Las noches de Penélope Prólogo
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Las noches de Penélope

Las noches de Penélope

Por Ilia Dark

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Prólogo

Dicen que fue Atenea quien sujetó los caballos de la Aurora al otro lado del océano para que no subieran todavía.

Yo no vi a ninguna diosa. Vi que la lámpara se gastaba, que Euriclea había dejado de arrastrar los pies detrás de la puerta hacía mucho rato y que la ventana seguía negra cuando, por la cuenta de mi cuerpo, tendría que haber empezado a clarear.

Llevo veinte años midiendo noches y sé lo que dura una.

Odiseo se dormía a ratos. Se le cerraban los ojos con la cabeza apoyada en mi vientre y se despertaba de golpe, igual que despiertan los soldados, con la mano buscando algo en el suelo; al encontrar solo la piel de oveja se reía de sí mismo en voz baja.

Tenía el pelo más ralo en la coronilla y una cicatriz nueva en el costado izquierdo que no quiso explicarme.

La del muslo, la del jabalí, me la sabía de memoria.

Se la había recorrido con la lengua la primera noche que pasamos en esta cama, cuando la madera todavía olía a recién labrada y a mí me daba miedo clavarme una astilla en la espalda.

—Cuéntame tú —me dijo.

Llevaba media noche hablando él. Los cíclopes, los muertos, la hechicera que convertía a los hombres en cerdos, el canto de unas mujeres con alas que le hizo llorar atado al mástil.

Me lo contó todo de corrido, con esa voz suya que sabe cuándo bajar y cuándo callarse un momento para que el otro se incline hacia delante, y yo le escuché admirada y desconfiada a la vez, porque a mi marido lo conozco y no hay historia que le salga de la boca igual que le entró.

De la diosa Calipso habló con mucho tiento, rodeándola con cuidado de no pisarla.

Siete años. Siete años en una isla con una mujer que no envejece.

Yo dije «ya» y le pasé la mano por la nuca, y él entendió que lo hablaríamos otro día, o nunca.

—¿Qué quieres que te cuente? Tú estabas en la guerra. Yo estaba aquí.

—Eso. Lo de aquí.

Me hizo gracia cómo lo dijo. Lo de aquí.

Veinte años de aquí. Una casa que se llenó de hombres que no eran él, un hijo que aprendió a decir «padre» señalando el mar, una suegra muerta, un suegro escondido entre las viñas, criadas que me quisieron y criadas que me vendieron, un telar, un sudario, cientos de noches en esta cama con la mano entre los muslos y la cabeza llena de él. Y algunas, lo confieso, llena de otros.

No se lo conté todo esa noche. Hay cosas que una le cuenta a su marido y cosas que solo se cuentan a una misma, o al papel, o a nadie.

Lo que sigue es lo que él oyó y lo que no oyó, mezclado, como se mezclan el agua y el vino en la crátera antes de servirlo.

Él tendrá su canto. Lo cantarán los aedos en los banquetes de toda Grecia, con sus cíclopes y sus sirenas. Este es el mío.

Me levanté a echar aceite en la lámpara.

Hay cosas que una mujer cuenta mejor de pie y con las manos ocupadas.

Me até el peplo de cualquier manera, sin fíbula, con un nudo sobre el hombro, y fui hasta la repisa donde Euriclea había dejado la jarra.

Notaba los ojos de Odiseo en la espalda, buscando lo que quedaba en pie de su mujer.

Me volví despacio para que me viera entera, con la luz detrás: los pechos más caídos que cuando se fue, la tripa floja que me dejó Telémaco, las caderas anchas.

Tenía veintidós años la mañana en que zarpó hacia Áulide. Esta noche tengo cuarenta y dos.

—Estás igual —mintió.

—Y tú mientes igual.

Se rió con la boca muy abierta, la risa de antes, la que le hacía echar la cabeza atrás y enseñar el diente que se partió de muchacho al caerse de un caballo.

Por esa risa lo reconocí mucho antes de lo de la cama, aunque a él tardé en decírselo.

Cuando llegó vestido de mendigo, con la cara llena de mugre y la espalda doblada, se rió una vez en el patio de algo que dijo Eumeo, y a mí se me encogió el estómago en la ventana del piso alto.

Luego pasé dos días repitiéndome que no, que la pena me hacía ver fantasmas, que no podía ser. Ya llegaré a eso.

Volví a la cama con la lámpara llena. El olivo crujió al recibirme.

Es un ruido que no hace ninguna otra cama del mundo, porque ninguna otra está hecha de un árbol vivo con las raíces hundidas en la tierra de Ítaca.

En los años malos pegaba la oreja al poste y me parecía oír el agua subiendo por dentro de la madera.

—Te lo voy a contar desde el principio —le dije—. Pero tienes que dejarme hablar. Como me interrumpas para corregirme o para contarme algo más bonito, me callo.

—Me callo yo.

—Tú no sabes callarte.

Me puse de lado, frente a él, con la rodilla apoyada en su cadera. Fuera no se oía nada. Ni los perros, ni el mar, ni los grillos. Pensé que si de verdad una diosa nos había regalado estas horas, no las iba a malgastar en vergüenzas.

Así que empecé por la cama.