CAPÍTULO 24. LA CARTA QUE SÍ ERA PARA MÍ
El cartel de cierre seguía colocado detrás del cristal de El Buzón de Teresa. Al otro lado se distinguían el mostrador fijo, la estantería de Rosa y la pared más clara donde antes había estado el archivador.
Clara abrió para ventilar. Llevaba una carpeta con justificantes y el inventario definitivo. Había guardado las llaves en un bolsillo exterior del bolso para no tener que buscarlas delante de Rosa.
La propietaria llegó puntual, con unas gafas colgadas del cuello y una hoja para anotar las lecturas.
—Buenos días. ¿Empezamos?
—Cuando quieras.
Recorrieron el local desde la entrada hasta la pequeña zona de trabajo. Rosa comprobó el estado de las paredes y el suelo. Clara le enseñó el justificante de retirada de los últimos equipos y señalaron las marcas que habían quedado detrás de los muebles.
—Esto ya lo vimos el viernes —dijo Rosa—. No hay nada nuevo.
—He traído las fotografías por si las necesitas.
—Las guardamos con el acta.
En la conexión de la antigua impresora, Rosa revisó el trabajo realizado por el electricista y comparó la zona con la fotografía enviada la semana anterior.
Después comprobaron las ventanas y el estado de los elementos que permanecían en el inmueble: mostrador fijo, estantería metálica y equipamiento de la instalación.
Anotaron las lecturas de suministros y firmaron el documento de entrega. Rosa se quedó una copia; Clara guardó la suya en la carpeta.
—Pues ya está —dijo Rosa.
Clara sacó el juego de llaves del bolsillo.
Había pensado que le costaría entregarlo. Lo dejó en la mano de Rosa con una facilidad que la sorprendió.
—Gracias por haberme dado tiempo para organizarlo todo.
—Tu madre estuvo aquí muchos años. Lo razonable era hacerlo bien.
Rosa comprobó la cerradura desde fuera y guardó las llaves.
—¿Quieres quedarte un momento más?
Clara miró el interior vacío.
—No, gracias. Ya me despedí el sábado.
Caminaron juntas hasta la esquina y allí se separaron.
* * *
Clara volvió sobre sus pasos para cruzar la plaza.
Vio el cartel detrás del escaparate. Seguía anunciando un cierre que ya no requería explicaciones.
La panadería tenía gente entrando y saliendo. Una mujer discutía por teléfono acerca de una cita médica. Alguien había dejado una bicicleta apoyada contra una farola.
La plaza continuaba con su rutina.
Clara metió la mano en el bolsillo del bolso por costumbre. No encontró las llaves.
Se detuvo un instante.
No había olvidado nada. Las había entregado.
Siguió caminando.
En casa se quitó los zapatos, preparó un café y fue al escritorio. El sobre fechado el 7 de marzo de 2018 seguía junto a la fotografía en la que Teresa y ella aparecían con los ojos cerrados.
Lo tomó entre las manos.
Había esperado tres días desde que lo encontrara. El domingo leyó las reflexiones que su madre escribió en 2011; el lunes y el martes siguió trabajando y terminó las gestiones del local. Ahora podía dedicarle tiempo.
Abrió el sobre con cuidado para no rasgar la letra de su madre. Dentro había cuatro páginas dobladas, escritas por ambas caras. En la primera, Teresa había puesto la fecha y un saludo.
Clara empezó a leer.
* * *
Puerto Alba, 7 de marzo de 2018.
Querida Clara:
No sé si llegaré a darte esto. Ya me conoces: soy capaz de ayudar a un desconocido a escribir una reclamación de seis páginas, pero para decirte dos cosas importantes siempre encuentro algo que limpiar o una compra que hacer.
He empezado esta carta porque ayer hablamos por teléfono y volviste a preguntarme si quedaban las fotografías de cuando eras pequeña. Te dije que sí, que estaban guardadas. Después me quedé pensando en otras cosas que también he guardado y que no sé cómo sacar.
Una de ellas es lo que ocurrió cuando te marchaste a Barcelona en septiembre de 2009.
Nunca hemos hablado de aquello con tranquilidad. Al principio estabas tan dolida que yo creí que lo mejor era dejarte en paz. Después pasó el tiempo y cada vez me resultó más difícil encontrar un momento que no pareciera escogido para hacerte daño.
