Las manos que alumbran (La botica de la meiga 2) Capítulo 5
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Capítulo 5

Sabela

La primera noche, el sueño la despertó a las tres.

Esta vez no eran manos. Esta vez era una casa que no conocía, una cocina con el fuego apagado, y una mujer mayor sentada junto a la mesa con la cabeza inclinada, como dormida, y el silencio de la casa hecho de una materia distinta al silencio normal: un silencio que ya llevaba días ahí.

En la mesa había un vaso de leche cortada y un pan empezado.

En el fregadero, una sola taza. La casa olía —Sabela no tenía cuerpo en el sueño y sin embargo olía— a café frío y a medicinas y a algo dulzón debajo de todo, el olor de las cosas que llevan mucho tiempo sin ser movidas.

Sabela quiso llamar a alguien y no tenía voz.

Quiso moverse y no tenía cuerpo. Solo podía mirar la cocina, el fuego frío, la mujer, y sentir cómo el silencio crecía y crecía como el agua en un sótano.

Se despertó con la boca seca y el corazón deshecho, y no volvió a dormir.

Se quedó un rato mirando el techo, distinguiendo despacio su habitación de la cocina del sueño: su viguera, su armario, su ventana con la persiana a medio subir.

Después hizo lo que siempre: comprobó las manos.

Estaban limpias, secas, suyas. Las miró a la luz gris mucho tiempo, sin acabar de creer que fueran a seguir así.

Se levantó, escribió el sueño en el cuaderno pequeño de la mesilla —no en el de las peaxes, que aquello no era una cura, era otra cosa— y bajó a hacer café.

Escribir los sueños era una costumbre nueva, de junio para acá.

La abuela no lo hacía; la abuela los llevaba en la cabeza.

Pero Sabela había descubierto que los sueños escritos se quedaban quietos, y los otros no.

La segunda noche fue igual y distinta: la misma casa, la misma mujer, pero ahora Sabela oía, desde la calle del sueño, unas campanillas finas y viejas, un tintineo de metal cansado que se acercaba despacio, y supo —con lo saber absurdo de los sueños— que venían a buscar a la mujer de la cocina y que nadie les iba a abrir la puerta.

Que la mujer llevaba años esperando en aquella cocina, y que la cola de la puerta era larga, y que había otros antes que ella, muchos otros, todos con sus vasos cortados y sus tazas solas.

Se despertó antes de que llegaran. Se quedó sentada en la cama hasta el amanecer, y levantándose se dijo lo que se decía siempre: que eran sueños, que el oficio le había abierto los sueños como le había abierto las manos, que su abuela habría dicho ‘eso es el oficio’ y habría seguido desgranando habas.

Pero al bajar a hacer el café se encontró sus propias manos temblando sobre la cafetera, y eso no era del oficio: eso era miedo.

Aquella mañana, en la botica, atendió a tres vecinos con cosas pequeñas —un dolor de muelas viejo, una ciática, un mal de ojo de bebé que se curó con dos pasadas de mano y una mirada larga— y a todos les preguntó, con la voz de quien pregunta por el tiempo, si dormían bien.

Dos dijeron que sí. El tercero, un hombre de sesenta años que cultivaba pimientos y no creía en nada, se rio y dijo que él dormía como un tronco, pero que su mujer se había levantado dos noches seguidas diciendo que oía cencerros.

—Cencerros —repitió Sabela.

—Como los de las vacas, pero finos. —El hombre se encogió de hombros—. Yo no oigo nada. Pero ella lleva días con la cara hecha. Y con las luces encendidas, que esto de pagar la luz para dormir no lo vio ni mi padre.

Sabela lo apuntó todo cuando el hombre se fue.

Cencerros finos. Campanillas. Metal viejo.

No era la primera vez que el pueblo le describía el mismo sonido sin ponerse de acuerdo en el nombre.

Le dio la vuelta a la frase de su abuela como se le da la vuelta a un guante: cuando muchos sueñan, es que uno camina.

¿Y cuando muchos oyen? ¿Cuando muchos oyen, es que el que camina ya está cerca?

* * *

La tercera madrugada no esperó al sueño. Se levantó a las cinco, se vistió despacio y bajó a la fuente.

No era costumbre ir tan temprano, pero el cuerpo le pedía caminar y la cabeza le pedía agua, y en la casa de las curandeiras se obedecía primero al cuerpo y a la cabeza después.

El pueblo estaba negro y quieto, con una sola ventana encendida en la calle de abajo —la de los Pintos, pensó, o la de la Marisa; ya había tantas—.

La niebla venía baja del souto y se enrollaba en las esquinas.

Caminaba despacio, pisando las piedras que conocía de memoria, y se sorprendió contando farolas apagadas y ventanas encendidas, como llevaba haciendo toda la semana.

Cuatro ventanas. Cinco. Había algo obsceno, pensó, en aquella cuenta: el miedo del pueblo medido en kilovatios.

Y en medio de la cuenta, con la claridad estúpida de la madrugada, cayó en la cuenta de que ella misma llevaba tres noches durmiendo con la luz de la escalera encendida.

Ella, la curandeira, la que decía a los demás que los sueños no mandaban.

