14. La canción de Femio
Femio era el aedo de la isla. Lo había sido desde antes de que yo llegara, cuando era un muchacho flaco con la voz todavía de niño y una lira de concha de tortuga que había heredado de su maestro.
Para cuando pasó lo que voy a contar, tenía ya el pelo gris y la voz más grave, más honda, de esas que se te meten en el pecho y te lo hacen vibrar.
Cantaba en las bodas, en los entierros, en las fiestas de los dioses, en los banquetes de los ricos del pueblo.
Y de vez en cuando subía a la casa a cantar para mí, porque sabía que me gustaba y porque yo le pagaba bien.
Aquella noche de invierno del año trece subió sin que lo llamara.
Lo vi entrar en el salón con la lira bajo el manto, sacudiéndose la lluvia, con una cara rara, de quien trae algo que le quema en las manos y no sabe dónde dejarlo.
Se sentó junto al fuego, afinó la lira y me dijo que traía una canción nueva.
Que se la había enseñado un aedo de Argos que había pasado por Cefalenia. Que trataba del regreso de Agamenón.
Me senté en mi sillón. Telémaco, que tenía ya trece años y se creía un hombre, se sentó en un taburete a mis pies. Las criadas se arrimaron a las columnas. Euriclea dejó la rueca. Femio pasó los dedos por las cuerdas y empezó.
*
No voy a repetir la canción. Era larga y estaba bien hecha, como todo lo que cantaba Femio, con sus fórmulas y sus epítetos y sus pausas para que la gente respirase.
La de cómo Agamenón volvió a Micenas cargado de oro y de gloria, con la hija loca de Príamo a su lado en el carro.
Cómo su mujer, Clitemnestra, salió a recibirlo a la puerta del palacio vestida de fiesta y le tendió una alfombra de púrpura para que no tocara el suelo con los pies, igual que a un dios.
Cómo le preparó un baño caliente, con sus propias manos.
Cómo, cuando el rey estaba desnudo y desarmado en la bañera, le echó encima una red, una tela sin agujeros para la cabeza ni para los brazos, y lo envolvió como a un pez, y su amante Egisto le clavó la espada, y ella también, ella lo remató con un hacha.
Cómo luego salió al patio y mató a la troyana.
Cómo se quedó con el palacio, con el trono, con el amante, durante años.
Femio la llamaba perra. La llamaba la de ojos de perra, la maldita, la traidora, la vergüenza de todas las mujeres. Decía que por ella todas las esposas tendrían mala fama de ahí en adelante, incluso las buenas. Y cuando lo decía, todo el salón se volvió a mirarme.
No me moví. Ni un músculo. Me quedé sentada en mi sillón con las manos cruzadas sobre el regazo y la cara quieta, mirando el fuego.
Las criadas bajaron los ojos. Telémaco se puso rojo hasta las orejas y se levantó y se fue del salón sin decir nada, dando un portazo.
Y Femio siguió cantando, porque un aedo no puede parar una canción a la mitad, es como cortar un hilo.
Cuando terminó le pagué. Le di más de lo que le daba siempre. Me miró sorprendido, con la bolsa en la mano, y le dije que había cantado muy bien. Era verdad.
*
Esa noche no me dormí como una piedra. Por primera vez en un año.
Me tumbé en el cuarto del olivo con los ojos abiertos y la cabeza llena de la canción, y la canción no se iba. Veía la alfombra de púrpura. Veía la red. Veía el agua del baño tiñéndose de rojo. Y veía a Clitemnestra.
La veía como la había conocido de muchacha, alta y seria, con esas manos grandes y esa forma de mirar de frente.
La veía doblando el ajuar de su hija. Y luego la veía sola en Micenas, durante diez años, en un palacio enorme, sabiendo que su marido había degollado a su niña en un altar para tener buen viento.
Sabiendo que el hombre que le había mentido para llevarse a la niña era el mío.
Diez años. Diez años de dormir en la cama de Agamenón, de mirar su sillón vacío en el salón, de pasar por delante del cuarto de Ifigenia.
Y decidió no morirse de esperar.
Eso fue lo que pensé, de madrugada, con un escalofrío.
Clitemnestra no se había muerto de nostalgia como Anticlea ni se había enterrado en vida como Laertes ni se había secado por dentro como yo.
Había cogido a un hombre, al primo de su marido, al que más odiaba a Agamenón en el mundo, y se lo había metido en la cama.
Había gobernado el palacio. Había preparado la alfombra y la red y el baño.
Había vivido. De una manera horrible y monstruosa, pero había vivido.
Me di cuenta de que la envidiaba. Lo de la red me horrorizaba. Lo de vivir me daba envidia.
*
Lo que hice después no se lo había contado nunca a nadie, ni siquiera a Eurínome, ni a mí misma en voz alta.
Me imaginé que era ella.
Me levanté de la cama y saqué del arcón el peplo de púrpura de Tiro, el que me había hecho para recibir a Odiseo y que nunca me había puesto.
Lo extendí en el suelo, delante de la cama, como una alfombra.
Me desnudé y caminé por encima, descalza, despacio, notando la lana fina en las plantas de los pies.
