Las noches de Penélope 2. Sal en los surcos
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2. Sal en los surcos

La sal fue idea mía. Eso no lo sabe nadie, y Odiseo tampoco lo recuerda así, porque los hombres tienen la costumbre de acordarse de sus propias ocurrencias y de olvidar de dónde les vinieron.

Él quería uncir un buey con un asno, y eso ya era bastante raro, pero yo pensé que un loco de verdad no se conforma con una rareza, que hace falta algo que dé miedo, algo que estropee.

Un hombre que siembra sal en su propio campo está destruyendo la tierra de sus hijos, y eso no lo hace nadie en su sano juicio.

Se lo dije de noche, en esta cama, con Telémaco dormido en la cuna de mimbre a los pies, y él se quedó mirándome un buen rato y luego me besó la frente igual que se besa a un compañero de armas.

Pero empiezo por el final y no es así como se cuentan las cosas.

Telémaco nació a finales del segundo invierno.

Fue un parto largo, de noche y de día y de noche otra vez, con Anticlea y Euriclea turnándose para sujetarme por debajo de los brazos y una partera de Same que olía a cebolla y me hablaba como a una cabra.

Odiseo esperaba en el patio. Me contaron después que no se sentó ni una vez y que le pegó a un perro que se le acercó a lamerle la mano, cosa que no había hecho nunca.

Cuando por fin me pusieron al niño encima, rojo y arrugado y furioso, berreando con la boca tan abierta que se le veía la campanilla, yo no sentí lo que dicen que se siente.

Sentí alivio de que hubiera terminado y un cansancio que me llegaba a los huesos.

El amor vino después, unos días más tarde, de madrugada, mientras le daba el pecho y él me agarraba un dedo con una fuerza ridícula.

Ahí sí. Ahí se me rompió algo por dentro que no se ha vuelto a soldar.

Un año y poco más tarde llegaron las naves de Micenas.

Ya sabíamos lo de Helena. Las noticias corren deprisa entre islas, más deprisa que los barcos, como si las llevara el viento a ras de agua.

Un pastor troyano, decían, un príncipe con cara de niña y ropas bordadas en oro, había ido a Esparta como huésped de Menelao, había comido en su mesa y bebido de su copa, y una noche, aprovechando que Menelao estaba en Creta enterrando a un abuelo, se había llevado a la reina y medio tesoro.

O la reina se había ido con él. Según quién lo contara cambiaba el verbo, y en ese verbo estaba toda la guerra.

Yo conocía a Helena desde niña. Era mi prima, la hija de Tindáreo, el hermano de mi padre, y nos habíamos criado juntas en los mismos patios.

No la quería mucho. Era demasiado guapa para que una la quisiera sin esfuerzo, y además lo sabía, y además era lista, que es lo que nadie le perdona.

Pero no podía imaginármela atada en la bodega de un barco, chillando.

Y tampoco me la imaginaba subiendo por su pie.

Cuando Euriclea me preguntó qué creía yo, le dije que Helena había hecho lo de siempre: escoger lo que más le convenía en cada momento y luego quedarse muy sorprendida de las consecuencias.

Lo que tardé mucho en perdonarle a Odiseo fue el juramento.

Porque él lo sabía. Lo sabía desde el principio.

Cuando todos los príncipes de Grecia fueron a Esparta a pedir la mano de Helena, con sus carros y sus regalos y sus genealogías llenas de dioses, él fue el único que llegó con las manos vacías.

Sabía que no tenía nada que hacer, que Ítaca era un monte y que Tindáreo no iba a darle su hija más hermosa a un rey de cabras.

Así que fue a ver a Tindáreo y le ofreció otra cosa.

Le dijo que el problema no era escoger al marido, que el problema era lo que harían los demás cuando no fueran escogidos.

Que había que hacerles jurar a todos, antes de la elección, que defenderían al elegido si alguien intentaba quitarle a su mujer.

Y a cambio de esa idea pidió que Tindáreo convenciera a su hermano Icario para que le diera a su hija.

A su otra sobrina. A mí.

Me lo contó con orgullo en nuestros primeros meses, y yo me reí y le dije que era un zorro, y me gustó saber que me había ganado con la cabeza en vez de con caballos.

Lo que no pensé, ni él pensó, es que un juramento es una cuerda y que la cuerda tiene dos puntas.

Cuando el troyano se llevó a Helena, todos los que habían jurado tenían que ir a buscarla.

Y Odiseo también había jurado. Había inventado la trampa y se había metido dentro.

Agamenón no vino en persona la primera vez.

Mandó a su hermano y a un hombre de Eubea que se llamaba Palamedes.

Menelao era como lo recordaba de las bodas de Helena, pelirrojo, ancho, con una voz demasiado alta para cualquier habitación, pero tenía ojeras moradas y unos gestos bruscos, de hombre que no duerme.

