Las noches de Penélope 13. El viejo de Pilos
44%

13. El viejo de Pilos

Mandé a Medonte a Pilos en la primavera del año doce.

Lo pensé mucho. Era un viaje largo, de varios días de navegación bordeando el Peloponeso, y Medonte ya no era joven.

Pero no había nadie más a quien mandar. Los hombres de confianza se habían ido con Odiseo y no habían vuelto, y los que quedaban en la isla eran viejos, niños o gente que no conocía bien.

Medonte era heraldo. Sabía hablar con los reyes, sabía lo que se puede preguntar y lo que no, y sabía, sobre todo, mirar a la cara mientras le contestaban.

Le di un manto bueno, una copa de plata para Néstor como regalo de huésped y una bolsa de cuero con provisiones. Y le di instrucciones.

—No te conformes con lo que te diga en el salón. Lo que se dice en el salón se dice para que lo oigan todos. Espera a que se haga de noche y a que beba, y pregúntale otra vez.

Medonte me miró con un respeto nuevo. Creo que fue entonces cuando empezó a tratarme como a la dueña de la casa y no como a la mujer del dueño.

Estuvo fuera un mes y medio. Lo esperé con el mismo nudo con que se espera el final de un parto difícil, sin dormir, sin comer apenas, contando los días con muescas en el poste del telar.

Cuando por fin apareció su nave en la bocana del puerto, bajé corriendo, sin velo, sin manto, con la ropa de faena. Me daba igual quién me viera.

Medonte venía flaco y quemado por el sol. Me cogió las manos en el muelle y me dijo que no traía nada malo. Luego me dijo que tampoco traía nada bueno.

*

Néstor lo había recibido en su palacio de Pilos con toda la ceremonia.

Le había dado de comer en su mesa, le había preguntado por mí, por Telémaco, por Laertes.

Había hablado de Odiseo con un cariño que a Medonte le sorprendió, porque los reyes no suelen hablar así de los demás reyes.

Le dijo que era el único hombre de todo el campamento con quien podía discutir sin aburrirse.

Que en las asambleas siempre estaban de acuerdo sin necesidad de ponerse de acuerdo, porque pensaban lo mismo antes de decirlo.

Y luego le contó lo que sabía, que era poco.

Que después de saquear Troya los griegos se habían peleado.

Agamenón quería quedarse unos días más para hacer sacrificios a Atenea, porque decía que la diosa estaba enfadada por algo que había pasado en su templo la noche del saqueo.

Menelao quería irse enseguida. Los dos hermanos se gritaron delante de todo el ejército, borrachos, a la caída del sol, y al día siguiente la flota se partió en dos.

Néstor se fue con Menelao y con Diomedes.

Odiseo también se fue con ellos al principio.

Llegaron juntos hasta Ténedos, una isla pequeña frente a la costa de Troya.

Y allí, después de hacer los sacrificios, mi marido volvió a discutir con alguien, con quién no lo supo decir, y dio media vuelta con sus doce naves para volver junto a Agamenón.

—Para complacer a Agamenón —le dijo Néstor a Medonte—. Eso dijo Odiseo. Que volvía para complacer al rey de reyes.

Y esa fue la última vez que Néstor lo vio. Sus naves dando la vuelta en Ténedos, con el sol de la mañana en las velas.

Por la noche, cuando Néstor ya había bebido, Medonte le preguntó otra vez, como yo le había dicho.

Y Néstor se quedó callado mucho rato, mirando el fuego.

Luego dijo que no creía que Odiseo hubiera vuelto por Agamenón.

Que no se tenían ningún cariño. Que él pensaba que había dado la vuelta porque no quería llegar a casa todavía.

—¿Eso dijo? —le pregunté a Medonte.

—Eso dijo, señora. Y luego se le cerraron los ojos y se durmió en el sillón, y por la mañana no se acordaba de nada, o hizo como que no se acordaba.

*

No quería llegar a casa todavía.

Esa frase me la llevé a la cama esa noche y muchas noches después, igual que se lleva una piedra en la sandalia, que no te deja andar pero tampoco te la quitas porque te has acostumbrado a cojear.

Le daba vueltas. Le buscaba sentidos. A lo mejor era una tontería de viejo borracho.

A lo mejor Néstor quería decir que Odiseo tenía miedo del mar, del viaje, de los dioses enfadados.

O a lo mejor quería decir otra cosa. Que tenía miedo de nosotros.

De mí. De volver a una casa donde nadie lo había visto en diez años y donde iba a tener que aprender otra vez a ser padre, marido, hijo. Rey de cabras.

O, y esto era lo que pensaba de madrugada, que ya no le gustaba lo que había en casa.

Que la guerra le había gustado. Que le había gustado ser el más listo entre los fuertes, el que inventaba caballos y escribía cartas falsas y entraba de noche en las ciudades enemigas.

