Capítulo 4
Iago
El martes amaneció con niebla cerrada y con el consultorio oliendo a desinfectante desde las siete.
Iago tenía la mañana ordenada como un quirófano de bolsillo: a las ocho, las vacunas de las ovejas de la Braña; a las diez, la revisión del caballo cojo de la aldea de abajo; al mediodía, el papeleo de la ADSG, que en otoño crecía como la mala hierba.
Doce años fuera no le habían quitado la costumbre del pueblo: en Soutomouro el trabajo empezaba cuando el día empezaba, y el día empezaba cuando alguien encendía una chimenea.
Las ovejas, el caballo, el papeleo: todo seguía por hacer. Y fue al salir de la nevera de las vacunas, con las manos aún oliendo a alcohol, cuando sonó el teléfono con el nombre de Xoana Piñeiro en la pantalla.
La llamada de Xoana Piñeiro le llegó un martes a primera hora, cuando estaba desinfectando el parrón del consultorio y haciendo la lista mental del día.
—¿Iago? Te voy a pedir una cosa rara —dijo la maestra, sin más prólogo, que era como Xoana pedía las cosas normales también.
—Dispara.
—Hay un niño en mi clase. Iker, el de los Pintos.
Lleva una semana con terrores nocturnos, la madre no duerme, el niño ayer se durmió de pie en el patio.
Hoy no hay médico en el consultorio hasta el jueves, y la madre no quiere bajar a Monforte porque dice que no es para tanto.
—Una pausa—. Sé que eres veterinario. Sé perfectamente lo que eres.
Pero eres la persona con más estudios sanitarios en un radio de veinte kilómetros, y la mujer necesita que alguien con bata le diga si esto es para correr o para esperar.
Iago se quitó los guantes despacio. Había en aquella petición varias ilegalidades menores, dos o tres problemas deontológicos y una lógica rural impecable.
—No puedo recetarle nada a un niño, Xoana.
—No te pido que le recetes. Te pido que lo mires. —Otra pausa, y luego, con menos oficio y más verdad—: La madre está asustada de verdad, Iago. No del niño. De lo que dice el niño.
—¿Qué dice el niño?
—Ven y lo oyes tú.
Colgaron. Iago terminó de desinfectar el parrón con el cerebro ya en otra parte.
Xoana no era de llamar por nada: treinta años en el pueblo, diez de maestra, y una reputación de tener el mismo termómetro para las tonterías que para las urgencias.
Si Xoana decía ‘ven’, es que ya había descartado todo lo descartable.
Se puso la chaqueta, cogió el maletín y salió a la mañana gris, y de camino a casa de los Pintos hizo lo que hacía siempre últimamente: repasó la lista.
La lista llevaba una semana viva y ya tenía dos páginas.
Once nombres que el pueblo le había ido dando sin querer, en la barra de Lula, en la cola del pan castañas, en la farmacia de los martes: once personas que soñaban con velas, y debajo de cada nombre, las anotaciones que había podido ir sumando sin que nadie notara que tomaba nota.
Catalina, la viuda: insomnio, visita a la botica, mejoría del sueño sin mejoría del sueño —él mismo no había entendido la frase cuando la escribió, y ahí seguía—.
Benigno, el de la carballeira: atrincherado en casa desde hacía diez días.
La Marisa: ida y vuelta a Monforte para ‘pruebas’, es decir, para que la medicina seria le dijera que no tenía nada, y así hasta once.
Once casos clínicos sin clínica. Once personas sanas con el mismo síntoma imposible.
Cualquier epidemiólogo le habría dicho que eso no era una epidemia, era un rumor; pero Iago había visto piel de vaca enferma y piel de vaca sana toda su vida, y sabía distinguir el miedo del contagio.
Lo que corría por Soutomouro no era un rumor. Los rumores no ensuciaban zapatos.
Aprendía rápido, eso sí. Ya no decía ‘es sugestión’ en voz alta. Lo pensaba, lo apuntaba, y debajo escribía: ‘verificar’, y seguía sin saber cómo.
* * *
La casa dos Pintos estaba a dos calles de la escuela, una casa de piedra con el hórreo nuevo y el portal lleno de bicicletas.
La madre, una mujer joven con la cara comida por el insomnio, lo recibió en la puerta con el alivio avergonzado de quien ha llamado al veterinario para un niño y no sabe cómo disculparse.
—Perdone usted —dijo—. Es que Xoana dijo…
—Xoana tiene buen criterio. —Iago dejó el maletín en el suelo, visible, a medio camino entre herramienta y bandera blanca—. Yo no soy médico de personas, señora Pintos. Pero puedo mirar, puedo descartar urgencias, y puedo decirle cuándo hay que bajar a Monforte sin pensarlo. ¿Le parece?
—Me parece —dijo la mujer, y le hizo sitio.
El niño estaba en el sofá, con la manta hasta el mentón y la cara pálida. Nueve años. Iago se sentó a su lado sin prisa, con la naturalidad que le daban los terneros asustados, que no era tan distinta.
—Hola, Iker. Yo soy Iago. Arreglo vacas.
El niño lo miró con el respeto que merecía cualquier hombre que arreglara vacas.
—¿Te duele algo?
—No.
—¿Y por la noche?
El niño miró a su madre, y la madre asintió.
