Las noches de Penélope 25. Los regalos
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25. Los regalos

—Los regalos —dijo Odiseo, y se rió con la cara hundida en mi pelo—. Me alegré tanto. Estaba sentado en el umbral con el pan en la mano y pensé: esta es mi mujer. Les está sacando el oro con palabras dulces y por dentro está pensando otra cosa.

—¿Y qué pensaba yo por dentro?

Se quedó callado. Me gustó que no lo supiera.

—Pensaba que no me iba a casar con ninguno —le dije—. Y que, si me casaba, me iba a llevar el peplo de Antínoo de ajuar, por fastidiarle.

Se rió otra vez. Luego dejó de reírse y me pasó un dedo por la ceja, por la arruga de entre las cejas, la de las cuentas.

Bajó el dedo por la nariz, por los labios, por la barbilla, por el cuello, y lo dejó quieto entre los pechos, sobre la marca roja que me ha dejado veinte años el cordón de la llave.

—Esa noche, junto al fuego —dijo—. ¿Lo sabías?

Tardé un rato en contestarle, porque esa es la pregunta que llevaba haciéndome desde que lo reconocí en esta cama y que todavía no le había contestado.