4. El primer invierno
Las lluvias empezaron tarde aquel año, a mediados del mes de las Pianopsias, cuando ya se habían recogido las aceitunas.
Llovió once días seguidos. El patio se convirtió en un barrizal donde los cerdos se revolcaban felices, el salón se llenó de goteras y Anticlea mandó colocar calderos debajo de cada una, de manera que por las noches la casa entera sonaba como un taller de herreros pequeñitos que no terminaban nunca su trabajo.
Yo no dormía. Me pasaba las noches contando gotas.
Hay una cosa que nadie cuenta de las esperas, y es lo aburridas que son.
Los aedos cantan la despedida y cantan el regreso, y en medio ponen una frase: «y así pasaron los años».
Pero los años no pasan así. Pasan día por día, y cada día tiene su mañana y su tarde, y hay que llenarlas.
Hay que levantarse, lavarse la cara con agua fría, dar el pecho, comprobar que las criadas han sacado la ceniza del hogar, bajar al almacén a medir la harina, discutir con el porquero sobre si la cerda blanca está preñada o simplemente gorda, comer, dar el pecho otra vez, hilar, cenar, acostarse.
Y al día siguiente lo mismo. La tristeza, al principio, me llenaba los huecos.
Luego se gastó y quedaron los huecos solos.
Anticlea me enseñó a hilar bien ese invierno.
Yo sabía hilar, claro, como cualquier muchacha de buena casa, pero hilaba a la manera de Esparta, deprisa y mal, porque allí las mujeres de mi familia tenían esclavas para eso y nosotras hilábamos un rato por las tardes para que no se dijera.
Anticlea hilaba como respiraba. Se sentaba junto al fuego con el huso y la rueca y hablaba de cualquier cosa, de la sequía de cuando era joven, de su padre Autólico, que había sido el mayor ladrón y el mayor mentiroso de toda Grecia y del que Odiseo había sacado, según ella, la mitad de lo bueno y todo lo malo.
Y mientras hablaba el hilo le salía de entre los dedos fino y parejo, sin un nudo, sin que ella lo mirase.
—Las manos tienen que estar ocupadas —me dijo una tarde, viéndome tirar del vellón con rabia—. No para que trabajen, hija. Para que no piensen.
—Las manos no piensan.
Me miró por encima del huso con los ojos entornados y una media sonrisa que no le había visto nunca.
—Eso te crees tú.
*
Telémaco dijo su primera palabra en la primera luna del invierno.
Fue «ma». Me eché a llorar y él, asustado, se echó a llorar también.
Durante semanas solo dijo eso, «ma», para pedir el pecho, para que lo cogieran, para señalar a los perros.
Euriclea le enseñaba a decir «pa» señalando el mar desde el muro del patio, y él la miraba muy serio, miraba el mar y decía «ma».
Al final aprendió, y entonces empezó a decir «pa» a todo lo que estaba lejos.
Al mar, a los barcos, a las nubes, a las cabras del monte.
Durante un tiempo, para mi hijo, padre significaba lejos.
*
La primera vez que soñé con Odiseo fue a los cuarenta días de irse.
Lo sé porque las mujeres del pueblo habían bajado a la playa a hacer la ofrenda de los cuarenta días por los que se habían ido, y yo había ido con ellas y había echado al agua una corona de mirto y un puñado de cebada.
Esa noche soñé que estaba en la cama, detrás de mí, como la última vez.
No había nada más en el sueño. No había Troya ni naves ni dioses.
Solo su cuerpo pegado al mío por la espalda y su mano bajando por mi vientre.
Me desperté mojada. Tan mojada que pensé que me había vuelto la sangre antes de tiempo, porque todavía estaba criando y no me venía, y me palpé asustada entre las piernas.
Tenía los dedos resbaladizos, pero no de sangre.
Me quedé muy quieta en la oscuridad, con la mano ahí, sin saber qué hacer con ella.
El corazón me iba muy deprisa. Sentía el sexo hinchado y caliente, palpitando contra mis dedos con un pulso propio, y me dio una vergüenza enorme, y la vergüenza no hizo que se me pasara. Al contrario.
En Esparta había oído decir a las esclavas que algunas mujeres se tocaban solas.
Lo decían en voz baja y con la risa floja, igual que se cuentan las cosas de las viudas y de las sacerdotisas.
Yo me imaginaba que eso lo hacían las mujeres feas, las que no tenían marido, las locas.
Me imaginaba también que los dioses lo veían todo y que había alguno, no sabía cuál, encargado de castigarlo.
Y ahí estaba yo, la mujer del rey de Ítaca, con la mano quieta entre los muslos, esperando a que bajara un rayo del techo.
No bajó ninguno. Lo único que se oía era la lluvia, las gotas cayendo en los calderos del salón, una, otra, otra, y la respiración de Telémaco en la cuna.
Moví un dedo al ritmo de las gotas. Solo uno, despacio, de abajo arriba, igual que hacía él con la lengua.
Una gota, un roce. Otra gota, otro. Me sorprendió lo fácil que era.
