CAPÍTULO 21. LO QUE TODAVÍA NO SABEMOS
Había colocado junto al ordenador el documento de observaciones, el organigrama provisional y una libreta con seis preguntas. A su derecha descansaba una taza de café que todavía no había probado.
Laura apareció en la pantalla a las nueve en punto.
—Buenos días. ¿Preparada?
—Creo que sí. Tengo algunas cosas que aclarar.
—Eso esperaba.
Laura compartió el esquema de la nueva línea de rehabilitación patrimonial. Los tres proyectos figuraban en columnas separadas, con fechas, responsables y necesidades de personal.
—He leído tus observaciones —dijo—. Empecemos por la distribución del equipo.
Clara abrió su propia versión.
—Mi principal preocupación es que dos proyectos reclamen al mismo técnico durante una semana crítica. Si voy a coordinar las prioridades, necesito poder reorganizar las asignaciones sin solicitar autorización para cada cambio menor.
—Mientras no suponga aumentar costes ni dejar un compromiso contractual descubierto, no veo inconveniente.
—Entonces deberíamos recogerlo expresamente en las funciones.
Laura tomó nota.
Clara pasó al siguiente asunto. Había propuesto distinguir entre incidencias que podía resolver dentro del presupuesto asignado y modificaciones que exigían una autorización de dirección.
—Si una decisión económica tarda tres días y detiene una obra —explicó—, no puedo responder del plazo como si hubiera tenido capacidad para aprobarla.
—Es razonable. Pero tampoco podemos dar libertad para comprometer gastos sin control.
—No lo estoy pidiendo. Necesito un procedimiento de respuesta.
Laura consideró la propuesta unos segundos.
—Podemos fijar un circuito de validación y un responsable alternativo cuando yo no esté disponible.
Clara anotó la respuesta.
No era un acuerdo cerrado, pero por primera vez el puesto empezaba a parecerle algo que podía organizarse sobre el papel sin depender de llamadas improvisadas.
* * *
La conversación sobre la presencialidad ocupó casi veinte minutos.
Laura mantuvo la previsión de al menos cuatro días semanales en Barcelona durante noviembre y diciembre.
—El arranque requiere que conozcas bien al equipo y que estemos todos disponibles para los clientes —explicó—. No quiero empezar una unidad nueva con cada uno trabajando según un calendario diferente.
—Lo entiendo —respondió Clara—. Pero estar presente no garantiza que una reunión resulte útil.
—Por supuesto que no.
—Propongo distinguir las reuniones de coordinación interna de las visitas técnicas. Algunas podrían concentrarse y otras necesitarán fechas propias.
Laura abrió el calendario provisional.
—El problema son las incidencias.
—Por eso he incluido un sistema de seguimiento. Si conseguimos medir los tiempos de respuesta, los hitos cumplidos y los problemas que requieren presencia física, tendremos datos para revisar la organización en enero.
—¿Quieres una revisión mensual?
—Durante noviembre y diciembre, sí. Y una evaluación más completa al terminar el periodo de arranque.
Laura se quedó pensativa.
—Puedo estudiar ese sistema con los responsables de los proyectos. Pero no voy a comprometerme hoy a reducir los días de presencia.
—No te lo estoy pidiendo hoy. Quiero saber cómo vamos a evaluarlo.
—Entonces estamos de acuerdo en el objetivo, aunque no todavía en las condiciones.
Clara asintió.
La propuesta económica seguía siendo la misma: un incremento fijo del quince por ciento sobre su salario bruto actual. También se mantenían el equipo inicial de tres profesionales y la fecha propuesta del 2 de noviembre.
Lo que todavía necesitaban definir era cómo se ejercerían las nuevas responsabilidades.
Antes de despedirse, Laura propuso preparar un documento revisado de funciones, autorizaciones y criterios de seguimiento.
—Quiero que ambas sepamos exactamente qué estamos acordando antes de formalizar nada —dijo.