—Sueño cosas —dijo Iker—. Sueño que ando de noche. Yo no quiero andar, pero las piernas andan solas. Y llevo una candela. Y va gente conmigo. Y delante va un señor que… —el niño se calló y se hundió un poco más en la manta— …que ayer me miró.
—¿Te miró?
—De espaldas. Pero sé que me miró. —El niño empezó a llorar sin ruido, con el cansancio de quien lleva una semana llorando—. Y esta mañana tenía los zapatos sucios. Mamá los limpia todas las noches. Y esta mañana estaban sucios. De barro, Iago. Yo no salí de casa, y tenía barro.
El silencio de la cocina era total. La madre miraba a Iago con los ojos desnudos de quien ya no tiene fuerzas ni para sugerir una explicación.
En la mesa, al alcance de la mano, estaban los zapatos del niño, recién limpiados, con la humedad del cepillado todavía oscura en el cuero.
Iago los miró. Eran unas zapatillas de deporte normales, de las ofertas del centro comercial de Monforte, y nunca en su vida un par de zapatillas le había parecido una prueba de cargo.
Iago hizo lo que sabía hacer. Temperatura: treinta y siete y siete, una décima por encima de lo normal, nada.
Pupilas, reflejos, garganta, ganglios: nada.
Le preguntó al niño por el colegio, por el fútbol, por la bicicleta roja del portal: el niño respondía bien, con el vocabulario y la ironía correctos para sus nueve años, hasta que la conversación volvía a la noche y se le apagaba la cara.
La madre, entretanto, hablaba. Hablaba con la incontinencia bendita de la semana de insomnio: que el lunes el niño se había despertado gritando en el rellano, de pie, con la ropa de diario puesta encima del pijama.
Que el martes lo había encontrado en la cocina, sentado en el suelo, con los zapatos en las manos, diciendo que había que limpiarlos antes de que amaneciera.
Que el miércoles había dormido con ellos y no había soñado, o no se acordaba.
Que el jueves por la noche ella misma había oído —y aquí bajó la voz, y miró a Iago como si confesara un crimen— había oído campanas.
No las de la iglesia. Unas campanillas pequeñas, finas, como de metal viejo, que venían de la calle.
Que había mirado por la ventana y no había visto nada.
Que había vuelto a la cama y se había dicho que era la tele del vecino.
—El vecino no tiene tele —añadió, en un murmullo—; murió en marzo.
Iago apuntó todo; era más fácil apuntar que mirar a aquella mujer.
—Físicamente está bien —dijo a la madre, en la cocina, en voz baja—.
No hay nada orgánico que yo pueda ver. Los terrores nocturnos a esta edad son comunes, pasan solos, no dejan secuelas.
Eso puedo decirle y es verdad. Lo que no puedo decirle —y se oyó a sí mismo elegir las palabras con un cuidado nuevo— es por qué le da ahora, ni por qué le da a él y a la mitad del pueblo a la vez.
La mujer bajó la vista. Cuando la levantó, tenía puesta la cara de haber tomado una decisión que llevaba días tomada.
—Voy a llamar a Sabela —dijo—. Si usted no le parece mal.
Iago sintió que algo se movía en su pecho, algo a medio camino entre el orgullo herido y otra cosa que no quiso examinar.
—No me parece mal —dijo, y era verdad, y eso era lo sorprendente—. ¿Quiere que me quede?
La mujer lo miró con gratitud infinita, y él comprendió que le estaba pidiendo exactamente eso desde el principio: un testigo con bata.
* * *
Sabela llegó veinte minutos después, con el chal y la bolsa de tela, y se detuvo un segundo en la puerta al verlo, solo un segundo.
—Iago.
—Sabela.
No dijeron nada más. No hizo falta: había un niño enfermo de nada, una madre agotada y un sofá, y todo lo demás era literatura.
Ella se sentó donde él se había sentado, habló con el niño en voz baja y en gallego, de la bicicleta roja y de un perro que había tenido la abuela, y el niño —Iago lo vio con claridad profesional— bajó los hombros por primera vez en una semana.
Luego Sabela puso la mano en la frente del niño, cerró los ojos, y dijo unas palabras cantadas que no eran una oración ni eran otra cosa, algo con la Virgen y con hierbas, cuatro versos, ni uno más.
El niño se durmió en el sofá a los cinco minutos. Dormido de verdad, con la cara suelta, con la respiración de los que no sueñan.
—Que duerma —dijo Sabela a la madre—. Esta noche no va soñar. Mañana volverá a tener miedo, que es normal y es sano. Si pasado mañana sigue con la misma cosa, volvedme a llamar.
—Y a usted… —la madre buscó la cartera, torpe—. ¿Cánto…?
—Nada —dijo Sabela—. Tráeme manzanas de tu era cuando cojas.
Salieron juntos a la calle, porque el pueblo era así y las puertas se compartían.
Anduvieron media calle en silencio. Ella caminaba despacio, con la bolsa de tela colgando del brazo y la vista en el suelo, y él se sorprendió acompasando el paso al de ella sin proponérselo, como se acompasa el paso a los animales nerviosos para no asustarlos.
—No has preguntado —dijo ella al fin, sin mirarlo—. Qué he hecho.
—No.
—¿Por qué?