24. Delante de ellos
La tarde que bajé al salón a pedirles regalos llevaba cuatro días sin dormir bien y dos sin probar bocado.
Telémaco había vuelto de Esparta. Antínoo seguía vivo, a pesar de la emboscada fallida en el estrecho.
El plazo de la luna se acababa. Y en la casa había un mendigo nuevo, un viejo que había llegado con Eumeo el día antes, al que los pretendientes habían recibido a patadas y que esa misma mañana se había peleado a puñetazos en el umbral con Iro, el pedigüeño del pueblo, y lo había dejado en el suelo escupiendo dientes.
No lo había reconocido todavía. Lo había oído reír desde la ventana, ya lo he contado, y se me había encogido el estómago. Pero me había dicho que no. Que no podía ser.
Y aquella tarde, de repente, sin saber por qué, me dieron ganas de que me vieran.
*
Los aedos dirán que me lo mandó Atenea. Que la diosa me puso en el pecho el deseo de mostrarme a los pretendientes, para encenderles el corazón y para que mi marido y mi hijo me estimaran más.
Que me dejó dormida en mi silla y me lavó la cara con la ambrosía de Afrodita, me hizo más alta, más blanca que el marfil.
Lo dirán así porque así se cantan las cosas.
Fue de otra manera.
Le dije a Eurínome que quería bajar al salón y que le dijera a Autónoe y a Hipodamía que me acompañaran.
Eurínome me miró con la nariz rota y me dijo que antes me lavase la cara, que no podía bajar así, con los ojos hinchados de llorar, que no hay nada peor que llorar sin parar.
Me dijo que mi hijo ya tenía barba, que era lo que yo más había pedido a los dioses.
Y yo le contesté que no me hablara de lavarme ni de ungüentos, que la belleza se me había ido el día que mi marido se fue a Troya.
Mentira. Las dos lo sabíamos.
Me tumbé un rato en el sillón y me quedé dormida, eso es verdad. Dormí poco, pero hondo, de ese sueño que te borra la cara de cansancio. Y cuando me desperté, Eurínome me tenía preparado el baño.
No me apremió. Me lavó entera, el pelo también, con agua de romero.
Me ungió con la mirra de Arabia, la buena, la que me había traído aquel mercader sidonio hacía tantos años y que ella había ido guardando gota a gota.
Me la extendió por todo el cuerpo, también por los pechos y por dentro de los muslos y por el pubis recortado, sin decir nada, con las manos enormes, y me dejó brillando.
Me peinó y me trenzó el pelo y me lo recogió en lo alto de la cabeza, dejándome dos mechones sueltos sobre las sienes para taparme las canas.
Me pintó los ojos con un poco de antimonio, que yo no me ponía nunca.
Me puso los pendientes de oro de mi madre, los de tres colgantes, los que parecían moras.
Y me vistió con el peplo de azafrán, sin nada debajo.
El que había guardado en el arcón el invierno después de la caída de Troya. El que me había hecho para recibir a Odiseo.
Me miré en el espejo de bronce grande. Me quedaban unos meses para los cuarenta. Y por primera vez en mucho tiempo me gusté.
*
Bajé la escalera despacio, con una criada a cada lado. Me paré junto a la columna que sostiene el techo, la que está junto a la puerta, y me eché el velo brillante delante de la cara.
Y se callaron.
Ya he contado cómo se callaban cuando bajaba.
Pero aquella vez fue distinto. Aquella vez el silencio fue tan hondo que oí el fuego chisporrotear en el hogar.
A uno se le cayó la copa de las manos. Otro se levantó a medias del banco y se quedó así, ni sentado ni de pie.
Antínoo dejó de masticar. Eurímaco abrió la boca. Anfínomo, al fondo, bajó la cabeza.
Sentí que se les aflojaban las rodillas.
Lo sentí de verdad, igual que se siente el calor de una hoguera desde lejos.
Sentí sus ojos en mí, en mi cara detrás del velo, en mis pechos debajo del azafrán, en los pezones que se me marcaban en la tela fina porque no llevaba nada debajo y lo sabía.
En mis caderas. Sentí que todos ellos, los ciento ocho, me deseaban en ese momento como no habían deseado a nadie.
Que cada uno de ellos rezaba por tumbarse a mi lado.
Y me gustó tanto que se me mojaron los muslos allí de pie, junto a la columna, y me temblaron las piernas, y tuve que apoyarme en la madera.
