Las noches de Penélope 15. Los mendigos
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15. Los mendigos

El primero llegó en otoño, cojeando, con un ojo vendado y una historia.

Después de él vinieron muchos más. No sé cuántos.

Treinta, cuarenta, tal vez más. Se corrió la voz por las islas y por la costa de que la reina de Ítaca daba de comer, daba un manto y a veces hasta una moneda a cualquiera que le trajera noticias de su marido, y empezaron a llegar mendigos de todas partes, de Acarnania, de Élide, de Tesprotia, de las islas del norte, cada uno con su Odiseo debajo del brazo.

Eumeo, que los veía subir por el camino de la pocilga, los odiaba.

Me decía que eran unos sinvergüenzas, que se inventaban cualquier cosa por una cena caliente, que me estaban sacando los cuartos y las lágrimas. Tenía razón. Pero yo los recibía igual.

Los cuento por encima, porque sé que a Odiseo le harán gracia. Él fue el último de todos, y el único que me contó una mentira con la verdad dentro.

*

El del ojo vendado decía que lo había visto en Egipto. Que había llegado allí con sus naves después de una tormenta y que el faraón lo había recibido en su palacio y le había dado oro y esclavas. Que estaba a punto de volver. Le di un manto.

Uno de Acarnania, muy alto, con las manos llenas de verrugas, me juró por Zeus que mi marido había muerto en un naufragio frente al cabo Malea y que él había visto el cuerpo en la playa, con un brazalete de oro con el sello de Ítaca.

Le pregunté cómo era el sello y me describió una lechuza.

El sello de Ítaca es un delfín. Le di de comer igualmente.

Una mujer, una sola en todos esos años, una vieja tesalia con la cara pintada como las adivinas, me dijo que Odiseo estaba en el reino de los muertos hablando con las sombras.

Que había bajado allí por su propio pie, vivo, para preguntarle a un adivino el camino de vuelta.

Me reí de ella. La eché de casa sin darle nada.

Y resulta que era verdad. Me lo contó él esta noche. Tiresias, la sangre de los corderos en la zanja, su madre. La vieja tesalia lo sabía. Cómo lo sabía, no lo sé. Hay cosas que pasan entre las mujeres que tienen la cara pintada y los dioses que no se explican.

Uno de Creta, otro cretense, me dijo que lo había visto en Tesprotia, en casa del rey Fidón, preguntando al oráculo de Dodona si debía volver a casa abiertamente o a escondidas. Esto me lo creí, porque me pareció tan propio de él que no podía ser mentira. Le di un manto y una túnica.

Uno joven, muy guapo, con los rizos negros y una sonrisa de dientes perfectos, me dijo que no sabía nada de mi marido pero que había oído hablar tanto de mi belleza que había querido verla con sus propios ojos. Euriclea lo echó a escobazos.

*

Y luego, en la primavera del año quince, llegó el fenicio.

No era mendigo. Era marino, un hombre ya mayor, con la barba gris trenzada a la manera de Sidón y unos pendientes de oro en las dos orejas.

Su nave se había parado en Ítaca para hacer aguada, y él había subido a la casa a vender telas teñidas y perfumes.

Lo recibí en el cuarto de hilar porque las telas me interesaban de verdad.

Mientras me enseñaba las piezas, desplegándolas sobre el banco con mucha ceremonia, hablaba sin parar de sus viajes, de los puertos donde había estado, de los monstruos que había visto.

Y en un momento dado, sin darle importancia, entre una tela azul y otra roja, me dijo que en uno de sus viajes hacia el poniente, más allá de Sicilia, una tormenta lo había empujado hacia una isla que no aparecía en ninguna carta.

—Una isla muy verde —me dijo—, con bosques de álamos y cipreses y fuentes por todas partes.

Nos acercamos para hacer aguada, pero no nos dejaron desembarcar.

En la playa había un hombre. Un griego, por la ropa.

Estaba sentado en una roca mirando el mar y llorando.

Lloraba como un niño, señora, con la cara entre las manos.

Y detrás de él, a la entrada de una cueva, había una mujer.

—El fenicio bajó la voz—. Una mujer que no era mujer.

Demasiado alta, demasiado hermosa, el pelo le brillaba como si tuviera luz dentro.

Los míos dijeron que era una diosa, una ninfa, que había que irse de allí enseguida.

Y nos fuimos. Pero el hombre de la roca no levantó la cabeza en ningún momento. Ni siquiera cuando le gritamos.

Le pregunté cómo era el hombre. Me dijo que no lo había visto bien, que estaba lejos. Que era ancho de espaldas. Que tenía el pelo rojizo.

Le compré todas las telas. Todas. Me costaron una fortuna y no las he usado nunca.

*

Me pasé esa primavera y ese verano enfermando de una diosa.

No tengo otra forma de decirlo. Era una enfermedad.

Me levantaba por las mañanas con ella en el estómago, como una náusea, y me acostaba por las noches con ella en la cabeza.

Si hubiera sido una mujer, una troyana, una princesa de Egipto, la habría odiado igual, pero habría podido compararme con ella.

Habría pensado que era más joven, o más guapa, o más dulce, y habría pensado también que yo era más lista, o que tenía un hijo de él, o que tenía su cama.

Con una diosa no había comparación posible.

