Capítulo 4 #3
Se quedó hasta el final sin cambiar de sitio, como se quedan los hombres que no quieren que se note que se quedan.
La vio despedirse de la abuela Hortensia con dos besos.
La vio pararse en la puerta para dejar pasar a un tractor.
La vio echarse el chal a los hombros con el gesto cansado de quien se abriga contra algo que no es frío.
No fue a ofrecerle compañía. Había decidido, en algún punto de aquella tarde, que la compañía no ofrecida era la única que ella podía aceptar sin pagar nada a cambio.
‘El problema es el precio’, había dicho.
Iago escribió una línea más en el cuaderno y cerró la tapa con más fuerza de la necesaria.
* * *
Aquella noche, en la casa del consultorio, con la cena fría a medio comer, hizo la llamada que llevaba días posponiendo.
Descolgó al tercer tono una voz de mujer con el sueño de las guardias en la garganta: la doctora Barral, compañera de facultad, la única persona de su antigua vida con la que seguía hablando.
—¿Un veterinario a las once de la noche? —dijo Barral—. Eso solo puede ser bueno.
—Consulta teórica. Terrores nocturnos, nueve años, una semana de evolución, sin patología orgánica. Somnambulismo asociado, episodios breves. Y… —se lo pensó— contexto de estrés comunitario.
—¿Comunitario?
—Es un pueblo pequeño. Hay… una historia corriendo; los niños la respiran.
Al otro lado hubo el silencio de la profesional que traduce.
—Pavor nocturnus con deambulación, más sugestión colectiva —dijo Barral—. Tratamiento: higiene del sueño, tranquilizar a los padres, y tiempo. Si escala, derivas la pediatría de Monforte. ¿Eso es todo, Lamela?
—¿Puede un niño de nueve años levantarse, vestirse y salir a la calle dormido?
—Puede. Los padres suelen exagerar, pero puede. Ponle un cascabel a la puerta, es literalmente lo que se recomienda. —Una pausa—. ¿Estás bien tú? Tienes la voz de cuando estabas en cuarto.
—Estoy bien.
—Mentira. Pero me vale. —Se oyó el pitido de un monitor—. Tengo que irme. Duerme, Lamela. Y dile al pueblo que se tranquilice, que los sustos colectivos se curan solos. Y Lamela… la próxima consulta teórica me la haces a horas de persona. Que algunas curamos de verdad por la noche.
Colgó. Iago se quedó mirando el teléfono.
Se curan solos. Se lo había dicho a la madre de Iker con otras palabras y se lo había dicho a sí mismo cien veces, y sin embargo, al pasar por la ventana con el vaso de agua, se sorprendió contando las luces encendidas de la calle, una por una, como si fueran constantes vitales.
Once casas: había contado once casas.
El jueves, entre visita y visita, hizo el desvío que llevaba una semana queriendo hacer: dejó el coche junto al cruce de las tres estradas y se subió andando por el camino viejo del camposanto.
Era un camino como hay mil en la comarca: dos rodadas de tierra con hierba en medio, muros de piedra a los lados, castaños haciendo techo.
Iago lo caminó con el paso de quien hace una inspección, parándose donde un niño de nueve años habría parado, mirando lo que un sonámbulo habría mirado.
La curva antes del cruceiro: ahí estaba, exactamente como la dibujaban los niños, un recodo ciego que la higuera vieja escondía hasta el último paso.
Los muros con los portones de las fincas.
El hórreo de los Piñeiro. Y al final, la subida blanca hasta el cercado de San Xurxo, con las letras de la puerta que los niños no habían dibujado porque en el sueño, quizá, no llegaban nunca hasta la puerta.
No encontró nada. No esperaba encontrar nada, o eso se dijo.
Lo que encontró fue una distancia: cuarenta minutos a paso lento desde el pueblo hasta el camposanto por aquel camino.
Cuarenta minutos de noche, de niebla, de muros y de curvas.
Lo apuntó todo en el cuaderno, distancias y referencias, con la pulcritud absurda de quien toma medidas a una pesadilla.
A la vuelta, junto al coche, se encontró a Amancio, que bajaba del monte con el perro y una carga de leña.
—¿Paseando, veterinario? —dijo Amancio, con el tono de quien no cree en los paseos.
—Conociendo el terreno.
—El terreno ya te conoce a ti —dijo Amancio, y siguió su camino, e Iago tardó medio trayecto de vuelta en decidir si aquello había sido una broma.
Decidió que no. Amancio no hacía bromas los jueves; Amancio hacía bromas los días de feira, y solo si las vacas habían amanecido bien.
Lo demás era información, entregada con la economía de un telegrama, para quien supiera leerla, e Iago la guardó con las demás.
* * *
Antes de acostarse abrió el cuaderno por la última página y añadió una línea a la lista de dibujos: «Tres niños, tres aulas, un mismo camino. La curva antes de la cruz. La cara en blanco.» Y debajo, después de un rato, con la letra más pequeña, la pregunta que no había hecho a nadie:
‘¿Quién es el primero de la fila?’
Apagó la luz. Durmió mal, como todo Soutomouro, pero durmió en su cama, o eso creyó hasta que, al levantarse, miró sus propios zapatos junto a la puerta: barro oscuro, fresco, con dos hebras de hierba aplastada.
Era viernes, pensó, metiendo las zapatillas en el armario de un empujón. Viernes. Después de cerrar. Llevaría la lista, y ella llevaría la suya, y entre los dos sumarían once y once, y a ver qué daba esa cuenta. A lo mejor no daba nada; a lo mejor daba el pueblo entero.
No se le ocurrió, ni por un momento, que él pudiera ser la duodécima línea.