21. Melanto
La hija de Dolio llegó a la casa con seis años, descalza, con los pies llenos de costras y una muñeca de trapo sin cara.
Dolio era el esclavo que cuidaba las viñas de Laertes, un hombre callado y bueno que tenía muchos hijos y poca comida, y me la trajo un día de invierno para que sirviera en la casa grande, porque allí, me dijo, por lo menos comería caliente.
Era el segundo año de la ausencia de Odiseo.
Telémaco tenía tres años y yo estaba sola con él y con Anticlea, y aquella niña de ojos negros y pelo enredado me entró por los ojos.
No la puse a servir. Al principio no. La senté a mi lado en el cuarto de hilar y le enseñé a cardar la lana.
Le cosí una cara a la muñeca de trapo con hilo rojo.
Le di de comer de mi plato. La bañé en la tina de los pulpos azules y le quité los piojos uno a uno con un peine de hueso, mientras ella lloraba y se reía a la vez.
Por las noches dormía en un jergón a los pies de mi cama, junto a la cuna de Telémaco, y si tenía pesadillas se me subía a la cama y se me acurrucaba en la espalda.
Era la hija que no tuve. Eso lo supe enseguida y lo sé ahora. Me habría gustado tener una hija. Odiseo siempre quiso más hijos, varones, para la isla, para las naves. Yo quería una niña. Y como no podía tenerla con él, porque no estaba, tuve a Melanto.
Le regalé cosas. Pendientes de cobre cuando le agujereé las orejas a los diez años.
Un collar de cuentas de ámbar cuando le vino la primera sangre, y esa noche me senté con ella en la cama y le expliqué lo que nadie me había explicado a mí, lo de la luna, lo de los hombres, lo del placer.
Le regalé un peplo verde con una cenefa de hojas bordadas el último cumpleaños antes de que llegaran los pretendientes, cuando cumplió los veinte.
Le dije que estaba preciosa con él. Era verdad.
Se había hecho una mujer guapísima, morena, alta, con unas caderas anchas y una boca grande que se reía por cualquier cosa.
Con ese peplo verde la vi entrar en el cuarto de Eurímaco.
*
No hice nada esa noche. Ni la siguiente.
Dejé pasar unos días porque tenía miedo de lo que podía decir si hablaba en caliente.
Y porque necesitaba saber. Así que hice lo de siempre.
Pregunté. Pregunté a Eurínome, a Autónoe, a Hipodamía.
Y me lo contaron todo, bajando los ojos, con la vergüenza de las que lo sabían desde hacía mucho y no me lo habían dicho.
Melanto llevaba dos años con Eurímaco. Dormía con él casi todas las noches.
Se reía con los pretendientes en el salón, les servía el vino con más gracia que a nadie, bromeaba con ellos de cosas de la casa.
De mí. Se burlaba de mí. Contaba, para que se rieran, cómo me desnudaba por las noches en el cuarto del olivo, cómo hablaba sola, cómo lloraba.
Contaba que me tocaba. Que me oía gemir a través de la puerta.
Que guardaba en el arcón un cuero de Mileto.
Los pretendientes se reían a carcajadas y le daban monedas.
Y había sido ella. Ella les había contado lo del sudario. Lo había descubierto una noche que no podía dormir, que bajó a la cocina a por agua y nos vio a las cuatro destejiendo a la luz de la antorcha. Y se lo contó a Eurímaco en la cama. Y Eurímaco se lo contó a Antínoo.
*
La llamé al cuarto de hilar una tarde, cuando los pretendientes estaban en el patio jugando al disco. Vino con el peplo verde. Supongo que lo hizo a propósito.
Se quedó de pie en la puerta, con las manos a la espalda, mirándome. No bajó los ojos. Nunca los había bajado, ni de niña. Eso me había gustado de ella.
—Siéntate —le dije.
No se sentó.
—¿Por qué, Melanto?
No me contestó enseguida. Se miró las uñas, que llevaba pintadas con alheña, otra cosa nueva, otro regalo de Eurímaco seguramente. Luego me miró a mí.
—¿Por qué qué, señora? ¿Por qué me acuesto con Eurímaco o por qué le conté lo del telar?
—Las dos cosas.
Se encogió de hombros.
—Me acuesto con él porque me gusta. Porque es guapo y me trata bien y me hace cosas que me gustan.
¿Quiere que le cuente cuáles? Me pone de pie contra la pared y se arrodilla y me come hasta que no me tengo.
