9. Once días de viento en contra
Se llamaba Cleómedes y era cretense. Lo digo así, de entrada, porque sé que Odiseo sonreirá cuando lo sepa.
Cuando llegó vestido de mendigo me contó que era de Creta, nieto de Minos, hermano de Idomeneo, y yo le escuché sentada junto al fuego llorando a mares mientras me describía el manto que llevaba mi marido cuando pasó por su casa camino de Troya.
Se inventó un cretense. Y no sabía que años antes un cretense de verdad había dormido once noches en su pórtico.
Llegó en una nave mercante que iba hacia Sicilia y que tuvo que refugiarse en nuestro puerto por un temporal de poniente.
Era broncista. Trabajaba el metal, hacía calderos, trípodes, puntas de lanza, fíbulas, espejos.
Llevaba con él una caja de herramientas de la que no se separaba nunca, ni para dormir.
El capitán y los remeros se quedaron en el barco, pero él subió a la casa a pedir hospitalidad, porque así lo manda Zeus y así lo había aprendido de niño, y Laertes, que aquellos días todavía bajaba de vez en cuando al salón, lo recibió y lo sentó a la mesa.
Bajé esa noche por obligación, porque Anticlea estaba ya muy mal y alguien tenía que hacer de señora.
Me senté en mi sitio con el velo puesto y apenas lo miré.
Me acuerdo de que llevaba una túnica azul muy gastada, con una cenefa bordada en el cuello, y de que comía despacio, con buenos modales, sin chuparse los dedos como hacían los hombres de la isla.
Me acuerdo de las manos. Tenía las manos llenas de quemaduras pequeñas, unas viejas y blancas, otras recientes y rosadas, y en el dorso de la izquierda una cicatriz larga de un corte.
Laertes le preguntó por Troya. Todo el mundo preguntaba por Troya a todo el que llegaba.
Cleómedes dijo que había oído que la guerra iba para largo, que los griegos habían desembarcado y se habían hecho fuertes en la playa, que Aquiles había matado a muchos troyanos pero que la ciudad tenía unas murallas que no había forma de saltar.
Que se decía que las habían levantado Poseidón y Apolo con sus propias manos.
Luego, sin que nadie se lo preguntara, se volvió hacia mí y me dijo:
—De su esposo no sé nada, señora. Lo siento. Me habría gustado traerle noticias.
No me había presentado. Nadie le había dicho quién era yo ni que tuviera esposo en la guerra. Lo había deducido. Fue la primera cosa de él que me gustó.
*
Al día siguiente el viento seguía soplando del oeste, levantando espuma blanca en la bocana del puerto.
Cleómedes no podía irse. Por la mañana le vi en el patio, sentado a la sombra de la higuera, arreglando el caldero grande de la cocina, el que tenía una grieta desde antes de que yo llegara a Ítaca.
Nadie se lo había pedido. Lo había visto la noche anterior y había ido a buscarlo.
El tercer día me arregló el telar.
Era un telar viejo, de los de pesas, con dos postes de madera y un travesaño arriba del que colgaban los hilos de la urdimbre, tensados abajo con pesas de barro.
Uno de los postes estaba podrido por la base y el telar entero se inclinaba un poco, de forma que las telas me salían torcidas.
Yo lo había aceptado, igual que se aceptan las cosas que llevan mucho tiempo mal.
Cleómedes se puso de rodillas, examinó el poste, se fue al almacén de leña, volvió con un trozo de roble seco y en una tarde me hizo un poste nuevo.
Yo lo miraba trabajar desde el banco. Le miraba la espalda inclinada, el sudor oscureciéndole la túnica entre los omóplatos, la manera en que sujetaba la azuela y la dejaba caer con golpes cortos y exactos.
Le miraba los antebrazos. Tenía unos antebrazos gruesos, con el vello rubio aclarado por el sol, y las venas muy marcadas.
Cuando terminó se levantó, se limpió las manos en los muslos y me dijo que lo probara.
Me senté en el telar. Pasé la lanzadera de un lado a otro.
El tejido bajaba derecho, sin torcerse. Me volví para darle las gracias y lo encontré de pie detrás de mí, mirándome el cuello.
No se apartó cuando lo pillé. No bajó los ojos.
Me sostuvo la mirada un rato y luego sonrió, despacio, sin descaro, con la sonrisa de quien comparte con otro algo que ninguno de los dos va a decir.
Yo tenía veinticinco años. Llevaba tres sin que un hombre me mirara así.
*
Lo voy a contar todo, porque he decidido que no quede nada guardado en el arcón.
Durante los días siguientes hablamos mucho.
Él venía al cuarto de hilar por las tardes con alguna excusa, una fíbula que quería enseñarme, una pregunta sobre la madera de la isla, y se sentaba en el suelo con la espalda contra la pared y me contaba cosas mientras yo tejía.
Las criadas estaban delante. Euriclea estaba delante casi siempre, con su cara ancha y sus ojos pequeños clavados en él como dos clavos.
No pasaba nada que no pudiera pasar delante de todo el mundo.
Pero yo sentía su voz en la nuca. Me contaba cosas de Creta, de los palacios con baños de agua corriente, de las mujeres que saltaban por encima de los toros en las fiestas, de su madre, que era tejedora y le había enseñado a distinguir la lana buena por el olor.
Me preguntaba cosas a mí. Qué me gustaba.
