CAPÍTULO 26. UNA DECISIÓN PROPIA
Al abrir la puerta de su piso, encontró todo exactamente donde lo había dejado. Una chaqueta descansaba sobre el respaldo de una silla y en la cocina había un paquete de café sin estrenar.
Dejó el equipaje en el dormitorio y abrió las ventanas.
Desde el salón llegaba el ruido familiar del tráfico. Al otro lado de la calle, el camarero del bar de la esquina colocaba las mesas de la terraza. Clara reconoció a una mujer que paseaba al mismo perro pequeño de siempre.
Sonrió.
Había echado de menos aquella rutina.
Guardó la carpeta con los documentos de Teresa en un cajón del dormitorio y se cambió de ropa. Después salió hacia la oficina de Rovira Patrimonio.
El trayecto le resultó conocido hasta en los semáforos donde solía detenerse. Compró un café para llevar y respondió a un mensaje de Nuria, que proponía quedar el miércoles por la tarde.
En la oficina, una compañera la saludó desde la mesa de proyectos.
—¡Por fin te vemos en persona!
—No he desaparecido tanto tiempo.
—Depende de quién esté contando.
Clara dejó el bolso y encendió el ordenador.
Durante la primera hora revisó las novedades del equipo. Un edificio protegido tenía pendiente una inspección de cubierta; en otro proyecto se había aprobado una modificación de materiales y un tercero necesitaba confirmar las visitas técnicas de noviembre.
Había asuntos concretos que resolver y personas con las que llevaba años trabajando.
Barcelona no era una ciudad a la que tuviera que renunciar para empezar otra vida. Ya tenía una allí.
* * *
El martes 3, Laura la recibió en su despacho a media mañana.
Sobre la mesa había una versión impresa del documento de funciones. Clara reconoció varias de las observaciones que había enviado el domingo.
—He incorporado tus propuestas —dijo Laura—. Pero hay dos puntos que quiero revisar antes de dar esto por cerrado.
Clara abrió su copia.
El primero afectaba a la distribución de trabajo entre los tres profesionales que integraban el equipo inicial.
Laura había aceptado que Clara pudiera reasignar tareas y ajustar prioridades siempre que no aumentara los costes comprometidos ni modificara los entregables contractuales.
—Necesitamos un límite operativo claro —explicó Laura—. No quiero enterarme de un cambio importante cuando el cliente ya esté esperando otra cosa.
—De acuerdo. Podemos definir qué modificaciones requieren comunicación y cuáles autorización.
Clara señaló una columna del documento.
Había distinguido tres situaciones: ajustes ordinarios de calendario, incidencias que afectaban a otros proyectos y cambios con repercusión económica o contractual.
—Los primeros puedo resolverlos dentro del equipo. Los segundos deben quedar comunicados y coordinados con los responsables afectados. Los terceros van a dirección.
Laura estudió el esquema.
—Así sí.
El segundo punto era más delicado.
Cuando una autorización presupuestaria dependiera de dirección, el procedimiento debía dejar constancia de la fecha de solicitud, del responsable de responder y del efecto de la espera sobre el cronograma.
—No podemos garantizar que una decisión económica se tome siempre en veinticuatro horas —advirtió Laura.
—No necesito esa garantía. Necesito que el retraso no se atribuya a una falta de seguimiento del equipo cuando la decisión esté pendiente en otro nivel.
—Eso podemos documentarlo.
Clara asintió.
Después hablaron de los proyectos y de cómo se evaluaría su coordinación.
—Quiero que el nuevo puesto sirva para anticipar problemas, no para producir informes que nadie consulta —dijo Clara.
Laura sonrió.
—En eso estamos completamente de acuerdo.
No cerraron todavía el documento. Laura necesitaba revisar una cláusula con administración y Clara quería estudiar las modificaciones sin el cansancio de la reunión.
Acordaron volver a verse el jueves.
* * *
Aquella tarde, Clara trabajó en la programación de noviembre.
Un técnico había señalado que dos visitas a inmuebles distintos requerían la misma instrumentación. Si mantenían ambas fechas, tendrían que transportar los equipos de un lugar a otro sin margen suficiente para una revisión previa.
Clara llamó a los responsables.
—¿Qué parte de la segunda visita necesita ese equipo desde primera hora?
