CAPÍTULO 25. LO QUE ELIJO CONTAR
Había metido ropa para pasar varios días en Barcelona, pero al revisar la previsión del tiempo recordó que allí tenía un abrigo perfectamente utilizable. Lo sacó y recuperó el espacio para una carpeta de trabajo que no quería llevar doblada.
Sobre la cama quedaban otras tres cosas: un jersey, un libro y una fotografía de Teresa.
Dejó el jersey y el libro en la maleta. La fotografía volvió a la cómoda.
No había decidido cuánto tiempo pasaría en cada ciudad durante noviembre. Lo único seguro era que necesitaba regresar a Barcelona para atender algunos asuntos pendientes de su vivienda y reunirse con parte del equipo de Rovira Patrimonio.
En el calendario, el lunes 2 de noviembre seguía marcado con una nota antigua: Posible inicio del nuevo puesto.
Lo sustituyó por: Continuidad de funciones actuales. Oferta pendiente.
El cambio le produjo un alivio práctico. Ya no tenía que organizar de manera ficticia un comienzo que todavía no estaba acordado.
Se sentó al ordenador y revisó el documento de responsabilidades.
Laura había propuesto trasladar la posible incorporación al 16 de noviembre. Clara seguía considerando atractivas las nuevas funciones y el incremento salarial, pero necesitaba concretar qué autonomía tendría y cómo se evaluaría la organización presencial.
Preparó una tabla con las cuestiones pendientes.
Después se levantó a hacer café.
Por primera vez en semanas, no tenía que llamar a Rosa, comprobar una retirada de muebles o recoger llaves del establecimiento.
El silencio que había dejado El Buzón de Teresa se notaba también en su agenda.
* * *
A media mañana abrió la caja de fotografías familiares.
Buscaba una funda más rígida para transportar algunos documentos. Encontró una entre papeles antiguos y colocó dentro la carpeta de cartón que contenía los escritos de Teresa.
No volvió a leerlos.
Recordaba suficientemente bien las palabras de su madre y, sobre todo, la sensación de haber recibido una explicación demasiado tarde.
Le había gustado encontrar a Teresa en aquella carta: impaciente consigo misma, empeñada en ordenar sentimientos que nunca había sabido expresar con tanta claridad en persona.
También seguía enfadada por el silencio de tantos años.
Clara tenía cuarenta y dos años. Sabía que una persona podía arrepentirse sinceramente y, aun así, no encontrar el momento de reconocerlo. Lo había visto en su propio matrimonio y en amistades que habían terminado por desacuerdos mucho menores.
Pero comprender por qué su madre no le entregó la carta no borraba el deseo de haberla recibido en 2018.
Guardó la funda en una caja pequeña, junto al bote de lápices.
No pensaba llevar los documentos a Barcelona para consultarlos cada vez que tuviera que tomar una decisión.
Los llevaba porque eran de su madre y quería conservarlos.
* * *
A la hora de comer llamó a Nuria.
Su amiga contestó mientras esperaba un pedido de comida.
—Dime que no llamas para contarme que has terminado trabajando también el fin de semana.
—Todavía es viernes.
—En tu caso, esa distinción nunca ha servido de mucho.
Clara se rio.
Hablaron de Barcelona, de la posibilidad de quedar durante la semana siguiente y de los asuntos que Clara debía atender en su piso.
Después Nuria le preguntó por Puerto Alba.
—El local ya está entregado —respondió Clara—. Cerré el sábado y el miércoles devolví las llaves.
—¿Y cómo estás?
—Es raro. He pasado semanas deseando terminar y ahora echo de menos tener algo concreto que hacer por mi madre.
Nuria guardó silencio unos segundos.
—Supongo que organizar cosas era una manera de estar cerca de ella.
—Sí. Aunque hubo días en los que habría preferido dedicarme a cualquier otra cosa.
—Las dos cosas pueden ser verdad.
Clara miró la caja de fotografías.
—He encontrado una carta suya. Escrita hace años. Para mí.
Le explicó que Teresa había querido hablarle de algunas decisiones relacionadas con su juventud y que nunca se había atrevido a entregársela.
—¿Era algo malo? —preguntó Nuria.
—No exactamente. Más bien cosas que habría necesitado escuchar entonces.
—¿Te ha ayudado leerla?
Clara pensó un momento.
—Sí. Y me ha enfadado un poco.
—Eso también suena bastante normal.
