16. Las fiestas de Deméter
Tres días al año, en otoño, los hombres de Ítaca no pueden subir al santuario de Deméter.
Ni el rey, ni el sacerdote, ni el más viejo de los ancianos.
Si un hombre se acerca a la cerca del santuario durante esos tres días, las mujeres tienen derecho a echarlo a pedradas, y alguna vez ha pasado.
Son las Tesmoforias. Todo el mundo sabe que existen.
Lo que ningún hombre sabe es lo que pasa dentro.
Lo voy a contar. Ya no soy la muchacha que se ponía colorada en Esparta.
*
Yo había ido todos los años desde que llegué a la isla, porque la señora de la casa tiene que ir y presidir los sacrificios.
Pero los primeros años iba a cumplir, con el velo bien puesto y la cara seria, y me quedaba al margen, sentada en la piedra de honor, mientras las demás mujeres hacían lo suyo.
Me escandalizaba. Me escandalizaba lo que decían.
Porque en las Tesmoforias, al segundo día, el día del ayuno, las mujeres se sientan en el suelo en corros, sin comer, y se insultan.
Así, tal cual. Se insultan y se dicen burradas y se cuentan chistes tan sucios que harían enrojecer a un remero.
Es parte del rito. Lo hacen en recuerdo de Yambe, la criada vieja que hizo reír a Deméter cuando la diosa estaba de luto por su hija raptada.
Deméter no comía ni bebía ni hablaba, y Yambe se le sentó delante y le contó chistes verdes hasta que la diosa se rió.
Y con la risa volvió el trigo a los campos.
El año dieciséis de la ausencia de Odiseo, por primera vez, me bajé de la piedra de honor y me senté en el suelo con ellas.
No sé por qué lo hice. Quizá por lo de la diosa de la cueva, por la cana, por la promesa que me había hecho delante del espejo.
Quizá porque estaba harta de ser la señora.
Me quité el velo, me senté en el suelo de tierra entre la mujer del alfarero y una pastora de cabras del Nérito que no tenía dientes y que se llamaba Melitta, y me quedé callada, escuchando.
Melitta me miró con los ojos muy abiertos y luego me dio un codazo.
—Mira tú, la reina en el suelo como las cabras —dijo—. ¿Has venido a aprender algo, señora? Porque con tanto tiempo sin hombre, se te habrá olvidado por dónde se mete.
Las mujeres se callaron todas de golpe. Se hizo un silencio horrible. La mujer del alfarero se puso blanca.
Y yo me eché a reír. Me eché a reír con una risa que me salió de las tripas, la risa de Deméter, y le contesté que a mí no se me olvidaba nada, que tenía muy buena memoria, y que en cualquier caso me había quedado el sitio, que eso no se mueve. Y el corro entero estalló en carcajadas.
*
No voy a repetir todo lo que se dijo en ese corro, porque algunas cosas son de ellas y no mías. Pero sí lo que aprendí.
Aprendí que la mujer del alfarero se tocaba todas las noches desde que su marido se había quedado impotente de una caída del tejado, y que él lo sabía y la miraba hacerlo, sentado en un taburete a los pies de la cama, y que a los dos les gustaba así.
Aprendí que la pastora Melitta había tenido tres maridos y que el mejor había sido el tercero, que era el más feo y el más viejo y el único que sabía usar la lengua para algo más que para hablar.
Aprendí que una de las criadas jóvenes de la casa, Autónoe, estaba con un mozo del pueblo y que lo hacían en el pajar los días de fiesta, y que tenía miedo de quedarse preñada, y que las viejas le explicaron delante de todas cómo contar los días de la luna y qué hierbas tomar y cómo hacer que él se saliera a tiempo, y cómo usar la boca y las manos los días peligrosos para que él no se quedara con las ganas.
Aprendí que muchas de aquellas mujeres tenían maridos en la guerra, como yo, o los habían tenido, y que estaban vivos o estaban muertos, y que todas, sin excepción, habían tenido que inventarse algo para seguir vivas.
Unas se habían buscado otro hombre. Algunas a escondidas y otras sin esconderse.
Otras se habían arreglado solas, como yo.
Otras habían encontrado consuelo en otras mujeres, y esto lo dijeron riéndose y sin bajar la voz, y nadie se escandalizó.
Otras habían dejado de querer nada y se habían quedado secas, como yo aquel año malo, y las demás hablaban de ellas con pena, igual que se habla de las muertas.
Y nadie juzgaba a nadie.
Eso fue lo que más me impresionó. En el corro de las Tesmoforias, con el estómago vacío y la boca llena de burradas, no había buenas esposas ni malas esposas.
Había mujeres que se las habían apañado como habían podido.
Todas tenían algo que contar. Todas se reían de lo suyo y de lo de las demás.
Y las viejas, las que lo habían visto todo, escuchaban a las jóvenes con una paciencia de piedra y luego les decían cosas sencillas, cosas que yo nunca había oído en boca de ningún aedo ni de ningún sacerdote.
Que el cuerpo es tuyo. Que los hombres van y vienen y el cuerpo se queda.
Que hay que cuidarlo igual que se cuida un huerto, sin pedirle más de lo que puede dar y sin dejarle de dar lo que pide.
Que el placer hace falta igual que el pan, y que sin él una se muere de hambre aunque no se dé cuenta.
Que la fidelidad, si se elige, es una cosa muy hermosa, y si se impone, es una cárcel, y que la diferencia la sabe cada una en su cama.
Melitta, la sin dientes, me dijo una cosa al final de la tarde que todavía me acuerdo palabra por palabra.
—Tú esperas a tu marido, ¿verdad, señora?