La respuesta fue que ninguna. La mañana estaba reservada a comprobaciones visuales y la instrumentación se utilizaría después.
—Entonces podemos escalonar los trabajos —propuso—. Pero necesito que confirméis por escrito que el programa técnico lo permite.
Una hora más tarde recibió ambas confirmaciones.
Actualizó el cronograma y señaló el cambio para que el equipo lo validara. No necesitó asumir una autoridad que todavía no tenía.
Le gustaba aquella parte del trabajo: encontrar una solución que respetara las necesidades técnicas sin complicar la organización.
Cuando terminó, eran casi las siete.
Recogió sus cosas y salió a la calle.
* * *
El miércoles 4 quedó con Nuria en un restaurante pequeño cerca de la oficina.
Su amiga había llegado antes y estudiaba la carta.
—He pedido agua —anunció—. Me he contenido para no elegirte también la comida.
—Gracias por concederme esa responsabilidad.
Nuria la miró por encima de la carta.
—¿Cómo va lo del ascenso?
—Mañana tenemos la última reunión. Creo que estamos cerca de un acuerdo.
—¿Y tú qué quieres?
Clara dejó el bolso junto a la silla.
—Quiero el puesto. Siempre que el documento refleje lo que realmente voy a poder decidir.
—Eso suena bastante a ti.
—¿Es bueno o malo?
—Depende de cuánto tardes en elegir los platos.
Clara se rio.
Hablaron de trabajo, pero también de la exposición que Nuria quería visitar el fin de semana y de unas obras que estaban haciendo en su edificio.
Nuria le contó que había comenzado a nadar dos veces por semana y que aún no había decidido si le gustaba o simplemente disfrutaba de salir de la oficina a una hora razonable.
—Eso último ya sería un motivo suficiente —respondió Clara.
Cuando llegaron los cafés, Nuria volvió a mencionar Puerto Alba.
—¿Vas a seguir yendo?
—Sí. Quiero volver. Pero no sé con qué frecuencia podré hacerlo al principio.
—Entonces ya lo irás viendo.
—Eso intento.
Nuria no le preguntó si merecía la pena desplazarse por Daniel. Clara agradeció que entendiera que había más de una razón para regresar.
Al despedirse, quedaron en verse de nuevo la semana siguiente.
Clara caminó hacia casa sin prisa. Le gustó saber que podía recuperar aquella costumbre.
* * *
El jueves 5, Clara volvió al despacho de Laura con el documento revisado.
La directora había incorporado los últimos cambios administrativos. Juntas comprobaron el alcance del puesto, las facultades de coordinación, el procedimiento de autorizaciones y la fecha de incorporación.
—El incremento fijo del quince por ciento se mantiene —confirmó Laura—. No está condicionado a los indicadores del equipo. Lo que evaluaremos será el funcionamiento de la nueva organización.
—Bien.
—La coordinación inicial será de tres profesionales. Si necesitáramos nuevas contrataciones, tendría que aprobarlas dirección.
—Eso está claro.
Clara pasó a la sección sobre presencialidad.
Seguían previstos al menos cuatro días semanales de trabajo presencial en Barcelona durante las primeras ocho semanas de desempeño.
Contaron las fechas en el calendario.
—Si empezamos el lunes dieciséis de noviembre —dijo Clara—, el periodo inicial termina el domingo diez de enero. Las ocho semanas completas se cumplen entonces.
Laura comprobó el cálculo.
—Podemos hacer una primera revisión la semana del cuatro de enero, con los datos acumulados hasta diciembre. Y cerrar la evaluación del periodo inicial a partir del once.
—Eso me parece útil. Así no confundimos una valoración preliminar con una decisión definitiva.
Laura asintió.
El acuerdo contemplaba analizar los hitos cumplidos, los tiempos de respuesta, las incidencias que habían requerido presencia física y la posibilidad de agrupar visitas. Ninguna reducción posterior de presencialidad quedaba garantizada.
—Quiero ser clara en ese punto —añadió Laura—. Si el trabajo exige que sigas viniendo cuatro días o más, tendremos que hablarlo con los datos delante.
—Lo entiendo. Y si funciona una organización diferente, quiero que podamos estudiarla sin empezar la discusión de cero.
—Para eso estamos estableciendo los criterios.
