1. El velo
Mi padre corrió detrás del carro hasta que se le acabó el camino.
Icario era un hombre corpulento, poco hecho a correr, y aun así aguantó un buen trecho por la llanura de Esparta, entre los olivares, gritando mi nombre con una voz que yo no le conocía.
No me pedía que volviera. Me pedía que me quedara, que convenciera a mi marido de vivir en Lacedemonia, que hay sitio de sobra, hija, que aquí tendréis tierras y caballos y no esa roca pelada donde solo crecen cabras.
Odiseo tiró de las riendas sin decir nada.
Detuvo el carro y me miró. No dijo «decide tú», porque eso habría sido una crueldad disfrazada de cortesía, y él no era cruel conmigo, todavía no sabía serlo. Me miró y esperó.
Yo me eché el velo por la cara.
Lo he contado tantas veces que la historia ya no es mía.
Las mujeres de Ítaca se la cuentan a sus hijas como ejemplo de recato, y en Esparta, por lo que me dijeron, la cuentan como ejemplo de desagradecimiento.
Las dos versiones mienten. Me tapé la cara porque estaba llorando y no quería que ninguno de los dos me viera, ni mi padre jadeando en el polvo ni el hombre que me llevaba a su casa.
Me tapé la cara porque me daba vergüenza la alegría que sentía debajo del llanto.
Me iba con él. Y mi padre, que lo entendió antes que nadie, se quedó quieto en el camino y luego mandó levantar allí mismo una estatua al Pudor.
Sigue en pie, dicen. A mí me habría gustado más que levantara una al Deseo, pero los padres no levantan esas estatuas.
Ítaca me pareció horrible la primera vez que la vi.
Llegamos por el sur, de amanecida, y lo primero que distinguí fue un monte gris que bajaba derecho al agua, sin una sola llanura donde echar un caballo a correr.
Luego vinieron los olores. Tomillo, estiércol de cabra, algas pudriéndose en la orilla, humo de leña de encina.
Odiseo iba de pie en la proa, oliéndolo todo con los ojos cerrados, y yo pensé con una mezquindad que todavía me avergüenza que me había casado con un pastor rico.
Mi prima Helena se había casado con el hijo de Atreo y vivía en un palacio con columnas pintadas de rojo. Yo iba a vivir en un monte.
—Espera a ver la casa —me dijo, sin volverse. Me había leído la cara en la nuca. Siempre tuvo esa habilidad.
La casa era grande y fea, de piedra mal escuadrada, con un patio de tierra apisonada donde dormían los perros y un salón con columnas de madera ennegrecidas por el humo de cien años.
Su madre, Anticlea, me recibió en la puerta con las manos manchadas de harina y me dio un beso en cada mejilla que me supo a pan.
Laertes me miró de arriba abajo igual que miraba a las yeguas, sin malicia, calculando.
Las criadas cuchicheaban detrás de las columnas.
Una de ellas, una mujer ya mayor con la cara ancha y los ojos muy pequeños, me cogió del brazo y me llevó a lavarme los pies como a una niña que se ha perdido en el mercado.
Era Euriclea. Había criado a Odiseo con sus pechos, me contó mientras me frotaba los talones con piedra pómez, y a partir de ese día pensaba criarme a mí con lo que le quedaba.
Pero lo que él quería enseñarme era el dormitorio.
Me llevó de la mano al fondo del patio, donde había un olivo muy viejo, más grueso que una columna, con el tronco retorcido y hendido por abajo, de esos que parecen dos árboles abrazados.
Alrededor del olivo había levantado un cuarto de piedra con su tejado y su puerta.
El árbol se había quedado dentro. Le había cortado la copa a la altura de un hombre, había desbastado el tronco con el hacha y lo había alisado con la azuela hasta dejarlo convertido en el poste de una cama, y a partir de ese poste había armado el resto: el bastidor, los largueros, las patas.
Todo atado al árbol, todo saliendo de él.
Las incrustaciones de plata y de marfil todavía tenían restos de cera.
Las correas de piel de buey, teñidas de púrpura, estaban tensas como cuerdas de lira.
—La he hecho yo —me dijo—. Nadie más que tú y yo y una criada sabremos nunca cómo está hecha. Nadie la puede mover. Para sacarla de aquí habría que arrancar el olivo.
Pasé la mano por el poste. La madera estaba fría y suave, viva por debajo del pulido.
Pensé que era lo más raro que había visto en mi vida y también lo más parecido a una declaración de amor que me harían nunca.