—Me habría gustado discutirlo con ella.
Nuria soltó una risa suave.
—Conociéndote, probablemente habríais discutido.
—Seguro. Y mi madre habría terminado preguntándome si había comido.
—Entonces la discusión habría durado hasta la cena.
Clara sonrió.
Cuando colgaron, acordaron verse en Barcelona si sus agendas coincidían. Nuria no le había pedido detalles que ella todavía no sabía explicar, y eso le resultó suficiente.
* * *
El sábado 31, Clara terminó de preparar algunos objetos para llevarse de casa de Teresa.
Por la mañana revisó con el equipo técnico un correo que había quedado pendiente del viernes. Después salió a comprar y aprovechó para pasar por La Orilla.
Eva le entregó el libro que le había reservado.
—Pensaba que venías a discutir el final del anterior —dijo.
—Hoy no tengo tiempo. Pero no he cambiado de opinión.
—Qué sorpresa.
Clara pagó el libro y estuvieron charlando unos minutos sobre la librería.
Al salir, escribió a Daniel.
¿Te apetece que nos veamos esta tarde? Hay algo de la carta de mi madre que sí me gustaría contarte.
La respuesta llegó mientras caminaba hacia casa.
Claro. Dime dónde y a qué hora te viene bien.
Acordaron encontrarse a las seis en el paseo próximo al puerto.
Clara guardó el teléfono.
No había decidido contarle todo.
Tampoco necesitaba hacerlo para demostrar que confiaba en él.
* * *
A las seis, Daniel la esperaba junto a un banco desde el que se veía la entrada del puerto.
El aire era fresco y varios barcos regresaban lentamente a sus amarres.
—Hola —dijo él.
—Hola.
Se dieron un beso breve.
Caminaron unos minutos antes de sentarse.
Daniel le preguntó si había terminado de preparar su viaje a Barcelona. Clara le explicó que todavía no tenía cerradas las fechas, pero que probablemente iría durante la semana siguiente.
—Tengo que recoger unas cosas del piso y atender varias reuniones —dijo—. Además, quiero aprovechar para ver a Nuria.
Daniel asintió.
—Me alegro de que puedas organizarlo con algo más de calma.
Clara se quedó mirando el agua.
—Quería contarte algo de la carta de mi madre.
Daniel se volvió hacia ella.
—Te escucho.
Clara tardó un momento en encontrar las palabras.
—He encontrado dos documentos. Uno era una reflexión que escribió para ella misma, un par de años después de nuestra ruptura. El otro, una carta que me dirigió mucho más tarde y nunca me entregó.
—No sabía que había escrito nada de eso.
—Yo tampoco.
Clara le explicó que Teresa había pensado durante años en la conversación que mantuvieron en septiembre de 2009.
—Reconocía que te habló de mi trabajo y de Barcelona como si fuera evidente lo que yo necesitaba. Le preocupaba que renunciara a oportunidades por ayudar a alguien a quien quería.
Daniel bajó la mirada.
—Recuerdo que estaba muy preocupada por eso.
—Lo estaba. Pero también tenía que ver con decisiones suyas de las que se arrepentía. Cosas que dejó pasar porque creyó que era lo que debía hacer.
Clara recogió una piedrecita que había quedado junto al banco y la sostuvo entre los dedos.
—En la carta reconoce que nunca te ordenó terminar conmigo.
Daniel levantó los ojos hacia ella.
—No lo hizo.
—Lo sé. Pero me importaba entender qué recordaba ella de aquella conversación.
Permanecieron callados unos segundos.
—No cambia la decisión que tomé —dijo Daniel al fin.
—No.
—Ni que no te preguntara qué querías hacer.
—Tampoco.
Clara dejó la piedra en el suelo.
—Creo que es lo que más me ha impresionado. Mi madre sabía aconsejar a cualquiera, pero no supo preguntarme qué necesitaba yo. Y tardó años en admitirlo.
—Ojalá hubiera podido decírtelo.
—Sí.
Daniel no intentó añadir nada.
* * *
Una pareja pasó empujando un carrito de bebé. Clara esperó a que se alejaran antes de continuar.
—Me ha dolido encontrar esa carta ahora. No porque diga algo terrible, sino porque hay una conversación que ya no podremos tener.
Daniel se quedó mirando el paseo.
—¿Quieres contarme qué te escribió exactamente?
Clara negó despacio.
—No todavía. Hay partes que prefiero guardar para mí. No tienen que ver contigo, sino con nosotras.