Una diosa no envejece. No tiene arrugas en las comisuras de los ojos ni la tripa floja de parir ni una cana en la sien.

Una diosa no huele a sudor. No sangra cada luna. No se cansa. No se muere.

Ese verano encontré la primera cana. Me la vi en el espejo de bronce, una mañana, en la sien izquierda. Gruesa, blanca, rizada, distinta de las demás. Me la arranqué de un tirón. A la semana me salió otra.

Tenía treinta y cinco años. Me miraba desnuda en el espejo grande y me veía con los ojos de esa diosa sin nombre, de pie a la entrada de su cueva, con el pelo lleno de luz.

Me veía los pechos más bajos, las venas azules que me habían salido en los muslos, el vello del pubis más ralo.

Veía la cicatriz pequeña que me dejó la partera de Same en la entrada del sexo, donde tuvo que cortar para que saliera la cabeza de Telémaco.

Me tocaba la cicatriz con la punta de los dedos y me preguntaba si Odiseo se acordaría de ella.

Y me odiaba. Me odiaba por no ser diosa.

*

Fue Eurínome la que me curó, sin proponérselo.

Una tarde de finales de verano, mientras me ungía después del baño, me pilló mirándome en el espejo con esa cara de asco que ponía entonces.

Dejó de frotarme los hombros. Se quedó quieta detrás de mí, con las manos en el aire, y luego se las limpió en el delantal y se sentó en el banco a mi lado, cosa que no hacía nunca.

—¿Sabe la señora qué es lo que más echo de menos de mi marido? —me dijo.

No me esperaba la pregunta. Eurínome no hablaba nunca de su marido, el pescador ahogado.

—Las manos —siguió, sin esperar a que contestara—.

Tenía las manos llenas de cortes de los anzuelos y de las cuerdas.

Llenas. No había un trozo de piel sano. Y cuando me tocaba se me enganchaban en la piel, en la ropa, en el pelo.

Me arañaban. Por la noche, cuando me abría las piernas, me raspaban por dentro de los muslos y yo me quejaba y no quería que parase.

—Se miró sus propias manos, enormes, sobre el regazo—.

Cuando se murió y lo sacaron del agua, lo primero que hice fue cogerle las manos.

Estaban blandas, hinchadas, con los cortes blancos de tanto agua.

Y lloré por los cortes. Por cada uno de ellos.

Porque cada uno era un día que había salido a pescar para traerme de comer.

Se calló. No supe qué decir.

—Una diosa no tiene cortes —dijo luego, levantándose—. Una diosa no tiene nada que contar.

Y volvió a coger el frasco de mirra y siguió ungiéndome los hombros como si no hubiera pasado nada.

*

Esa noche, en el cuarto del olivo, me desnudé despacio delante del espejo, sin apartar la vista. Me miré la cana nueva. Me miré las venas de los muslos. Me miré la cicatriz del parto. Y empecé a tocarme por todas esas partes, una por una, igual que Odiseo me tocó la última noche, para aprenderme.

Las venas eran de los veranos en que me pasé el día de pie en la cocina y en el almacén porque no había quien lo hiciera.

La cicatriz era Telémaco. La tripa floja también.

Las arrugas de los ojos eran de mirar el mar entornándolos contra el sol, todas las mañanas, desde la piedra del Nérito.

La de entre las cejas era de las cuentas, de las discusiones con el porquero, del miedo a que no llegara el aceite para todo el invierno.

Cada marca de mi cuerpo era un día de mi vida.

Un día que había vivido mientras él no estaba.

Y pensé en la diosa de la cueva, tan perfecta, tan lisa, sin una sola marca después de miles de años. Pensé que debía de ser muy aburrido tocarla. Igual que tocar una estatua. O el agua de una fuente que no se mueve nunca.

Pensé también, y esto me lo pensé con rabia, que si el hombre de la roca estaba llorando, no lloraba de felicidad.

Me tumbé en la cama y me toqué despacio, con las dos manos, pasándolas por todo el cuerpo, deteniéndome en cada sitio que antes me daba vergüenza.

Me cogí los pechos caídos con las palmas, los levanté y los dejé caer, sintiendo su peso, y me gustaron.

Me apreté la tripa floja y me gustó. Me toqué la cicatriz del parto con la yema del dedo mojado, y descubrí que era más sensible que el resto de la piel, que tenía un hormigueo propio, una memoria; la rodeé muchas veces antes de subir, y cuando por fin subí al botoncito ya estaba hinchado y duro sin haberlo tocado.

Me metí dos dedos y los doblé hacia arriba, hacia el sitio rugoso, y con la otra mano me apreté la cicatriz, y me corrí así, con las dos manos en las dos partes de mí que más me habían dolido.

Ya estaba mojada antes de empezar. Mojada de mí, de quererme.

No pensé en ningún hombre aquella noche. Ni en Odiseo, ni en Cleómedes, ni en el amante inventado de Clitemnestra. Pensé en una mujer de treinta y cinco años con canas y cicatrices, tumbada en una cama tallada en un olivo, que estaba viva. Y que tenía algo que contar.

Esa noche me hice una promesa. Si Odiseo volvía, le iba a enseñar cada una de mis marcas. Y él me iba a enseñar las suyas. Y nos las íbamos a contar todas, una por una, aunque tardáramos veinte años más.

Por eso esta noche no le dejé dormir.