Tenía poder. Aquella tarde, por una vez, tenía todo el poder que había fantaseado.
Y lo usé.
*
Primero regañé a Telémaco. Delante de todos.
Le dije que antes, de niño, era más sensato, y que ahora que era un hombre parecía tonto, porque había dejado que maltrataran a un huésped en su casa, a ese pobre mendigo, y que eso nos deshonraba a todos.
Telémaco me contestó con respeto, cosa que no hacía desde hacía mucho.
Me dijo que tenía razón, pero que no podía hacer nada, que estaba solo contra todos.
Y entonces Eurímaco me dijo una cosa bonita. Que si me vieran todos los aqueos de Argos, vendrían a mi casa todavía más pretendientes, porque yo era la mujer más hermosa y más sensata de todas.
Y le contesté lo que tenía preparado.
Le dije que mi belleza se la habían llevado los dioses el día en que los argivos se embarcaron para Troya y mi marido con ellos.
Que si él volviera y cuidara de mi vida, mi fama sería mayor y más hermosa.
Pero que ahora solo tenía tristeza. Y luego les conté lo que me dijo Odiseo aquella última noche, en esta cama, con la lámpara de cardamomo a punto de apagarse.
Que cuando a Telémaco le saliera la barba, me casara con quien quisiera y me fuera de casa.
Que ese momento había llegado. Que se acercaba la noche de la boda odiosa para mí, desgraciada, a quien Zeus había quitado la dicha.
Y luego les dije que no entendía qué clase de pretendientes eran. Que la costumbre, entre los hombres que pretenden a una mujer de buena familia, es traer ellos mismos los bueyes y las ovejas para el banquete y hacerle regalos espléndidos a la novia. No comerse sin pagar la hacienda ajena.
Se quedaron de piedra.
Y luego, uno detrás de otro, mandaron a sus criados a por regalos.
Antínoo me trajo un peplo enorme, bordado, precioso, con doce fíbulas de oro con sus hebillas curvas.
Eurímaco, un collar de oro engarzado con cuentas de ámbar, que brillaba como el sol.
Euridamante, unos pendientes de tres colgantes, parecidos a los de mi madre.
Pisandro, un collar de una belleza extraordinaria. Y los demás, cada uno algo.
Subí la escalera con las criadas cargadas de oro, de ámbar, de telas. Ciento ocho hombres mirándome la espalda.
*
Pero falta lo más importante. Lo más importante fue el mendigo.
Mientras hablaba, mientras me miraban todos, mientras sentía sus ojos encima y temblaba de poder, me di cuenta de que había un par de ojos que no me miraban como los demás.
Eran los del viejo, el que había tumbado a Iro.
Estaba sentado en el umbral, en el suelo, con un zurrón roto a los pies y un trozo de pan en la mano.
Tenía la cara cubierta de mugre y de golpes y el pelo ralo y blanco, y la espalda doblada.
No me miraba los pechos. No me miraba las caderas. Me miraba la cara, detrás del velo, con una atención extraña. Igual que si me estuviera reconociendo. Igual que si comparara la mujer que tenía delante con otra que tenía en la memoria.
Y cuando les pedí los regalos a los pretendientes, cuando les dije lo de la costumbre y los vi bajar la cabeza y mandar a por el oro, el mendigo sonrió.
Fue una sonrisa pequeña, de medio lado. Una sonrisa de hombre que ve hacer a otro una jugada que él mismo habría hecho. La había visto antes. La había visto en esta cama, la noche en que le dije a Odiseo lo de la sal en los surcos.
No lo pensé. No me lo permití. Pero mientras subía la escalera cargada de regalos, sentí que se me mojaba el muslo por dentro, igual que en el pasillo con Cleómedes, igual que en el huerto con Anfínomo, pero de otra manera.
Más hondo. Más viejo. Igual que cuando una huele de lejos el humo de la casa donde nació.
Esa noche, en el cuarto del olivo, no me toqué. No me atreví. Me quedé muy quieta en la cama, con el peplo de azafrán todavía puesto y la mirra todavía en la piel, mirando el poste y pensando en una sonrisa de medio lado en una cara llena de mugre.
Y por la noche, cuando ya se habían ido todos, mandé llamar al mendigo para que me contara lo que sabía de mi marido.
QUINTA PARTE. EL MENDIGO