Me saludó como a una pariente y luego no volvió a mirarme.

A Palamedes no lo conocía. Era delgado, más joven que mi marido, con una barba muy cuidada y los dedos manchados de tinta.

Decían de él que había inventado los dados, las letras que usan los fenicios, los faros, las raciones del ejército.

Decían que era el hombre más listo de Grecia. Odiseo lo odió nada más verlo.

Yo también, aunque por otro motivo. Se me quedó mirando a Telémaco en el patio, mientras el niño gateaba entre las gallinas, y le hizo una carantoña, y luego me preguntó cuántos meses tenía, y algo en su forma de preguntarlo me puso la carne de gallina.

Era la pregunta de alguien que está tomando nota.

Esa noche le dije a Odiseo lo de la sal.

Por la mañana salió al campo de las tierras bajas, el que da al puerto, con un gorro de fieltro de los que llevan los campesinos y la túnica sucia y rota por un hombro.

Él y el porquero uncieron un buey viejo y un asno al mismo yugo.

El asno no quería y el buey tiraba hacia el otro lado, y el arado iba haciendo eses por la tierra.

Detrás, con un saco al hombro, Odiseo iba sembrando sal a puñados.

Cantaba. Una canción de borrachos que le había enseñado Eumeo, con una letra muy sucia sobre una pastora y un carnero. Desde la casa se le oía.

Menelao bajó a verlo y volvió con la cara blanca.

Se sentó en el patio y pidió vino y no dijo nada en un buen rato.

Luego me cogió las manos y me dijo que lo sentía, que no lo sabía, que la locura era un castigo de algún dios y que él rezaría por mi marido en el templo de Apolo.

Yo bajé los ojos e hice que lloraba, y me salió tan bien que Euriclea me trajo una infusión de ruda.

Palamedes no se sentó. Se quedó mirando desde el muro del patio hacia el campo, con los brazos cruzados, oyendo cantar a Odiseo. Luego vino hacia la cuna.

No me dio tiempo a nada. Esa es la verdad, y no la digo para excusarme, porque llevo veinte años diciéndomela y nunca termina de convencerme.

Cogió a Telémaco de la cuna, sin brusquedad, con la delicadeza de un tío que va a enseñarle algo bonito al sobrino.

Yo me levanté y él me miró y dijo «no le va a pasar nada, señora, si su marido está tan loco como dice».

Y se lo llevó al campo. Lo seguí corriendo.

Me acuerdo de que perdí una sandalia en el camino y de que las piedras me cortaron la planta del pie y no lo noté hasta la noche.

Cuando llegué al borde del campo, Palamedes ya había dejado al niño en el surco, delante del arado, en la tierra removida.

Telémaco no lloraba. Estaba sentado, con su túnica corta, mirando el buey que se le venía encima con una curiosidad tranquila, y levantó una mano para señalarlo.

Odiseo iba a seis o siete pasos. Seguía cantando.

Dejó de cantar.

De lo demás no me acuerdo, solo de eso. El silencio de su voz cortándose a la mitad de una palabra.

Y luego el tirón de las riendas, el asno rebuznando, la reja del arado saliéndose del surco y dejando una cicatriz torcida en la tierra a un palmo del niño.

Odiseo se quedó quieto con las riendas en la mano.

Palamedes no sonrió. Le concedo eso. No sonrió ni dijo nada ingenioso.

Se agachó, cogió a Telémaco y me lo dio a mí, y luego se volvió hacia mi marido y le dijo «te esperamos en Áulide», y se fue.

Se fue andando por el camino del puerto, sin mirar atrás.

Yo me quedé con el niño en brazos y la tierra caliente bajo el pie descalzo, mirando a Odiseo.

Tenía el gorro torcido y la cara llena de polvo y sal, y me miró con unos ojos que no le había visto nunca y que le volví a ver solo una vez, mucho tiempo después, la mañana que entró en el salón con el arco en la mano.

Tenía la cara de un hombre que acaba de apuntar el nombre de otro en una tablilla.

Después me he preguntado muchas veces qué habría pasado si no hubiera desviado el arado.

Si hubiera seguido loco. Es una pregunta horrible y me la hago igual, porque en los años malos, sola en esta cama, pensaba en las dos cosas al mismo tiempo: que era el mejor padre del mundo por haberse detenido y que si no se hubiera detenido no se habría ido nunca.

Que su amor por su hijo lo había delatado.

Que el amor, en este mundo, siempre delata.

Lo que le pasó a Palamedes lo supe años después, por unos marinos, y ya llegaré a eso.

Pero de aquel día prefiero quedarme con otra cosa.

Con que perdí una sandalia, con que me corté el pie y con que Odiseo, aquella misma tarde, me lo lavó en el patio con vino y agua, de rodillas, sin decir una palabra, mientras Telémaco dormía en la cuna como si no hubiera pasado nada.