CAPÍTULO 28. ESTA VEZ NOS QUEDAMOS
—No me digáis que mi primera intervención como responsable va a consistir en sacar un papel atascado.
—Sería una forma de demostrar liderazgo —respondió uno de ellos.
Clara dejó el bolso en su mesa.
—Prefiero empezar por algo que figure en mis competencias.
La impresora acabó funcionando sin su ayuda. A las nueve, los cuatro entraron en la sala de reuniones con las fichas de proyectos que habían preparado durante la semana anterior.
Clara abrió el cronograma en la pantalla.
—Hoy no vamos a rehacer toda la planificación. Quiero que salgamos de aquí sabiendo qué entregas son prioritarias, quién responde de cada una y qué decisiones no podemos tomar sin autorización.
Revisaron dos actuaciones en edificios protegidos y una rehabilitación que necesitaba coordinar una inspección estructural con el calendario de obra.
Una visita podía adelantarse aprovechando que el técnico responsable ya estaría en la zona.
Clara redistribuyó la preparación documental para que no coincidiera con otra entrega comprometida.
—¿Eso podemos cambiarlo ya? —preguntó una compañera.
—Sí, mientras mantengamos los hitos acordados y no aumentemos el presupuesto. Os enviaré la planificación actualizada para confirmarla.
La incidencia económica era distinta. Un proveedor había propuesto sustituir un material por otro con un coste superior. El equipo contaba con un informe de idoneidad técnica, pero no con autorización para ampliar el gasto.
—Registramos el impacto y lo elevamos a dirección —indicó Clara—. Hasta que respondan, no encargamos nada.
Nadie discutió el procedimiento.
Al terminar, Clara tenía tres responsables identificados, dos fechas reajustadas y una decisión pendiente de Laura. También tenía la primera sensación concreta de estar ocupando el puesto que había negociado durante semanas.
Laura la encontró junto a la máquina de café.
—¿Primer día superado?
—Todavía queda la tarde.
—Esa es la respuesta de alguien que sabe en qué se ha metido.
Clara sonrió.
No había dejado de sentir nervios. Pero conocía el trabajo y ahora sabía hasta dónde podía actuar.
* * *
El martes, mientras esperaba el ascensor de la oficina, encontró un mensaje de Daniel.
¿Qué tal el estreno? ¿Sobrevivieron todos a tus tablas?
La impresora ha sido el mayor problema. Lo demás, razonablemente bien.
Entonces mereces un café sin incidencias.
Lo intentaré.
Clara guardó el teléfono cuando se abrieron las puertas.
Durante el día apenas volvió a mirarlo. Tuvo que revisar una propuesta técnica y coordinar una respuesta a una consulta de obra. A última hora comprobó que Daniel había enviado una fotografía de una pieza del taller terminada.
Le llamó de camino a casa.
—He visto tu trabajo —dijo—. Está muy bien.
—Eso espero. Mañana vienen a recogerlo.
Hablaron unos minutos. Daniel estaba preparando la cena y debía ocuparse de un asunto del colegio de Lucía. Clara todavía tenía que pasar por el supermercado.
—¿Te llamo mañana con más calma? —preguntó ella.
—Claro.
Ninguno pidió disculpas por tener cosas que hacer.
El miércoles hablaron más tiempo. Daniel le contó que la entrega del taller había salido bien, y Clara le explicó que había conseguido resolver una coincidencia de visitas sin alterar los compromisos con los clientes.
—Vas a acabar consiguiendo que me interese la programación de obras —dijo él.
—No exageres. Todavía no te he enseñado el sistema de indicadores.
—Prefiero avanzar despacio.
Clara se rio en mitad de la cocina.
* * *
El jueves apareció la primera dificultad.
Una reunión de coordinación se alargó porque faltaba concretar la secuencia de una inspección. Clara había quedado con Daniel en hablar al terminar la jornada y, cuando vio que no llegaría a tiempo, le escribió antes de entrar de nuevo en la sala.
Se ha complicado una reunión. No sé a qué hora saldré. ¿Podemos hablar mañana?
La respuesta llegó durante el descanso.
Claro. Yo también tengo la tarde ocupada con Lucía. Espero que lo resolváis.
Clara se quedó mirando el mensaje un instante.
Años atrás habría interpretado quizá una contestación tan breve como una señal de distancia. Ahora sabía qué estaba pasando: ambos tenían un jueves lleno.
Al salir de la reunión, envió un audio corto.
—Ya está resuelto. Perdona el cambio. Me gustaría escucharte mañana si te va bien.
