Las noches de Penélope 12. Troya ha caído
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12. Troya ha caído

La noticia llegó con un pescador de Zacinto que la había oído en Cefalenia, que a su vez la había recibido de una nave de Pilos que volvía a casa.

Así llegan las noticias grandes a las islas pequeñas: de rebote, igual que las piedras planas que los niños tiran al agua.

El pescador subió corriendo desde el puerto, sin aliento, con las piernas llenas de barro, y se plantó en mitad del patio y gritó tres palabras.

Troya ha caído.

Yo estaba en el almacén contando ánforas. Oí el grito a través de dos paredes. Se me cayó la tablilla de las manos y se partió en dos contra el suelo de roble.

Los días siguientes son un borrón en mi memoria, un borrón de ruido y de luz.

La isla entera se volvió loca. Las mujeres de los pueblos subían a la casa con cestos de pan y queso, con cabritos, con flores, como si yo pudiera hacer algo con todo aquello.

Los viejos se emborrachaban en la plaza del mercado y cantaban himnos a Zeus y a Atenea hasta quedarse roncos.

En el templo de Apolo sacrificaron doce bueyes, uno por cada nave, y el humo de la grasa se veía desde Cefalenia.

Telémaco, que tenía ya diez años, se subió al muro del patio con su espada de madera y se pasó la tarde entera dando tajos al aire contra troyanos invisibles.

Medonte lloraba en un rincón sin disimularlo.

Euriclea lloraba también, pero con rabia, mientras sacudía las alfombras con una caña.

Yo no lloré. Me sentí extrañamente fría, como si la noticia me hubiera pasado por encima sin tocarme.

Iban a pasar meses hasta que volviera. Troya estaba lejos.

Había que recoger el botín, repartirlo, hacer sacrificios, enterrar a los muertos, cargar las naves.

Eso me decía. Y mientras me lo decía, ya estaba haciendo cuentas.

Dos meses. Tres a lo sumo. Para el otoño estaría en casa.

*

Lo que hice esos meses me da vergüenza, y por eso mismo lo cuento.

Me preparé para él. Igual que se prepara una novia.

Mandé hacer tres peplos nuevos de lana fina, uno teñido de azafrán, otro de púrpura de Tiro, que me costó un ojo de la cara, y otro blanco con una cenefa de grecas rojas que bordé yo misma, noche tras noche, a la luz de la lámpara, con unas puntadas tan pequeñas que me dejaron los ojos ardiendo.

Mandé traer de Corinto un ungüento de lirio y otro de mejorana.

Hice que Eurínome me quemara el vello de las piernas y de los sobacos con una lámpara y una cerilla de resina, como hacen las cortesanas de Corinto según me contaron, y luego el del pubis, que me lo dejó recortado en un triángulo pequeño y limpio, porque una esclava de Corinto le había dicho que así se hacía allí para los hombres ricos.

Me dolió tanto que mordí un trapo y aun así seguí.

Me pasaba horas delante del espejo de bronce, recogiéndome el pelo de mil maneras distintas.

Me probaba los pendientes de oro de mi madre. Ensayaba sonrisas.

Tenía treinta años. Diez sin él. Me miraba en el espejo buscando a la muchacha que se tapó la cara con el velo en el camino de Esparta y no la encontraba.

Encontraba una mujer con dos arrugas finas en las comisuras de los ojos y una más honda entre las cejas, de fruncirlas cuando hacía cuentas.

Con los pechos todavía firmes pero más bajos, más pesados.

Con una cintura que ya no se rodeaba con dos manos.

Y me asustaba. Me asustaba que él volviera y viera lo mismo que veía yo.

El cuarto del olivo lo hice limpiar de arriba abajo.

Mandé cambiar las correas de piel de buey, que se habían aflojado con los años, por otras nuevas teñidas de púrpura, igual que las primeras.

Hice lavar las pieles de oveja en el arroyo y ponerlas a secar al sol.

Puse ramas de mirto debajo del colchón para que oliera bien.

Por las noches, en la cama, me lo imaginaba llegando.

Con todos sus detalles, una y otra vez, como esas canciones que se te meten en la cabeza y no hay manera de sacarlas.

Él subiendo del puerto, sucio y cansado, con la armadura abollada y una cicatriz nueva.

Yo esperándolo en el umbral, con el peplo de azafrán.

Él parándose en mitad del patio a mirarme.

Y luego, por la noche, esta cama. Me imaginaba que no esperaba a la noche.

Que me cogía de la muñeca delante de todos y me llevaba al cuarto del olivo sin decir palabra, y que ni siquiera se quitaba la coraza, que me levantaba el peplo de azafrán hasta la cintura y me tumbaba de espaldas en las correas nuevas y se arrodillaba entre mis piernas, y que se quedaba mirando el triángulo recortado, sorprendido, antes de hundir la cara en él como un hombre sediento en una fuente.

