Las cartas que no enviamos (Volver a Puerto Alba nº 1) CAPÍTULO 27. LA DISTANCIA QUE PODEMOS ELEGIR
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CAPÍTULO 27. LA DISTANCIA QUE PODEMOS ELEGIR

Había llegado a la oficina con tiempo, pero su primera media hora desapareció respondiendo preguntas sobre asuntos que dejarían de depender directamente de ella.

—A partir del dieciséis, esto debería consultárselo a otra persona —comentó un compañero.

—Precisamente por eso tenemos que dejar claro quién será esa persona.

Le enseñó la matriz de responsabilidades que estaba preparando.

Él la examinó.

—¿Y tú has hecho todo esto voluntariamente?

—Me han ascendido. Nadie ha dicho que haya perdido la costumbre de hacer tablas.

El compañero soltó una carcajada.

Al terminar la mañana, Clara tenía confirmadas las primeras visitas, un borrador del cronograma y tres reuniones de coordinación reservadas para la semana siguiente.

El trabajo le gustaba. Lo que todavía no sabía era cuánto espacio dejaría para todo lo demás.

* * *

El domingo, después de comer con Nuria, recibió un mensaje de Daniel.

¿Qué tal la preparación del gran estreno?

Si el estreno incluye documentos de seguimiento y reuniones de dos horas, fantástico.

Podría llevarte un ramo de lápices bien afilados.

No me tientes.

Daniel la llamó poco después.

Hablaron de los encargos del taller, del curso de natación de Nuria y de lo difícil que le estaba resultando a Clara recordar cuáles de sus tareas debía terminar y cuáles correspondía traspasar.

—¿Crees que podrás venir el próximo fin de semana? —preguntó él.

Clara consultó el calendario.

—Me gustaría. El sábado catorce parece posible.

—Tengo a Lucía parte del fin de semana. Había pensado aprovechar el domingo por la mañana para estar con ella.

—Entonces podemos vernos el sábado por la tarde.

—Si llegas con tiempo.

—No quiero salir de Barcelona de madrugada ni pasarme todo el día conduciendo. Buscaré una opción razonable.

Daniel estuvo de acuerdo.

Después comprobaron que ambos tenían compromisos entre semana. A Clara le esperaba la preparación final del nuevo puesto; Daniel debía terminar una reparación antes del viernes y organizar con Inés los horarios de Lucía.

No discutieron por ello.

Aun así, al despedirse, Clara se sorprendió deseando que las dos ciudades estuvieran algo más cerca.

* * *

El martes 10, Clara se reunió con los tres profesionales que pasarían a depender de su coordinación funcional.

No era su primera conversación con ellos. Habían coincidido en distintos proyectos, aunque nunca habían trabajado juntos bajo una misma planificación.

Clara les presentó el esquema acordado con Laura.

—No quiero duplicar vuestro trabajo con informes —explicó—. Necesitamos saber qué está previsto, qué se ha ejecutado y qué decisiones están bloqueadas.

Uno de los técnicos preguntó cómo debían comunicar una incidencia que afectara al presupuesto.

—La registramos con su impacto y la elevamos a dirección. Yo puedo reorganizar tareas dentro de lo aprobado, pero no autorizar un gasto nuevo por mi cuenta.

Después revisaron las visitas de la segunda quincena.

Una de ellas podía agruparse con otra prevista en la misma zona. Clara pidió que confirmaran primero la viabilidad técnica; después ajustarían el calendario.

Al terminar, tenía una lista de asuntos pendientes, pero también la sensación de que el equipo empezaba a funcionar.

Laura la llamó por la tarde.

—¿Qué tal la reunión?

—Bien. Hemos detectado dos solapamientos y una autorización que tendremos que elevar antes de la incorporación.

—Perfecto. Documenta los puntos pendientes para el lunes.

Clara abrió el archivo de seguimiento.

No podía hacer que desaparecieran las dificultades de coordinación. Sí podía evitar que cada una se convirtiera en una improvisación.

* * *

El jueves 12, cuando terminó su jornada, Clara compró un billete para viajar a Puerto Alba el sábado por la mañana.

Había comprobado horarios y descartado una combinación que la obligaba a salir demasiado temprano. Llegaría después de comer, con tiempo suficiente para pasar por casa de Teresa antes de encontrarse con Daniel.

Le escribió para confirmarlo.

Llego el sábado a primera hora de la tarde. ¿Seguimos con lo de celebrar el ascenso?

Claro. Yo puedo reservar mesa para cenar. ¿Te apetece?

Sí. Pero el sitio lo elegimos entre los dos.

