Las noches de Penélope 20. La escalera
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20. La escalera

De todos los pretendientes, solo dos me quitaron el sueño. Y cada uno me lo quitó de una manera distinta.

Eurímaco era guapo. Lo digo sin rodeos, porque Odiseo lo vio y lo sabe, aunque lo viera ya con el miedo en la cara, suplicando, ofreciéndole veinte bueyes por cabeza para pagar lo que habían comido.

No lo vio en sus buenos tiempos. Era alto, delgado, con el pelo castaño y rizado que le caía hasta los hombros y una boca de labios gruesos que sonreía siempre un poco de lado, como si se estuviera riendo de algo que solo él sabía.

Hablaba bien. Mejor que nadie en aquel salón.

Tenía la voz suave y los modales de los hijos de las buenas casas, y cuando me miraba, me miraba a los ojos y no a los pechos, como hacían los demás.

Eso era lo peligroso de Eurímaco. Que sabía lo que querían oír las mujeres.

Antínoo era otra cosa. Antínoo era el más fuerte y el más rico, el hijo del armador, el que mandaba sobre los demás sin que nadie lo hubiera nombrado jefe.

Feo, con la cara ancha y la nariz chata, de púgil, y unos ojos pequeños, muy negros, muy juntos.

Pero tenía una cosa que no tenía ninguno de los otros, y era que no mentía.

O no me mentía a mí. Desde el principio, desde aquella primera comida en que me trajo la diadema de oro, me dejó claro lo que quería.

Quería la isla. Quería ser rey. Yo era el camino.

Y no sé por qué, eso me daba más miedo que todas las palabras bonitas de Eurímaco.

*

Empiezo por Eurímaco, que es lo más fácil y lo que más vergüenza me da.

Durante los años del sudario se pasó muchas tardes detrás de mi telar, hablándome al oído mientras yo tejía.

Me decía que tenía las manos más bonitas de toda Grecia.

Que no entendía cómo un hombre podía dejar sola a una mujer así veinte años.

Que si él hubiera sido mi marido no se habría movido de Ítaca ni aunque se lo pidiera el propio Zeus.

Me hablaba de los sitios adonde me llevaría, de Corinto, de Atenas, de los jardines de Creta.

Me decía que yo merecía algo más que un monte de cabras.

Que merecía que alguien me mirase cada día, y no cada veinte años.

Sabía lo que hacía. Me tocaba las heridas con la punta de la lengua, una por una.

Y una noche le dejé.

No fue lo que se piensa cuando se oye eso. Pero fue algo.

Fue en el pasillo del almacén, donde no había luz, después de un banquete.

Yo había bajado a por un ánfora pequeña de aceite para la lámpara del cuarto de hilar, sola, porque las criadas estaban fregando.

Él me estaba esperando en la oscuridad. Supongo que Melanto le había dicho que bajaría.

No me cogió de la mano como Cleómedes. Se me acercó por detrás, muy despacio, y me puso las manos en la cintura, y me apoyó la boca en el cuello, debajo de la oreja, en ese sitio que Odiseo encontró la noche del velo.

Y yo me quedé quieta.

Me quedé quieta mucho rato. Demasiado. Le dejé besarme el cuello, despacio, subiendo hasta la oreja, mordiéndome el lóbulo.

Le dejé que me apretara la cintura y que me pegara contra él, y noté su sexo duro contra mis nalgas a través del peplo, y en vez de apartarme eché las caderas hacia atrás para notarlo mejor.

Le dejé que me subiera una mano por el costado hasta cogerme un pecho, entero, por encima de la tela, y que me buscara el pezón con el pulgar.

Le dejé que bajara la otra mano por el vientre y me la metiera entre las piernas por encima del peplo, apretando, frotando con dos dedos justo donde había que frotar, porque sabía dónde había que frotar, eso hay que reconocérselo.

Cerré los ojos. Tenía treinta y nueve años y veinte sin Odiseo.

El cuerpo se me encendió entero, igual que una hoguera cuando le echas aceite.

Me temblaban las rodillas. El ánfora se me inclinó en la mano y noté el aceite derramándose, tibio, por la muñeca y por el antebrazo, goteando al suelo, y no la enderecé.

Y entonces me susurró al oído.

—Cuando seas mía, lo primero que voy a hacer es quemar ese telar.

No sé por qué me lo dijo. Supongo que le pareció algo apasionado.

Algo que se dice en los cantos. Pero yo lo oí y se me heló la hoguera de golpe, porque entendí que no sabía nada de mí.

Que creía que el telar era mi cárcel, cuando el telar era lo único que me mantenía libre.

Que me hablaba igual que se habla a cualquier mujer, con las palabras que sirven para todas.

Que lo que yo había sentido en su mano venía de mi propia hambre y él no pintaba nada en ello.

Me di la vuelta y le aparté. Con cuidado. Sin escándalo.

