Las manos que alumbran (La botica de la meiga 2) Capítulo 4 #2
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Capítulo 4 #2

Iago se encogió de hombros, con el cuello de la camisa de repente más estrecho.

—Porque tengo la temperatura del niño apuntada antes y después, y no hay explicación en mis libros, y ya estoy mayor para pelear contra los hechos. —Un paso, otro—; no significa que lo entienda.

—No tienes que entenderlo —dijo ella, y había cansancio en la voz, un cansancio distinto al de antes—. Con que no lo niegues en mi cara, me basta.

Se detuvo. Él se detuvo también. Era la primera conversación real que tenían desde junio, y era sobre un niño que soñaba con velas, y a Iago se le ocurrió que en cualquier otra vida aquello habría sido una frase de miedo y en aquella era casi una declaración de paz.

—Las ojeras —dijo él—. ¿Son del oficio?

Ella sonrió apenas, sin abrir los labios, como se sonríe a los que no entienden todavía.

—Son del oficio.

—¿Y tiene tratamiento?

—Todo tiene tratamiento. —Se ajustó el chal—. El problema es el precio.

Siguió caminando. Iago se quedó quieto en la acera, viéndola alejarse, y luego, antes de que el sentido común pudiera impedirlo, dio tres zancadas y la alcanzó.

—Sabela. Escucha.

Ella se detuvo sin volverse del todo, con la mano aún en el picaporte.

—Tengo una lista —dijo él—. Once personas.

Las que sueñan. Las he ido apuntando desde la semana pasada, con lo que dice cada una, cuándo empezó, dónde vive.

—Se oyó a sí mismo y le pareció ridículo y necesario a la vez—.

Tú tienes la otra mitad. Las que van a tu casa y no dicen en la barra lo que te dicen a ti.

Lo que quiero decir es… —respiró— …que si esto es lo que parece, sea lo que sea, no vamos a entenderlo por separado.

Sabela lo miró entonces de verdad, con la cara cansada y los ojos muy despiertos.

—¿Estás pidiéndome trabajar juntos?

—Te estoy pidiendo que compares tu lista con a mía. —Una pausa—. Y sí. Supongo que sí.

Hubo un silencio de dos pasos. Un coche pasó despacio y los saludó a los dos con la misma mano, como se saluda en los pueblos a las parejas, y los dos fingieron no haberlo notado.

—El viernes —dijo ella al fin—. Después de cerrar. Trae tu lista.

—El viernes.

Se fue, esta vez de verdad. Iago se quedó quieto en la acera, viéndola alejarse, y luego sacó el cuaderno de tapas blandas y escribió en la página nueva, de pie, contra la pared: «Iker Pintos, 9 años.

Terrores. Fiebre leve. Zapatos sucios por la mañana.

» Y debajo, después de pensarlo: «Ella: "o problema é o prezo".

Preguntar qué significa. Cuando sea el momento.

» Y debajo, más pequeño, sin saber muy bien por qué: «Viernes, después de cerrar. »

* * *

De vuelta a la calle principal pasó por delante de la escuela a la hora del recreo, y Xoana lo cazó desde la valla con la eficiencia de quien ha visto a trescientos padres intentar escapar.

—¿Y bien?

—El niño está bien. Ella… —buscó la palabra— hizo lo que hace.

—Eso hace. —Xoana se agarró a la valla con las dos manos—. Ven un momento.

Lo llevó a su aula, vacía a aquella hora, y abrió el cajón de las actividades plásticas. Sacó tres dibujos y los puso sobre la mesa, uno al lado del otro, con el cuidado de quien pone pruebas sobre una mesa de juzgado.

Eran tres dibujos de tres niños distintos.

Iago no sabía nada de arte infantil, pero sabía de anatomía y de proporción: los tres dibujos mostraban una fila de figuras con velas, una cruz sobre tres gradas redondas al principio de la fila, y una figura primera más alta que las demás.

Los tres tenían la luna en la misma esquina.

Los tres tenían la fila doblada en el mismo punto del camino.

Y en los tres, la figura primera —el de la vela— tenía la cara en blanco.

No borrada, no fea: en blanco. Un óvalo vacío donde debía estar la cara, hecho con el cuidado de los niños cuando algo importa.

—Los hicieron en momentos distintos —dijo Xoana—.

En clases distintas. No se copiaron; los pequeños no saben ni que los otros lo soñaron.

—Señaló con la uña—. Mira este detalle: el camino que dobla.

Los tres ponen la curva antes de la cruz, no después.

Es el camino viejo del camposanto, Iago.

Los niños de ahora no suben por ahí ni en bici; no conocen ese camino.

—Pudieron oírlo en casa.

—Pudieron. —Xoana señaló otra cosa, con la uña—.

Esto no. Mira las velas. En los tres dibujos, la fila lleva las velas bajas, a la altura de la cadera, y el primero la lleva alta, delante del pecho.

Yo no sabía eso. Tú no sabías eso. ¿De dónde lo sacan ellos?