Entonces te mando dos opciones. Si una tiene manteles de papel, no me juzgues.

Clara recibió los nombres de dos restaurantes pequeños que conocían. Eligió el que servía pescado cerca del puerto.

El segundo. Y quiero postre.

Anotado. Tendré que comprobar si mi presupuesto soporta tanta exigencia.

Soy una mujer recién ascendida. Invito yo.

Podemos discutirlo delante de la cuenta.

Aquella noche, Clara dejó preparada una mochila.

La mayor parte de sus cosas seguía en Barcelona. En Puerto Alba conservaba ropa y objetos personales suficientes para pasar un fin de semana sin reorganizar toda su vida.

Antes de acostarse llamó a Nuria para confirmar la exposición que visitarían más adelante.

No quería que todo su tiempo libre terminara convirtiéndose en un calendario de desplazamientos.

* * *

El sábado 14, Clara llegó a Puerto Alba algo cansada del viaje, pero contenta de reconocer las calles al salir de la estación.

Fue primero a casa de Teresa. Abrió las ventanas, comprobó el correo doméstico y puso una lavadora con la ropa que había dejado allí.

Después pasó por La Orilla.

Eva levantó la vista de una caja de novedades.

—Mira quién vuelve.

—Solo dos días.

—Entonces no pienso encargarte reorganizar ninguna estantería.

Clara la ayudó a colocar tres libros que habían quedado sobre el mostrador.

—¿Cómo va el puesto nuevo?

—Empiezo el lunes. Llevo una semana preparándolo.

—¿Nerviosa?

—Un poco. Y con ganas.

Eva sonrió.

—Buena combinación.

Hablaron unos minutos del escaparate que Eva quería preparar para finales de noviembre. Clara prometió enviarle una fotografía de una librería barcelonesa cuya exposición de libros ilustrados le había gustado.

Al despedirse, Eva le recordó que podía pasar por allí sin necesidad de comprar nada.

—No hagas promesas que perjudican tu negocio —respondió Clara.

* * *

A las ocho, Daniel la esperaba cerca del restaurante.

Llevaba una camisa azul que Clara no recordaba haberle visto desde hacía años.

—Te has arreglado —observó ella.

—Era una celebración. No quería venir con serrín en los bolsillos.

—Una consideración muy romántica.

Daniel se inclinó y la besó.

El beso duró lo suficiente para que Clara olvidara durante unos segundos el viaje y los correos pendientes.

—Enhorabuena otra vez —dijo él.

—Como sigas felicitándome, voy a empezar a cobrar por discurso.

Entraron riéndose.

La cena transcurrió con facilidad. Hablaron del nuevo cargo, pero también de un cliente que había pedido a Daniel una reparación imposible de realizar sin desmontar medio interior de una embarcación y de la exposición que Clara quería visitar con Nuria.

—¿Y al final qué hiciste? —preguntó ella.

—Le expliqué lo que había que desmontar.

—¿Y aceptó?

—Me dijo que prefería pensárselo.

—Eso significa que ha descubierto que las reparaciones cuestan dinero.

—Una revelación que se repite mucho en mi oficio.

Clara se rio.

Pidieron postre para compartir y discutieron amistosamente sobre quién se había comido la última cucharada de crema.

Cuando llegó la cuenta, Daniel señaló el importe con expresión solemne.

—Creo que deberíamos elevar esto a dirección.

—Dirección lo ha aprobado dentro del presupuesto.

—Entonces no puedo discutir.

—Puedes, pero dejaré constancia del retraso.

Daniel soltó una carcajada.

Clara se alegró de haber ido.

Durante las últimas semanas habían tenido conversaciones necesarias, algunas dolorosas. Aquella noche también podían limitarse a disfrutar de estar juntos.

* * *

Salieron del restaurante y caminaron hacia el paseo del puerto.

La noche estaba fresca. Daniel le ofreció su brazo y Clara lo aceptó.

—Me ha gustado mucho verte —dijo él.

—A mí también.

—Aunque tengo una queja.

—A ver.

—Dos semanas negociando una cena y apenas hemos hablado de cuándo será la siguiente.

Clara sonrió, pero la pregunta permaneció entre los dos.

—Eso va a ser más complicado a partir del lunes.

—Lo sé.

Se detuvieron junto a la barandilla.

Clara explicó cómo serían las primeras ocho semanas del nuevo puesto: al menos cuatro días presenciales en Barcelona, reuniones de coordinación y visitas que todavía podían cambiar de fecha.

—En enero evaluaremos cómo ha funcionado —añadió—. Pero no me han prometido que vaya a poder venir menos días a la oficina.

