Las noches de Penélope 22. El hijo de Niso
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22. El hijo de Niso

De Anfínomo voy a hablar despacio, porque es el único de todos ellos del que me cuesta hablar.

Y porque murió en el salón, con la lanza de Telémaco clavada en la espalda cuando corría hacia Odiseo con la espada desnuda, y sé que antes mi marido intentó salvarlo.

Me lo dijo Telémaco. Que el día antes, cuando todavía iba disfrazado de mendigo, Odiseo lo cogió aparte en el salón y le dijo que se fuera de la casa, que el dueño estaba al llegar y que habría sangre.

Que él se quedó pensativo, con la cabeza baja, y no se fue.

No sé por qué no se fue. Creo que lo sé. Pero me da miedo que Odiseo también lo sepa.

*

Era de Duliquio, hijo del rey Niso, un hombre rico y honrado del que todo el mundo hablaba bien.

Llegó al principio, con los primeros, y al principio no lo distinguí de los demás.

Era uno más de los de Duliquio, de esos que comían mucho y gritaban mucho.

Pero con el tiempo me fui dando cuenta de que no gritaba.

De que comía poco. De que se sentaba siempre en el mismo sitio, al fondo, cerca de la puerta del patio, y de que cuando yo bajaba al salón no me miraba como los demás. Bajaba los ojos.

Lo primero que me gustó de él fue una cosa que dijo en una asamblea, cuando los pretendientes, después de que Telémaco se fuera a Pilos sin avisarles, hablaron por primera vez en voz alta de matarlo.

Antínoo quería tenderle una emboscada en el estrecho a la vuelta.

Los demás asentían, borrachos. Y Anfínomo se levantó y dijo que no.

Que él no quería matar a Telémaco. Que matar a un hijo de rey era cosa grave y que, antes de hacerlo, había que preguntar a los dioses.

Que si los oráculos de Zeus lo aprobaban, él mismo lo mataría. Y si no, se oponía.

Valentía, lo que se dice valentía, no era. Ponía a los dioses por delante para no tener que ponerse él. Pero fue suficiente para que los demás se callaran. Y fue suficiente para que mi hijo viviera unos días más.

Me lo contó Medonte, que estaba sirviendo el vino. Esa noche, por primera vez, me fijé de verdad en Anfínomo.

*

No sé cómo empezamos a hablar. Fue poco a poco, como todo en aquellos años.

Un encuentro en el patio. Un saludo en la escalera.

Una tarde en el huerto de atrás, junto a las higueras, donde yo iba a coger higos para la despensa y él aparecía, por casualidad, a dar un paseo.

Me ayudaba a coger los de las ramas altas. Me preguntaba cosas.

No me preguntaba si me gustaba el mar. Me preguntaba otras.

Cómo había conseguido llevar la casa sola veinte años.

Cómo sabía cuánto aceite hacía falta para el invierno.

Qué pensaba de los pastos del Nérito, si eran mejores para ovejas o para cabras.

Me preguntaba por mi padre, por Esparta, por mis hermanos.

Me preguntaba por Telémaco, y me escuchaba hablar de él sin interrumpirme.

Me preguntaba por Odiseo. Me pedía que le contara cómo era.

Y yo le contaba, y él escuchaba con la cabeza un poco inclinada, sin celos, sin burla, con curiosidad.

Me di cuenta de que me trataba como a una persona. Ni como a una reina, ni como a un premio, ni como a una puerta. Como a una mujer que sabía cosas.

Tenía treinta años. Era viudo; su mujer se le había muerto de parto, con la criatura, unos años antes, y no había querido volver a casarse hasta que su padre le insistió en que viniera a Ítaca.

Me lo contó una tarde en el huerto, con un higo abierto en la mano, sin mirarme.

Me dijo que había venido sin ganas, porque se lo mandaba su padre, y que se había quedado porque me había conocido.

—No sé si te quiero —me dijo. Me tuteaba cuando estábamos solos—.

No sé si se puede querer a alguien que está casado con otro hombre aunque ese hombre esté muerto.

Pero me gusta estar contigo. Me gusta cómo hablas.

Y creo que si fuéramos marido y mujer seríamos buenos amigos, y eso es más de lo que tienen muchos.

No le contesté. Me quedé mirando el higo abierto en su mano, rojo por dentro, lleno de semillas.

*

Lo cuento entero.

Fue a finales del verano del año veinte.

Pocas semanas antes de que volviera Odiseo.

Yo estaba muy cansada. Lo del sudario se había acabado y Antínoo me había dado plazo hasta la luna siguiente.

Telémaco se había ido a Pilos y a Esparta a buscar noticias de su padre sin decirme nada, y yo me había enterado por Medonte de que los pretendientes querían matarlo a la vuelta, y me pasaba las noches en vela, sin comer, rezando a Atenea.

Estaba agotada de esperar. De mentir. De tener miedo.

Y aquella tarde bajé al huerto y él estaba allí, entre las higueras, y se acercó a mí sin decir nada, y me abrazó.

Solo eso. Me abrazó.

Y me eché a llorar en su pecho como no había llorado en veinte años.