Daniel respondió después de cenar.
—Mañana hablamos. Y no tienes que disculparte por avisar de que trabajas.
Clara sonrió al oírlo.
El viernes, durante la llamada, fue Daniel quien propuso visitarla en Barcelona aquel fin de semana.
—Tengo el sábado y el domingo organizados —explicó—. Lucía estará con Inés y el lunes puedo abrir el taller a mi hora habitual. Si a ti te apetece, puedo coger un tren mañana por la mañana y regresar el domingo por la tarde.
Clara miró su calendario.
—Me apetece. El sábado no tengo trabajo pendiente que no pueda esperar al lunes.
—¿Seguro?
—Seguro. Pero quiero enseñarte mi Barcelona. Nada de pasar dos días preguntando dónde vamos a comer.
—Eso suena preocupante.
—Vas a caminar.
—Llevaré zapatos apropiados.
Compraron los billetes después de comprobar los horarios. Clara le envió la dirección de su piso y acordaron encontrarse en la estación.
No había sorpresa ni gesto espectacular. Los dos sabían dónde iban a estar.
* * *
El sábado 21, Clara esperaba a Daniel junto a la salida de la estación cuando lo vio aparecer con una mochila pequeña.
Él la reconoció enseguida.
—He traído zapatos cómodos —anunció, antes de besarla.
—Bien. Has superado la primera prueba.
—¿Cuántas hay?
—No te lo puedo decir todavía.
Fueron al piso para dejar la mochila y salieron a pasear por el barrio. Clara le enseñó la cafetería donde se refugiaba cuando necesitaba preparar una presentación sin interrupciones, el pequeño mercado en el que compraba los sábados y una tienda de materiales de dibujo que llevaba años visitando.
Daniel se detuvo ante el escaparate de esta última.
—¿Cuánto tiempo puedes pasar aquí dentro?
—Depende de si me acompañas o esperas fuera.
—Era una pregunta con trampa.
Entraron.
Clara le explicó la diferencia entre dos tipos de papel mientras él examinaba unos cuadernos encuadernados a mano. Daniel señaló uno de tapas azules.
—Esto sí que lo entiendo. La unión está muy bien hecha.
Clara lo miró, divertida.
—Hemos encontrado un idioma común.
Compraron un cuaderno para ella y salieron a buscar dónde comer.
A mediodía, sentados en un restaurante de barrio, Daniel le preguntó por la primera semana de trabajo. Clara se sorprendió hablando con entusiasmo de su equipo, de la organización de las visitas y de las dificultades que todavía tendría que resolver.
Daniel no fingió entender todos los detalles.
—Por lo que cuentas, te gusta mucho —dijo.
—Sí. También estoy cansada.
—Las dos cosas suelen ir juntas cuando empiezas algo importante.
Clara lo observó un momento.
Le gustaba que estuviera allí, conociendo una vida que no había empezado con su regreso a Puerto Alba.
* * *
Por la tarde caminaron hasta una plaza donde Clara solía sentarse a leer cuando tenía un rato libre. Encontraron un banco al sol y se quedaron observando a los niños que corrían detrás de una pelota.
—Nunca había visto esta parte de tu ciudad —dijo Daniel.
—Hay muchas que tampoco conozco yo.
—Podríamos ir descubriéndolas.
Clara sonrió.
La frase era sencilla. Aun así, comprendió que estaba empezando a pensar en planes compartidos sin preguntarse inmediatamente qué tendría que renunciar para realizarlos.
—Quería decirte algo —empezó.
Daniel se volvió hacia ella.
—Dime.
Clara buscó las palabras.
—El otro día, cuando se alargó la reunión, te avisé porque no quería dejarte esperando. Me gustó que no lo interpretaras como algo contra ti.
—No lo era.
—Ya. Pero antes nos costaba bastante distinguir esas cosas.
Daniel bajó la mirada hacia sus manos.
—En 2009 pensé que sabía lo que iba a ser mejor para ti. Tomé una decisión y esperé que, con el tiempo, la entendieras.
—Y yo pasé años intentando averiguar qué parte de aquella decisión no había sabido ver.
—No quiero volver a hacerlo así.
Clara asintió.
—Yo tampoco quiero callarme lo que necesito por miedo a que parezca demasiado.
Daniel esperó.
—Necesito mi trabajo, mi casa y mi vida aquí —continuó—. También quiero seguir volviendo a Puerto Alba. Pero no puedo prometerte cuándo será posible cambiar la organización de todo eso.
—No te lo estoy pidiendo.
