3. Para que me dure
Tardó un mes en irse. Un mes entero de reunir hombres por los pueblos de la isla y de Zacinto y de Duliquio, de calafatear naves, de contar ánforas de aceite y sacos de cebada, de discutir con Laertes a voces en el almacén sobre cuántos bueyes podían sacrificarse sin dejar la isla en los huesos.
Doce naves. Me parecían muchísimas. Luego me enteré de que Agamenón llevaba cien, y Néstor noventa, y hasta aquel muchacho de Ftía, Aquiles, que tenía la edad que yo tenía cuando me casé, llevaba cincuenta llenas de mirmidones. Doce naves era lo que daba un monte.
Durante ese mes Odiseo apenas me tocó. Llegaba tarde, cenaba con los capitanes en el salón, se dormía antes de que yo terminara de quitarme los pendientes.
Una noche le esperé despierta con la lámpara encendida y él entró, me miró, dijo «estoy muerto» y se tiró en la cama vestido.
Me quedé sentada en el taburete, con el peine en la mano, sintiendo una rabia sorda que no sabía adónde dirigir.
Me dolía menos que se fuera que la manera de irse, gastándose antes de tiempo y dejándome los últimos días arrinconados en el arcón con la ropa vieja.
La víspera de zarpar le pedí una cosa.
Fue en el almacén, por la tarde, mientras repasaba con Euriclea las llaves.
El almacén era un cuarto alto y fresco al fondo de la casa, con el suelo de roble y las paredes llenas de tinajas de vino viejo, de cofres con mantos, de bronce y de hierro trabajado.
En una de las paredes, colgado de un clavo de madera, estaba el arco.
Era un arco curvo, de cuerno y madera, más largo que el brazo de un hombre alto, con la empuñadura forrada de cuero gastado.
Se lo había regalado Ífito, el hijo de Éurito, cuando eran jóvenes, en Mesenia, a cambio de una espada y una lanza.
Ífito había muerto poco después, asesinado por Heracles en su propia casa, y quizá por eso Odiseo no se lo llevó nunca a ninguna guerra.
Decía que era un arco para la paz, para cazar en la isla y para acordarse de un amigo.
—No te lo llevas —le dije. No era una pregunta.
—No.
—Pues déjame que lo guarde yo.
Le extrañó. Me miró con la cabeza un poco ladeada, igual que miraba cuando alguien hacía una jugada inesperada en el tablero.
Euriclea se puso a contar llaves en voz alta para no oírnos.
Yo no sabía muy bien por qué se lo pedía.
Quería tener algo suyo que no fuera la casa ni el niño ni las cabras.
Algo que solo pudiera usar él. Me dio la llave del almacén atada a un cordón de cuero, y esa llave la he llevado veinte años debajo del peplo, entre los pechos.
Durante mucho tiempo me dejó una marca roja en la piel que las criadas confundían con una picadura.
Pero antes de colgármela del cuello, aquel cordón sirvió para otra cosa.
Esa noche no dejé que se durmiera.
Cerré la puerta yo misma, eché el pestillo, apagué la lámpara grande y dejé solo la pequeña, la de aceite perfumado con cardamomo que me había traído mi madre de Esparta.
Él estaba sentado en la cama quitándose las grebas.
Se las quité yo. Luego le quité el cinturón y la túnica y le empujé hacia atrás con la mano en el pecho, y él se dejó caer y se rió, cansado y sorprendido, y yo le dije que se callara, que esa noche mandaba yo.
Quería aprenderlo. Así me lo dije, con esa palabra.
Aprenderlo de memoria igual que aprendí de pequeña los nombres de los ríos y de los antepasados, de corrido y sin saltarme ninguno, para tenerlo entero cuando no estuviera.
Así que empecé por los pies. Tenía los pies anchos y llenos de durezas, con el segundo dedo más largo que el gordo, y una uña negra de un golpe con una piedra.
Se los besé. Dijo que le hacía cosquillas y le mordí el tobillo para que se estuviera quieto.
Subí por las piernas. La cicatriz del jabalí la recorrí despacio con la punta de la lengua, desde la rodilla hasta donde se perdía en el muslo, una línea blanca y lisa, más fría que el resto de la piel.
Pensé: esto lo reconocería a ciegas. Y luego pensé: ojalá no tenga que hacerlo.
Cuando llegué a su sexo, ya estaba duro, apuntando al techo, con una gota clara en la punta.
Esa vez sí le hice caso. Nunca se lo había hecho con la boca; en nuestros dos años de casados siempre había sido él quien bajaba.
Me lo metí despacio, sin saber muy bien cómo, apretando los labios para no rozarle con los dientes.
Sabía a sal y a piel y a algo amargo que no se parecía a nada.
Le oí gemir por encima de mí, un gemido largo, sorprendido, de hombre al que le pillan desprevenido, y aquel sonido me dio un poder que no conocía.
Fui aprendiendo con su respiración. Cuando le temblaban los muslos, sabía que iba bien.
Cuando me agarró del pelo y empezó a empujarme la cabeza, paré y le aparté la mano.
—Que mando yo —le dije.
Seguí subiendo por la tripa, por el vello del pecho, por los pezones pequeños y oscuros, que tenía muy sensibles aunque él siempre decía que no.
Le lamí uno y se le escapó un gemido que le dio vergüenza y a mí me encantó.