—Sí.
—¿Y por qué?
La pregunta me dejó sin aire. Nadie me la había hecho nunca. Todo el mundo daba por hecho que esperaba porque era lo que tenía que hacer. Porque era su esposa. Porque era la reina.
—Porque le quiero —le dije.
—Bien —dijo Melitta, asintiendo con la cabeza—. Esa es buena razón. Mientras sea esa, aguanta. El día que sea otra, déjalo.
Luego rebuscó en el zurrón que llevaba colgado del cinturón y sacó algo envuelto en un trapo. Me lo puso en las manos y me cerró los dedos encima, igual que se le da una moneda a un niño.
—Y para mientras —dijo—, esto. Es de Mileto. Lo hacen allí los zapateros, con cuero bueno. Mi tercer marido me lo trajo de un viaje, para cuando él no estuviera. Ya no lo uso. Tengo los huesos para pocas fiestas.
Lo desenvolví en el regazo. Era un falo de cuero, del tamaño de un hombre, cosido con hilo fino, relleno de algo blando y firme a la vez, lana prensada o crin, liso y oscuro por el uso.
Las mujeres de alrededor se echaron a reír al vérmelo en las manos.
Yo me puse roja hasta el pelo, y luego me reí más que ninguna.
*
Esa noche las mujeres dormimos en el santuario, en cabañas de ramas y en el suelo, sobre lechos de sauzgatillo, que es la hierba que manda la diosa porque dicen que calma el deseo de los hombres y aviva el de las mujeres.
Las hojas olían a pimienta. Me tumbé en mi cabaña sola, con la puerta de ramas abierta a las estrellas, y oí a lo lejos a otras mujeres riéndose bajito, cuchicheando, y alguna vez, alguna vez, gimiendo.
No me escandalicé. Cogí el regalo de Melitta y lo calenté entre las manos y entre los muslos hasta que el cuero dejó de estar frío.
Y por primera vez en dieciséis años me permití fantasear con otra cosa. Con otra vida.
Me imaginé que no esperaba a Odiseo. Me imaginé que, cuando murió Anticlea, había hecho caso a mi padre y me había vuelto a Esparta con Telémaco, y que allí me habían casado con un hombre bueno, un señor de la llanura, ya viudo, mayor que yo, con una casa grande con caballos y un huerto de granados.
Me imaginé que ese hombre me trataba bien, que me escuchaba, que me preguntaba si me gustaba el mar.
Que tenía con él dos hijas, dos niñas morenas que corrían por el huerto.
Que me hacía el amor despacio y con mucho cuidado, tumbado de lado, mirándome a la cara, entrando y saliendo poco a poco, y que nunca me llevaba al sitio donde me llevaba Odiseo pero tampoco me dejaba sola.
Me metí el cuero de Mileto con esa fantasía.
Despacio, de lado, igual que el hombre bueno de la llanura.
Era más grueso que mis dedos y me abrió de una manera que había olvidado, una manera de estar llena que solo había sentido con Odiseo, y me quedé un momento quieta, con los ojos cerrados y la boca abierta, acostumbrándome.
Luego lo moví. Con una mano lo movía dentro y con la otra me tocaba arriba, rodeando, y el olor a pimienta del sauzgatillo se me metía en la nariz.
Me corrí despacio, con un placer suave y largo, igual que el agua tibia que se derrama de una jofaina.
Cuando terminé me quedé mirando las estrellas por la puerta de la cabaña y me di cuenta de una cosa.
No me había dado pena. Imaginarme sin Odiseo, en otra casa, con otro hombre, con otras hijas, no me había dado pena ninguna.
Me había dado paz. Y en esa paz, de repente, entendí que podía elegir.
Que si le seguía esperando, lo hacía porque quería, porque lo que le había dicho a Melitta seguía siendo verdad, y no porque no tuviera adónde ir.
Fue un descubrimiento enorme. Durante dieciséis años había esperado igual que espera una piedra, porque las piedras no se mueven. Aquella noche, en una cabaña de ramas que olía a pimienta, empecé a esperar como espera una mujer. Sabiendo que podía irme. Y quedándome.
*
Cuando bajé del santuario al tercer día, con las demás mujeres, cantando el himno a Deméter con la voz ronca de tanto reírme y el regalo de Melitta escondido en el fondo de un cesto de higos, me encontré a Telémaco esperándome en la puerta del patio.
Tenía dieciséis años. Se había pasado los tres días solo en la casa, haciendo de dueño, y estaba muy serio.
—Ha venido Eupites —me dijo—. El padre de Antínoo. Quería hablar contigo. Le he dicho que volviera mañana.
No le di importancia. Eupites era uno de los hombres más ricos de la isla, un viejo armador con muchas naves y mucha soberbia. Pensé que vendría a hablar de lindes, de pastos, de algún pleito con nuestros pastores.
Volvió al día siguiente. No venía a hablar de lindes.
Venía a decirme, con mucha educación y muchos rodeos, que la isla no podía estar sin rey.
Que hacía dieciséis años que Odiseo se había ido y que todo el mundo sabía ya que no iba a volver.
Que Laertes estaba viejo y medio loco en sus viñas.
Que Telémaco era un niño. Que una mujer sola no podía gobernar Ítaca.
Y que su hijo Antínoo, que era el más fuerte y el más rico de los jóvenes de la isla, estaría dispuesto a casarse conmigo para poner las cosas en orden.
Me lo dijo sentado en el sillón de mi marido. Se había sentado en él sin que nadie se lo ofreciera.
Y así empezó lo de los pretendientes.
CUARTA PARTE. LOS PRETENDIENTES