23. La barba de Telémaco
Tengo que volver atrás unas semanas, a antes del huerto, porque me he saltado a mi hijo. Siempre me salto a mi hijo cuando hablo de mí. Supongo que es lo que hacen todas las madres, y supongo también que es lo que más le dolía a él.
*
Le salió la barba el año diecinueve. Primero fue una pelusa oscura en el labio de arriba, que se afeitaba con una navaja de bronce delante del espejo del patio, muy serio, cortándose cada dos por tres.
Luego le salió por las mejillas, rala, a mechones, y se la dejó crecer porque los pretendientes se reían de su cara de niño.
Y un día, en primavera, lo vi en el patio hablando con Eumeo, de perfil contra la luz, con la barba ya cerrada, corta y rojiza, igual que la de su padre, y me tuve que agarrar al marco de la puerta.
Cuando a Telémaco le salga la barba, cásate con quien quieras y vete de aquí.
Lo había tenido apuntado veinte años, igual que una fecha. Y la fecha había llegado.
No se lo dije a nadie. Ni a él. Me encerré en el cuarto del olivo y me senté en la cama y me quedé mirando el poste, la madera lisa y oscura, pulida por veinte años de mis manos.
Pensé que podía hacerlo. Que tenía el permiso de Odiseo, dicho por su boca en esta misma cama.
Que nadie, ni los dioses ni las mujeres de la isla ni Laertes en sus viñas, me podría reprochar nada.
Que llevaba veinte años esperando y que ya estaba bien. Que podía irme.
Y no me fui. Podía, eso ya lo había aprendido. Me quedé porque ese mismo día, por la tarde, Telémaco me echó del salón.
*
Fue delante de todos. Femio estaba cantando, y cantaba precisamente el regreso de los griegos desde Troya, las tormentas, los naufragios, los que se habían ahogado por el camino.
Bajé de mi cuarto con dos criadas, porque oí la canción desde arriba y no la soportaba, y le pedí a Femio, desde la escalera, con lágrimas en los ojos, que cantara otra cosa.
Que sabía muchas canciones. Que aquella me partía el corazón, porque no podía oírla sin pensar en mi marido.
Y Telémaco se levantó de la mesa, y me miró, y me dijo, con una voz que no le conocía:
—Madre, vuelve a tus habitaciones y ocúpate de tus cosas, del telar y de la rueca, y manda a las criadas a trabajar. La palabra es cosa de hombres. Y sobre todo mía, que soy el que manda en esta casa.
Se hizo un silencio. Los pretendientes se miraron entre sí, algunos con sorna, otros con sorpresa. Antínoo sonrió. Femio se quedó con los dedos parados sobre las cuerdas.
Y me di la vuelta y subí la escalera.
No le contesté. Lo que había dicho no me parecía bien, y tampoco me daba miedo.
Me fui porque me di cuenta, de golpe, al oírle, de que mi hijo necesitaba echarme para poder quedarse él.
Llevaba años viviendo a mi sombra, en una casa que mandaba yo, rodeado de hombres que se reían de él porque su madre era más fuerte que él.
Y si no me echaba delante de todos, nunca iba a poder ser el hombre de la casa. Ni para ellos ni para sí mismo.
Así que me fui. Y en la escalera, de espaldas a todos, sonreí.
Arriba, en el cuarto del olivo, me tumbé en la cama y lloré un rato, por supuesto.
Una madre llora cuando su hijo le habla así, aunque sepa por qué lo hace.
Pero luego dejé de llorar y me quedé mirando el techo y pensé que Odiseo habría estado orgulloso de él.
Que había hecho lo que tenía que hacer, de la manera más torpe y más dura, como hacen los hombres jóvenes las cosas que tienen que hacer.
*
No me di cuenta de que se había ido hasta pasados tres días.
Una madre debería darse cuenta enseguida, ya lo sé.
Pero estábamos enfadados. No me hablaba y yo tampoco a él.
Comía con los pretendientes, dormía en su cuarto del patio, salía a caballo por las mañanas.
Me había acostumbrado a no verlo. Y la tercera noche Medonte subió a mi cuarto de hilar con la cara blanca y me dijo que Telémaco se había ido en una nave a Pilos, a casa de Néstor, a buscar noticias de su padre.
Que se había ido de noche, a escondidas, con veinte remeros, sin decirle nada a nadie.
Que solo lo sabía Euriclea, porque él le había pedido que le preparase las provisiones y le había hecho jurar que no me lo diría hasta pasados once o doce días, para que no me pusiera a llorar y me estropeara la cara.