Qué echaba de menos de Esparta. Si me gustaba el mar.
Nadie me había preguntado nunca si me gustaba el mar. Odiseo tampoco.
No, no me gusta. Me da miedo. Se lleva cosas.
Se rió cuando se lo dije y me contestó que a él también le daba miedo, que por eso viajaba tanto, para acostumbrarse.
*
La sexta noche me lo encontré en el pasillo.
Yo subía del cuarto de Anticlea. Le había dado un poco de agua con miel, le había cambiado el paño de la frente y me había quedado un rato sentada a su lado oyéndola respirar, esa respiración de los que se están muriendo, que se para y vuelve a empezar y se para otra vez, y que te tiene en vilo cada vez que se para.
Salí con la lámpara en la mano y la cabeza llena de muerte.
Y él estaba en el pasillo, al pie de la escalera, de vuelta de la letrina, descalzo y con la túnica sin ceñir.
Nos quedamos parados los dos. La lámpara temblaba.
Yo no dije nada y él tampoco. Dio un paso hacia mí y yo no me moví, y luego otro, y seguí sin moverme.
Estaba tan cerca que olía su sudor, un olor distinto al de Odiseo, más ácido, con algo metálico, de ceniza y de bronce.
Me cogió la mano que tenía libre. Me la levantó despacio, se la acercó a la cara y me besó por dentro de la muñeca, donde late la sangre.
Luego abrió la boca y me pasó la lengua por el mismo sitio, una vez, caliente y lenta, y me la mordió muy suave con los dientes de delante.
Se me encogió todo. El estómago y el sexo y las plantas de los pies.
Sentí su boca y su barba áspera en la piel fina de la muñeca y sentí cómo se me mojaba el muslo por dentro, en el pasillo, de pie, con mi suegra muriéndose detrás de una puerta.
Tenía la túnica sin ceñir y le vi, a la luz temblona de la lámpara, que debajo estaba duro, levantándole la tela.
—Señora —me dijo, muy bajo.
Nada más. Ni «ven» ni «déjame» ni nada de lo que se dice en los cantos. Solo «señora», con una voz que hacía de esa palabra una pregunta.
Y yo no contesté. Estuve a punto. Estuve tan a punto que todavía, veinte años después, me acuerdo del momento exacto, del instante en que el cuerpo se me inclinó hacia él antes de que yo lo decidiera.
Y entonces, arriba, Anticlea tosió. Una tos seca, larga, de las que desgarran.
Y luego dijo mi nombre. Penélope. Débil, ronco, sin apenas aire.
Retiré la mano.
Quiero ser justa conmigo misma y no me voy a poner medallas.
Retiré la mano porque mi suegra me llamaba.
Ni la fidelidad ni el miedo a los dioses ni el recuerdo de Odiseo tuvieron nada que ver.
Si Anticlea no hubiera tosido, no sé lo que habría pasado.
Creo que lo sé. Pero prefiero decir que no lo sé.
Subí la escalera sin mirar atrás. Anticlea no quería nada. Me había llamado en sueños. Me senté a su lado y le cogí la mano y estuve allí hasta el amanecer, temblando entera, con la muñeca ardiendo como si me la hubieran marcado con un hierro.
*
El viento cambió el undécimo día. Cleómedes bajó al puerto al alba sin despedirse de nadie, salvo de Laertes, a quien dejó como regalo de huésped un trípode de bronce que todavía está en el almacén.
A mí no me dejó nada. O eso creí. Por la tarde, cuando me senté al telar, encontré en el travesaño, escondida entre los hilos de la urdimbre, una fíbula pequeña de bronce con forma de abeja.
Las alas estaban grabadas una a una, con todas sus venitas. Debió de pasarse la noche haciéndola.
La tengo todavía. Está en el cofre de mis joyas, envuelta en un trapo de lino. No me la he prendido nunca.
Esa noche, sola en el cuarto del olivo, me toqué pensando en él.
Fue la primera vez que lo hice pensando en otro hombre.
Cogí la abeja y me pasé la punta de las alas por los pezones, el bronce frío, rayado, hasta que se me pusieron duros y me dolían.
Me imaginé que no retiraba la mano, que lo dejaba subir por mi brazo con la boca, que me empujaba contra la pared del pasillo y me levantaba el peplo con esas manos llenas de quemaduras.
Me imaginé las quemaduras. Pequeñas, lisas, rugosas, cada una distinta, rozándome la cara interna de los muslos al abrírmelos.
Me imaginé que se arrodillaba en el suelo del pasillo y me ponía una pierna sobre su hombro y me comía allí mismo, con la lámpara en el suelo, y que yo tenía que taparme la boca para que no me oyera la moribunda.
Me imaginé su olor a bronce y a ceniza mezclado con el mío.
Me corrí tan fuerte que me di con la cabeza en el poste del olivo, y luego me eché a llorar, de culpa, de rabia, de alivio.
Pedí perdón en voz alta. Al olivo, a Odiseo, a Anticlea.
No sé si hay algo que perdonar. Durante mucho tiempo creí que sí.
Luego, con los años, aprendí a pensar que en una mujer cuenta lo que hace con lo que siente, y que lo que yo hice con aquello fue subir una escalera y sentarme junto a una moribunda.
Y que lo que hice después, a solas, en esta cama, fue cosa mía y de nadie más.
Odiseo también subió muchas escaleras. Y no todas las veces subió.