Las manos que alumbran (La botica de la meiga 2) Capítulo 5 #2
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Capítulo 5 #2

—Un parto en la aldea de abajo. Una vaca de las Rubido.

Hemos acabado a las cuatro. —Se pasó la mano libre por la cara, y por primera vez ella vio lo cansado que estaba: no del parto, de otra cosa—.

Venía de vuelta y lo he visto aquí parado, con esto encendido, a las cinco de la mañana, con niebla.

He pensado que se había perdido. Que le daba algo.

He parado el coche, he bajado, y el hombre estaba tan tranquilo.

Me ha preguntado si dormía bien. Le he dicho que sí. Y luego… —miró la vela— …luego esto.

—Iago.

—¿Qué?

—Nada. —Respiró—. Dile que te la devuelva. Mañana. Dile que se te cayó, que no la quieres, que la tienes en el coche.

—¿Por qué iba a hacer eso?

—Porque sí —dijo Sabela, y odió cómo sonaba, odió ser la mujer de las frases sin explicación, odió con toda el alma aquella vela apagada y aquella niebla—. Porque te lo pido yo.

Iago la miró un momento largo. La llama apagada humeaba entre los dos. Luego asintió, despacio, con esa manera suya de aceptar los aplazamientos como quien acepta un parte desfavorable: sin discutir, guardándolo todo.

—Vamos ver —dijo.

Se fueron cada uno por su camino: él hacia el pueblo, con la vela apagada en la mano como si llevara un objeto de museo; ella hacia la fuente, con el cántaro vacío, porque ya no se acordaba de para qué había bajado.

* * *

No fue a la fuente. Se sentó en una piedra del camino, a medio camino entre el cruce y el pueblo, y lloró un poco, de rabia más que de pena, porque ya lo entendía.

No entendía las reglas, no entendía el mecanismo, pero entendía la dirección: algo llevaba dos años caminando de noche en las manos de Evaristo Maneiro, y esta madrugada Evaristo lo había dejado en las manos de Iago Lamela.

«Cuando sueñan muchos, es que uno anda.»

Y el que andaba, ahora, era otro.

Se secó la cara con el chal y bajó al pueblo con la luz ya gris, y por el camino fue ordenando lo que tenía, que era poco: los sueños de la gente.

El camino viejo. El cruceiro. La vela que no se movía.

La cara de Evaristo, esa cara lavada, esa paz de deudor que acaba de traspasar la deuda.

Y la frase de siempre, esa de no tener sueño, que de pronto tenía otro peso.

Llevaba años diciéndola. Llevaba años diciéndola, y todo el pueblo riéndose del maniático que volvía de madrugada, y nadie —nadie— habiendo preguntado nunca de dónde volvía.

En casa, ni siquiera desayunó. Subió a la habitación, sacó la caja de los papeles de su abuela y los volcó sobre la cama, todos, sin orden, y los fue leyendo uno por uno con la avidez de quien busca un testamento.

Encontró poco. La abuela escribía poco y guardaba menos.

Un albarán con la frase de antes. Una lista de hierbas para «los que no descansan».

Un recorte de periódico de hacía cuarenta años, tan amarillo que casi no se podía tocar, con una noticia pequeña de un accidente de madrugada en un cruce de carretera de la comarca —un hombre atropellado de noche, «vecino de la zona», sin más detalles— y en el margen, con la letra de Mariña, dos palabras: «era eso. »

Era eso. No qué. No cómo. Era eso.

Sabela dejó el recorte sobre la colcha y se quedó mirando el techo.

Luego se vistió de verdad, se peinó, y bajó al camposanto.

Era la hora de las mujeres de las flores, y hubo que hacer dos visitas de cortesía y contestar tres veces que sí, que la botica seguía abierta, antes de poder quedarse sola junto a la tapia de atrás, donde estaban los nichos nuevos.

Los recorrió despacio, leyendo nombres y fechas con el dedo sin llegar a tocar, como si consultara un archivo.

Perfecto Vieites. 1949–2024. Marzo.

Se quedó quieta delante del nombre. Perfecto Vieites: el viejo Perfecto, el de la casa de la eira grande, viudo, sin hijos, un hombre que había pasado los últimos años delgándose y apagándose sin enfermedad que los médicos encontraran.

Todo el pueblo lo había visto consumirse.

‘Los años’, habían dicho todos. ‘La pena’, habían dicho.

Y en marzo de hacía dos años, un amanecer, no había bajado a abrir las gallinas, y lo habían encontrado en la cama, seco como un pájaro viejo.

¿Y quién había sido el mejor amigo de Perfecto Vieites durante sesenta años? ¿Quién le había cerrado los ojos, según contaba Lula, porque el sobrino no llegó a tiempo desde Lugo?

Evaristo Maneiro. Que desde aquel marzo volvía de madrugada con barro en los zapatos y decía, con la cara de no haber dormido, que ya no tenía sueño.