Para que no me estropeara la cara. Eso le dijo a Euriclea. Mi hijo, que me había echado del salón delante de todos, se preocupaba de que no me estropeara la cara llorando.
Y luego Medonte me dijo lo otro. Lo que había oído en el patio, detrás de una columna, mientras servía el vino.
Que Antínoo se había enterado también. Que estaba furioso.
Que iba a coger una nave rápida con veinte hombres y se iba a esconder en el estrecho, entre Ítaca y Same, junto a la isla de Ásteris, para esperar a Telémaco a la vuelta y matarlo.
*
No sé cómo pasé esa noche. Me la han contado, porque yo no me acuerdo.
Me contó Euriclea que me tiré al suelo en el umbral del cuarto y que no me pude levantar.
Que no quise sentarme en ninguna de las sillas que había en la casa, que había muchas, y que me quedé en el suelo, gimiendo, con las criadas alrededor llorando también.
Que le grité por no habérmelo dicho y que ella me confesó que lo sabía todo, que había jurado, que si quería que la matara.
Que no la maté. Que luego me lavé, me puse ropa limpia y subí al piso alto con las criadas y le recé a Atenea, echando la cebada en el cesto, pidiéndole que salvara a mi hijo de esos hombres insolentes.
No comí nada ese día. Ni bebí. Me acosté sin cenar.
Y soñé con mi hermana.
Iftima, la que se casó con Eumelo y se fue a vivir a Feras, en Tesalia, lejísimos.
Hacía veinte años que no la veía. Entró en mi cuarto por la rendija del pestillo, sin abrir la puerta, como entran los sueños, y se quedó de pie junto a la cabecera.
Me dijo que no llorara. Que los dioses no querían que yo sufriera tanto.
Que mi hijo iba a volver, porque no había ofendido a los dioses en nada, y que tenía una compañera que lo protegía, una compañera que cualquier hombre querría a su lado, la propia Palas Atenea, que se apiadaba de mí y que la había enviado a ella a decírmelo.
Le pregunté por Odiseo. En el sueño. Le pregunté si estaba vivo o si estaba en la casa de Hades.
Y mi hermana, o lo que fuera que se parecía a mi hermana, me dijo que de eso no me iba a decir nada. Que no estaba bien hablar al viento. Y se fue por donde había venido, por la rendija del pestillo.
Me desperté con el corazón tranquilo, por primera vez en mucho tiempo.
*
Cuento esto porque sé que para Odiseo su hijo es ahora el muchacho que le ayudó a matar a ciento ocho hombres.
El que sostuvo la lanza a su lado, el que cerró las puertas, el que fue a por las armas al almacén y se dejó la puerta abierta, el que colgó a las criadas.
El que lo abrazó llorando en la pocilga de Eumeo cuando se dio a conocer.
Es eso, ya lo sé. Pero también es el niño que dijo «ma» señalando el mar, el que se sentaba en mi regazo con las piernas colgando, el que me preguntó a los once años si su padre estaba muerto, el que me preguntó a los trece si yo haría lo de Clitemnestra.
Y es el hombre que, la noche antes de irse a Pilos, borracho de vino y de rabia, me dijo que yo no era mejor que Clitemnestra, que solo era más lenta.
Me lo dijo en el pasillo, de madrugada, cuando subía de un banquete.
Yo salía del cuarto de hilar con una lámpara y me lo encontré tambaleándose, con los ojos rojos.
Se paró delante de mí. Me dijo que los pretendientes se reían de él.
Que decían que su madre se los estaba trabajando a todos.
Que decían que yo me tocaba por las noches pensando en ellos, que Melanto lo contaba.
Que le daba vergüenza ser hijo mío. Y que yo no era mejor que Clitemnestra. Que solo era más lenta.
No le pegué. Me habría gustado. Le dije que se fuera a dormir.
Y al día siguiente se fue a Pilos sin despedirse de mí.
Cuando volvió, unos días después, Odiseo ya estaba en la isla, aunque yo no lo sabía.
Telémaco subió a la casa con otra cara. Me abrazó en el umbral, delante de las criadas, cosa que no hacía desde niño.
Me dijo que había visto a Néstor, a Menelao y a Helena.
Que Helena le había hablado mucho de mí.
Que Menelao le había contado que su padre estaba vivo, preso en una isla, con una ninfa.
Y me pidió perdón. No me dijo de qué. Me dijo solo «perdóname, madre», con la barba rojiza pegada a mi mejilla.
Le perdoné. Claro que le perdoné. Pero no se me olvidó lo de Clitemnestra. Y aún hoy me pregunto si tenía razón.