Las manos que alumbran (La botica de la meiga 2) Capítulo 3 #3
20%

Capítulo 3 #3

Y se fue, de verdad esta vez, y Sabela se quedó junto a la puerta abierta con la espalda fría, porque aquello no estaba en ningún albarán de su abuela, y porque lo último que necesitaba aquel pueblo era una lista.

Cuando se quedó sola, Sabela subió a la habitación y sacó del fondo del armario la caja de cartón donde guardaba los papeles sueltos de su abuela: no el libro de la botica, que era de trabajo, sino lo otro.

Recortes. Notas. La letra de Mariña en servilletas y márgenes de periódico.

Lo había heredado todo y no lo había leído todo, porque había días en que leer a la abuela era como asomarse a un pozo.

Buscó: candela, sueño, camino. Encontró, en el dorso de un albarán de 1987, una sola frase: «cuando sueñan muchos, es que uno anda.»

Nada más. Ni qué hacer, ni a quién avisar, ni qué había hecho ella.

Sabela sostuvo el albarán a la luz por si se hubiera traspapelado la respuesta, pero la respuesta era lo que no había: su abuela había sabido de esto, había apuntado la regla como se apunta el precio del pan, y había seguido colgando hierbas y curando mastitis como si el mundo no tuviera sótano.

—Avoa —dijo Sabela en voz alta, en la habitación vacía—. ¿Qué hago yo con esto?

La habitación no contestó. Abajo, en la botica, el rótulo viejo de «Botica de Mariña» crujió con el viento, y Sabela tuvo la sensación absurda de que toda la casa se encogía de hombros.

Aquella tarde, antes de que cerrara el día, se calzó las botas y se fue a caminar el camino viejo.

Lo llamaban así todos, y nadie recordaba ya por qué era el viejo si no había ninguno nuevo: el camino del camposanto, el que salía del pueblo por detrás de la iglesia, pasaba por el cruce de las tres estradas y subía, blanco y estrecho, hasta el cercado de San Xurxo.

Lo nuevo era la carretera de abajo, por donde el coche fúnebre hacía el recorrido desde hacía cuarenta años.

El viejo seguía ahí, usado por los que paseaban perros y por los que cortaban leña, un camino jubilado que nadie había tenido la decencia de quitar del mapa.

Sabela lo recorrió despacio, con el sol ya bajo, mirando.

No sabía bien qué buscaba. Pasos, quizá.

Cera. Cualquier cosa que el sueño de medio pueblo hubiera dejado caer.

Encontró lo que se encuentra en los caminos de Galicia en septiembre: hierba aplastada por la lluvia, moras tardías, el hórreo de los Piñeiro con el maíz ya recogido, un zorro que la miró desde el souto con la arrogancia de su especie.

En el cruce de las tres estradas se detuvo más tiempo.

El cruceiro estaba mojado y gris, como siempre; en la grada de abajo había unas monedas viejas y un clavel seco, las ofrendas de siempre de los de siempre.

Nada más, nada que no estuviera allí desde siempre.

Se agachó y tocó la tierra junto a la grada.

Estaba fría, claro. Estaba removida, claro: ahí paraban los tractores, ahí esperaban los autobuses dos veces al día.

Su mano, la que desde junio sabía cosas, no supo nada.

No había ningún mal allí. No había ningún bien.

Había un cruce de caminos con una cruz, y un pueblo al fondo que empezaba a encender las luces, y ella de pie en medio con las yemas de los dedos llenas de tierra, sintiéndose —lo pensó con crudeza— como una médica de guardia que palpa una barriga sana mientras en la habitación de al lado alguien se muere.

Volvió a casa cuando ya era noche. En la mesa la esperaban el cuaderno y el albarán de 1987, uno al lado del otro, dos letras de dos mujeres de la misma sangre que no se hablaban ni siquiera en el papel.

Esa noche apuntó en el cuaderno la lista que le había dado Catalina y la que le había dado Lula y la suya propia: cinco, seis, quizá ocho vecinos soñando con la vela.

Uno que camina, decía el albarán. Sabela miró la raya donde debía ir la cuenta y no escribió nada, porque todavía no sabía qué estaba pagando, ni quién.

Se acostó con la luz de la escalera encendida, como los demás.

Como todo el pueblo. Al apagar la de la habitación se sorprendió contando, una por una, las ventanas de la calle que seguían iluminadas a aquella hora.

Siete. En Soutomouro, en septiembre, aquello era una constelación entera de insomnio.

Y soñó, por supuesto. Pero esa noche, por primera vez, no soñó con las manos: soñó que se levantaba de la cama y miraba por la ventana, y que en el camino viejo, muy lejos, pasaba una fila de luces pequeñas y obedientes, y que la primera de todas se detenía un momento, segura de que alguien miraba, como si la estuviera esperando a ella.

Se despertó con el corazón hecho un pájaro, igual que Catalina, y se dijo lo que le había dicho a Catalina —los sueños no mandan— y comprobó que a las cuatro de la mañana, con la ventana empañada y el pueblo callado, era una frase mucho menos convincente.

Se quedó sentada en la cama hasta que el cielo empezó a aclarar, y solo entonces se dio cuenta de que tenía la mano derecha cerrada, como si sostuviera algo.

No sostenía nada. Todavía.