Las noches de Penélope 18. Ciento ocho
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18. Ciento ocho

Al principio fue uno solo. Luego fueron cuatro. Luego doce. Al final, cuando Telémaco se puso a contarlos un día con una tablilla, por rabia, fueron ciento ocho.

Cincuenta y dos de Duliquio, con seis criados.

Veinticuatro de Same. Veinte de Zacinto.

Doce de Ítaca, los hijos de nuestros vecinos, los que habían jugado de niños con Telémaco en la playa.

Y con ellos venían sus criados, sus escuderos, sus perros, sus aedos de pacotilla, sus parásitos.

A veces, en los días grandes, había doscientas personas en el salón.

No llegaron todos a la vez. Eso es lo que la gente no entiende cuando lo cuenta, que llegaron poco a poco, como sube la marea, que no te das cuenta de que te está mojando los pies hasta que ya te llega a las rodillas.

Primero fue Antínoo, después de la visita de su padre.

Vino un día a comer, con un regalo, una diadema de oro para mí, y se sentó a la mesa con buenos modales y habló de la isla y de la cosecha y de los piratas que andaban por el estrecho.

Le recibí porque no podía no recibirle. Era el hijo de Eupites y la ley de la hospitalidad no distingue entre huéspedes que vienen a pedir de comer y huéspedes que vienen a pedir a la señora.

A la semana vino otra vez, con Eurímaco.

Al mes siguiente vinieron con Anfínomo, el de Duliquio, y con otros dos o tres.

Y un día, sin que nadie lo hubiera decidido, sin que nadie me lo hubiera pedido, se quedaron a dormir.

Mandaron a sus criados a traer cosas de sus casas.

Mantas. Ropa. Los dados para jugar. Y al día siguiente, cuando bajé al salón, me los encontré sacrificando uno de nuestros bueyes en el patio.

—Para la señora —me dijo Antínoo, con la sonrisa ancha—. Un banquete en su honor.

Era nuestro buey. Lo pagábamos nosotros. Lo comían ellos.

*

Lo que vino después Odiseo lo conoce, al menos en parte.

Se lo contó Eumeo en la pocilga, se lo contó Telémaco, lo vio él mismo los días que estuvo disfrazado.

Comían todos los días. Cerdos, ovejas, cabras, bueyes, lo mejor de cada rebaño.

Bebían el vino del almacén, el viejo, el que guardaba Laertes para cuando volviera su hijo.

Jugaban a los dados y al disco delante de la puerta.

Se acostaban con las criadas. Insultaban a Telémaco, le daban collejas, se reían de él cuando intentaba echarlos.

Ocupaban la casa igual que se ocupa una ciudad tomada.

Y todos me querían a mí.

Esto es lo que nadie cuenta. Lo que pasa por dentro de una mujer cuando ciento ocho hombres la quieren.

Querer de querer, ninguno. Querían la casa, la isla, el trono, las fincas de Laertes, las naves, el ganado.

Querían ser rey de Ítaca y para ser rey de Ítaca tenían que casarse conmigo. Yo era la puerta. La llave. El precio.

Pero también querían mi cuerpo. Eso lo notaba en sus ojos.

Tenía treinta y siete años cuando empezó.

La mayoría de ellos eran mucho más jóvenes, muchachos de veinte, de veinticinco, algunos tenían la edad de Telémaco.

Podían haber elegido a cualquier muchacha de las islas.

Y sin embargo, cuando yo bajaba al salón con el velo y las dos criadas a los lados, como hay que bajar, se hacía un silencio.

Se callaban los dados. Se paraban los vasos a medio camino de la boca.

Y sentía cien pares de ojos encima, en la cara, en el cuello, en los pechos debajo del peplo, en las caderas.

Voy a decir una cosa que a Odiseo no le va a gustar. Me gustaba.

No siempre. No me gustaban los ojos de Antínoo, que me miraban igual que se mira una finca que se va a comprar.

No me gustaban los de los de Duliquio, que eran brutos y borrachos y hacían comentarios en voz baja que las criadas me repetían después.