—Y yo tampoco puedo dejar el taller para escaparme entre semana cada vez que nos apetezca.

—Ni quiero que lo hagas.

Daniel miró las luces del puerto.

—Hay fines de semana que tengo a Lucía. No voy a cambiar sus planes cada vez que podamos vernos.

—Ni deberías.

Clara se apoyó en la barandilla.

—Me gustaría pasar más tiempo contigo. Pero tampoco quiero llegar al viernes agotada y sentir que tengo que hacer un viaje para demostrarte algo.

Daniel asintió.

—No quiero eso. Yo también voy a tener semanas en las que no pueda moverme de aquí.

Habían hablado antes de sus responsabilidades, pero aquella era la primera vez que intentaban imaginar cómo convivirían con ellas después de que Clara hubiera aceptado el puesto.

—Quizá podríamos buscar un fin de semana cuando los dos podamos —propuso ella—. Sin dar por hecho que será siempre el mismo.

—Me parece bien.

—Y si un mes no nos sale, habrá que aceptarlo.

Daniel se volvió hacia ella.

—Me fastidiará, seguramente.

—A mí también.

—Pero prefiero que me digas que no puedes venir a que acabes haciéndolo por compromiso.

Clara lo miró.

—Yo prefiero que me digas cuándo te gustaría verme, aunque no siempre podamos organizarlo.

Él sonrió.

—Eso puedo hacerlo.

* * *

Siguieron paseando.

Daniel le contó que al día siguiente había quedado con Lucía y que Inés pasaría a recogerla a última hora de la tarde. No dio por hecho que Clara debiera participar en aquellos planes.

—Me alegro de que tengáis organizado el domingo —dijo ella.

—Sí. Nos funciona bastante bien cuando dejamos las cosas claras con tiempo.

Clara sonrió.

—Parece que voy a tener que aprender algo de tu agenda.

—Y yo de tus hojas de cálculo. Aunque espero no llegar a tanto.

Caminaron en silencio unos metros.

—No tengo una respuesta sobre cómo estaremos dentro de seis meses —dijo Clara.

—Yo tampoco.

—Pero quiero averiguarlo contigo.

Daniel le apretó suavemente la mano.

—Yo también.

No establecieron un calendario. Hablaron de llamarse cuando tuvieran tiempo, de buscar encuentros que no agotaran a ninguno y de comprobar, después de las primeras semanas, qué les resultaba posible.

Eran acuerdos pequeños.

Clara descubrió que le tranquilizaban más que cualquier promesa de estar siempre disponibles.

* * *

Cuando llegaron a la calle de casa de Teresa, Daniel se detuvo.

—¿Te acompaño hasta la puerta?

—Ya estamos prácticamente en ella.

—Entonces es una oferta muy fácil de cumplir.

Clara se rio.

La besó antes de que él pudiera añadir otra ocurrencia.

Fue un beso lento, sin la cautela que habían tenido algunas semanas atrás. Cuando se separaron, Clara apoyó la frente un instante contra la suya.

—Me gustaría volver a verte pronto —dijo.

—A mí también.

—Te escribiré cuando sepa cómo queda la primera semana.

—Perfecto.

Daniel no le pidió una fecha.

Clara entró en casa con una sonrisa que todavía le duró mientras dejaba las llaves sobre la mesa.

* * *

El domingo 15, Clara desayunó en la cocina de Teresa.

Había puesto una lavadora, recogido la ropa seca y comprobado que no dejaba ningún alimento perecedero en la nevera. La casa permanecería cerrada durante varios días, quizá más, dependiendo del trabajo.

Guardó una muda en la mochila y dejó el resto en su sitio.

Daniel le envió un mensaje por la mañana.

Espero que la nueva responsable de coordinación no haya olvidado desayunar.

Clara fotografió la taza de café y las tostadas.

Prueba documental adjunta.

Admitida.

Sonrió y guardó el móvil.

Antes de salir, revisó el calendario del lunes 16. Tenía una reunión de presentación con su equipo, otra con Laura y una visita técnica que debía coordinar para los días siguientes.

El viaje de vuelta la dejaría con tiempo para descansar en su piso de Barcelona.

Cerró las ventanas, recogió la mochila y comprobó la puerta de casa.

En el tren abrió el documento de seguimiento del nuevo equipo. Añadió dos preguntas para la reunión del lunes y después lo cerró.

Daniel estaría pasando el día con Lucía. Ella comenzaría a la mañana siguiente una etapa profesional exigente.

Miró por la ventanilla y buscó en el bolso el libro que había comprado en La Orilla.

Tenía varias horas de viaje por delante y, por una vez, no pensaba utilizarlas todas para trabajar.