EPÍLOGO. LAS COSAS QUE ELEGIMOS DECIR
—El informe no está retrasado —aclaró Clara cuando su compañera colgó—. Lo que sigue pendiente es la aprobación de la modificación. Son cosas distintas.
Su compañera asintió y actualizó el registro.
Clara comprobó que la solicitud figuraba con fecha y responsable, y señaló el asunto para la reunión del lunes. Después cerró el archivo de seguimiento.
Llevaba algo más de dos meses en el nuevo puesto. Todavía había mañanas en las que tres personas necesitaban hablar con ella al mismo tiempo y tardes en las que una visita técnica desplazaba el trabajo previsto. Pero el equipo sabía cómo repartir las tareas y dónde registrar una decisión pendiente.
Aquella semana no habían tenido que recuperar ningún documento perdido entre correos. Era una victoria pequeña y muy concreta.
A primera hora, Laura le había enviado el acta de la evaluación realizada después del periodo inicial de ocho semanas, que había terminado el 10 de enero.
La revisión preliminar de principios de mes ya había mostrado que los plazos principales se mantenían.
La evaluación completa, celebrada después del día 11, confirmaba avances en la respuesta a incidencias y en la coordinación entre proyectos.
También registraba dos demoras por autorizaciones y una visita que había requerido presencia adicional.
—Funciona mejor que antes —le había dicho Laura—. Pero hay proyectos que siguen necesitando que estés aquí.
—Lo sé.
Habían acordado agrupar determinadas visitas cuando el calendario técnico lo permitiera y revisar con antelación las jornadas que necesitaran más presencia física.
No existía un número fijo inferior de días presenciales ni una promesa de teletrabajo adicional.
Cada ajuste dependería de los proyectos y de la aprobación correspondiente.
Sus condiciones laborales seguían vigentes.
Clara había salido satisfecha: las decisiones organizativas ya podían discutirse con datos.
Ahora guardó el ordenador en su bolsa y miró el reloj.
Tenía un tren que coger.
* * *
Daniel respondió a su mensaje cuando ella ya estaba camino de la estación.
Voy a pasar por el mercado mañana. ¿Te hace falta algo para desayunar?
Pan. Y café si se ha terminado el de casa.
Compraré café. No quiero enfrentarme a una arquitecta sin desayunar.
Clara sonrió.
En diciembre habían logrado verse dos fines de semana. Otro encuentro previsto se había aplazado por una reparación urgente del taller y una visita de Clara a un edificio que había requerido su presencia. Ninguno había tratado de recuperar a la fuerza las horas perdidas.
También habían pasado días sin poder hablar más que unos minutos. Algunas noches se mandaban una fotografía de la cena o una queja absurda sobre el tiempo. Otras, uno de los dos avisaba de que estaba cansado y se despedían pronto.
Clara había descubierto que esperaba esas conversaciones sin permanecer pendiente de ellas todo el día.
Guardó el móvil y buscó su asiento.
Llevaba en la mochila un libro que había comprado para Eva, dos prendas de ropa y un pequeño paquete de galletas. Había elegido las galletas al verlas en una tienda de Barcelona porque Teresa siempre compraba de aquella marca, aunque luego aseguraba que no le gustaban especialmente.
Clara no había podido evitar llevárselas.
* * *
El sábado 23 se despertó en la casa de Teresa con el sonido de una persiana que alguien subía en la vivienda vecina.
Había llegado la noche anterior. Antes de acostarse solo le dio tiempo a dejar la mochila, comprobar la calefacción y llamar a Daniel para avisarle de que había viajado bien.
Ahora abrió las ventanas unos minutos y preparó café.
El bote de lápices seguía sobre una balda de la cocina. Lo había dejado allí en su última visita, junto a una fotografía en la que su madre aparecía riéndose fuera del encuadre.
Cogió el bote y lo giró entre las manos. Una de las esquinas de la etiqueta estaba despegada.
Teresa habría intentado pegarla con cinta adhesiva. Después habría protestado porque se le quedaba pegada a los dedos.
Clara dejó el bote en su sitio.
Todavía había mañanas en las que esperaba escuchar una puerta, una queja por el frío o la pregunta de si había dormido suficiente. No ocurría. Y seguía resultándole difícil.
Sin embargo, aquella mañana pudo desayunar y salir de casa sin sentir que debía hacer algo para justificar su presencia allí.
A media mañana pasó por La Orilla.
Eva estaba colocando unos libros nuevos en una mesa próxima al escaparate.
—¡Llegas justo a tiempo para ayudarme a decidir! —exclamó al verla.
—Qué manera tan elegante de saludar.
—Te he echado de menos. Ahora dime si esta portada queda mejor arriba o abajo.
Clara dejó el libro que le había traído sobre el mostrador.
—Primero acepta el soborno.
Eva desenvolvió el paquete y sonrió al reconocer el título.
—Esto sí es una visita como Dios manda.
Se quedaron charlando mientras Eva cambiaba de sitio tres novelas y Clara opinaba sobre la disposición del escaparate. Después hablaron del puesto de Clara, de las lecturas de Navidad y de una excursión que Eva quería hacer cuando mejorara el tiempo.
—¿Y esta vez cuánto te quedas? —preguntó Eva.
—Hasta mañana por la tarde.
—Pues reserva media hora para un café conmigo en la próxima visita. Sin obligarme a atender clientes a la vez.
—Trato hecho.
Clara salió de la librería con un libro prestado por Eva y la sensación agradable de haber recuperado una conversación que no dependía de ninguna urgencia.
* * *
Daniel llegó a casa a la una, con una bolsa de pan y otra que contenía verduras.
