Las noches de Penélope 6. Lo que traen los heraldos
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6. Lo que traen los heraldos

Medonte llegó en la segunda primavera, con el pelo pegado a la frente por la sal y la túnica de heraldo descolorida, en una nave de Cefalenia que traía también ánforas vacías para llenar de aceite.

Venía de Áulide. Lo mandaba Odiseo, con una tablilla de cera que no se podía leer porque se había mojado en la travesía y un mensaje aprendido de memoria, como hacen los heraldos.

Medonte era un hombre de la casa desde siempre.

Había servido a Laertes antes que a su hijo y tenía esa forma de estar quieto, con las manos juntas por delante y la cabeza un poco baja, que tienen los criados viejos y que nada tiene de sumisa, porque cuando hablaba lo hacía mirando a los ojos y sin adornos.

Lo recibimos en el salón, Laertes sentado en su sillón de respaldo alto, Anticlea a su lado, yo de pie junto a la columna con Telémaco agarrado a mi pierna.

Medonte se arrodilló delante de Laertes y luego, sin que nadie se lo pidiera, se volvió y se arrodilló también delante de mí.

Fue la primera vez que alguien lo hizo en esa casa. Me ardieron las orejas.

El mensaje era corto. Que Odiseo estaba bien. Que los vientos habían cambiado por fin y que la flota iba a zarpar hacia Troya en cuanto se terminaran los sacrificios. Que besáramos al niño. Que yo cuidara de la casa. Que pensaba en mí.

Eso último Medonte lo dijo con la misma voz con la que había dicho lo de los vientos, y aun así a mí se me doblaron las rodillas. Tuve que agarrarme a la columna.

Luego, por la noche, cuando ya habían retirado las mesas y Laertes se había ido a dormir y Anticlea estaba en la cocina dando órdenes para el día siguiente, mandé llamar a Medonte al cuarto de hilar.

Quería saber lo que no venía en el mensaje.

Los heraldos llevan dos cosas, lo que les mandan decir y lo que han visto, y lo segundo siempre vale más.

Se sentó en un taburete delante de mí, incómodo, con la copa de vino aguado entre las manos.

Le pregunté cómo estaba mi marido de verdad.

Me dijo que bien, que había tenido fiebres como todo el mundo pero que se había recuperado, que estaba más flaco, que se había dejado crecer la barba.

Le pregunté qué hacía en todos esos meses de espera en la playa.

Me dijo que jugar a los dados con Diomedes, discutir con Áyax, cazar, consolar a Menelao, que cada vez bebía más.

Le pregunté por qué habían cambiado los vientos.

Medonte bajó los ojos hacia la copa. Tardó tanto en contestar que pensé que no me había oído.

—Hubo un sacrificio, señora.

—Ya. Has dicho sacrificios.

—Uno especial.

Y me lo contó. Me lo contó despacio, sin adornarlo, y yo fui sintiendo cómo se me quedaban frías las manos encima del regazo.

El adivino Calcante había dicho que Ártemis no dejaría soplar el viento hasta que Agamenón le ofreciera lo que más quería.

Y lo que más quería Agamenón, según el adivino, era su hija mayor.

Ifigenia. Una niña de trece o catorce años, la hija de Clitemnestra, que estaba en Micenas con su madre y no sabía nada de vientos ni de diosas.

—¿Y cómo la llevaron a Áulide? —pregunté—. Clitemnestra no la habría dejado ir nunca.

Medonte me miró entonces a los ojos, como hacía siempre. Y yo lo supe antes de que hablara. Lo supe por la manera en que le temblaba la copa.

—Le dijeron que la iban a casar con Aquiles —dijo—. Que el hijo de Peleo la quería por esposa antes de embarcar. Clitemnestra se puso muy contenta. Preparó el ajuar ella misma. Acompañó a la niña hasta Áulide en un carro con velo de novia.

—¿Quién se lo dijo?

No contestó.

—Medonte. ¿Quién fue a Micenas a decírselo?

—Su esposo, señora. Fue el señor Odiseo. Agamenón no se atrevía y Menelao no sabía mentir. Lo mandaron a él porque era el único que podía convencerla.

