Las noches de Penélope 26. El cretense
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26. El cretense

Lo sentaron en un taburete con una piel de oveja encima, cerca del fuego.

Yo estaba en mi silla de siempre, la de marfil y plata con el escabel a juego, la que hizo el artesano Icmalio.

Las criadas habían recogido las mesas, habían echado los restos de la cena al patio para los perros y habían puesto leña nueva en los braseros para que diera luz y calor.

Melanto pasó por delante de él y lo insultó, lo llamó vagabundo, le dijo que se fuera de la casa si no quería salir a tizonazos.

La reñí delante de él. Fue lo último que le dije.

Y luego nos quedamos solos. O casi. Euriclea andaba por la sala, Eurínome también. Pero nos quedamos solos de esa manera en que se quedan solas dos personas junto a un fuego, aunque haya otras en la habitación.

Le pregunté quién era. De dónde venía. Quiénes eran sus padres.

Y él me dijo que no le preguntara eso. Que le preguntara cualquier otra cosa, pero no su linaje ni su patria, porque le llenaría el corazón de dolores y no estaba bien llorar en casa ajena.

Me dio rabia. Y me dio algo más, que no sé nombrar.

Le contesté lo que contesta una mujer cansada a un hombre que se hace el interesante.

Le dije que mi belleza y mi figura las habían destruido los dioses cuando los argivos se embarcaron para Troya.

Que los pretendientes me consumían la casa.

Le conté lo del sudario. Todo. Le conté que me apremiaban, que mis padres querían que me casara, que mi hijo se impacientaba.

Se lo conté a él, a un mendigo sucio que no me quería decir su nombre. No sé por qué.

Sí lo sé.

Y luego le dije: pero dime de qué linaje eres, que no has nacido de una encina ni de una piedra.

*

Y me contó lo de Creta.

Que era de Cnoso, nieto de Minos, hijo de Deucalión.

Que se llamaba Etón y que era el hermano menor de Idomeneo.

Que veinte años atrás había llegado a su casa Odiseo, empujado por el viento camino de Troya, y que él lo había hospedado doce días.

Que le había dado harina, vino, bueyes para sacrificar.

Yo le escuchaba y lloraba. Lloraba igual que se derrite la nieve en las montañas cuando sopla el viento del este.

Las lágrimas me caían por la cara sin parar, sin hacer ruido, empapándome el velo.

Y él me miraba llorar con los ojos secos, quietos, de cuerno o de hierro.

Lo sé porque me fijé. No parpadeaba. Tenía una cara de piedra y unos ojos de piedra, y debajo de la piedra, lo noté, había algo que temblaba.

Cuando me harté de llorar, le puse a prueba. Le dije que, si de verdad había hospedado a mi marido, me dijera cómo iba vestido. Qué ropa llevaba. Cómo era él. Y quiénes eran los compañeros que lo seguían.

Se lo pensó. Dijo que hacía mucho tiempo, veinte años, y que era difícil acordarse. Y luego me lo dijo.

Un manto de lana de púrpura, doble. Una fíbula de oro con dos agujas, y en el frente un dibujo.

Un perro que sujetaba entre las patas delanteras a un cervatillo moteado, mirándolo mientras forcejeaba.

Todo el mundo se asombraba de ver cómo, siendo de oro, el perro miraba al cervatillo y lo ahogaba y el cervatillo intentaba escapar agitando las patas.

Y una túnica brillante, suave como la piel de una cebolla seca, que relucía como el sol.

Y un heraldo, un poco mayor que él, cargado de hombros, de piel morena y pelo rizado. Euríbates.

Me levanté. No me acuerdo de levantarme, pero me levanté. Y lloré más que antes.

Porque el manto lo había sacado yo misma del arcón, doblado, la mañana en que Odiseo se fue a Áulide.

Y la fíbula del perro y el cervatillo se la había prendido yo en el hombro con mis propias manos, en el patio, delante de todos, mientras Telémaco lloraba en brazos de Euriclea.

Me acordaba de que se me resbalaban los dedos.

De que me pinché con la aguja. De que una gota de mi sangre se quedó en el oro.

Y la túnica brillante se la había regalado alguien en algún sitio. Eso no lo sabía. Pero lo de la cebolla seca lo dijo igual que lo decía mi marido.