Clara volvió a leer el documento.
No había obtenido todo lo que inicialmente habría deseado. Tendría meses exigentes y necesitaría planificar sus desplazamientos con cuidado. Pero disponía de responsabilidades definidas y de un procedimiento para evaluar la organización.
—Por mi parte, podemos seguir adelante —dijo.
Laura sonrió.
—¿Aceptas?
Clara miró una última vez la fecha de incorporación.
—Sí. Acepto el puesto en estas condiciones.
Laura le tendió la mano.
—Entonces, enhorabuena.
* * *
La formalización ocupó buena parte de la tarde.
Clara revisó el documento definitivo antes de firmarlo. Comprobó el cargo, el incremento salarial, el equipo asignado y la fecha efectiva del cambio.
La incorporación como responsable de coordinación de proyectos de rehabilitación patrimonial quedó fijada para el lunes 16 de noviembre.
Hasta entonces continuaría desempeñando sus funciones actuales y prepararía el traspaso de las tareas que dejaría de asumir directamente.
Cuando recibió la copia formalizada, la guardó en su carpeta.
Sintió satisfacción.
También nervios.
Coordinar tres profesionales y varios proyectos simultáneos exigiría tomar decisiones que hasta entonces había podido elevar a otra persona. Tendría que responder por la planificación y por problemas que todavía no existían.
Pero ese era precisamente el tipo de responsabilidad que llevaba tiempo queriendo asumir.
Se quedó un momento frente al ordenador.
No necesitó pensar en Daniel ni en la carta de Teresa para saber que había tomado la decisión adecuada.
La había tomado porque le interesaba el trabajo.
* * *
Al salir de la oficina llamó a Nuria.
—He firmado.
—¡Enhorabuena! ¿Lo celebramos?
—Hoy no puedo. Estoy agotada.
—Eso también es bastante propio de ti.
Quedaron en buscar un hueco el fin de semana.
Clara llegó a casa, se cambió de zapatos y llamó a Daniel.
Él respondió al segundo tono.
—Hola. ¿Todo bien?
—Sí. Quería contarte algo.
—Te escucho.
—He aceptado la promoción.
Hubo un instante de silencio.
—¡Clara, qué bien! Enhorabuena.
Ella sonrió.
—Gracias.
—¿Habéis podido cerrar las condiciones?
—Sí. El incremento se mantiene y también la coordinación de los tres profesionales. Hemos definido mejor las autorizaciones y cómo se evaluará la organización.
—Me alegro mucho. Sé que llevabas tiempo dándole vueltas.
Clara se sentó en el sofá.
—Empiezo el dieciséis. Durante ocho semanas tendré que estar al menos cuatro días por semana en Barcelona. Después evaluaremos cómo ha funcionado. No hay ninguna reducción prometida.
—Entiendo.
—Va a ser bastante intenso.
—Me imagino.
Daniel le preguntó por los proyectos que asumiría. Clara le contó lo suficiente para compartir su entusiasmo sin convertir la llamada en una reunión técnica.
—Me gustaría celebrarlo contigo cuando podamos vernos —dijo él.
—A mí también.
No hablaron de calendarios definitivos.
Daniel tenía el taller y sus responsabilidades con Lucía. Clara acababa de aceptar un puesto que le exigiría presencia en Barcelona y reuniones que todavía no estaban programadas.
Habría tiempo para organizar encuentros concretos.
Antes de despedirse, Daniel volvió a felicitarla.
Clara colgó sonriendo.
* * *
Aquella noche abrió el calendario de noviembre.
Marcó el lunes 16 como primer día del nuevo cargo y reservó los días anteriores para preparar la transición.
Después creó una hoja de seguimiento con los tres profesionales, los proyectos iniciales, las fechas comprometidas y las autorizaciones pendientes.
Añadió una columna para registrar las decisiones que necesitarían intervención de dirección y otra para las incidencias que afectaran a los plazos.
En el calendario personal dejó algunos fines de semana sin ocupar.
No sabía todavía cuáles pasaría en Barcelona y cuáles en Puerto Alba.
No necesitaba decidirlo aquella noche.
Revisó por última vez el cronograma de incorporación, guardó el archivo y preparó la lista de asuntos que trataría con el equipo el lunes siguiente.