Las manos que alumbran (La botica de la meiga 2) Capítulo 5 #3
33%

Capítulo 5 #3

—Vas a necesitarla —dijo Sabela, y se fue antes de que la cara le dijera el resto.

Volvió a casa por el camino largo, el que pasaba por detrás de la iglesia, porque el camino largo le daba tres minutos más para ordenarse la cara.

No funcionó. En el escaparate de la tienda de Gloria se vio reflejada un segundo —una mujer con chal y bolsa de tela, joven y vieja a la vez— y tuvo que apartar la vista.

Aquello que había visto en la palma de Iago no admitía otra lectura.

La cera había dejado marca. Las cosas que se pasan de mano en mano en la vida normal no dejan marca en dos horas; ni las herramientas, ni los cruces de ganado, ni las llaves de una casa.

Aquella vela dejaba marca porque pesaba de otra manera.

Porque no era una vela, se dijo, y la frase, tan tonta, le dio más miedo que todas las sospechas juntas: porque no era una vela, era un cargo.

Y los cargos, en su familia, se llevaban escritos en la piel.

No sabía las reglas. Pero sabía a Mariña, y conocía a su abuela mejor que a nadie: si Mariña había apuntado «era eso» en el margen de una muerte de madrugada, es que aquello era viejo, era real, y era de las cosas que no se escribían enteras ni siquiera en los márgenes.

Las cosas que no se escribían se decían de boca a boca, o no se decían.

Y la boca que las sabía y se había llevado la mitad al silencio era la de Ciriaca Veiga, la sabia de la carballeira, que tenía ochenta y tantos años y la memoria intacta y la lengua medida como una balanza de farmacia.

Iría a ver a Ciriaca. No hoy, que hoy el pueblo entero la vería subir y las preguntas volarían antes que ella.

Iría pronto, con cuidado, con la excusa de las hierbas.

La sabia de la carballeira no regalaba nada —Sabela lo sabía desde niña: Ciriaca daba la información como daba el pan, por peso y mirando a la cara— pero era la única boca viva que podía saber lo que Mariña no escribió.

Mientras tanto —se dijo, bajando a abrir la botica con las manos ya firmes— mientras tanto había una cosa que sí podía hacer, y era la única que importaba: no quitarle ojo a Iago Lamela.

Ni de día ni de noche. Si aquello venía a por él, vendría despacio, como venían todas las cosas viejas, y ella estaría delante.

No sabía todavía qué era ‘aquello’; lo sabría.

Le debía eso al hombre de la becerra, del corral, de la noche de San Xoán. Le debía eso, y algo más que no iba a nombrar ni en el cuaderno, porque había cosas que ni la peaxe se atrevía a cobrar mientras no se escribieran.

Aquella noche no durmió. Cerró la botica, cenó con Nadia —que hablaba de la fiesta de Monforte y de la madre y de todo lo demás con la energía de quien rema contra la corriente—, y cuando la casa se quedó quieta, subió a la habitación, apagó la luz y se sentó junto a la ventana con la manta en las rodillas, como su abuela se sentaba las noches de mal tiempo.

Desde la ventana se veía la calle, y al final de la calle, si una se sabía el ángulo, se veía la esquina de la casa del consultorio.

A las once había luz. A las doce había luz.

A la una, la luz se apagó, y Sabela contó hasta mil, y luego se quedó mirando la ventana apagada como si pudiera, con la sola fuerza de mirar, sostener el sueño de otro.

Pensó en Mariña. Pensó que su abuela había vivido sesenta años con aquel peso —con todos los pesos: los que curaba y los que no podía curar, los que veía venir y los que llegaban sin avisar— y que nunca, ni una vez, le había pasado la carga a la otra espalda.

‘Eu non creo nas meigas’, le gustaba decir a la gente, con esa media sonrisa, y ahí se paraba la frase cuando la decía ella sola, en casa, bajito, como si mordiera un hilo.

—Pero yo sí —dijo Sabela a la ventana, al pueblo, a la niebla—. Yo sí creo.

Era la primera vez que lo decía así, entero, en voz alta. No se sintió distinta; se sintió, simplemente, con turno de noche.

A las tres de la mañana, la ventana del consultorio seguía apagada. A las cuatro, también. Sabela se quedó dormida en la silla, con la manta en las rodillas y la cabeza contra el marco, y no soñó con nada; hasta los sueños le tenían respeto a la guardia que había montado.

A la mañana siguiente, en la calle, se cruzó con Evaristo.

El viejo llevaba la gorra bien calada y las manos en los bolsillos, y al verla no cambió el paso ni la cara.

Llevaba, eso sí, los zapatos limpios. Sabela lo notó porque llevaba semanas mirando los zapatos de la gente como un contador mira las cuentas: limpios, nuevos casi, con el brillo de la grasa recién echada.

Los zapatos de un hombre que ya no camina de noche.

Solo al pasar a su lado, sin pararse, sin mirarla, dijo al aire:

—No me lo preguntéis, rapaza. No hoy.

Y siguió, y Sabela no le preguntó. No hoy. Había entendido la cita como se entienden las citas en los pueblos: lo que no se dice un día se dice otro, y el precio de saberlo era dejar que el que sabía eligiera la hora.