Me hace subirme encima y me mira mientras me muevo, como si fuera una diosa.
Usted me explicó una vez que el placer no es malo.
Me lo explicó en su cama, la noche de mi primera sangre. ¿Se acuerda?
Me acordaba.
—Y le conté lo del telar —siguió— porque quiero que se acabe esto.
Porque quiero que usted elija a uno, el que sea, y que la casa vuelva a ser una casa.
Y que Eurímaco, si es él, se case con usted y me tenga a mí también, como tienen los señores a sus criadas favoritas, y que yo pueda vivir aquí bien, sin tener que esconderme, sin tener que fregar los platos de ciento ocho cerdos todos los días.
Me quedé callada. Ella dio un paso adentro. Ya no tenía las manos a la espalda.
—Usted espera a un fantasma, señora —me dijo, más bajo—.
Lleva veinte años esperando a un fantasma.
Se va a morir esperándolo, como se murió la vieja.
Y yo no quiero morirme así. Yo tengo veinte años.
Quiero vivir ahora. Quiero que un hombre me desee ahora, no dentro de veinte años, cuando tenga la cara como una pasa.
Me lo dijo a mí. A mí, que tenía treinta y nueve años y la cara empezando a ser como una pasa.
*
La podía haber hecho azotar. Era mi derecho.
La podía haber mandado de vuelta a las viñas con su padre.
La podía haber vendido a un mercader fenicio.
No hice nada de eso. Primero porque no podía: Eurímaco la protegía, y con ella todos los demás, y si la tocaba se me echarían encima.
Y luego, sobre todo, porque mientras la escuchaba sentí algo que me paralizó.
Me vi a mí misma en ella.
A la que había sido la noche de Femio, cuando me metí en la piel de Clitemnestra.
A la que había querido vivir, aunque fuera de una manera horrible, antes que secarse por dentro.
Melanto había hecho lo que yo había fantaseado.
Había escogido un hombre y se lo había metido en la cama.
Había apostado por los que ella creía que iban a ganar.
Había traicionado a su señora, que era también su madre, porque su señora le estaba robando la vida con su espera.
Y me di cuenta de que tenía celos de ella. De Eurímaco, ni pizca. De su juventud, de su cuerpo, de su descaro. De que pudiera hacer lo que yo no me permitía. De que se acostara cada noche con un hombre que la deseaba, mientras yo me tocaba sola en una cama de olivo pensando en un fantasma.
No le dije nada de eso, claro. Le dije que se fuera.
Y se fue. Pero en la puerta se dio la vuelta y me dijo otra cosa, la última que me dijo nunca a solas.
—Eurímaco dice que lo hace muy bien, señora. Lo de tocarse. Que se la oye desde el pasillo. Dice que es una lástima que se desperdicie.
Y salió con su peplo verde, moviendo las caderas.
*
Esa noche me quedé despierta mucho tiempo.
No lloré. No me toqué. Me quedé tumbada mirando el techo y pensando en la niña de los piojos, la de la muñeca sin cara, la que se me acurrucaba en la espalda cuando tenía pesadillas.
Me pregunté en qué momento la había perdido.
Si había sido culpa mía. Si le había dado demasiado, o demasiado poco.
Si le había explicado demasiado bien lo del placer y demasiado mal lo de la lealtad.
O si simplemente había crecido en una casa sin hombre, llena de hombres que no eran de la casa, y había aprendido que el que manda es el que come y el que bebe y el que coge a las criadas por la noche, y que la que espera es la que pierde.
No lo sé todavía. No sé si lo sabré nunca.
Y ahora tengo que escribir lo que me ha costado toda la noche decir.
Melanto está muerta. La ahorcaron en el patio por orden de Odiseo, con otras once, colgadas de un cabo de barco atado entre una columna y el horno, todas en fila, con los pies a un palmo del suelo.
Lo hizo Telémaco. Me lo contó Euriclea por la mañana, junto con lo demás.
Y yo no le he dicho nada a mi marido en toda la noche. Ni se lo he reprochado.
Tampoco se lo voy a reprochar ahora.
Pero esta noche, mientras le hablaba, cada vez que nombraba a una de las criadas me acordaba de que estaba muerta.
Y lloré por ella. Por Melanto. Por la traidora.
Lloré más por ella que por ninguno de los ciento ocho.
Lloré por la muñeca sin cara. Lloré porque yo le había cosido la cara con hilo rojo.