—Buenas noches, Eurímaco.

Y me fui con el ánfora medio vacía debajo del brazo y el antebrazo chorreando aceite, temblando.

Esa noche no me toqué. Me sentía sucia. Lo que había hecho era casi nada; lo que me ensuciaba era haber estado tan cerca de dárselo todo a alguien que no me veía.

Pensé en Melitta, la de las Tesmoforias.

Mientras sea esa razón, aguanta. Y me di cuenta de que lo que había sentido en el pasillo no tenía nada que ver con ninguna razón.

Era hambre. Hambre pura. Y el hambre, mal administrada, te hace comer cualquier cosa.

*

Lo de Antínoo fue distinto. Lo de Antínoo fue la escalera.

Fue la noche en que descubrieron el sudario.

Después de la lámpara, del silencio, de las criadas apretadas contra mí, Antínoo se levantó y dijo que se acabaron los juegos, que la señora tenía que elegir antes de la próxima luna, y que si no elegía, elegirían ellos por ella.

Lo dijo tranquilo. Sin gritar. Y luego se fue a dormir.

Subí a mi cuarto. Ya he contado que vi a Melanto entrar en el de Eurímaco. Me quedé un momento parada en el rellano, con la lámpara en la mano, sin poder creerlo. Y entonces oí pasos detrás de mí, en la escalera. Me volví.

Era Antínoo. Subía despacio, escalón a escalón, con la cara medio en sombra.

No había nadie más. Las criadas se habían quedado abajo recogiendo.

Euriclea estaría ya en su jergón delante de mi puerta, pero mi puerta estaba al fondo del pasillo y yo estaba en el rellano, de espaldas a la pared.

Antínoo llegó hasta el último escalón y se paró a un palmo de mí.

Era más alto que yo, mucho más ancho. Olía a vino y a cuero.

—Has jugado bien —me dijo—. Lo reconozco. Tres años. Nadie más en toda Grecia habría aguantado tres años.

No contesté. Le miré a los ojos.

—Yo no soy Eurímaco —siguió—. No te voy a decir que te quiero.

No te quiero. Quiero esta casa. Quiero el trono de tu marido.

Quiero sus naves y sus rebaños. Quiero que la gente de esta isla me llame señor.

—Se acercó más. Me cogió la muñeca, la que tenía libre, la misma que me besó Cleómedes—.

Pero también quiero otra cosa. Te quiero a ti en esa cama de olivo que dicen que tienes.

Te quiero debajo de mí. Y lo voy a tener. Con boda o sin boda.

Me apretó la muñeca. Fuerte. Me hizo daño.

Y yo, que llevaba en la otra mano, metida en el cinturón, la fíbula en forma de abeja que me había dejado Cleómedes entre los hilos del telar trece años antes, la que no me había prendido nunca, la que llevaba conmigo desde que empezaron los pretendientes por si acaso, la saqué con los dedos sin que se diera cuenta y le clavé la aguja en el dorso de la mano. Hasta el fondo.

No gritó. Eso se lo concedo. Se quedó mirando la fíbula clavada en su mano, la abeja de bronce con sus alitas grabadas, y la sangre que empezaba a salirle alrededor. Me soltó la muñeca. Se arrancó la fíbula de un tirón y la miró a la luz de la lámpara.

Y se echó a reír.

Se rió en voz baja, con una risa que me puso los pelos de punta, y me devolvió la fíbula. Me la puso en la palma de la mano, ensangrentada, y me cerró los dedos encima.

—Me gustas —me dijo—. Me gustas mucho más de lo que pensaba.

Y bajó la escalera.

*

No se lo conté a nadie. Ni a Eurínome. Ni a Telémaco, que lo habría ido a buscar con un cuchillo y habría acabado muerto. Me encerré en el cuarto del olivo, lavé la fíbula en la jofaina, me miré la muñeca, que tenía las marcas de sus dedos moradas, y me senté en la cama a temblar.

Por eso me alegré de que Odiseo lo matara el primero.

Pero hay otra cosa, que me cuesta más. Aquella noche, después de temblar, cuando por fin me tumbé en la cama, pensé en él.

En Antínoo. En su risa. En lo que había dicho.

Me gustas. Y me dio asco pensar en él, y me dio miedo, y debajo del asco y del miedo, en algún sitio muy hondo y muy oscuro, había algo más.

Algo que no quería mirar. Era el único de todos ellos que me había tratado como a una enemiga.

Como a alguien que podía ganarle. Y hay algo en eso, en que un hombre te tenga por rival, que se parece mucho a que te desee de verdad.

No me toqué pensando en él. Nunca. Pero tardé mucho en dormirme, y cuando me dormí soñé con la escalera, y en el sueño yo no llevaba la fíbula.

Me desperté gritando. Euriclea entró corriendo. Le dije que había sido una pesadilla.

Lo era.