Las noches de Penélope 7. Las manos de Eurínome
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7. Las manos de Eurínome

¿Cuánto tiempo puede pasar una mujer sin que nadie la toque?

No hablo de lo otro. Hablo de una mano en el hombro, de que alguien te recoja un mechón detrás de la oreja, de un abrazo que dure más de lo que manda la cortesía.

Telémaco me tocaba, claro, me tocaba todo el día, me tiraba del pelo, se me subía encima, me metía los dedos en la boca.

Pero eso era yo dando. Lo que yo me pregunto es cuánto tiempo puede pasar una mujer sin recibir.

Lo descubrí al tercer año de irse Odiseo, una tarde de verano, en el baño.

La bañera de la casa era una tina de barro cocido, pintada por dentro con pulpos azules, que había mandado traer Anticlea de Creta cuando era joven.

Estaba en un cuarto pequeño junto a la cocina, para que el agua caliente no tuviera que viajar mucho, y tenía un ventanuco alto por donde entraba un rayo de sol que a media tarde caía justo sobre el agua.

Me bañaba allí una vez cada pocos días. Me ayudaba Eurínome, la despensera, que había entrado en la casa cuando yo llegué de Esparta y que con los años se había convertido en algo parecido a una amiga, aunque ninguna de las dos lo habría dicho así.

Era unos años mayor que yo, viuda de un pescador, alta y huesuda, con la nariz rota y unas manos enormes, de dedos largos y nudillos gruesos, que parecían de hombre.

Aquella tarde Eurínome había traído un aceite nuevo.

Se lo había cambiado a un mercader sidonio por tres quesos y un cesto de higos secos, y venía en un frasquito de alabastro tan pequeño que le cabía en la palma.

Olía a rosas y a algo más, algo oscuro y dulce que no supe reconocer.

Mirra, me dijo. De Arabia, más allá de Egipto, donde dicen que el sol quema tanto que los hombres son negros.

—Para la señora —me dijo—, que tiene la piel muy seca.

Salí de la tina y me senté en el banco de piedra, desnuda, con el pelo mojado chorreándome por la espalda. Eurínome se echó unas gotas en las manos, se las frotó para calentarlas y empezó por los hombros.

Tenía unas manos increíbles. Enormes, de hombre, pero lo que hacían era de una delicadeza que no me esperaba.

Apretaba los músculos del cuello con los pulgares, buscando los nudos, y cuando encontraba uno se quedaba ahí, apretando y aflojando, hasta que el nudo se deshacía.

Me bajó por la espalda, por los costados, por los brazos.

Me cogió una mano y me masajeó la palma y cada uno de los dedos, tirando un poco de ellos al final. Cerré los ojos.

Y de repente me eché a llorar.

No sé de dónde me salió. No estaba triste.

Estaba mejor de lo que había estado en mucho tiempo, con el sol entrando por el ventanuco y el olor de las rosas y de la mirra.

Y sin embargo las lágrimas me caían a chorros y se me escapaban unos sollozos que me sacudían todo el cuerpo.

Eurínome no se asustó. No dijo nada. Siguió con mi mano entre las suyas, apretando la base del pulgar, y esperó a que se me pasara.

—Es la piel —dijo luego, cuando ya solo me sorbía los mocos—. La piel tiene memoria, señora. Se acuerda de lo que le falta.

Eso me lo dijo una viuda de pescador con la nariz rota, en un cuartucho que olía a cebolla y a jabón de ceniza.

Y era verdad. Llevaba tres años sin que nadie me tocara así, despacio, para mí, sin pedirme nada.

Tres años de dar el pecho, de coger en brazos, de limpiar culos y mocos, de apartar perros, de cargar con cestos.

Mi cuerpo había sido una herramienta todo ese tiempo, útil y gastada, y yo no me había dado cuenta de lo hambrienta que estaba hasta que unas manos ajenas me recordaron que también era otra cosa.

A partir de ese día Eurínome me daba aceite cada vez que me bañaba.

Nunca hablamos de ello. Nunca pasó nada más: sus manos jamás fueron más allá de donde van las manos de una criada que unge a su señora.

Pero yo esperaba esas tardes con una ansiedad que me daba vergüenza, y cuando me tumbaba boca abajo en el banco y ella empezaba por las pantorrillas y subía por los muslos y me apretaba las nalgas con esas palmas enormes, separándolas un poco al subir para que el aceite bajara por dentro, yo sentía que se me abría algo, que me ablandaba entera.

Algunas veces me levantaba del banco con las piernas flojas y el sexo húmedo, y me iba derecha al cuarto del olivo y me encerraba.

*

Fue ese verano cuando empecé a conocerme.

Sé que suena raro. Una mujer casada, madre, de veintipocos años, que no se conoce.

Pero así era. Odiseo me había enseñado mucho, y se lo agradezco, pero me había enseñado lo que le gustaba a él hacerme, que no siempre coincidía con lo que me gustaba a mí.