*

Siguió mintiendo. Me dijo que Odiseo estaba cerca, en Tesprotia, que se había quedado sin compañeros y sin naves, que el rey Fidón se lo había jurado, que lo había visto con sus propios ojos. Que iba a volver ese mismo año, entre el fin de un mes y el principio del otro.

Le dije que no le creía. Que el corazón me decía que Odiseo no volvería nunca a casa, y que él no conseguiría su regreso por mí. Y luego, porque era un huésped y yo era la señora, mandé a las criadas que le lavaran los pies y le prepararan una cama con mantas y colchas.

Y él dijo que no. Que no quería mantas ni colchas. Que no quería que le tocaran los pies las criadas jóvenes de la casa. Que si había una vieja, una de las de antes, que hubiera sufrido tanto como él, a esa no le negaría que le tocara los pies.

Miré a Euriclea.

*

Esta noche Odiseo me ha preguntado si lo sabía. Esta es la respuesta.

Euriclea trajo la jofaina de bronce, la grande, la que usamos para los huéspedes de honor. Echó agua fría y luego caliente. Se arrodilló a sus pies. Él se dio la vuelta hacia la oscuridad, lejos del fuego. Me fijé en eso. Me fijé en que se apartaba de la luz.

Y yo me quedé en mi silla, mirando el fuego.

No lo miré. A propósito. Porque había visto que se apartaba de la luz y porque había oído la fíbula del perro y del cervatillo y porque había visto una sonrisa de medio lado esa misma tarde en el salón.

Y porque si lo miraba, y veía lo que pensaba que podía ver, no iba a ser capaz de disimular.

Y si yo no era capaz de disimular, los pretendientes, que tenían ojos y oídos en cada rincón de la casa, Melanto la primera, lo iban a saber esa misma noche. Y lo iban a matar.

Así que miré el fuego.

Oí el agua. Oí a Euriclea frotándole las piernas, despacio, murmurando. Y luego oí un golpe. El ruido del bronce. El agua derramándose por el suelo. La jofaina volcada. Y un silencio, un silencio con un gemido dentro, igual que el de un animal al que le pisan la cola.

No me volví. Me quedé mirando las llamas con las manos quietas en el regazo y el corazón golpeándome en la garganta como un puño contra una puerta.

Por el rabillo del ojo vi a Euriclea mirarme, con la cara llena de lágrimas y la boca abierta, a punto de llamarme.

Y vi una mano, la de las piedras, agarrarla por el cuello y tirar de ella hacia la sombra.

No me volví.

Tardaron un rato. Luego Euriclea se levantó, salió del salón con la jofaina vacía, sin mirarme, y volvió con agua nueva. Y le terminó de lavar los pies. Y le ungió con aceite. Y él se volvió a sentar junto al fuego, tapándose la cicatriz de la rodilla con los harapos.

*

¿Lo sabía?

Saber, lo que se dice saber, es lo de la cama, lo de esta noche, lo de las raíces del olivo.

Aquella noche junto al fuego no lo sabía.

Pero había dejado de no saberlo. Había una parte de mí que se había puesto de pie, igual que las perras que oyen los pasos del amo por el camino antes de que nadie más los oiga, y que gemía por dentro.

Y había otra parte, la que había aprendido a sobrevivir veinte años, que le decía a la primera: quieta. Quieta. Mira el fuego.

Y mientras miraba el fuego, mientras Odiseo le tapaba la boca a Euriclea en la sombra, noté algo que no le había dicho nunca y que le dije esta noche, al oído, y que él escuchó con los ojos cerrados.

Noté que me mojaba. Allí, sentada en la silla de marfil, con el velo húmedo de lágrimas y el corazón a punto de reventarme, me mojé entera, como no me había mojado en veinte años, tanto que tuve miedo de dejar mancha en el cojín de la silla.

Apreté los muslos y el apretón me subió hasta el ombligo y casi me corrí allí mismo, sin tocarme, con las manos en el regazo, delante de Eurínome.

Por un viejo lleno de mugre que olía a pocilga.

Por una mano que agarraba un cuello en la sombra. Por la posibilidad.

Cuando volvió al fuego y se sentó, yo seguía temblando. Lo miré por primera vez desde que Euriclea había traído la jofaina. Le miré la cara llena de golpes y el pelo ralo y los ojos de cuerno. Y él me sostuvo la mirada sin parpadear.

Y entonces, porque no podía decirle nada de lo que tenía en la boca, le conté un sueño.