Antes de que Daniel terminara contigo, vino a hablar conmigo. Julián estaba enfermo y la situación en su casa era complicada. Daniel se preocupaba por su padre, por Marina, por el taller y también por ti. Me preguntó qué pensaba yo de que siguieras adelante con Barcelona.
Le respondí que habías trabajado mucho para conseguir tu oportunidad y que no debías abandonarla por sentirte obligada a ayudar a nadie. Eso sigo creyéndolo. Lo que no hice fue preguntarle qué querías tú ni reconocer que yo tampoco lo sabía.
No le ordené que te dejara. No tenía derecho a hacerlo y no lo hice. La decisión de terminar fue suya. Te lo escribo claramente porque no quiero que cargues con una versión equivocada de lo ocurrido.
Pero tampoco quiero esconderme detrás de eso. Hablé con tanta seguridad sobre lo que te convenía que quizá no dejé espacio para otras posibilidades. Daniel estaba asustado. Yo también, aunque por motivos diferentes.
Cuando tenía tu edad, y también antes, hubo ocasiones en las que dejé pasar cosas que quería hacer porque me pareció más sencillo cumplir con lo que otros esperaban.
No fue una sola decisión ni una tragedia que haya ocultado.
Fueron pequeñas renuncias. Algunas eran necesarias; otras no.
Durante años las mezclé y terminé enfadándome por todas.
Cuando te vi ilusionada con tu trabajo, quise evitarte ese enfado. Me dije que una buena madre tenía que defender tu futuro, incluso si tú todavía no sabías defenderlo.
Ahora me pregunto por qué estaba tan segura de conocer tu futuro mejor que tú.
El día que te marchaste no supe cómo despedirme. Quería decirte que estaba orgullosa, que ibas a hacerlo bien y que, si un día querías volver, también estaba bien. En cambio, te pregunté tres veces si habías guardado los billetes y si llevabas una chaqueta. Esas preguntas eran más fáciles.
Después evitamos hablar de Daniel. Yo veía que te dolía y tú cambiabas de conversación. Me acostumbré a pensar que callar era respetarte. No estoy segura de que siempre lo fuera. Quizá también me resultaba cómodo no tener que contarte aquella charla.
No escribo esto para que perdones a Daniel. Ni para que lo culpes más. No sé lo que habría pasado si hubiéramos hablado de otra manera. Nadie puede saberlo, por mucho que lo imagine. Solo puedo responder de las palabras que dije yo.
También quiero que sepas que no tienes que vivir de la manera que yo habría elegido.
Si te gusta Barcelona, quédate allí. Si un día quieres otra cosa, piensa en ello.
Si te enamoras, no dejes de preguntarte qué deseas tú.
Y si decides algo que a mí me parece una equivocación, probablemente te daré mi opinión.
Soy tu madre y tengo ese defecto. Pero la opinión no será una orden, aunque a veces me salga con voz de orden.
Podría llamarte ahora y leerte todo esto. No lo hago porque temo convertir una conversación corriente en una explicación que no me has pedido. Voy a guardar la carta unos días y pensar cómo hablar contigo. No quiero utilizarla para sentirme mejor yo si a ti te hace daño.
Si termino por no entregártela, al menos habré escrito algo que necesitaba reconocer: te quiero mucho y no siempre he sabido quererte sin intentar adelantarte el camino.
Y, por favor, si encuentras esta carta porque he vuelto a colocar mal los papeles, no pienses que he perdido la cabeza. Solo he sido incapaz de decidir qué hacer con ella. Que es bastante peor para alguien que presume de ordenar documentos.
Un beso, hija.
Mamá.
* * *
Clara apoyó las páginas en la mesa.
No recordó inmediatamente la conversación telefónica de marzo de 2018. Había habido tantas llamadas sobre compras, trabajos, averías y visitas aplazadas que aquella podía haber sido cualquiera.
Sin embargo, reconoció a Teresa en la chaqueta y los billetes, en la advertencia sobre los documentos mal guardados y en aquella forma de admitir un defecto sin dejar de defender una opinión.
Le molestó que su madre hubiera tenido aquellas palabras durante ocho años sin ofrecérselas.
También comprendió que quizá no había encontrado el valor para hacerlo. Aun así, Clara habría querido decidir por sí misma si estaba preparada para escucharlas.