—Yo también.
—¿Puedes enviarme tu versión del cuadro de responsabilidades?
—Esta tarde.
—Perfecto. Seguimos hablando.
Cuando terminó la llamada, Clara dejó el bolígrafo sobre la mesa.
No había conseguido una aprobación de flexibilidad ni había aceptado el ascenso.
Pero tampoco había salido de la reunión con las mismas dudas con las que había entrado.
* * *
A media mañana, el responsable técnico de uno de los proyectos la llamó por una incidencia en la programación.
La inspección de una cubierta se había trasladado dos días y coincidía con una comprobación estructural para la que necesitaban al mismo especialista.
—Podemos mover la visita de la cubierta —propuso él—. El cliente tiene cierta flexibilidad.
Clara revisó las fechas.
—¿La inspección afecta a la entrega del informe de daños?
—Sí. Si la retrasamos, probablemente no lleguemos al viernes.
—Entonces no la movería. ¿Quién puede hacer la comprobación preliminar de la estructura?
El técnico mencionó a una compañera que había trabajado anteriormente en el inmueble.
—Que prepare la revisión documental y las fotografías previas —indicó Clara—. El especialista podrá completar después las mediciones que requieran su presencia. Pero confirma primero que el procedimiento es válido para el informe.
—Así podríamos mantener las dos fechas.
—Si la revisión preliminar resulta suficiente. No prometamos todavía algo que no hemos comprobado.
Acordaron llamar al responsable del proyecto y confirmar la distribución antes del mediodía.
Clara cerró la conversación y añadió aquel ejemplo al documento de funciones.
Era precisamente el tipo de decisión que querría poder tomar con claridad en el nuevo puesto.
* * *
Por la tarde recibió un mensaje de Daniel.
¿Cómo ha ido la reunión?
Clara terminó de guardar el cuadro de responsabilidades antes de responder.
Bien. Hemos aclarado algunas funciones y otras siguen pendientes. Pero estoy contenta.
Me alegro. ¿Ha sido una reunión de las que merecen café o de las que exigen dos?
Clara sonrió.
De las de dos. Y me he tomado tres.
Entonces debió de ser importante.
Bastante.
Daniel no le preguntó cuándo había decidido viajar a Barcelona ni qué pensaba hacer con la oferta.
Poco después le escribió otra cosa:
El miércoles salgo del taller sobre las seis. Si te apetece tomar algo un rato, me gustaría verte.
Clara miró la agenda.
El miércoles tenía varias gestiones, pero podía terminar a esa hora.
Me apetece. ¿A las seis y cuarto en la cafetería de la plaza?
Perfecto.
Dejó el teléfono junto al ordenador.
Seguía apreciando que Daniel mostrara interés por sus cosas. También agradecía poder contarle solo la parte que deseaba compartir.
No necesitaban comentar cada detalle de su trabajo para seguir acercándose.
* * *
El miércoles 21, Clara dedicó la mañana a comprobar el estado de las últimas gestiones de El Buzón de Teresa.
Había conseguido hablar con la propietaria de la carpeta pendiente. La mujer estaba fuera de Puerto Alba y no podía recogerla antes del cierre.
Acordaron que Clara conservaría provisionalmente el sobre cerrado, correctamente identificado, hasta concertar una entrega personal. La mujer confirmó por escrito que prefería esa opción y facilitó un teléfono de contacto.
Clara registró el acuerdo y guardó la carpeta separada de la documentación destinada a retirada.
No había ningún motivo para abrirla.
Después revisó el inventario. El jueves saldrían el archivador grande y la impresora antigua. La estantería metálica pertenecía a Rosa y permanecería en el local.
El electricista había realizado la actuación prevista sobre la conexión antigua. Quedaba comprobar con Rosa el estado final de aquella zona una vez retirados los equipos.
Clara preparó también los documentos que necesitaría para cerrar el establecimiento el sábado.