Sabela se sentó en el bordillo de piedra de enfrente, entre los crisantemos mustios de septiembre, y dejó que la cuenta se hiciera sola dentro de ella: Perfecto caminó hasta morir.

Evaristo le cogió… algo. La vela. Evaristo caminó dos años.

Y esta madrugada, en el cruceiro, Evaristo se lo había pasado a Iago.

‘Guárdala bien. No la dejes apagar.’

Le temblaban las manos. Se las apretó entre las rodillas y se quedó allí hasta que las campanas de San Xurxo dieron la media de las diez, mirando el nombre de Perfecto Vieites como si el muerto fuera a asomarse a confirmarle la cuenta.

Una mujer que pasaba con un ramo la saludó con la barbilla, y Sabela contestó con la barbilla, y por un momento las dos fueron simplemente dos vecinas en un camposanto de pueblo, un día cualquiera, con las flores y las tareas.

Sabela pensó que así era como se llevaba todo: así, por fuera, con la cara de los sábados.

Nadie llevaba el miedo escrito en la frente.

Ni Perfecto lo llevaba, que había caminado meses y meses delante de todos con la cara de siempre.

El muerto no se asomó. Los muertos no se asomaban. Todavía.

* * *

Abrió la botica a las once, con dos horas de retraso y con la cara lavada en agua fría. Nadia llegó a las doce, la miró de arriba abajo, y no dijo nada, que en Nadia era el equivalente a un interrogatorio completo.

—Dormí mal —dijo Sabela, anticipándose.

—Todo el pueblo duerme mal. Es la epidemia. —Nadia colgó la mochila del gancho—. Es que yo ayer… nada. Cosas de la tele.

Sabela la miró de reojo. La chica pesaba la manzanilla con más ruido del necesario, y tenía los ojos rojos de una manera que no era de sueño.

—¿Nadia?

—Nada. —La balanza golpeó la tabla—. É que…

mi madre también lo sueña. Lo de la vela.

No quiere decírselo a mi padre. Me lo dijo a mí como quien pide que le guarden un secreto, y ahora resulta que yo soy la caja fuerte de la familia, y tengo dieciséis años, Sabela, yo no he pedido ser caja fuerte de nada.

Sabela dejó lo que hacía y abrazó a la chica, así, en medio de la trastienda, entre la balanza y la manzanilla. Nadia se quedó rígida un segundo —no era de abrazos, como no lo era nadie de aquella casa— y luego se dejó.

—Los sueños no mandan —le dijo Sabela al oído, y se odió un poco por la frase hecha, y se odió un poco más por no tener otra—. Dile a tu madre que venga a verme si quiere. No por el sueño. Por el susto. El susto sí lo sé tratar.

—¿Y el sueño no?

—El sueño… —Sabela cerró los ojos—. El sueño estoy aprendiendo.

* * *

Por la tarde encontró la excusa. Encontró, mejor dicho, la excusa que llevaba tres meses sin usar: la mano de Iago.

Había sido en junio, la última noche, junto al fuego: él se había quemado la palma con un rescoldo, una quemadura tonta de nada, y ella se la había curado sin pensar, ahí mismo, con saliva y hierba pisada, como se curan las cosas en las fiestas.

Nunca le había revisado la mano después.

Era una excusa miserable, transparente como el agua, y la usó.

El consultorio olía a desinfectante y a café recién hecho. Iago la recibió con la sorpresa mal disimulada de quien llevaba horas mirando la puerta.

—La mano —dijo ella, desde el umbral, sin entrar del todo—. La del rescoldo. Nunca la revisé.

—La mano está bien. —Iago se la enseñó, obediente, palma arriba: la palma ancha, la cicatriz pequeña y clara, y —ella lo vio de inmediato, y se le heló algo dentro— unas marcas nuevas, dos gotas redondas de piel enrojecida entre los dedos índice y corazón, como si le hubiera caído cera caliente.

—¿Y eso?

—Cera —dijo él, sin inmutarse, demasiado sin inmutarse—. La vela del viejo. Esta mañana. Se derritió al apagarla, supongo.

—No te quemó esta mañana —dijo Sabela, despacio—. Esta mañana la llama no te rozó.

Hubo un silencio de consultorio. Afuera pasó un tractor. Iago bajó la mano, la cerró, la abrió, y cuando habló lo hizo con la voz más cansada que ella le había oído nunca:

—Lo sé.

Se miraron. Ahí estaba, pensó ella: la primera grieta. Él ya había visto algo que no cabía en sus libros, algo pequeño, del tamaño de dos gotas de cera, y lo había archivado en el sitio donde archivaba las cosas que no sabía decir; ella conocía ese sitio: tenía uno igual.

—Ven mañana —dijo ella—. Después de cerrar, como quedamos. Trae tu lista.

—Llevaré la lista —dijo él. Y luego, sin moverse—: ¿Voy a necesitarla?