Las noches de Penélope 10. La tienda de Palamedes
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10. La tienda de Palamedes

Cuando Telémaco cumplió ocho años empecé a bajar al puerto.

Antes no lo hacía. La señora de la casa no baja al puerto, eso lo sabe cualquiera.

Manda a un criado, a Medonte, al porquero, a quien sea, y espera en el salón a que le traigan las noticias ya peinadas.

Pero yo me había cansado de las noticias peinadas.

Me había cansado de que Odiseo me llegara masticado por otras bocas, con las partes duras quitadas para que no me atragantara.

Así que una mañana me puse un manto de lana basta, sin bordados, me eché el velo y bajé con Eurínome por el camino de las piedras hasta los cobertizos de los pescadores.

El puerto de Ítaca a esa hora olía a pescado abierto y a brea caliente.

Había redes tendidas en los postes, chiquillos descalzos corriendo entre las barcas varadas, mujeres con cestos en la cabeza regateando con los pescadores.

Al fondo, junto al muelle de piedra, había atracada una nave de casco ancho, de las que traen grano de Egipto y cerámica de Corinto, y los marinos estaban sentados a la sombra de la vela recogida, bebiendo vino de un pellejo y hablando a gritos en un dialecto de Asia que entendía a medias.

Nadie me miró dos veces. Con aquel manto era una mujer más.

Me senté en un poyo cerca de ellos, de espaldas, fingiendo que esperaba a alguien. Eurínome se fue a comprar sardinas. Y yo escuché.

Hablaban de Troya. Siempre se hablaba de Troya.

Habían estado en la costa de la Tróade hacía dos lunas, llevando trigo al campamento de los griegos, y uno de ellos, un hombre grueso con un ojo nublado, contaba que aquello era una pocilga.

Que había más muertos que vivos, que las fiebres se llevaban más hombres que las lanzas, que los reyes se peleaban entre sí como perros por un hueso.

Que Aquiles había saqueado no sé cuántas ciudades de la costa y que se repartían las mujeres cautivas a suertes.

Y luego uno de ellos, el más joven, dijo el nombre de mi marido.

Se lo dijo al del ojo nublado, riéndose, igual que quien cuenta un chiste.

Dijo «¿y lo de Palamedes, lo sabes? ¿Lo que le hizo el de Ítaca?

». Y el otro dijo que sí, que eso lo sabía todo el campamento, que lo habían apedreado delante de las naves.

Que el de Ítaca era un zorro y que no había que buscarse nunca su enemistad.

Me levanté. Me acerqué a ellos. Eurínome volvía con las sardinas y me vio y se paró en seco, con la boca abierta. Me quité el velo.

—Soy la esposa del de Ítaca —dije—. Contadme lo de Palamedes.

*

No lo voy a repetir entero. Odiseo lo sabe mejor que nadie: lo hizo él.

Pero sí voy a contar cómo me lo contaron, porque eso no lo sabe.

Me lo contaron muertos de miedo, mirándose unos a otros, el del ojo nublado sudando a chorros, el joven pálido como el queso.

Pensaron que iba a hacerles azotar. Pensaron que una reina que baja al puerto disfrazada y pregunta por la vergüenza de su marido tiene que estar loca.

Y yo los tuve allí, sentados en el muelle, hasta que me lo contaron todo, y luego le pedí a Eurínome que les diera las sardinas.

Me contaron que Odiseo había enterrado oro debajo de la tienda de Palamedes.

Que había hecho escribir una carta falsa, con el sello de Príamo, en la que el rey de Troya le agradecía su traición.

Que la carta apareció en el cuerpo de un prisionero troyano y el oro apareció donde decía la carta, y que Agamenón no necesitó más pruebas.

Que Palamedes juró por todos los dioses que era inocente y nadie le creyó, porque era demasiado listo y a los listos nunca se les cree.

Que lo sacaron a la playa y lo apedrearon entre todos. Que mi marido tiró la primera piedra.

Esto último no sé si es verdad, pensé entonces. Lo dijo el joven, y el del ojo nublado le dio un codazo.

Subí a casa sola, delante de Eurínome, sin velo. Iba muy deprisa. Notaba algo raro en el pecho, una cosa que me subía y me bajaba, y tardé mucho en ponerle nombre. Cuando llegué al patio y vi a Telémaco jugando con una espada de madera contra el tronco de la higuera, se lo puse.

Era alegría.

Me alegré. Que los dioses me perdonen, pero me alegré.

Me acordé del niño en el surco, de la reja del arado a un palmo de su cabeza, de la sandalia perdida.

Me acordé de la voz tranquila de Palamedes diciendo «no le va a pasar nada, señora, si su marido está tan loco como dice».

Y me alegré de que estuviera muerto. Me alegré de que hubiera muerto así, acusado de lo que no había hecho, porque a mí también me habían acusado de estar fingiendo y yo sí estaba fingiendo.

Luego, por la noche, la alegría se me pudrió en el estómago.

Porque Palamedes no le había hecho daño a Telémaco.

Lo había dejado en el surco, sí, pero sabía que Odiseo iba a parar.

Lo sabía mejor que yo. Era un hombre que hacía cuentas, igual que mi marido, y había hecho bien la cuenta.

Y Odiseo, en cambio, había tardado ocho años en saldar la suya, y la había saldado con oro enterrado y una carta falsa y un montón de piedras, y no le había temblado el pulso.

Igual que no le tembló en Micenas, con Clitemnestra.

Igual que no le iba a temblar, años después, en el salón de su propia casa.

Esa noche no me toqué. Me quedé en la cama con los ojos abiertos, con la llave del almacén apretada en el puño, y le tuve miedo por primera vez.

