17. El primero
—Antínoo —dijo Odiseo.
Solo el nombre. Lo dijo mirando al techo, con la voz plana, igual que se dice el nombre de una enfermedad que ya se ha curado.
—Lo maté el primero.
—Ya lo sé.
—Estaba bebiendo. Tenía la copa de oro en las manos, la de dos asas, la levantaba para beber.
No se lo esperaba. La flecha le entró por la garganta y le salió por la nuca, y la copa se le cayó de las manos y el vino se derramó por el suelo, y él cayó de lado y le dio una patada a la mesa con el pie.
El pan y la carne se cayeron también. Se mezcló todo en el suelo, el vino, la sangre, el pan.
No se lo había preguntado. Me lo contaba porque necesitaba contármelo.
Yo dormía en el piso de arriba cuando pasó, con un sueño tan pesado que no oí nada, ni los gritos, ni las flechas, ni el estruendo de las mesas volcadas.
Los aedos dirán que me lo mandó Atenea; ya contaré quién me lo mandó de verdad.
Me lo contó Euriclea a la mañana siguiente, y yo no la creí. Ahora me lo contaba él. Le dejé.
—Quería que lo supieras —dijo—. Que fue el primero. Que no tuvo tiempo de nada.
—Yo también quería que fuera el primero.
Se volvió a mirarme. Le sostuve la mirada. No sabía, todavía no, todo lo que Antínoo me había hecho pasar en tres años. Lo que sabía se lo había contado Telémaco, y Telémaco no lo sabía todo. Ninguno de los dos sabía lo de la escalera.
—Cuéntamelo —me pidió.
—Voy a ello. Pero despacio. Desde el principio. Que si no, no se entiende.