Llevó las hojas a la cocina y regresó con un vaso de agua. Al releer el párrafo sobre Barcelona, se acordó de su primera semana allí: las calles desconocidas, los nervios del trabajo nuevo, el alivio de no tener que explicar a nadie que seguía triste.
Teresa la llamó todas las noches aquella semana. Clara le contestaba que estaba bien aunque no siempre lo estuviera.
Nunca supo que su madre también estaba intentando encontrar las palabras.
Eso no cambiaba el 21 de septiembre de 2009. Daniel había terminado la relación sin preguntarle qué estaba dispuesta a hacer. Tampoco cambiaba los años en los que Teresa había guardado silencio.
Pero permitía recordar a su madre sin atribuirle una certeza que nunca tuvo.
Clara colocó C06 junto a las dos hojas de 2011. Una estaba escrita para Teresa misma; la otra, para su hija. En ambas había una mujer que sabía aconsejar a desconocidos y tenía dificultades para hablar de lo que había hecho mal.
Se le llenaron los ojos de lágrimas al pensar que ya no podía contestarle.
Lloró un rato, sentada en el escritorio, sin intentar ordenar aquello también.
Después se secó la cara y fue a lavarse las manos.
* * *
El jueves 29, Clara se conectó con Laura para revisar el documento de responsabilidades.
Habían avanzado en el procedimiento para reasignar trabajo entre los tres profesionales y en la identificación de quién autorizaría incrementos presupuestarios. Quedaba por concretar el esquema de seguimiento y la organización presencial posterior a diciembre.
—No quiero que aceptes un puesto con funciones ambiguas —dijo Laura—. Pero tampoco podemos cerrar todo esto de aquí al lunes.
—Eso mismo iba a plantearte.
Clara expuso las alternativas con fechas. Podían mantener su puesto actual mientras completaban la negociación y, si llegaban a un acuerdo, formalizar el cambio con tiempo para planificar la incorporación.
—El dos de noviembre no es viable para hacerlo bien —reconoció Laura—. Propongo mover la fecha prevista al dieciséis de noviembre, sujeta a que cerremos las condiciones.
Clara anotó la propuesta.
—Me parece razonable como nuevo objetivo de calendario. No es una aceptación del puesto.
—Lo tengo claro. Y sigue siendo una propuesta, no un nombramiento.
La retribución ofrecida continuaba siendo un quince por ciento superior a la actual.
Laura mantuvo los cuatro días semanales previstos en Barcelona durante los dos primeros meses de desempeño, sin comprometer todavía una reducción posterior.
Si finalmente comenzaba el dieciséis de noviembre, habría que ajustar el periodo de arranque y definir cuándo evaluar su funcionamiento; nada de eso quedó aprobado en la reunión.
Acordaron intercambiar una nueva versión del documento y concretar las cuestiones pendientes la semana siguiente.
Clara cerró la llamada con una lista de trabajo, no con una decisión.
* * *
Por la tarde, Daniel le preguntó si habían terminado las gestiones del local.
Clara respondió que sí: las llaves estaban entregadas y Rosa tenía el inmueble.
Él la llamó cuando salió del taller.
—¿Cómo te encuentras?
—Cansada. Pero tranquila, creo.
—¿Quieres contarme cómo fue?
Clara le habló de la revisión, las firmas y el momento extraño en que buscó unas llaves que ya no llevaba.
—Y he encontrado una carta de mi madre —añadió—. La leí ayer.
Daniel guardó silencio unos segundos.
—¿Quieres hablar de ella?
—Todavía no demasiado. Es algo que escribió hace años, sobre nosotras y algunas cosas que nunca hablamos.
—Entiendo.
Clara esperó una pregunta más, pero no llegó.
—Quizá otro día pueda contártelo mejor —dijo.
—Cuando quieras.
Hablaron después de la reunión con Laura. Clara le contó únicamente que habían aplazado la fecha propuesta de incorporación para poder seguir negociando.
Daniel no preguntó qué debía hacer ella.
Al despedirse, Clara permaneció un momento con el teléfono en la mano. Todavía había cosas por hablar entre los dos, pero aquella llamada no necesitaba contenerlas todas.
Regresó al escritorio y guardó C05 y C06 juntas en una carpeta de cartón, separadas de los documentos administrativos.
Colocó la carpeta en la caja de fotografías que quería llevarse consigo.
Luego abrió el ordenador y terminó de ordenar las preguntas profesionales que debía enviar a Laura.