—Lo sé. Y tampoco quiero que tú dejes de estar con Lucía, ni que conviertas el taller en algo que tengas que encajar alrededor de mí.
Daniel se acomodó en el banco.
—Yo quiero que estés en mi vida. No que tengas que hacerte hueco a costa de la tuya.
Clara sintió que podía contestarle sin buscar una frase prudente.
—Entonces creo que deberíamos dejar de hablar como si estuviéramos probando una posibilidad.
Daniel la miró, atento.
—¿Qué quieres decir?
—Que quiero estar contigo, Daniel. Como pareja. No solo vernos cuando se presenta una ocasión y luego preguntarnos qué significa.
Él sonrió despacio.
—Yo también quiero estar contigo.
Clara sintió una mezcla inesperada de alivio y alegría.
—¿Aunque no tengamos solucionado el calendario?
—Aunque el calendario siga siendo un desastre.
—No es un desastre. Está bastante bien diseñado.
Daniel soltó una carcajada.
—Entonces tendremos que aprender a utilizarlo los dos.
La besó allí mismo, en el banco, mientras a pocos metros alguien llamaba a un niño que se había alejado demasiado.
Cuando se separaron, Clara apoyó la cabeza un instante en su hombro.
No esperaba garantías de que nunca volverían a equivocarse.
Quería empezar desde donde estaban.
* * *
Regresaron al piso de Clara al anochecer.
Daniel se ofreció a preparar algo de cena si ella le indicaba dónde estaban las cosas. Descubrió enseguida que la cocina estaba organizada según una lógica que no comprendía.
—¿Por qué los vasos están tan lejos de los platos?
—Porque los utilizo cerca de la nevera.
—Eso no explica nada.
—Explica perfectamente dónde están.
Daniel abrió el armario equivocado por tercera vez.
—Voy a necesitar un plano.
—Soy arquitecta. Puedo preparártelo.
Terminaron cenando una tortilla, pan y tomates aliñados. Después recogieron juntos, discutiendo sin convicción sobre el lugar correcto de un recipiente.
Clara colocó dos tazas sobre la mesa para el desayuno del día siguiente.
Esta vez no retiró ninguna.
Daniel lo vio y sonrió, aunque no comentó nada.
Aquella noche hablaron de películas que nunca habían terminado de ver y de lugares de Barcelona que él quería conocer en otra visita. Cuando Clara bostezó, Daniel le preguntó si prefería que se fueran a dormir.
—Sí —respondió ella—. Mañana quiero llevarte a desayunar a un sitio.
—¿Otra prueba?
—La última de este fin de semana.
—Menos mal.
Clara lo besó en la puerta del dormitorio.
* * *
El domingo 22 desayunaron fuera y dieron un paseo corto antes de recoger la mochila de Daniel.
Su tren salía por la tarde. Tenían tiempo suficiente para llegar a la estación sin correr.
De camino, Daniel le preguntó cómo serían sus días de trabajo la semana siguiente. Clara le contó los que ya tenía confirmados y añadió que todavía esperaba respuesta sobre una visita técnica.
—Cuando lo sepa, miramos si podemos vernos en diciembre —dijo.
—Me parece bien. Y si no cuadra, buscamos otra fecha.
Clara asintió.
En la estación comprobaron la vía y esperaron cerca de las puertas de acceso.
No era la primera vez que se despedían en una estación. Clara recordó, sin buscarlo, la sensación de septiembre de 2009: un viaje que parecía cerrar una conversación que ninguno había conseguido mantener.
Ahora Daniel tenía un billete de regreso y ella una reunión a primera hora del lunes.
Nada de eso los separaba por decisión ajena.
—Escríbeme cuando llegues —dijo Clara.
—Lo haré.
—Y si se te hace tarde, mañana.
Daniel sonrió.
—Te escribiré hoy.
Se abrazaron.
—Me ha gustado estar aquí contigo —dijo él.
—A mí también. La próxima vez elegimos algo que te apetezca enseñarme a ti.
—Tengo unas cuantas ideas.
Clara lo besó antes de soltarle la mano.
Daniel avanzó hacia el acceso. A medio camino se volvió para mirarla, levantó la mano y continuó.
Clara salió de la estación y empezó a caminar hacia casa.
Al llegar a un paso de peatones, el móvil vibró.
Me he dejado sin probar el café que dices que es el mejor de Barcelona.
Clara respondió mientras esperaba a que cambiara el semáforo.
Entonces tendrás que volver.
Eso pienso hacer.
Guardó el teléfono cuando la luz se puso verde y cruzó la calle.