No me acuerdo de lo que hice después. Medonte me ha contado que me levanté y fui hasta la ventana y me quedé allí mucho rato, de espaldas, y que él no sabía si irse o quedarse y al final se quedó.

Yo solo me acuerdo de que pensé en el ajuar.

En Clitemnestra doblando las túnicas de su hija, eligiendo las fíbulas, peinándola.

Yo conocía a Clitemnestra. Era hermana de Helena, prima mía también, aunque solo la había visto un par de veces.

Era mayor, más seria, con unas manos grandes y una forma de mirar de frente que asustaba a los hombres.

Me la imaginé feliz. Me imaginé que le había ofrecido vino a Odiseo y que él se lo había aceptado y le había hablado de Aquiles, de lo guapo que era, de lo valiente, de lo enamorado que estaba de la niña. Con esa voz que sabe cuándo bajar.

—¿La mataron? —le pregunté, sin volverme.

—Hay quien dice que sí, en el altar. Y hay quien dice que en el último momento la diosa puso una cierva en su lugar y se llevó a la niña. Yo estaba en el campamento, señora, lejos del altar. Solo vi el humo. Y luego se levantó el viento.

Esa noche no dormí. Me senté en la cama con Telémaco dormido en mi regazo, aunque ya era demasiado grande para dormir así, y lo tuve abrazado hasta que se me durmieron los brazos.

Pensaba en Odiseo y pensaba en el niño. En cómo había desviado el arado a un palmo de su cabeza.

En que tenía un hijo y sabía lo que era un hijo, y aun así había ido a Micenas y le había mentido a una madre para que trajera a su hija vestida de novia a un altar.

¿Fue por eso? ¿Porque a él lo habían obligado y no quería que nadie se librara?

¿Porque Palamedes le había puesto a Telémaco delante del arado y necesitaba que otro padre pagara lo mismo?

¿O fue solo porque era el mejor mentiroso del campamento y se lo pidieron, y él no sabe decir que no cuando le piden lo que mejor sabe hacer?

Se lo pregunté muchas noches, a oscuras, y nunca me contestó, porque no estaba.

Así que me contestaba yo. Unas veces me contestaba que era un monstruo.

Otras que era un soldado, que en la guerra se hacen cosas, que las órdenes del rey de reyes no se discuten.

Otras, las más, no me contestaba nada. Me quedaba mirando a mi hijo dormir y pensando que el hombre que amaba era capaz de las dos cosas a la vez.

De tallar una cama alrededor de un árbol y de llevar a una niña al cuchillo con una sonrisa.

Esa fue la primera noticia suya que me llegó de boca de otro.

Me acostumbré después. Me acostumbré a que me llegara a trozos, contado por heraldos, por marinos, por mercaderes de queso, por mendigos que querían una cena caliente.

Cada uno traía su Odiseo. El de Medonte era un Odiseo flaco, con barba, que mentía a las madres.

El de otros sería un héroe, un ladrón, un cobarde, un amante de diosas.

Yo los guardaba todos en la misma tinaja y luego, por las noches, los sacaba y trataba de encajarlos, como se encajan los trozos de una vasija rota. Nunca encajaban del todo.

A Medonte le di un manto nuevo y una plaza fija en la casa.

Le pedí que se quedara, que no volviera a la guerra.

Tenía ya cierta edad y aceptó. Se quedó veinte años.

Él fue quien me avisó, mucho tiempo después, de que los pretendientes estaban planeando matar a nuestro hijo.

Y fue el único de los que servían la mesa de esos hombres al que Odiseo perdonó la vida. Me lo dijo Telémaco. Hizo bien.

Pero esa primavera, cuando Medonte se fue a dormir y yo me quedé sola en la cama con el niño, la pena por Ifigenia me duró poco.

Me da vergüenza decirlo, pero lo digo. Enseguida la tapó un miedo pequeño y egoísta.

Pensé: si es capaz de mentirle así a Clitemnestra, ¿qué me habrá mentido a mí?

Y luego, más tarde, de madrugada, pensé algo todavía peor.

Pensé: si es capaz de mentirle así a una madre, también será capaz de mentirle a la muerte.

Y esa idea, que era horrible, fue la que me consoló.