Me imaginaba el bronce frío de la coraza contra mis muslos y su barba de diez años raspándome por dentro.

Me imaginaba que tenía tanta hambre de mí que se corría nada más entrar, y que se reía avergonzado, y que no paraba, que seguía duro y seguía, y que me cogía toda la noche, con hambre de diez años.

Me tocaba con esas imágenes y el ungüento de lirio en los dedos, y me corría pensando que me encontraba igual que me dejó.

Pasó el otoño. Pasaron las lluvias.

*

A principios del invierno empezaron a llegar los barcos de los demás.

A Ítaca no, claro. Ítaca no está en el camino de nadie.

Pero las noticias de los barcos llegaban, de rebote, como siempre.

Supimos que Néstor había vuelto a Pilos sin un rasguño, con todas sus naves, en una travesía tranquila.

Que Diomedes había llegado a Argos. Que Idomeneo estaba en Creta.

Que Agamenón había desembarcado en la Argólide con su botín y su esclava troyana, la hija de Príamo de la que decían que estaba loca y que adivinaba el futuro.

Que Menelao se había perdido con Helena por el camino.

Y de Odiseo, nada.

Con las noticias de los barcos llegaron también las otras, las que nadie quería oír y todo el mundo contaba.

Cómo había caído la ciudad. Lo del caballo de madera, que lo había ideado mi marido, que él había ido dentro con los mejores hombres, que había aguantado una noche entera a oscuras, en el vientre del caballo, sujetando a los que querían salir cuando Helena se paseó alrededor imitando las voces de sus esposas.

Eso me lo contaron con admiración y yo lo escuché con orgullo, para qué voy a negarlo.

Era él. Eso solo se le podía ocurrir a él.

Pero luego venía lo demás. Lo que pasó cuando el caballo se abrió.

La matanza en las calles, los niños arrojados desde las murallas.

El hijo pequeño de Héctor, que era todavía un niño de pecho, arrancado de los brazos de su madre y tirado desde la torre más alta.

Hay quien dijo que fue Neoptólemo, el hijo de Aquiles.

Hay quien dijo que lo decidió la asamblea de los reyes.

Y hay quien dijo que en esa asamblea habló un hombre de Ítaca y dijo que no había que dejar vivo al hijo de un héroe, porque los hijos de los héroes crecen y vuelven.

No sé si fue él. No se lo he preguntado.

Me contaron también lo de las mujeres. A las troyanas las repartieron igual que se reparte el ganado.

A la reina Hécuba, que era ya una vieja, le tocó a un hombre de Ítaca.

Andrómaca, la viuda de Héctor, se fue con Neoptólemo.

Casandra con Agamenón. Las hijas, las nueras, las esclavas, todas a los barcos, a las camas de los que habían matado a sus maridos.

Eso es la guerra. Siempre lo ha sido. No me escandaliza, ni pretendo que mi marido fuera distinto de los demás en eso.

Lo sabía desde niña. Las mujeres de mi familia también tenían esclavas que habían sido princesas en alguna ciudad que ya no existía.

Pero una cosa es saberlo y otra es tumbarte en la cama una noche de invierno y pensar que el hombre que esperas puede volver con una troyana en la bodega.

Una mujer más joven, más hermosa, que llore en un idioma que no entiendes.

Y que la meterá en la casa. Y que a lo mejor la meterá en esta cama.

Esa noche me quité el peplo de azafrán y lo guardé en el arcón. No volví a sacarlo en mucho tiempo.

*

Pasó el invierno. Pasó la primavera. Volvió el verano.

Yo seguía subiendo al Nérito cada mañana.

Me sentaba en la misma piedra entre los lentiscos desde donde lo vi salir y miraba el estrecho.

Al principio subía con el corazón en la boca, convencida de que ese día sí.

Luego subía por costumbre. Luego subía porque si dejaba de subir era como admitir algo.

Un día de finales de verano, cuando ya había pasado un año entero desde la caída de Troya, Telémaco subió conmigo. Tenía once años y ya me llegaba al hombro. Se sentó a mi lado en la piedra y estuvo un buen rato callado, mirando el mar igual que lo miraba yo, entornando los ojos contra el sol.

—Madre —me dijo—. ¿Y si está muerto?

Era la primera vez que alguien lo decía en voz alta. Nadie en la casa se había atrevido. Lo dijo mi hijo, con su voz de niño que empezaba a resquebrajarse, mirando el mar.

No le contesté. Le pasé el brazo por los hombros y lo apreté contra mí. Me di cuenta de que olía a sudor de muchacho, un olor nuevo, agrio, que antes no tenía. Pensé que pronto le saldría la barba.

Y ahí, en esa piedra, con mi hijo a mi lado y el mar vacío delante, empezó el silencio.