Y yo no lo sabía porque nunca había tenido tiempo de preguntármelo.

Siempre estaba él delante, con su boca y sus manos y sus ganas, y yo me dejaba llevar, y casi siempre me llevaba bien.

Pero no siempre. Y nunca me atreví a decírselo.

Una tarde me llevé al cuarto del olivo el espejo de bronce grande, el que me había regalado mi madre para la boda, con el mango en forma de muchacha desnuda, de pie, con los brazos levantados sujetando el disco.

Cerré la puerta, eché el pestillo, me quité el peplo y me senté en la cama con las piernas abiertas y el espejo delante, apoyado en un cojín. Y me miré.

Nunca me había mirado ahí. Ninguna mujer que yo conociera se había mirado ahí.

Era como mirar un cuarto de la casa en la que has vivido toda la vida y en el que nunca has entrado.

Me sorprendió lo oscuro que era, y lo complicado, con sus pliegues y sus capas, el color de la carne por dentro, entre rosado y morado, como el interior de una concha de las que se pegan a las rocas.

Me separé los labios con los dedos para ver mejor.

Encontré el botoncito de arriba, escondido debajo de su capucha de piel, y me lo destapé con la yema del dedo, y me dio un calambre tan fuerte que casi tiro el espejo.

Ahí estaba. Ahí era.

Odiseo lo encontraba a veces con la lengua, y cuando lo encontraba me volvía loca.

Pero lo perdía. Se iba a otro sitio, más abajo, a la entrada, porque a él le gustaba más la entrada, y yo me quedaba a medias sin saber cómo pedirle que volviera.

Ahora, con el espejo, lo tenía delante. Podía verlo hincharse y ponerse rojo cuando lo rozaba. Podía probar.

Y probé. Pasé ese verano entero probando, en las horas de la siesta, cuando la casa dormía y solo se oían las chicharras.

Aprendí que me gustaba más rodeándolo que tocándolo de frente.

Que me gustaba despacio al principio y deprisa al final, y que si iba deprisa demasiado pronto se me escapaba.

Aprendí que con dos dedos dentro, doblados hacia arriba, encontraba otro sitio, más blando, más hondo, rugoso como el paladar, que me daba unas ganas extrañas de orinar y luego un placer distinto, más ancho, que me subía por la espalda.

Aprendí que podía correrme más de una vez si no paraba del todo.

Que la segunda era más fuerte que la primera y la tercera casi me dolía.

Aprendí a respirar. A no contener el aire, que era lo que hacía siempre con él, sin darme cuenta, como si el placer fuera algo que había que aguantar debajo del agua.

Una tarde, mirando el espejo, me fijé en el mango.

En la muchacha de bronce, lisa, pulida por años de manos, con la cabeza redonda y los brazos levantados.

Lo calenté entre los muslos un buen rato, porque el bronce es frío, y lo unté con la mirra de Eurínome.

Y me lo metí. Despacio, de lado, con el disco del espejo apoyado en la cama y la cabeza de la muchacha abriéndome por dentro.

Me dio un miedo y una risa tremendos, las dos cosas a la vez.

Me reí sola en la cama con aquella muchacha de bronce dentro de mí, mirándome con su cara lisa sin ojos, y luego dejé de reírme y empecé a moverla, y la cama del olivo no crujió, como no cruje nunca.

Esa tarde me corrí tres veces seguidas y la última grité tan alto que Euriclea llamó a la puerta para preguntar si me había hecho daño.

Aprendí también que no necesitaba pensar en él.

Esto me cuesta escribirlo, porque sé que si Odiseo lo lee le va a doler, y no quiero que le duela más de lo que debe.

Al principio pensaba en él siempre. Era la única forma que tenía de darme permiso.

Pero a medida que me iba conociendo me di cuenta de que a veces no pensaba en nada, ni en él ni en nadie.

Pensaba en lo que estaba sintiendo. En el calor que me subía por los muslos, en la piel de los pezones erizada, en el olor de la mirra que se me había quedado en las manos.

Era yo con mi cuerpo, a solas, conversando. Y esas veces eran las mejores.

No fue una traición. Fue lo que fue. Durante veinte años no tuve marido, pero me tuve a mí, y lo que aprendí en esa cama, a solas, acabaría enseñándoselo a él. Pero eso viene al final.

*

A finales de ese verano llegó a la isla un huésped. Un hombre de fuera, de los que llegan pidiendo la hospitalidad que Zeus manda dar a los extranjeros. Laertes le dio de comer y de beber y le ofreció un lecho en el pórtico, como se hace.

Se quedó once días.

Y esos once días tengo que contarlos, aunque todavía no. Antes tengo que contar lo de mi suegra. Porque Anticlea se murió ese otoño, y lo uno y lo otro están mezclados en mi memoria de una manera que todavía no he conseguido desenredar.