—Está bien.
—Quizá algún día te enseñe algo. No lo sé.
—No tienes que decidirlo ahora.
Clara agradeció que no intentara adivinar qué estaba dejando fuera.
—Durante un tiempo pensé que, si entendía perfectamente lo que pasó en 2009, dejaría de dolerme —dijo—. Ahora sé bastante más que hace un mes. Y hay cosas que siguen doliendo.
—A mí también me pasa.
Ella lo miró.
Daniel se frotó las manos, que empezaban a enfriarse.
—Cuando pienso en aquella época, hay decisiones que todavía me cuesta reconocer como mías. Es más fácil recordar las circunstancias. Pero no quiero volver a hacer eso contigo.
Clara asintió.
No necesitaba otra explicación completa de la ruptura. La habían reconstruido en conversaciones anteriores y los hechos no habían cambiado.
Lo que necesitaba comprobar era que podían hablar de un asunto difícil sin que ninguno tratara de salir de la conversación con toda la razón.
—No quiero que tengamos que estar examinándonos continuamente —dijo.
Daniel sonrió.
—Menos mal. Nunca fui especialmente bueno con los exámenes.
—Yo sí.
—Eso me preocupa todavía más.
Clara se rio.
El comentario alivió algo que llevaba varios minutos apretándole el pecho.
* * *
Siguieron paseando junto al puerto.
Daniel le habló de la semana siguiente. Tenía un encargo pendiente y debía organizar sus horarios en función de los días que Lucía estuviera con él.
Clara escuchó.
—Me gustaría seguir viéndote —dijo Daniel después—. Aunque tengamos que cuadrar agendas.
—A mí también.
—No sé todavía cómo serán tus semanas cuando se resuelva lo del trabajo.
—Yo tampoco.
Clara se detuvo frente a una barandilla.
—Hay algo que sí tengo claro. Quiero aceptar o rechazar la oferta porque me convenza a mí. No porque una opción facilite más nuestra relación.
—Lo entiendo.
—Y eso no significa que no me importe lo que estamos haciendo.
Daniel la miró.
—A mí también me importa. Me gustaría que pudiéramos seguir conociéndonos sin que tengas que decidir ahora dónde vas a estar dentro de seis meses.
Clara sintió alivio al escucharlo.
—Eso sí puedo hacerlo.
—Bien.
—Aunque lo de seis meses suena bastante organizado para dos personas que todavía están negociando cuándo tomar un café.
—Tengo una agenda. No la uso tan bien como tú, pero existe.
—Algún día tendré que comprobarlo.
Daniel se rio.
Se acercaron a la pequeña plaza situada al final del paseo. Allí Clara le propuso cenar algo sencillo la semana siguiente, si ambos encontraban una tarde libre.
—Cuando sepas qué días vienes de Barcelona, me dices —respondió él.
—Eso haré.
Se despidieron con un abrazo y un beso breve.
Clara regresó a casa caminando despacio.
Había contado lo que había querido contar. Daniel no le había pedido el resto.
* * *
El domingo 1 de noviembre, Clara revisó su calendario para la semana siguiente.
El lunes 2 ya no figuraba como fecha de incorporación al nuevo puesto. Laura había propuesto el 16 de noviembre, pendiente de cerrar las condiciones y formalizar la oferta.
Clara preparó un documento con las cuestiones todavía abiertas: autonomía para distribuir trabajo entre los tres profesionales, procedimiento de autorizaciones económicas, criterios de evaluación y organización presencial durante el periodo de arranque.
El incremento salarial fijo del quince por ciento seguía siendo atractivo. También le interesaba coordinar proyectos de rehabilitación patrimonial con mayor responsabilidad.
Pero quería conocer el alcance real de la propuesta antes de decidir.
Después abrió el calendario de viajes.
Anotó una posible salida a Barcelona durante la semana siguiente y reservó un hueco para reunirse con Nuria. Dejó pendiente concretar el regreso a Puerto Alba hasta confirmar sus obligaciones profesionales.
En la habitación, la caja con las fotografías y los documentos de Teresa esperaba junto a la maleta.
Clara comprobó que la carpeta de cartón estaba bien cerrada y la colocó entre la ropa para que no se doblara.
Por último, envió a Laura la versión revisada de sus preguntas y dejó preparada la agenda del lunes.
Apagó el ordenador y fue a terminar de hacer la maleta.