Un hombre que tarda una estación entera en tallar una cama alrededor de un árbol para que nadie pueda llevársela está pensando en cuarenta años, no en una noche.
Yo tenía veinte y no sabía nada.
O sabía lo que saben las muchachas de buena familia en Esparta, que es mucho y a la vez nada.
Sabía cómo montaban los sementales a las yeguas porque lo había visto desde la cerca con mis primas, muertas de risa y de asco.
Sabía lo que contaban las esclavas en el lavadero, que el primer día duele y luego depende del hombre, que hay hombres que te encienden como una tea y hombres que te dejan como una piedra mojada.
Helena, que era mayor que yo y ya estaba casada, me había dicho una vez, peinándose delante del espejo de bronce, que lo importante era no correr y no dejar que él corriera.
No entendí entonces lo que quería decir.
Helena hablaba de esas cosas con una naturalidad que a mí me ponía colorada y que años más tarde, cuando se fue con el troyano, todo el mundo recordó como prueba de algo.
Del banquete de bodas me acuerdo poco. Mucho vino, mucho cordero, un aedo flaco que cantaba con la nariz, los amigos de Odiseo dándole palmadas en la espalda con una brutalidad que me hizo temer por él.
Me acuerdo de que no comí. Me acuerdo de las antorchas en el patio y de Euriclea delante de nosotros, alumbrando el camino hacia el cuarto del olivo, y de cómo se volvió en la puerta y me miró con una mezcla de lástima y de complicidad antes de dejarnos solos.
Cerró por fuera. Oí el pestillo de correa.
Odiseo no se me echó encima. Eso lo recuerdo bien, porque yo esperaba que lo hiciera y estaba preparada para aguantarlo con los dientes apretados, como me habían dicho mis tías.
Se sentó en el borde de la cama y se quitó las sandalias.
Luego se quedó así, con los codos en las rodillas, mirándome a la luz de la lámpara.
—Quítate el velo —me dijo—. Ya no estás llorando.
Me lo quité. Me deshice las trenzas porque no sabía qué hacer con las manos.
Él me miraba en silencio y yo empecé a sentir un calor raro en la cara y en el cuello, una vergüenza que no se parecía a ninguna otra, porque por debajo tenía algo de orgullo.
Me gustaba que me mirase. Me gustaba mucho.
Cuando me desaté el cinturón y el peplo se me escurrió de un hombro, él respiró hondo por la nariz, y aquel ruido tan pequeño, tan de animal, me llegó directamente al vientre.
Cogió la lámpara de la repisa. Eso no me lo esperaba.
Se mojó dos dedos en el aceite tibio, aceite de los olivos de la isla, verde y espeso, y me los pasó por la clavícula, despacio, de un hombro a otro, igual que se unge a una novia en los ritos.
Luego se agachó y lamió el camino que había dejado el aceite.
Me supo a fuego la piel por donde pasaba su lengua.
Me besó en la boca sin abrirla y luego en el cuello, en ese sitio debajo de la oreja que hasta esa noche yo no sabía que tenía.
Olía a vino y a resina de pino. Tenía las manos ásperas, de remar y de manejar el hacha, y cuando me bajó el peplo hasta la cintura y me tocó los pechos sentí la aspereza de sus palmas en los pezones y se me escapó un ruido que no reconocí como mío.
Él se rió contra mi cuello, con la risa de quien da por fin con la puerta que andaba buscando.
Me tumbó en la cama de olivo. Las correas cedieron bajo mi espalda y la piel de oveja me hizo cosquillas en los muslos.
Se quitó la túnica por la cabeza y vi su cuerpo por primera vez, el pecho ancho y velludo, las piernas cortas y fuertes, la cicatriz blanca del jabalí subiéndole por encima de la rodilla.
Su sexo estaba duro y oscuro, con una vena gruesa que le subía por un lado, y era más grande de lo que había imaginado mirando a los sementales, cosa que tiene su gracia.
Me dio miedo y me dieron ganas, todo mezclado.
Alargué la mano y lo cogí. No sé de dónde saqué el valor.
Lo tuve en la palma un momento, caliente, pesado, latiendo, sorprendida de que algo tan duro tuviera la piel tan fina.
Él cerró los ojos y soltó el aire entre los dientes, y comprendí que en ese momento, con eso en la mano, mandaba yo.
No me dejó mandar mucho rato. Me besó por todas partes antes de entrar.