Que le habían gustado las troyanas. Que diez años son muchos años y que un hombre que ha estado diez años fuera ya no es el mismo hombre, ni quiere volver a serlo.

Yo también había cambiado. Eso no me lo preguntaba nadie.

*

Ese mismo verano llegó un mensaje de mi padre.

Lo trajo un sobrino suyo, un muchacho de Esparta con las orejas de soplillo y unos modales tan exquisitos que daba vergüenza, que venía de paso hacia Léucade.

Icario no sabía escribir, ninguno de los hombres de mi familia sabía, así que el mensaje venía de palabra, aprendido de memoria igual que los heraldos.

El muchacho me lo recitó de pie en el salón, con los ojos en el techo, sin entender bien lo que decía.

Mi padre me daba el pésame por la muerte de mi marido.

Eso decía. El pésame. Decía que era evidente que Odiseo había muerto en el mar a la vuelta de Troya, como tantos otros, porque si no ya habría regresado, y que una mujer joven y todavía hermosa no debía consumirse en una isla perdida esperando a un fantasma.

Que en Esparta había muchos hombres de buena familia que estarían dispuestos a tomarme por esposa con el niño y todo.

Que él mismo se encargaría de buscarme marido.

Que mis hermanos estaban dispuestos a ir a buscarme a Ítaca con una nave en cuanto yo diera la palabra.

El muchacho terminó de recitar y bajó los ojos del techo, colorado como un tomate.

Me reí. No pude evitarlo. Me reí tan fuerte que tuve que sentarme.

Me reí de mi padre corriendo detrás del carro por la llanura de Esparta, gritando que me quedara, y de mi padre ahora, doce años después, mandándome a buscar con una nave para casarme con otro.

Me reí del pobre sobrino de las orejas. Me reí de mí.

Euriclea me miraba desde la puerta de la cocina con cara de susto.

Le di de comer al muchacho y le di un regalo de huésped y le dije que le diera las gracias a mi padre y que le dijera que Penélope seguía casada.

Pero esa noche no me reía.

Esa noche, en el cuarto del olivo, me tumbé en la cama y me quedé mirando al techo, donde ya no estaba la telaraña, y pensé por primera vez en serio en lo que decía mi padre.

En casarme no. En que a lo mejor tenía razón.

En que a lo mejor Odiseo estaba muerto en el fondo del mar, comido por los peces, con las algas enredadas en el pelo.

Me obligué a imaginarlo. Me obligué a imaginar su cuerpo hinchado, sus ojos sin ojos, su boca abierta llena de arena.

Y no sentí nada. Ni pena. Ni miedo. Nada.

Eso fue lo que me asustó.

*

Durante el año siguiente no me toqué. No me lo prohibí.

Sencillamente no me apetecía. Alguna noche lo intenté, por costumbre, por ver si seguía ahí, y fue igual que frotar un trapo seco: la mano iba y venía y debajo no había nadie.

El cuerpo se me quedó dormido, como un pie que se ha quedado mucho rato en mala postura.

Me miraba al espejo y veía una mujer que se arreglaba para nadie.

Me bañaba deprisa, sin aceites. Le dije a Eurínome que no hacía falta que me ungiera, que me apañaba sola, y ella me miró con esa cara de nariz rota y no dijo nada y dejó el frasco de mirra en la repisa, donde se quedó cogiendo polvo.

Hilaba. Tejía. Contaba ánforas. Discutía con el porquero.

Le enseñaba a Telémaco las cuentas del almacén y las lindes de las fincas, porque alguien tenía que enseñárselo.

Lo veía crecer delante de mis ojos, alargarse, ensancharse, cambiar de voz.

Lo veía mirar a las criadas jóvenes de reojo cuando se agachaban a barrer.

Lo veía pelearse con los chicos del pueblo en la playa y volver a casa con la nariz sangrando y una sonrisa de oreja a oreja.

Veía cómo se le oscurecía el bozo encima del labio.

Y yo me fui secando por dentro.

Hay mujeres que dicen que es mejor así. Que el deseo es una molestia, un perro que ladra a todas horas y no deja dormir, y que cuando por fin se calla se está más tranquila.

Yo no estaba más tranquila. Estaba muerta.

Muerta de la cintura para abajo y casi también de la cintura para arriba.

Me levantaba, cumplía, me acostaba. Era una buena señora de su casa.

La mejor que había tenido Ítaca, decían en el pueblo.

Y por las noches me dormía en cuanto apoyaba la cabeza, como una piedra, sin soñar con nada.

Tardé mucho en darme cuenta de que eso también era una forma de morirse de esperar. Más lenta que la de Anticlea. Más disimulada. Pero la misma.

Y tardé todavía más en encontrar la manera de salir de ella. Me sacó una mujer a la que no había visto en mi vida, a la que odié durante años sin conocerla, y que años más tarde moriría a manos de su propio hijo.