5. Cuentas
—Lo de la tormenta —dijo Odiseo— no me lo habías contado nunca.
—No te lo había contado porque no había pasado.
—Podemos hacer que pase.
Le di un manotazo en el pecho y se rió. Pero a la luz de la lámpara le vi la cara que pone cuando hace cuentas.
Estaba sumando noches. Estaba calculando cuántas veces, en veinte años, me había tocado pensando en él y cuántas pensando en otra cosa.
Me dieron ganas de decirle que no hiciera esas cuentas, que no le iban a salir, y que además él no tenía las manos limpias para llevarlas.
No se lo dije. Lo pensé, que es otra manera de decir las cosas cuando una lleva veinte años hablando sola.
Él tampoco dijo nada. Se puso boca arriba y miró al techo, donde ya no está la telaraña. Tenía una mano encima del vientre, y la otra, sin darse cuenta, me la había dejado en el muslo, por dentro, cerca de donde había estado pensando. La dejé allí.
—Sigue —me pidió.
Y seguí, aunque sabía que lo que venía ahora le iba a doler más que lo de la tormenta. Porque ahora venía Áulide. Y en Áulide estuvo él.