Y me imaginé que vivía en Micenas, en un palacio de piedras enormes con una puerta coronada por dos leonas, y que tenía un amante.
Le puse cara. No la de Egisto, porque a Egisto no lo había visto nunca y además en la canción era un cobarde y un pelele.
Le puse una cara inventada, morena, con barba corta y una cicatriz en la ceja.
Me imaginé que venía a mi cuarto por las noches, en secreto, por un pasillo de servicio, y que me encontraba de pie sobre la púrpura, esperándole.
Que no me besaba con ternura, como Odiseo en la noche del velo.
Que me agarraba del pelo y me echaba la cabeza hacia atrás y me mordía el cuello hasta dejarme la marca.
Que me empujaba de rodillas sobre la púrpura y me hacía abrir la boca y me lo metía entero, sujetándome la nuca, mientras yo le clavaba las uñas en los muslos.
Que luego me tumbaba boca abajo sobre la cama de mi marido ausente y me abría las piernas con la rodilla y me tomaba por detrás, con rabia, con una mano en mi garganta, mientras yo mordía las sábanas para no gritar y pensaba en mi hija muerta y en mi marido en Troya y gozaba de mi venganza a cada embestida.
Me toqué con esa fantasía tumbada sobre el peplo de púrpura, en el suelo, con la lana bajo las nalgas.
Me toqué con una violencia que no me conocía, con tres dedos, rápido, frotándome con saña, castigándome.
Me apreté el cuello con la otra mano, flojo, para saber qué se sentía.
Y me corrí. Me corrí después de un año entero sin sentir nada, con un orgasmo que me arrancó un grito que tuve que ahogar contra la púrpura y que me dejó el cuerpo entero temblando, igual que si me hubieran dado una paliza.
Luego me quedé quieta en la oscuridad y tuve miedo de mí misma.
Porque no había pensado en Odiseo. Ni una vez. Y porque en la fantasía, al final, cuando el amante sin nombre se derramaba dentro de mí, yo estaba pensando en la red. En la tela sin agujeros. En lo fácil que sería tejerla.
*
Cuando esta noche se lo conté a Odiseo, noté su mano quieta encima de mi pecho, igual que la de un hombre que oye un ruido sospechoso en la casa de noche.
No le iba a tejer una red. No lo pensé ni un instante en serio.
Pero aquella noche aprendí una cosa que me ha servido mucho estos años.
Aprendí que la fantasía es un sitio. Un sitio al que una puede ir a visitar cosas que nunca haría, para mirarlas de cerca, para saber cómo huelen, y luego volver.
Yo fui a Micenas aquella noche. Me metí en la piel de Clitemnestra, en su cama, en su rabia.
Y cuando volví, sabía algo de ella que Femio no sabía, ni el aedo de Argos, ni nadie que la llamara perra.
Sabía que debajo de la perra había una madre.
Y que la rabia, cuando se pudre, da muy buen abono.
También aprendí que mi cuerpo estaba vivo. Esperaba que yo le diera algo que fuera mío. Algo que no viniera de Odiseo ni de su recuerdo. Aunque fuera algo oscuro.
A partir de entonces volví a tocarme. No siempre con fantasías oscuras.
Muchas veces volvía a él, a la noche del velo, a la última noche, a la tormenta inventada.
Pero ya no me sentía obligada a ir siempre al mismo sitio.
Iba donde quería. Algunas noches era Clitemnestra con su amante.
Otras era una muchacha en un templo de Afrodita, en Corinto, entregándose a un desconocido por la diosa, sin saberle el nombre.
Otras era una amazona que capturaba a un griego en la batalla y lo ataba a un poste y se sentaba encima de su cara.
Me inventaba mundos enteros, con sus olores y sus colores, y los recorría, y volvía.
Y volví a pedirle a Eurínome que me ungiera. No dijo nada. Fue a la repisa, cogió el frasco de mirra, le quitó el polvo con el delantal y se echó unas gotas en las palmas.
*
Al día siguiente de la canción, Telémaco no me habló en todo el día. Por la noche vino a mi cuarto de hilar y se quedó de pie en la puerta, muy tieso, con los puños apretados.
—¿Tú harías eso? —me preguntó—. ¿Lo que hizo esa mujer?
Tenía trece años. Me miraba con los ojos grises de su padre, llenos de miedo y de rabia, y le vi entero, de golpe, al hombre que iba a ser. Desconfiado. Celoso. Con la cabeza llena de canciones de aedos sobre mujeres que traicionan.
—No —le dije.
—¿Por qué no?
Le podía haber dicho muchas cosas. Que quería a su padre. Que los dioses castigan a las mujeres así. Que yo era una buena esposa. Le dije la verdad.
—Porque a mí tu padre no me ha matado a ninguna hija.
Se quedó mirándome con la boca abierta. Luego se dio media vuelta y se fue.
No volvimos a hablar de ello en años. Pero sé que no lo olvidó. Porque cuando por fin le creció la barba y los pretendientes ya estaban en casa, una noche, borracho de vino y de rabia, me lo echó en cara. Me dijo que yo no era mejor que Clitemnestra, que solo era más lenta.