Sabela bajaba por el camino con el cántaro en la cadera cuando oyó las voces.

No voces de conversación: voces de madrugada, esas que no suben del todo porque no hay nadie que deba oírlas. Venían de arriba, del lado del cruce. Sabela se detuvo en el recodo, a cuarenta pasos del cruce de las tres estradas, y miró entre la niebla.

Había dos hombres junto al cruceiro.

El primero era Evaristo. Lo reconoció por la chaqueta de botones de hueso y por la manera de estar de pie, un poco de lado al mundo, como quien espera el autobús de una línea que ya no existe.

El segundo tardó más en ser alguien: un hombre más joven, más ancho de hombros, con el pelo revuelto y la chaqueta del gremio echada sobre una camiseta, como quien se ha vestido a toda prisa o no se ha acostado.

Iago.

Sabela se quedó quieta contra el tronco de un castaño.

No era esconderse, se dijo. Era pararse.

Los dos hombres hablaban bajo, y el viento se llevaba las palabras y dejaba solo la música: la voz cascada de Evaristo, paciente, y la de Iago, más baja, con el tono de quien pregunta y no obtiene respuesta.

Se pegó un poco más al tronco. El orballo le mojaba el chal y no lo notaba.

Desde allí oía retazos, palabras sueltas que venían y se iban: ‘…a casa, hombre, que es tarde…’, la voz de Iago, razonable; ‘…cuando yo era nuevo esto se hacía así…’, la de Evaristo, que no respondía a nada de lo que le preguntaban; y luego un silencio largo, de esos que no son silencio, y el gesto.

Evaristo tenía una vela en la mano.

Eso lo vio claro, a pesar de la niebla, porque la vela estaba encendida.

Una llama pequeña y obstinada a aquella hora muerta, protegida por la mano vieja que la rodeaba a media altura.

Y Evaristo hablaba, y la vela no se movía, y de pronto —Sabela lo vio como se ven las cosas que después no se pueden dejar de ver: despacio y de golpe a la vez— el viejo hizo un gesto torpe, un traspiés del brazo, una caída fingida o no fingida de la mano.

—Coja, coja, que se me cae —dijo Evaristo, con la voz de un hombre al que se le escurre una herramienta—; tengo los dedos hechos polvo.

E Iago, que era un hombre educado y que llevaba toda la vida recogiendo lo que se le caía a la gente mayor, extendió la mano y cogió la vela.

La llama no se apagó. Eso fue lo primero que Sabela notó con una claridad absurda: la llama pasó de una mano a la otra y no se movió, no se inclinó, no sufrió. Las llamas normales se quejan cuando cambian de mano; aquella no.

Evaristo soltó la vela y se quedó un segundo mirando sus propias manos vacías.

Luego miró a Iago, y hubo en esa mirada —Sabela la sintió más que verla, a cuarenta pasos, entre niebla— una mezcla de cosas que no deberían caber juntas: alivio, vergüenza, y una ternura vieja y desesperada, la ternura de quien acaba de hacer algo terrible a alguien querido.

—Guárdala bien —dijo Evaristo—. No la dejes apagar.

—Evaristo, ¿qué es esto? —La voz de Iago, ya despierta del todo, ya desconfiando—. ¿Qué hace usted aquí a esta hora con una vela?

—Lo mismo que hacías tú —dijo el viejo—. No dormir.

Y se dio la vuelta, y echó a andar hacia el camino de abajo, hacia el pueblo, con el paso ligero —ligero, eso la golpeó más que nada— de un hombre que ha dejado un peso en el suelo.

Sabela no pensó. Salió del recodo y bajó el camino a la carrera, y el cántaro golpeaba contra su cadera, y la niebla se abría y se cerraba; llegó al cruce cuando Evaristo pasaba a su altura.

—Evaristo —dijo, y la voz le salió de otro sitio, más vieja que ella—. ¿Qué fue eso?

El viejo se detuvo. La miró. Tenía la cara lavada por dentro, la cara de un hombre que ha dormido por primera vez en años, aunque no hubiera dormido; y en medio de esa cara, los ojos, que eran los mismos ojos cansados de siempre, le pidieron perdón sin moverse.

—Eu xa non teño sono —dijo.

Y siguió caminando, y esta vez Sabela no lo siguió, porque detrás de ella, junto al cruceiro, estaba Iago con una vela encendida en la mano y la cara de un hombre que ha hecho un favor y huele el error.

Lo vio alejarse un momento, al viejo, con la niebla cerrándose detrás de sus pasos ligeros. Y pensó —lo pensó con una frialdad que le dolió— que acababa de ver una firma. No la de un contrato: la de un traspaso. Había visto a un hombre firmar la libertad con la mano de otro.

* * *

—¿Qué pasa? —dijo él, al verla—. Sabela. ¿Qué haces tú aquí?

—Voy a la fuente.

—¿A la fuente? ¿A las cinco y media? —Iago bajó la vela, instintivamente, para que la llama no le diera en la cara a ella—. ¿Y él? ¿Qué le pasa a Evaristo? Me ha soltado esto en la mano como si soltara una bomba.

—¿Por qué estabas aquí? —dijo ella—. Tú. A esta hora.