Le olí el cuello y los sobacos. Que nadie se ría, que esto es lo que más eché de menos después, más que su voz.
El olor de un hombre no se puede guardar en una tinaja.
Se va al día siguiente de que se vaya él, y la ropa que deja huele cada semana un poco menos, y un día te despiertas, la acercas a la nariz y ya solo huele a arcón.
Entonces cogí el cordón de cuero de la llave, que había dejado en la repisa, y le até las muñecas al poste del olivo, por encima de la cabeza.
Le di dos vueltas y un nudo flojo, de los que se deshacen de un tirón.
Él me miró hacer con los ojos muy abiertos, sin decir nada.
Podía soltarse cuando quisiera; era mucho más fuerte que yo. No se soltó.
Me senté encima de él y me lo fui metiendo despacio, mirándole a los ojos.
Estaba tan mojada que entró de una vez y los dos nos quedamos quietos, sin respirar.
Luego empecé a moverme. Lento, muy lento, subiendo hasta que solo me quedaba la punta dentro y bajando del todo, hasta notarle el vello contra mí.
Él tiró de las muñecas por instinto, para cogerme las caderas, y el cordón se tensó contra la madera, y se quedó así, con los brazos estirados y el pecho subiendo y bajando, a merced de mi ritmo.
Me eché hacia atrás y apoyé las manos en sus muslos para que me viera entera, para que viera cómo entraba y salía de mí, y él miraba y gemía y me llamaba por mi nombre.
No sé cuánto duró. Me acuerdo de la lámpara de cardamomo encendiéndose y bajando con el aire que entraba por la rendija de la puerta, de las sombras en su cara, de que tenía los ojos llenos de lágrimas y no me di cuenta hasta que me incliné a besarlo y lo noté salado.
Odiseo nunca lloraba. Le había visto aguantar sin un quejido que le sacaran una espina de erizo del talón con la punta de un cuchillo.
Y ahí estaba, debajo de mí, llorando en silencio con las muñecas atadas al olivo.
Me corrí mirándolo llorar. Fue un placer que me dolió, que me partió por la mitad, un placer de despedida, y cuando terminé me dejé caer encima de él y le mordí el hombro tan fuerte que le hice sangre.
Tenía la marca de mis dientes cuando subió a la nave. Me alegro. Quería que se la llevara.
Le desaté. Tenía las muñecas rojas del cuero.
Se las besé. Luego me dejó hacer lo que quise.
Le di la vuelta y le recorrí la espalda, las nalgas, la parte de atrás de las rodillas.
Se durmió un rato y lo desperté. Lo hicimos otra vez de lado, él detrás de mí, con su mano entre mis piernas y su boca en mi nuca, y esa vez fue tranquilo, triste, en el tono en que se habla en un velatorio.
Cuando terminó no salió de mí. Se quedó dentro hasta que se ablandó y se salió solo, y yo sentí cómo se me escurría su semen por el muslo y no me limpié. Quería quedarme con eso también.
Fue entonces cuando me lo dijo.
—Escúchame, Penélope. No sé si voy a volver. Los troyanos no son cobardes. Dicen que son buenos lanceros y buenos arqueros y que tienen caballos rápidos. Puede que me maten.
—Calla.
—No, escúchame. Si no vuelvo, cuida de mis padres. Cuida de la casa. Y cuando a Telémaco le salga la barba, cásate con quien quieras y vete de aquí. No te quedes a esperar a un muerto.
Me di la vuelta para mirarlo. La lámpara estaba a punto de apagarse y apenas le veía la cara.
Me hubiera gustado tener algo noble que contestar, algo que se pudiera cantar después en los banquetes.
Lo que le contesté fue «vete a la mierda, Odiseo», y él se rió por la nariz y me apretó contra su pecho.
Pero lo había oído. Lo había oído y me lo guardé, igual que me guardé la llave del almacén, que esa misma noche me colgué del cuello con el cordón que todavía tenía la forma de sus muñecas.
Cuando a Telémaco le salga la barba. Me lo repetí muchas noches.
Lo tenía apuntado igual que una fecha, igual que esas piedras que ponen los campesinos en las lindes para saber hasta dónde llega lo suyo.
Zarparon al amanecer. Yo subí al monte Nérito con Telémaco atado a la espalda en un chal, porque no quería verlos salir desde el puerto, entre los gritos de las madres y los sacerdotes degollando corderos.
Desde arriba se veía todo el estrecho. Las doce naves negras salían una detrás de otra, con las velas todavía recogidas y los remos subiendo y bajando todos a la vez, como las patas de un ciempiés.
Distinguí la suya por el mascarón rojo. A él no lo vi.
Estaba demasiado lejos y yo tenía los ojos empañados.
Telémaco se despertó y empezó a pedirme el pecho, y me senté en una piedra entre los lentiscos a dárselo, de espaldas al mar, y cuando terminé y me di la vuelta las naves ya habían doblado el cabo.
Volví a casa por el camino largo. Al llegar al patio, Euriclea me estaba esperando con la cara hinchada de llorar y un cuenco de leche caliente con miel. No me dijo nada. Me cogió al niño de la espalda y me empujó suavemente hacia el cuarto del olivo.
La cama estaba deshecha todavía. No dejé que la hicieran hasta tres días después.