Por todas. Bajó por el vientre con la boca y yo le agarré del pelo creyendo que se había equivocado de camino, y él me apartó la mano con suavidad y siguió bajando.
Me abrió los muslos con las dos manos, como se abre un libro de tablillas, y se quedó mirándome ahí un instante que me pareció larguísimo.
Cuando sentí su lengua entre las piernas me tapé la cara con el brazo, igual que me había tapado con el velo en el camino de Esparta, porque era demasiado, porque nadie me había dicho que un hombre hiciera eso, porque el placer me subía en oleadas desde un sitio que yo creía que solo servía para sangrar una vez al mes y para parir.
Me lamía de abajo arriba, despacio, y luego se detenía arriba y hacía círculos con la punta, y luego volvía a bajar y me metía la lengua dentro, y yo no sabía qué me gustaba más y quería que hiciera todo a la vez.
Me acuerdo del techo. Me acuerdo de las vigas de ciprés y de una telaraña en una esquina que la luz de la lámpara hacía temblar.
Me acuerdo de que dije su nombre muchas veces y de que al final no dije nada, solo arqueé la espalda y me quedé temblando con los talones clavados en las correas y los dedos enredados en su pelo, empujándole la cabeza contra mí para que no se fuera.
—Ahora —me dijo, subiendo hasta mi cara con la boca brillante de mí.
Me besó y me supe en su boca. Salada, un poco agria, a mar. Nadie me había contado que una mujer sabe a mar.
Dolió, claro. Un dolor agudo y corto, como el de una aguja de coser, y luego una sensación de estar llena que no era ni buena ni mala, solo extraña.
Él se quedó quieto dentro de mí mucho rato, apoyado en los codos, mirándome.
Yo tenía los ojos llenos de lágrimas y él me las secaba con los pulgares.
No se movió hasta que yo moví las caderas.
Esto es lo que más recuerdo de aquella noche, y lo que más me ha servido después: no se movió hasta que me moví yo.
Muchos años más tarde, cuando las criadas jóvenes me contaban sus cosas en el telar, entendí lo raro que era eso.
Luego sí se movió. Al principio con cuidado y después con menos, y yo descubrí que me gustaba más cuando tenía menos cuidado, que me gustaba sentir su peso y su sudor y el golpe de su cadera contra mis muslos, el ruido húmedo de los dos cuerpos chocando, y le clavé las uñas en la espalda y le mordí el hombro, y él se rió otra vez, esa risa suya, y dijo algo en el dialecto de la isla que no entendí y que años después me tradujo Euriclea poniéndose roja como una granada.
Cuando terminó, lo noté latir dentro de mí, tres, cuatro veces, y luego un calor que se me derramaba por dentro, y se quedó encima, pesado y caliente, respirando contra mi pelo.
La cama de olivo no había crujido ni una sola vez.
Las camas normales crujen. Aquella aguantaba porque tenía raíces.
Antes del alba lo hicimos otra vez, y esa vez fui yo la que se le subió encima, porque había visto que se podía y quería saber cómo era.
Él me dejó hacer con las manos detrás de la nuca y una cara de felicidad tan tonta que me dio ternura.
Me equivoqué de ritmo, se me salió, lo volví a meter con la mano, nos reímos.
Cuando encontré la manera, que era echándome un poco hacia delante y frotándome contra el vello de su vientre en cada bajada, me agarró de las caderas con fuerza y ya no se rió más.
Me corrí así, encima de él, por primera vez con un hombre dentro, y fue tan distinto de lo de su lengua que me quedé un rato sentada, con él todavía dentro, sin entender cómo un mismo cuerpo podía guardar dos placeres tan diferentes.
Al amanecer Euriclea abrió el pestillo y entró con agua caliente y un trapo limpio.
Miró la sábana de lino, asintió para sí y se la llevó doblada bajo el brazo para enseñársela a Anticlea, como se hacía.
Yo me quedé en la cama, desnuda, con la piel de oveja hasta la barbilla, oyendo a los gallos y a las cabras y al mar, y pensé que aquel monte gris no era tan feo.
Que tenía su gracia. Que me iba a quedar.
Esto pasó hace veintitrés años. Esta noche, en esta misma cama, mientras se lo contaba, vi que Odiseo cerraba los ojos y supe que él también se acordaba del techo y de la telaraña. Ya no hay telaraña. La quité yo misma, muchos años después, una tarde que no soportaba mirarla.