Las noches de Penélope 11. La primera piedra
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11. La primera piedra

Odiseo se levantó a beber. Fue hasta la jarra desnudo, con ese andar suyo un poco patizambo de hombre que ha pasado media vida en la cubierta de un barco, y bebió a morro, sin copa, y se quedó un rato de espaldas, con la jarra en la mano, mirando la pared.

Tenía la espalda llena de marcas. Algunas las conocía de antes. La mayoría no. Una quemadura grande en el omóplato derecho, arrugada como la piel de una pasa. Unas rayas finas y paralelas, cerca de la cintura, que parecían de uñas. No le pregunté de quién.

—La primera piedra la tiré yo —dijo, sin volverse.

Lo dijo en voz baja, a la pared. Me quedé muy quieta en la cama.

—Me miró —siguió—. Antes de que tirase. Me miró y no dijo nada.

Yo creo que lo sabía. Que sabía que había sido yo desde que encontraron la carta.

Y no dijo nada. Se quedó mirándome, de pie en la arena, con las manos atadas.

—Dejó la jarra en la repisa—. Esa piedra la sigo teniendo en la mano, Penélope. Todavía me pesa.

No le dije que le perdonaba. No era quién.

Le dije que volviera a la cama, que tenía frío, y él volvió y se metió debajo de la manta y se pegó a mí por la espalda, temblando un poco.

Le cogí la mano derecha, la de las piedras, y me la puse en el pecho.

Allí se quedó, pesada y caliente, con el pulgar moviéndose despacio sobre el pezón sin que él pareciera darse cuenta.

Yo sí me daba cuenta. Llevaba veinte años sin esa mano y no pensaba quitármela de encima por una piedra.

Y seguí contando.