Pero había algo, en el conjunto, en esa forma de callarse todos cuando yo entraba, que me encendía.

Llevaba dieciséis años sin que un hombre me mirase así, salvo Cleómedes, y de repente tenía a ciento ocho.

A ciento ocho hombres que, por lo que fuera, me deseaban.

Por las noches, en el cuarto del olivo, oía el ruido del banquete abajo, las risas, la música, los gritos, y me tocaba pensando en sus ojos.

En ninguno en concreto. En la manera de mirarme.

En el silencio. Me imaginaba bajando al salón desnuda, sin velo, sin criadas, con el pelo suelto hasta la cintura, y que todos se quedaban quietos, sin atreverse a moverse, con las copas en la mano y la boca abierta.

Que yo pasaba entre las mesas despacio, rozándolos con la cadera, con el muslo, con la punta de un pecho al inclinarme a coger una aceituna de un plato, y que ninguno se atrevía a tocarme.

Que se les ponía dura debajo de las túnicas y yo lo veía, una tienda de campaña detrás de otra a lo largo de los bancos, y me reía.

Que me subía a la mesa principal, la de Antínoo, y me sentaba en el borde con las piernas abiertas delante de su cara, y le dejaba mirar, solo mirar, y que él temblaba de ganas y no podía hacer nada porque yo no se lo había permitido.

Me imaginaba que bastaba con que señalase a uno para que fuera mío, delante de los demás, encima de la mesa, entre los restos del cordero, y que podía no señalar a ninguno y dejarlos a todos allí, con la boca abierta y las túnicas levantadas.

Me tocaba con esa imagen mordiéndome el labio, con el ruido de sus voces subiendo por la escalera, y me corría oyéndolos reír abajo sin saber que se reían dentro de mí.

Era una fantasía de poder, más que de deseo. Me la permitía porque en la vida real no tenía ninguno.

*

En la vida real tenía miedo.

Tenía miedo de bajar al salón sin las criadas.

Tenía miedo de las noches, de que alguno, borracho, subiera la escalera y forzara la puerta del cuarto del olivo.

Mandé a Euriclea que durmiera delante de la puerta, en un jergón, y luego mandé que durmieran dos.

Tenía miedo por Telémaco, que se enfrentaba a ellos con dieciséis y diecisiete años y la voz todavía rota, y que acabaría con un cuchillo entre las costillas si seguía así.

Tenía miedo por las criadas jóvenes, que no podían negarse, o que no querían negarse, que eso es otra cosa, ya llegaré.

Tenía miedo de que un día se cansaran de esperar y me cogieran por la fuerza y me llevaran a casa de uno de ellos, y que nadie en la isla se atreviera a impedirlo.

Así que hice lo único que podía hacer. Lo que hacen las mujeres cuando no tienen ejércitos. Mentí.

Les mentí a todos y a cada uno. Les mandaba recados por medio de las criadas, por separado, sin que lo supieran los demás.

A Anfínomo le decía que sus modales me agradaban.

A Eurímaco, que sus regalos eran los más hermosos.

A Antínoo le dejaba entender que su padre tenía razón, que la isla necesitaba un rey, que me lo estaba pensando.

A los de Duliquio les hacía llegar que admiraba su fuerza.

A cada uno le daba una esperanza pequeña, del tamaño de una aceituna, lo justo para que no se fuera y para que no se atreviera a hacer nada sin mí.

Era un juego de equilibrios, el de los acróbatas que bailan sobre una cuerda.

Si caía hacia un lado, los demás se me echarían encima.

Si caía hacia el otro, se me echarían todos.

Hasta que Antínoo, que era el más listo de ellos, o el menos tonto, se cansó del juego. Una noche, delante de todos, se levantó de la mesa con la copa en la mano y dijo que la señora de la casa se estaba burlando de ellos, que llevaba años dándoles largas, que había que obligarla a decidir.

Y yo tuve que inventarme algo deprisa.

Me inventé el sudario.