Que lloraba y gritaba, y que las mujeres de Ítaca venían a consolarme porque el águila me había matado los gansos.

Y que entonces el águila volvía y se posaba en el alero del tejado y me hablaba con voz de hombre.

Me decía que no tuviera miedo, que aquello era una visión verdadera y que se iba a cumplir.

Que los gansos eran los pretendientes. Y que él, que antes era un águila, era ahora mi marido, que había vuelto y les iba a dar a todos una muerte vergonzosa.

Se lo conté así, de corrido, mirándole a los ojos.

Y él me contestó que el sueño no tenía otra interpretación posible. Que el propio Odiseo me había dicho cómo lo iba a cumplir. Que la ruina de los pretendientes estaba clara y que ninguno se iba a librar de la muerte.

Le dije que los sueños son difíciles de entender.

Que salen por dos puertas, una de cuerno y otra de marfil.

Que los que salen por la de marfil engañan y traen palabras que no se cumplen, y los que salen por la de cuerno anuncian cosas verdaderas.

Y que no creía que el mío hubiera salido por la de cuerno.

*

Hay una cosa que no le dije entonces.

En el sueño, yo lloraba por los gansos.

Lloraba de verdad, con el corazón partido. Y cuando el águila me dijo que los gansos eran los pretendientes, no dejé de llorar. Eso no se lo conté junto al fuego, porque no quería que lo oyera, porque no sabía lo que haría con ello. Pero lo vuelvo a pensar ahora y lo entiendo.

Los pretendientes eran mis gansos. Me alegraban la vista.

Eran tontos y vanidosos y ruidosos y se comían mi trigo, y yo los odiaba, y yo me sentaba a mirarlos.

Me habían dado tres años de miedo y de rabia.

Pero también me habían dado tres años de sentirme mirada.

Deseada. Viva. Me habían hecho bajar la escalera con el peplo de azafrán y temblar de poder junto a la columna.

Me habían hecho mentir, tejer, destejer, inventar. Me habían despertado.

Y en el sueño, cuando el águila los mataba, yo lloraba por ellos. Por Antínoo no. Por Eurímaco tampoco. Por los gansos. Por esa parte de mí que se alimentaba de su mirada y que iba a morir con ellos.

Eso también tiene que constar. Que cuando Odiseo volvió, perdí algo. Que no todo fue ganar.

*

Esa misma noche, junto al fuego, después de lo del sueño, le dije lo del arco.

No lo había decidido antes. O sí. No lo sé.

Se me ocurrió mientras hablábamos de las puertas de cuerno y de marfil, o se me había ocurrido hacía días y lo tenía guardado, igual que se guardan las cosas que todavía no te atreves a mirar de frente.

Le dije que se acercaba la aurora odiosa que me iba a separar de la casa de Odiseo.

Que iba a proponer una prueba a los pretendientes.

Que mi marido colocaba a veces doce hachas en fila en el salón, como los puntales que se ponen debajo de las quillas de los barcos, y que se ponía lejos y disparaba una flecha que pasaba por el agujero de todas ellas.

Que iba a proponer eso. Que el que tensara el arco de Odiseo con más facilidad y atravesara las doce hachas sería mi marido, y que yo me iría con él y dejaría esta casa, tan hermosa, tan llena de bienes, de la que me acordaría siempre, incluso en sueños.

Y él me dijo que no lo retrasara. Que lo hiciera al día siguiente. Que Odiseo estaría allí antes de que ninguno de ellos tensara el arco.

Nos miramos.

Esto es lo que quiero que quede claro, y luego no hablaré más de si lo sabía o no lo sabía.

Nadie en esa casa podía tensar ese arco.

Lo sabía yo, que lo había tenido veinte años en el almacén, que lo había bajado del clavo muchas veces y lo había intentado doblar con todas mis fuerzas, por curiosidad, por rabia, por tener a Odiseo en las manos.

Nadie podía. Solo él. Y si no era él el que estaba sentado en ese taburete, los pretendientes fallarían todos, quedarían en ridículo, y yo tendría otra excusa, otra prórroga, otro sudario. Y si era él…

Si era él, le estaba poniendo un arma en las manos.

La única de la casa que solo él podía usar.

Delante de ciento ocho hombres desarmados, borrachos, confiados, con las lanzas y los escudos guardados en el almacén porque Telémaco los había hecho quitar del salón esa misma tarde con la excusa del humo.

No se lo podía decir. Así que se lo dije así.

*

Subí al cuarto del olivo con las criadas y me tumbé en la cama y lloré por Odiseo, como todas las noches.

Lloré hasta que Atenea me echó el sueño en los párpados, dicen los aedos.

Pero me desperté a medianoche. Y me senté en la cama y recé a Ártemis.

Le pedí que me matara con una flecha, allí mismo, o que me arrebatara una tempestad y me llevara a los confines del Océano.

Le pedí morir antes que tener que alegrar el ánimo de un hombre peor que mi marido.

Parece que no cuadra con lo que acabo de contar.

Que hubiera puesto el arco en sus manos y que luego le pidiera a Ártemis que me matara.

Pero es que no sabía. No del todo. Y la parte de mí que no sabía tenía tanto miedo como esperanza tenía la que sabía.

Las dos rezaban. Cada una a una diosa distinta.

Y luego me volví a dormir. Y soñé con él.

*

Aquel sueño no salió por ninguna de las dos puertas. Me salió del cuerpo.

Odiseo estaba a mi lado en la cama. Tal como era cuando se fue, con veintipocos años, con el pelo espeso y la barba corta y el pecho ancho y velludo.

Estaba tumbado de lado, mirándome, con la cabeza apoyada en la mano.

Y yo lo miraba también. Y no había mugre ni golpes ni pelo ralo. Era el de la noche del velo.

No dijimos nada. Me puso la mano en la cadera, por encima de la sábana, y me la bajó despacio por el muslo.

Me volví hacia él. Le besé. Sabía a vino y a resina de pino, como aquella vez.

Me abrí para él igual que se abre una puerta que lleva mucho tiempo atrancada, con un crujido.

Le sentí entrar. Le sentí entero, duro, caliente, llenándome, y me agarré a su espalda y le clavé las uñas y le oí reírse en mi cuello.

Y en el sueño pasaba algo que no pasa en la vida: yo sentía lo que sentía él.

Sentía su placer y el mío a la vez, por dentro y por fuera, mi carne apretándole y su carne abriéndome, como si fuéramos una sola cosa con dos bocas.

Nos movimos juntos, despacio al principio y luego a lo loco, y yo me corría y me corría en el sueño, una vez y otra, como no me había corrido nunca despierta, ni con sus manos ni con las mías, con un placer que me llenaba de luz por dentro, hasta que la luz se me salió por la boca en un grito.

Me desperté al amanecer con el corazón alegre. Me desperté pensando que no había sido un sueño, que estaba allí. Estiré la mano.

Y no había nadie.

Estaba empapada. La sábana estaba empapada debajo de mí.

Tenía los muslos mojados y el sexo hinchado y palpitante, todavía latiendo, y los pezones duros, y la boca seca.

Me quedé quieta con la mano estirada sobre el lado vacío de la cama.

Y me eché a llorar otra vez, pero de rabia.

De rabia porque los dioses me mandaban un sueño así esa noche precisamente, el día que iba a sacar el arco de Odiseo del almacén para entregarme al hombre que lo tensara.

Y luego me levanté, me lavé la cara, me puse la llave del almacén por fuera del peplo, por primera vez en veinte años, y fui a buscarlo.