Capítulo 3 #2
Primero vino el vacío de siempre: las cuarenta y ocho horas de trapo viejo que seguían a cualquier T2, como si le hubieran sacado el esqueleto y le hubieran dejado la piel colgando de una silla.
Cenó porque Nadia había dejado amenazas escritas en el calendario (‘come o llamo a Xoana’) y porque el cuerpo, aunque fuera de trapo, seguía siendo el único que tenía.
Durmió doce horas de un sueño sin fondo.
Y se levantó con la cabeza clara y el ánimo raso, sabiendo que en algún lugar de su memoria había un agujero nuevo, y que solo era cuestión de tiempo dar con él.
El T2 no era como los otros. El T1 te apagaba el cuerpo un día y te dejaba en paz.
El T2 era más fino y más cruel: no te quitaba fuerzas, te quitaba sitio.
La primera vez, en junio, había tardado dos días en notar el agujero.
Ahora ya conocía el tacto de la pérdida: como la lengua que busca el diente que ya no está; esta vez lo notó a la mañana siguiente.
Estaba colgando manzanilla en la eira de detrás, en el tendedero de hierbas, con el sol de septiembre calentándole la espalda, cuando quiso acordarse —como se acordaba siempre, por costumbre, porque era su recuerdo de cabecera del último verano— de la tarde de finales de agosto en que Nadia y ella se habían reído tanto en esa misma eira, delante de los manojos de hiervas, la cuenta de… la cuenta de…
A cuenta de nada.
Se quedó con las manos en el manojo y el sol en la espalda, y buscó.
Sabía que había habido una tarde así. Sabía el día aproximado, sabía el sol, sabía la risa —se acordaba de haberse reído, como si se acordara de un edificio derribado: por el solar—.
Pero el motivo, la broma, la cara de Nadia doblada de risa contra el tendedero: no estaba.
No estaba en ninguna parte: había un recuerdo del recuerdo, y debajo, tierra rasa.
Nadia entró en la eira con más manzanilla y la encontró quieta.
—¿Qué pasa?
—Nada.
—Sabela.
—Nada —dijo Sabela, y sonrió, porque Nadia no tenía la culpa de nada, porque Nadia era justamente la persona a la que no podía decirle que le había perdido una tarde—; estaba pensando en Catalina.
—Ah. —Nadia dejó la manzanilla y se quedó mirándola un segundo más de lo normal, con esa vista dos dieciséis años que lo ven todo y no entienden nada—. Es que a veces te pones como si te hubieran dejado una casa vacía.
No contestó. Colgó el manojo, y otro, y otro.
Las manos le trabajaban solas, que era la única ventaja de aquel oficio: el cuerpo siempre sabía qué hacer aunque el ánimo estuviera de baja.
Hacia el mediodía, con la eira ya llena de hileras verdes, se permitió sentarse en el escalón de la puerta de atrás y mirar el agujero de frente, como se mira una herida cuando ya no sangra.
No era un agujero cualquiera. Eso era lo que nadie le iba a creer nunca si algún día lo contaba: que la peaxe no se llevaba cualquier recuerdo, se llevaba el mejor.
El más cálido. El que uno habría elegido para la vejez, para la noche mala, para el bolsillo de atrás.
La cuenta sabía leer el corazón mejor que ella misma y cobraba siempre en la moneda más cara.
Mariña nunca se lo había explicado así, con palabras.
Mariña solo le había dicho una vez, hacía años, cuando Sabela aún no sabía de qué hablaban: ‘Toda cura ten a súa peaxe, rapaza. Y la peaxe nunca se paga con lo que nos sobra.’ En aquel momento Sabela había pensado en dinero.
Ahora, sentada en el escalón con la memoria raída, entendía que la abuela nunca hablaba de dinero.
Se secó las manos en el delantal y subió, y abrió el cuaderno das peaxes y escribió, con la letra más derecha que pudo:
«Catalina, pena y desvelo, T2. Perdí la tarde de risa con Nadia en la era, finales de agosto. La más cálida del mes. No la elegí yo. Nunca la elijo yo.»
Y debajo, más despacio:
«El sueño volvió. No lo curó nada de lo que sé hacer.»
* * *
El domingo fue a misa. No por devoción —aunque algo había también de eso, una costumbre del cuerpo que le venía de la abuela y de antes de la abuela— sino porque la iglesia de un pueblo, un domingo, era el mejor termómetro que existía.
El termómetro marcaba fiebre. Había más gente de la normal para un domingo de septiembre sin fiesta: gente que no pisaba la iglesia desde la Pascua y que ahora se sentaba en los bancos de atrás con la incomodidad de los recién convertidos por precaución.
Sabela contó las cabezas conocidas. Catalina, en su sitio de siempre, con la cara descansada y los ojos inquietos.
La Marisa de la carballeira, que no era de misa.