Miedo a no conocerlo, que es peor que el miedo a que te hagan daño.

A haberme casado con un hombre del que solo conocía la mitad, la de la cama de olivo, la del arado desviado, y a que la otra mitad estuviera en una playa de Asia tirando piedras.

*

Telémaco me preguntaba mucho por su padre en esos años.

Me preguntaba cómo era, qué hacía en la guerra, si había matado a muchos troyanos, si era el más fuerte de todos.

Yo le contaba lo que me contaban los heraldos, la parte que se podía contar.

Que era el más listo. Que una noche se metió en Troya disfrazado de mendigo, con la cara llena de golpes que se había dado él mismo, para espiar a los troyanos, y que nadie lo reconoció.

Que otra noche entró con Diomedes en el templo de Atenea y robaron la estatua que protegía la ciudad.

Que hablaba mejor que nadie en las asambleas.

Él escuchaba con los ojos muy abiertos, sentado en mi regazo aunque ya le colgaban las piernas hasta el suelo.

No le conté lo de Palamedes. Ni lo de Ifigenia.

Le conté un padre que pudiera querer. Y me pregunté muchas veces si hacía bien.

Si no estaba haciendo con él lo mismo que los heraldos hacían conmigo, quitarle las partes duras para que no se atragantara.

Al final decidí que sí, que hacía bien. Que un niño necesita un padre entero para poder romperlo él solo, cuando le toque, y que ya habría tiempo de que supiera el resto.

Lo supo. Lo supo de la peor manera, de boca de Antínoo, una noche de banquete, delante de todos. Ya llegaré a eso.

*

Pocos días después de lo del puerto hice una cosa que no había hecho nunca.

Era una noche de verano, muy calurosa, sin luna.

No podía dormir. Me levanté de la cama, me eché un manto por encima del camisón y salí de la casa por la puerta del huerto, la que da al sendero de la cala pequeña, la que está debajo de las peñas, donde no va nadie porque el agua es muy honda y la orilla es de piedra.

Bajé descalza, a oscuras, tanteando con los pies.

Cuando llegué abajo se oía el mar respirando contra las rocas, despacio, y se veían las estrellas reflejadas en el agua negra, temblando.

Ya he dicho que el mar me daba miedo. Que se lleva cosas. Se había llevado a Odiseo.

Me quité el manto. Me quité el camisón. Me quedé desnuda en la orilla, con la brisa fresca en la piel y el corazón golpeándome en la garganta. Me acordé de lo que me había dicho Cleómedes, que viajaba tanto para acostumbrarse al miedo. Y me metí en el agua.

Estaba fría. Mucho más fría de lo que esperaba, a pesar del verano.

Me cortó la respiración y me puso la piel de gallina y los pezones duros como guijarros.

Di unos pasos sobre las piedras resbaladizas hasta que me llegó a la cintura, y luego al pecho, y luego no hice pie y grité.

Me hundí. Tragué agua salada. Pataleé como un perro y salí a flote y me agarré a una roca, tosiendo, temblando, riéndome como una loca.

No sabía nadar bien. Me quedé allí mucho rato, agarrada a la roca, dejándome mecer.

El agua me subía y me bajaba despacio, me envolvía las piernas, se me metía entre los muslos con una caricia fría que poco a poco dejó de ser fría.

Encontré, a tientas, una piedra plana bajo el agua, a la altura de las caderas, y me apoyé en ella con los brazos en la roca de arriba.

Cada ola que llegaba me empujaba contra la piedra, y cada ola que se iba me separaba, y el agua entraba y salía entre mis piernas con un ritmo que no era el mío ni el de ningún hombre, un ritmo de mar, más lento y más terco.

Abrí los muslos para dejarla entrar. Me solté el pelo y lo sentí flotar a mi alrededor como algas.

Miré las estrellas. Pensé que el mismo mar que me tocaba a mí estaba tocando a Odiseo, al otro lado, en la playa de Troya, y que si él también estaba despierto y metido en el agua, entonces el mar era lo único que nos tocaba a los dos a la vez.

Fue una idea tonta. Pero me hizo llorar.

Y me hizo también algo más, porque las olas siguieron llegando y yo dejé de agarrarme fuerte y me dejé empujar contra la piedra una y otra vez, frotándome contra ella, hasta que me corrí allí dentro, en el agua negra, con la boca llena de sal y un grito que se tragó la resaca.

Cuando salí del agua me tumbé en una piedra plana de la orilla, todavía caliente del sol de la tarde, con la piel salada y el pelo chorreando, y me chupé los dedos y supe a mar, igual que la primera noche Odiseo me había dicho que yo sabía a mar.

Y me abrí de piernas al cielo y me volví a tocar allí mismo, al aire libre, con el ruido del mar de fondo.

Me daba igual que me viera alguien. Me daba igual que me viera algún dios.

Volví a casa de madrugada con el camisón pegado a la piel mojada y arena en los pies. Euriclea estaba esperándome en la puerta del huerto, con los brazos cruzados.

—¿Dónde estaba la señora?

—Bañándome.

—¿En el mar? ¿Sola? ¿De noche? ¿Usted, que no sabe nadar?

—Ya sé un poco más.

Me miró de arriba abajo, con esos ojos pequeños, y vio algo que no le gustó o que le gustó demasiado. Nunca supe cuál de las dos cosas. Se apartó de la puerta y me dejó pasar.

Volví a la cala muchas noches más. Aprendí a nadar. Mal, pero aprendí. Y aunque nunca he dejado de tenerle miedo al mar, desde entonces sé que se puede estar dentro de lo que te da miedo y no ahogarse.

TERCERA PARTE. EL SILENCIO