Me sorprendió que mi cuerpo supiera el camino y que lo hubiera sabido siempre, esperando a que yo me diera permiso.
Abrí más las piernas debajo de la piel de oveja.
Metí un dedo dentro, hasta el nudillo, y lo noté apretarse a mi alrededor, caliente y blando como el pan recién sacado del horno, y lo saqué y volví a subir, empapado, hasta arriba.
Al principio pensaba en él, en la noche del velo, en la telaraña del techo, en su boca.
Luego las gotas empezaron a caer más deprisa, o fui yo la que dejó de seguirlas, y dejé de pensar en nada.
Mordí la piel de oveja para no hacer ruido.
Al final se me encogieron los dedos de los pies y se me levantaron las caderas solas de la cama, y me quedé un rato larguísimo temblando, con las lágrimas cayéndome por las sienes hacia las orejas.
No lloraba de pena. Tampoco de culpa, aunque la culpa vino luego, por la mañana, cuando vi a Anticlea en el patio y me pareció que me miraba raro.
Lloraba porque no me lo esperaba. Porque había pensado que mi cuerpo se iba a quedar dormido hasta la vuelta de Odiseo, como esas semillas que se guardan en tinajas de un año para otro, y resultaba que no.
Resultaba que mi cuerpo era mío y seguía vivo y quería cosas, estuviera él o no.
*
No lo volví a hacer en muchos días. Me daba miedo que se me notara, que se me pusiera una cara distinta.
Me miraba en el espejo de bronce buscándome algo en los ojos.
Me lavaba las manos tres veces antes de coger a Telémaco.
Cuando fui al templo de Hera a llevar la ofrenda del mes, me arrodillé delante de la diosa con un miedo infantil a que se le cayera la cara de madera al suelo.
Una tarde, en el lavadero, una de las criadas jóvenes, una chica de Duliquio que se llamaba Hipodamía y que tenía el marido en las naves de Odiseo, se puso a contarle a otra, entre risas, que había soñado con él y que se había despertado «hecha una fuente».
La otra le dio un codazo y le dijo que se callara, que estaba la señora.
Hipodamía se puso colorada hasta las orejas y me pidió perdón.
Le dije que no pasaba nada y seguí frotando la túnica que tenía entre las manos.
Por dentro me estaba riendo. Por dentro me habría gustado preguntarle qué hacía luego, cuando se despertaba así.
No se lo pregunté. Era la señora.
*
Anticlea lo sabía. Las mujeres viejas lo saben todo, sobre todo lo que no se dice.
Una noche, a finales del invierno, cuando ya había empezado a escampar, me la encontré en el pasillo con una lámpara, de camino a la letrina.
Yo salía del cuarto del olivo con el pelo revuelto y las mejillas encendidas.
Ella me miró, me apartó un mechón de la cara con un dedo y me dijo:
—Yo tenía diecinueve años cuando Laertes se fue con Jasón a buscar el vellocino. Dos años estuvo fuera.
No dijo nada más. Siguió por el pasillo arrastrando las zapatillas.
Me quedé allí parada, con la boca abierta, sin saber si me había regañado o me había dado permiso.
Con los años entendí que no había hecho ninguna de las dos cosas.
Me había dicho que yo no era la primera.
Que había un camino y que otras lo habían andado antes que yo, en esta misma casa, con las mismas goteras.
Esa noche volví a acostarme y lo hice otra vez, sin miedo.
Y por primera vez me imaginé algo que nunca había pasado.
Que Odiseo volvía de noche, en mitad de una tormenta, empapado, y que entraba en el cuarto sin decir nada y me cogía por detrás contra el poste del olivo, de pie, sin quitarse siquiera la ropa mojada.
Me lo inventé entero. El ruido de sus sandalias en el suelo, el agua cayéndole del pelo a mi nuca, el frío de su túnica empapada contra mi espalda desnuda y, debajo, el calor de su sexo abriéndose paso entre mis nalgas.
Me imaginé las manos mojadas apretándome los pechos contra la madera, el poste frío en los pezones, su boca en mi oreja diciéndome guarradas en el dialecto de la isla.
Para imaginármelo bien me puse de rodillas en la cama, abrazada al poste, y me toqué así, con la frente apoyada en la madera y una mano entre las piernas, empujando las caderas hacia atrás contra nadie.
Así empezó todo. Con una tormenta que no existió y un poste que sí.
*
Cuando llegó la primavera Odiseo seguía en Áulide.
Lo supimos por un mercader de Calcis que vino a comprar queso.
Dijo que la flota no podía zarpar porque los vientos soplaban en contra, siempre en contra, desde hacía meses, y que los hombres empezaban a morirse de fiebres y de aburrimiento en la playa.
Dijo también que se murmuraba que Ártemis estaba enfadada con Agamenón por algo que había hecho en una cacería, y que los sacerdotes andaban consultando las entrañas de los pájaros.
Le di las gracias, le pagué el queso a buen precio y no pensé más en ello.
No sabía que aquel viento en contra iba a costarle la vida a una niña.