—He comprado para comer, no solo para desayunar —anunció.
Clara miró dentro.
—¿Has decidido el menú sin consultarme?
—He comprado ingredientes. Me parecía menos arriesgado.
—Sabia elección.
Prepararon una comida sencilla. Daniel cortó las verduras mientras Clara vigilaba una sartén que llevaba unos minutos haciendo un ruido sospechoso.
—No te acerques —le advirtió ella—. Estoy evaluando si el aceite está demasiado caliente.
—¿Necesitas que lo eleve a dirección?
—Dirección está ocupada cortando cebolla.
Daniel sonrió.
Comieron en la cocina, con el sol de enero entrando por la ventana. Hablaron del taller, de una inspección que Clara tendría que coordinar la semana siguiente y de las vacaciones escolares que Daniel ya había empezado a organizar con Inés.
Lucía pasaría aquel fin de semana con su madre. Daniel había quedado con ella para una actividad el lunes por la tarde, después del colegio, y no había intentado modificar ese plan para prolongar la visita de Clara.
—¿Cómo lleva los deberes? —preguntó ella.
—Según el día. Ayer me explicó que las matemáticas deberían ser optativas.
—Tiene un argumento que merece estudiarse.
—Le he dicho que lo presente al colegio. Por escrito.
Clara se rio.
No necesitaba ocupar un lugar que todavía estaban definiendo con calma. Daniel le hablaba de su hija porque formaba parte de su vida, no para pedirle que asumiera un papel.
* * *
Por la tarde salieron a caminar.
Pasaron por la plaza de la Higuera. El antiguo local de El Buzón de Teresa tenía las persianas bajadas y ningún movimiento en su interior. Clara no se detuvo a comprobar nada.
Daniel le preguntó por la evaluación con Laura.
Clara le explicó que el sistema de seguimiento había funcionado, aunque algunas visitas continuaban exigiendo presencia física en Barcelona.
—¿Y te han dado más flexibilidad?
—Para organizar ciertas visitas, sí. Pero sin días libres de oficina garantizados. Habrá semanas en que tenga que estar allí casi todo el tiempo.
—Entonces seguiremos mirando los calendarios.
—Eso parece.
Daniel enlazó sus dedos con los de ella.
—La última vez que intentamos organizar diciembre acabamos poniendo tres fechas y descartando dos.
—Y la tercera salió bien.
—Es verdad.
Se detuvieron frente a un puesto de flores que estaba cerrando.
—¿Te molesta que no podamos vernos más? —preguntó Clara.
Daniel tardó un momento en responder.
—Me gustaría verte más. Eso no significa que esté enfadado por cómo vivimos.
—A mí también me gustaría.
—Pues cuando podamos, nos vemos. Y cuando no, nos lo decimos.
Clara lo miró.
—Qué poco romántico suena dicho así.
—Puedo repetirlo con música de fondo.
Ella se echó a reír y le dio un beso.
* * *
El domingo 24 llovió desde primera hora.
Clara se levantó antes que Daniel y puso agua a calentar. Había quedado con él en desayunar antes de que regresara a su casa y ella preparara el viaje a Barcelona.
Sacó dos tazas del armario y buscó el café.
Al abrir un cajón encontró un rollo de cinta adhesiva y recordó a Teresa intentando arreglar con él cualquier objeto que presentara una mínima señal de desgaste.
Cogió el bote de lápices y alisó con el dedo la esquina despegada de la etiqueta. Después lo dejó como estaba.
Daniel entró en la cocina despeinado.
—Huele bien.
—El café todavía no está hecho.
—Entonces será el pan.
—Eso sí está listo.
Él la besó en la mejilla y se acercó a la encimera para cortar las tostadas.
Clara lo observó buscar un cuchillo en el segundo cajón, equivocarse y probar en el tercero. Había aprendido dónde guardaba los vasos, pero seguía sin recordar el lugar de los cubiertos.
Podría habérselo indicado. En cambio, sonrió y terminó de preparar el café.
Daniel encontró por fin el cuchillo.
—Estoy mejorando.
—Sin duda. A este ritmo conocerás todos los cajones antes del verano.
Se sentaron frente a frente.
Clara cogió una tostada. Estuvo a punto de hacer un comentario sobre lo difícil que resultaría regresar aquella tarde, pero lo dejó pasar. No quería estropear el desayuno hablando de despedidas.
Miró a Daniel.
Había hecho aquello muchas veces: guardarse algo pequeño porque parecía inconveniente decirlo en ese momento. Teresa también había sido experta en cambiar una conversación difícil por una pregunta sobre la comida.
Clara dejó la tostada en el plato.
—Te he echado de menos estas semanas —dijo.
Daniel levantó la vista.
—Yo también a ti.
—Y me gusta que estemos haciendo esto. Aunque tengamos que organizarlo tanto.
Él le tomó la mano por encima de la mesa.
—A mí también. Mucho.
Clara sonrió.
—Te quiero.
Daniel le apretó los dedos.
—Yo te quiero, Clara.
La cafetera terminó de hacer ruido. Clara se levantó para servir el café y descubrió que había dejado las cucharillas al otro lado de la cocina.
—¿Ves? —dijo Daniel—. Todavía podemos mejorar el sistema.
—Ni se te ocurra hacerme una propuesta de reorganización.
Daniel se rio.
Clara dejó una cucharilla junto a cada taza. Él acercó el plato de tostadas hasta el centro de la mesa, donde ambos pudieran alcanzarlo.
Fuera seguía lloviendo. Dentro, el café estaba caliente y ninguno tenía prisa por terminarlo.