El tío Benigno, que no era de nada. Y don Anxo en el altar, diciendo la misa de todos los domingos, sin una sola palabra de más, porque don Anxo llevaba treinta años sabiendo que el miedo no se combate desde el púlpito sino desde la mesa de la cocina.
En la homilía habló del tiempo, de la cosecha y de la paciencia, y nadie podría decir después que hubiera dicho nada, y todos salieron, sin embargo, un poco más quietos de lo que habían entrado.
Eso también era un oficio, pensó Sabela.
Y también tenía su peaxe, aunque de otra moneda.
A la salida, Xoana se le pegó al brazo con la naturalidad de treinta años de amistad.
—Ven a tomar un café —dijo, que venía a ser un cuéntamelo todo.
Se lo contó casi todo. Lo de Catalina, lo del sueño, lo de la lista.
No lo de la peaxe —eso no se lo contaba a nadie, ni siquiera a Xoana, que era su persona más querida y su mayor argumento contra la soledad—.
Xoana escuchó con la cara de la maestra que oye una redacción rara: atenta, sin interrumpir, guardando las preguntas para el final.
—En la escuela no se habla de otra cosa —dijo al fin—. Los mayores repiten lo que oyen en casa. Los pequeños… los pequeños dibujan.
—¿Dibujan?
—Cosas de siempre. Casas, perros, tractores.
—Xoana movió el café sin beberlo—. No sé.
A lo mejor no es nada. A lo mejor es que tengo la cabeza llena del tema, como todos.
—Levantó la vista, y por un momento no era la maestra sino la amiga—.
Tú estás bien, ¿no? Porque tienes cara de no estar durmiendo tú tampoco.
—Duermo —mintió Sabela, y las dos se sonrieron, porque en Soutomouro la mentira de cortesía era un idioma que se aprendía antes que el galego.
* * *
Porque había vuelto. Catalina volvió el martes, tres días después, con el pañuelo en la muñeca y la cara lavada por el descanso, pero con los ojos de antes.
—Duermo —le dijo a Sabela, sentada otra vez en la silla de en medio—. Duermo bien, gracias a Dios y a ti. Pero el sueño sigue ahí; y ahora es peor, rapaza.
—¿Peor cómo?
Catalina tardó en contestar. En la trastienda, el reloj de Mariña dio la media con su campanilla doméstica, la misma que había marcado todas las consultas de la casa desde antes de que Sabela naciera.
—Antes era solo andar. —Catalina se apretó el pañuelo—.
Andar y no pensar, como en las misas largas.
Pero ahora el sueño tiene… tiene más mundo dentro.
Veo el cruceiro. Veo la curva de la carballeira.
Veo la puerta del camposanto, Sabela, con sus letras encima, y todo eso está dónde tiene que estar, como si el sueño conociera el camino mejor que yo.
Y veo que el de delante, el de la candela, se detiene de vez en cuando.
Y mira para atrás. No veo la cara, pero sé que mira.
Y ayer por la noche… —se le quebró la voz por primera vez— ayer por la noche me di cuenta de que le conozco la espalda.
Es alguien de este pueblo, Sabela. Alguien que yo veo todos los días.
Y no sé quién es, y tengo miedo de saberlo.
Sabela no dijo nada. Había aprendido de su abuela que los silencios también curaban, o al menos no estorbaban.
—Y tiene que haber más —siguió Catalina, con la voz ya más baja—.
Porque ayer vi a la Marisa, la de la carballeira, y también ella anda con la cara deshecha, y no se atreve a decirlo.
Y el Benigno llevaba días sin salir del bar.
Estamos… no sé cuántos estamos. Todos con el mismo sueño. Todos detrás de la misma candela.
—Catalina —dijo Sabela despacio—. Escúchame. Esto no es cosa vuestra. No hicisteis nada. El sueño no os quiere mal a vosotros.
—¿A quién le quiere mal, entonces?
La pregunta quedó colgada en la luz de la ventana. Sabela no tenía respuesta, o tenía una que no quería mirar: que los sueños no sueñan solos; que si mucha gente sueñaba con la misma vela, era porque la vela estaba encendida en alguna parte, y alguien la llevaba.
—Descansa —dijo al fin—. Y si el sueño vuelve, no le tengas miedo. Mirade —se corrigió, porque el plural le había salido solo—: mira para otro lado. Los sueños no mandan.
—Los sueños no mandan —repitió Catalina, y se fue diciéndolo para sí, como si se llevara una receta.
En la puerta, sin embargo, la vieja se volvió. Tenía la mano en el marco y una expresión que Sabela no supo leer del todo, algo entre vergüenza y alivio.
—Una cosa más —dijo—. Esto que te conté… no te conté todo. No sueño, cuando el de delante mira para atrás, yo… yo siento que tengo que decir mi nombre. Como en una lista. —Tragó saliva—. No lo dije. Ni en sueños; pero cada noche cuesta más callar.