Lloré con todo el cuerpo, con la cara apretada contra su túnica, que olía a hierba cortada y a sudor limpio.

Él me sujetaba sin moverse, con una mano en mi nuca y la otra en la espalda, y me dejó llorar todo lo que quise.

No me dijo nada. No me consoló. Me sujetó.

Cuando dejé de llorar, levanté la cara y lo miré, y él me besó.

O yo lo besé. No lo sé. Creo que los dos a la vez.

Fue un beso lento, salado de mis lágrimas, con los labios cerrados al principio y luego no.

Me cogió la cara con las dos manos. Yo le agarré de la túnica, de la espalda, y lo apreté contra mí.

Me empujó suavemente contra el tronco de una higuera y siguió besándome, la boca, el cuello, los ojos.

Noté la corteza rugosa en la espalda a través del peplo.

Noté sus manos bajando por mis hombros, por mis brazos, por mi cintura, rodeándome las caderas.

Me apreté contra él. Lo noté duro contra mi vientre.

Le metí las manos por debajo de la túnica, por la espalda, y le toqué la piel, caliente, sudada, y él gimió en mi boca.

Bajé una mano por delante. Lo cogí. Lo tuve en la mano por primera vez, grueso y caliente, y él dejó de besarme y apoyó la frente en la mía y se quedó quieto, respirando por la boca, mientras yo lo acariciaba despacio de arriba abajo, sin pensar, con veinte años de hambre en la muñeca.

Y me abrió el peplo. Me lo abrió por el hombro, con cuidado, y me bajó la tela hasta descubrirme un pecho.

Arrancó un higo maduro de la rama que tenía encima, lo partió con los pulgares y me pasó la carne roja por el pezón, despacio, en círculos, hasta dejármelo pringoso de pulpa y de semillas.

Luego se inclinó y me lo lamió hasta dejarlo limpio.

Me acuerdo de que pensé que nunca había sentido algo así, la dulzura pegajosa y su lengua caliente y el aire de la tarde enfriándome la piel mojada.

Eché la cabeza hacia atrás contra la higuera y miré las hojas, verdes y anchas contra el cielo blanco del final de la tarde, y sentí que me deshacía por dentro, que me abría entera, que no había nada en el mundo que quisiera más que tumbarme allí mismo en la hierba, debajo de la higuera, y abrirle las piernas a ese hombre bueno que me sujetaba cuando lloraba.

Y le iba a dejar. Esta vez no hubo tos de Anticlea ni frase tonta de Eurímaco. Esta vez nadie me salvó.

Le iba a dejar, y él lo supo, y se apartó.

Se apartó él. Me subió el peplo y me lo ató en el hombro con los dedos temblando. Me dio un beso en la frente. Y me dijo:

—Así no. Si va a ser, que sea a la luz. Delante de todos. En tu casa, con tu hijo delante. No a escondidas en un huerto, como si fuera un robo.

Y se fue.

*

Me quedé sentada en la hierba, con la espalda contra la higuera, hasta que se hizo de noche. Tenía el pecho pegajoso de higo y la palma de la mano todavía con su forma. No me toqué. No lloré más. Pensé.

Pensé que si Odiseo estaba muerto, me casaría con él.

Lo pensé con toda claridad, por primera vez en veinte años.

Si estaba muerto, si Telémaco volvía de Esparta con la noticia que no quería oír, me casaría con Anfínomo y me iría a Duliquio con él, y sería, como decía él, su buena amiga.

Y en la cama sería algo más que amiga, eso ya lo sabía.

Y sería feliz. O lo más parecido a feliz que pudiera ser después de esto.

Y pensé otra cosa, más difícil. Que si Odiseo estaba vivo, si volvía, Anfínomo moriría. Porque conozco a mi marido. Porque sé lo que hace con los que tocan lo suyo. Porque Palamedes me lo había enseñado, y Clitemnestra, y la tienda con el oro enterrado.

Esa noche recé a Atenea, como todas las noches. Pero aquella vez le recé dos cosas distintas, y me avergüenza decir cuáles. Le pedí que Odiseo volviera. Y le pedí que, si volvía, Anfínomo ya se hubiera ido.

La diosa me concedió la mitad.

*

Cuando Odiseo entró en el salón disfrazado de mendigo, Anfínomo fue el único que le dio pan. El único que le habló con respeto. Y mi marido le dio el aviso. Lo intentó. Se lo agradezco.

Pero no se fue. Se quedó mirando al suelo con la cabeza baja y se quedó.

Y creo que se quedó por mí. Por lo que le había dejado hacer en el huerto. Por lo que le había dejado de decir. Creo que se quedó porque pensó que, si se iba, yo me casaría con otro. Con Antínoo, con Eurímaco. Y quiso quedarse a protegerme de ellos.

Y murió por eso. Sin que Odiseo lo supiera. Por quedarse a protegerme de los que mi marido venía a matar.

No se lo reprocho a nadie. Lo cuento. Para que conste que cuando Odiseo pasó por encima de su cuerpo con el arco en la mano, pasó por encima de algo mío.