8. De qué se muere una madre
Anticlea se murió de esperar a su hijo. No lo digo para hacer daño.
Lo dijeron los físicos que vinieron de Same, lo dijo el sacerdote de Hermes y lo dijeron las viejas del pueblo, que en estas cosas aciertan más que los físicos y los sacerdotes juntos.
Anticlea no tuvo fiebres ni bubas ni dolor de vientre.
No se cayó por ninguna escalera. Se fue apagando a lo largo de un verano, como se apagan las lámparas cuando nadie les echa aceite, y una mañana de otoño, antes de que empezaran las lluvias, Euriclea entró a despertarla y la encontró fría, con los ojos abiertos mirando la ventana que da al puerto.
Odiseo me ha contado que la vio en el país de los muertos.
Que se le acercó entre las sombras, pálida, y que intentó abrazarla tres veces y tres veces se le escapó de entre los brazos igual que el humo.
Que ella le dijo que no la había matado ninguna enfermedad, que la había matado la nostalgia de él, de su bondad, de sus atenciones.
Me lo contó con la voz rota y yo le apreté la mano.
Pero él la vio muerta y yo la vi morirse, y no es lo mismo. Así que lo cuento desde este lado.
Empezó por no comer. A la hora de la cena se sentaba en su sitio, a la izquierda de Laertes, y partía el pan en trocitos muy pequeños y los iba dejando en el borde del plato sin llevarse ninguno a la boca.
Si le preguntabas, decía que había picado algo en la cocina.
Luego dejó de hilar. Eso fue lo que más me asustó, porque Anticlea hilaba hasta dormida.
Se sentaba junto al fuego con el huso en la mano y se quedaba mirando las brasas, y el huso se le iba resbalando de los dedos hasta caer al suelo, y ella no lo recogía.
Una tarde de principios de verano la encontré en el muro del patio, el que da al mar, sentada en una piedra al sol. Me senté a su lado. Telémaco jugaba abajo con un perro, tirándole un palo que el perro no le devolvía nunca.
—¿Sabes por qué se llama Odiseo? —me preguntó, sin mirarme.
No lo sabía. Nunca se me había ocurrido preguntarlo.
—Se lo puso mi padre. Autólico. Vino a la isla cuando nació el niño, para conocerlo.
Era un viejo malísimo, ¿sabes? Ladrón de ganado, perjuro, tramposo.
Decían que Hermes le había enseñado a robar sin que se notara y a jurar en falso sin que lo castigaran los dioses.
Y lo quería todo el mundo, eso es lo raro.
Euriclea le puso al niño en las rodillas, después de la cena, y le dijo «ponle tú el nombre a tu nieto, que hemos rezado tanto para tenerlo».
Y mi padre se quedó mirándolo un rato y dijo que se llamaría Odiseo, porque él, Autólico, había venido a esta casa odiado por muchos hombres y muchas mujeres de toda la tierra.
El odiado. El que hace enfadar. Eso significa.
—Es un nombre horrible —dije.
—Es un nombre de viejo malo. —Y se rió un poco, por primera vez en semanas—. Yo lloré toda la noche. Laertes quería llamarlo Arcisio, como su padre. Pero a mi padre no se le llevaba la contraria.
Se quedó callada. Abajo, el perro había soltado por fin el palo y Telémaco gritaba de alegría.
—Le pesa —dijo luego—. Ese nombre le pesa. Por eso miente tanto. Para que no lo odien.
No supe qué contestar. Me pareció una cosa muy rara de decir de un hijo y a la vez muy cierta.
Me quedé mirando su perfil, la nariz afilada, la piel de las mejillas floja y llena de manchitas marrones, los ojos grises, tan parecidos a los de Odiseo.
Pensé que iba a decir algo más sobre él, sobre lo que era tenerlo de hijo.
No dijo nada. Se levantó con mucho esfuerzo, apoyándose en mi hombro, y se fue para adentro.
*
Durante ese verano se le fue el cuerpo. Se le cayó el pelo a puñados, se le marcaron los huesos de la cara, se le quedaron los brazos como dos sarmientos.
Dejó de salir de su cuarto. Yo subía a verla cada mañana y cada tarde, le llevaba caldo de gallina que no se tomaba, le cambiaba las sábanas, le lavaba el cuerpo con una esponja y agua tibia.
Fue la primera vez que vi a una mujer vieja desnuda.
Me impresionó. Los pechos vacíos, colgando sobre las costillas.
El vientre arrugado, con las estrías plateadas de haber llevado dentro a Odiseo.