—Bajó la voz, aunque estaban solos—. Y hay más.

El primero, el de la cara en blanco: en los tres dibujos tiene algo en la otra mano.

Aquí, mira. Una cosa alargada. Yo pensé que era un palo.

Le pregunté a Iker sin decirle por qué, y me dijo que era ‘el hierro de la campana’.

Las velas de verdad, las de las procesiones antiguas, llevaban un armazón con campanillas, Iago.

Los niños de nueve años no saben eso. Yo no lo sabía.

Lo tuvo que buscar mi abuela en una enciclopedia de las de antes.

Iago miró los tres dibujos mucho rato, uno al lado del otro, como se cotejan firmas.

—Puedo quedarme con la descripción —dijo—. No con los dibujos.

—Con lo que quieras. —Xoana los recogió—. Solo quería que lo vieras con tus ojos de fuera. Porque dentro ya no sabemos mirar.

En la puerta de la escuela, bajo el toldo, se cruzó con el guardia civil, que hacía su ronda de las diez con la bicicleta del cuartelillo apoyada en la cadera.

—Señor veterinario —dijo Rubén Fariña, con el acento del sur intacto después de dos años de valle—. Esto en Cádiz no pasaría, dicho sea con cariño.

—¿El qué no pasaría?

—Que el médico de la semana sea el veterinario, y que la maestra le enseñe dibujos como si enseñara pruebas. —Rubén sonrió, pero la sonrisa no le duró—. ¿Es verdad eso que dicen? ¿Lo del sueño?

—¿Usted qué opina, agente?

—Yo opino que hay once casas de este pueblo con la luz encendida a las tres de la mañana, y que yo paso lista de noche y las veo. —Se ajustó la gorra—. Y que en mi informe no hay casilla para eso. Buen día.

* * *

A la mañana siguiente, miércoles, la botica amaneció cerrada.

Iago lo supo porque pasó por delante a las nueve —de camino a ninguna parte, camino largo— y la persiana seguía bajada, cosa que no había visto nunca en seis meses de calle compartida.

A las once volvió a pasar, con el pretexto del correo.

Persiana abajo. Fue a la una, ya sin pretexto ninguno, cuando encontró a Nadia echando el cerrojo por dentro para colgar el cartel de «volvemos a las cuatro».

—Está durmiendo —le dijo la chica, con la desconfianza automática de la guardiana—. No la llames, no le escribas, no le mandes señales de humo. Duerme.

—¿Está enferma?

—Está cansada. —Nadia lo miró con los ojos de quien repite una frase aprendida—. Ayer curó al niño de los Pintos. Cuando cura a alguien así, después duerme. Es así; no preguntes más.

—No preguntaba —dijo Iago—. Solo… dile que lo del viernes queda en pie. Y que si no está bien, que sea cuando pueda.

—Se lo diré. —Nadia se fue, y a los dos pasos se volvió, y con la franqueza brutal de los dieciséis años añadió—: Tú tampoco tienes buena cara, veterinario. En este pueblo últimamente no la tiene nadie.

El miércoles por la tarde la botica abrió cuatro horas.

Iago lo supo porque el pueblo entero lo supo: en «A Lareira», Lula lo comentó con la naturalidad de quien informa del tiempo.

Sabela había abierto tarde. Sabela tenía mala cara.

Se decía en el bar que el niño de los Pintos duerme ya como un santo y que ella está hecha un trapo.

Que con Mariña era igual: curaba, y luego desaparecía dos días.

Lo decían sin maldad, casi con orgullo de vecinos, e Iago escuchaba con el vaso quieto en la mano mientras en el cuaderno de su cabeza una línea nueva se escribía sola: el precio no era una metáfora.

El precio se cobraba en horas de sueño ajenas.

El precio tenía forma de tributo y nadie le pasaba recibo.

* * *

Por la tarde, en «A Lareira», ocurrió la cosa pequeña.

Lula celebraba el cumpleaños de su madre, y alguien —la nieta de la de siempre— sacó el móvil para hacer la foto de rigor junto a la barra. Sabela estaba a dos mesas, hablando con la abuela Hortensia de hierbas para el sueño, con su taza y su chal y su cansancio bien llevado.

El flash saltó, blanco y breve en la penumbra del bar.

Y Sabela se encogió entera, con un tirón seco, involuntario, la mano volando al pecho, los ojos cerrados con fuerza —un espasmo de medio segundo, tapado enseguida con una sonrisa y un ‘nada, nada, o café’. Nadie más lo notó, o nadie más lo miró dos veces.

Iago sí. Iago estaba en la mesa del fondo con su vino y su cuaderno, y lo vio, y lo archivó sin querer: fotofobia transitoria, respuesta de sobresalto exagerada, taquicardia probable.

Datos. No los quería, pero ahí estaban, y con ellos la certeza incómoda de que aquella mujer pagaba algo por aquellas curas, en alguna moneda, en algún lugar donde él no podía mirar.