El vello del pubis blanco y ralo. Me miraba mientras la lavaba con unos ojos tranquilos, sin vergüenza ninguna.
—Así vas a estar tú —me dijo una vez—. Si tienes suerte.
—¿Si tengo suerte?
—Si llegas.
Un día, a finales del verano, me cogió la muñeca mientras le pasaba la esponja por el cuello. Tenía todavía mucha fuerza en los dedos, más de la que parecía.
—Escúchame bien, Penélope. Yo me voy a morir.
—No diga eso.
—Calla. Me voy a morir y tú lo sabes, y lo sabe Laertes, y lo sabe Euriclea.
Y me voy a morir porque soy tonta. Porque he puesto toda mi vida en un sitio y ese sitio se ha ido al otro lado del mar.
—Me apretó más fuerte—. No hagas lo mismo.
¿Me oyes? No pongas toda tu vida en él. Ponla en ti.
En el niño. En la casa. En lo que sea. Pero no la pongas toda en un hombre que está lejos, porque los hombres que están lejos no se dan cuenta de lo que pesan.
Me eché a llorar y ella me soltó la muñeca, como si ya hubiera dicho lo que tenía que decir y no le importara cómo me lo tomase.
Aquello me lo he repetido muchas veces en estos años. Más que lo de la barba de Telémaco. Más que cualquier oráculo. La mujer que se murió de esperar a su hijo me dio el único consejo que me ha servido para no morirme de lo mismo.
*
La enterramos en la ladera del Nérito, junto a los padres de Laertes, en una tumba de piedra con una estela que talló un cantero de Cefalenia.
Laertes no lloró en el entierro. Se quedó de pie junto a la pira con los brazos caídos y la boca abierta, mirando el humo, igual que un hombre que se ha despertado en un sitio que no conoce.
Cuando se apagaron las brasas y recogimos los huesos en la urna, se dio media vuelta y bajó el monte por el otro lado, hacia las fincas del interior, donde tenía un viñedo y una casa de labranza con un esclavo viejo y su mujer.
No volvió a subir a la casa grande. Mandó a decir que no quería ver a nadie, que se ocuparía de las viñas. Que la casa y todo lo que había en ella quedaba en manos de la esposa de su hijo hasta que su hijo volviese.
En manos de la esposa de su hijo. En mis manos.
Me enteré después de que dormía en el suelo, en invierno, entre los esclavos, junto al fuego, en la ceniza.
Y en verano en el viñedo, sobre un lecho de hojas secas.
Que se dejó crecer la barba y llevaba una túnica sucia y remendada y unas polainas de cuero para que no le arañaran los zarzales.
Que se pasaba el día cavando y podando y no hablaba con nadie.
Algunas veces, en estos veinte años, fui a verlo.
Me recibía con educación, me ofrecía agua y aceitunas, me preguntaba por el niño.
Nunca preguntó por Odiseo. Nunca dijo su nombre.
Cada uno espera a su manera. Anticlea se murió. Laertes se enterró en vida entre las cepas. Euriclea se puso a contar llaves. Y yo me quedé con una casa en las manos, a los veinticinco años, sin saber muy bien qué hacer con ella.
*
La primera noche después del entierro no pude dormir en el cuarto del olivo.
Me pareció que la cama era demasiado grande y la casa demasiado silenciosa, y que Anticlea andaba todavía por el pasillo arrastrando las zapatillas camino de la letrina.
Cogí a Telémaco dormido y me fui a dormir a la cocina, con las criadas, junto al rescoldo, igual que Laertes en su casa de labranza.
Euriclea no dijo nada. Me echó una manta por encima y se tumbó a mi lado.
Antes de dormirme pensé en lo que me había dicho mi suegra.
Ponla en ti. Y me acordé de las tardes de la siesta, del espejo de bronce, de las manos de Eurínome.
Me acordé de lo que había aprendido ese verano, de lo que había descubierto de mí misma, y me pareció que, de alguna manera que no sabía explicar, Anticlea lo sabía.
Que cuando me miró aquella noche en el pasillo, con la lámpara en la mano, ya sabía que yo había empezado a ponerla en mí.
Y me pareció también, aunque esto es más difícil de contar, que el huésped que había llegado a la casa a finales de aquel verano tenía algo que ver con todo esto.
Que su llegada y la muerte de Anticlea estaban cosidas con el mismo hilo.
Que si ella no se hubiera estado muriendo en el piso de arriba, yo no habría hecho lo que hice. Ni lo que estuve a punto de hacer.