Mientras ordenaba los justificantes, encontró una antigua lista de compras de su madre entre dos hojas sin importancia.
Teresa había anotado sobres, papel para impresora, cinta adhesiva y una caja de galletas.
Clara reconoció la letra y sonrió.
Su madre siempre compraba galletas para ofrecer a quien tuviera que esperar.
Dejó la lista entre los papeles personales que pensaba conservar.
* * *
A las seis y cuarto, Daniel estaba esperándola en la cafetería.
Esta vez se saludaron con un abrazo breve, sin la incertidumbre de encuentros anteriores.
—¿Has tenido mucho trabajo? —preguntó él.
—Bastante. Mañana retiran los últimos muebles del local.
—Entonces ya está casi.
—Casi. Que es una palabra peligrosa.
Daniel sonrió.
Pidieron dos cafés y se sentaron junto a la ventana. Fuera empezaba a oscurecer.
Hablaron del taller y de los preparativos para el cumpleaños de Lucía, que sería en noviembre. Daniel estaba intentando averiguar qué regalo le haría ilusión sin que ella sospechara que estaba investigando.
—Podrías preguntárselo directamente —propuso Clara.
—Entonces me enseñaría una lista con quince opciones.
—Quizá eso simplificaría las cosas.
—No conoces sus listas.
Clara se rio.
—¿Son hereditarias?
—Me temo que sí.
Daniel le contó que Inés había propuesto organizar una celebración pequeña y que estaban intentando cuadrar las fechas con los compañeros de colegio de Lucía.
Clara escuchó sin sentirse obligada a participar en aquella organización. Le gustaba conocer esa parte de su vida, aunque todavía no formara parte de ella.
Después hablaron de una película que Eva había recomendado y de un restaurante nuevo sobre el que ambos habían oído opiniones contradictorias.
—Podríamos probarlo algún día —comentó Daniel.
—Cuando deje de vivir rodeada de inventarios.
—¿Eso tiene fecha?
—El veintiocho debería haber terminado.
Daniel asintió.
—Entonces ya lo veremos.
La conversación fue sencilla.
Clara no olvidó lo ocurrido con Mateo. Tampoco encontró motivos para llevar aquella discusión a cada encuentro.
Cuando terminaron el café, Daniel le preguntó si quería que la acompañara un tramo.
—Sí, gracias.
Caminaron hasta la esquina del mercado.
Allí se despidieron con un beso breve.
A Clara le gustó que no necesitaran hablar después de lo que significaba.
* * *
El jueves 22, la empresa de retirada llegó a El Buzón de Teresa poco después de las nueve.
Dos trabajadores descargaron una plataforma con ruedas, mantas de protección y correas de sujeción.
Clara les indicó qué objetos debían llevarse.
—Solo el archivador grande y la impresora —aclaró—. La estantería se queda.
Uno de los operarios revisó el marco de la puerta y colocó una protección antes de empezar.
Vacío, el archivador seguía pesando bastante. Lo inclinaron con cuidado sobre la plataforma y lo sujetaron con dos correas.
Clara observó cómo lo sacaban del local.
Durante años había estado junto a la pared del fondo. Teresa guardaba allí carpetas, suministros y papeles que consideraba útiles.
Al retirarlo quedó visible una franja de pintura ligeramente más clara.
Después llegó el turno de la impresora.
Los trabajadores la desconectaron de los cables que Clara había dejado preparados y comprobaron que no quedaba ningún elemento suelto. La colocaron sobre la plataforma y la trasladaron a la furgoneta.
—¿Algo más? —preguntó uno de ellos.
—No. Eso es todo.
Clara revisó el servicio y firmó el justificante de retirada.
Los operarios recogieron las protecciones y se marcharon.
Por primera vez desde que había empezado a vaciar El Buzón de Teresa, el local parecía realmente cercano al final.
Quedaban el mostrador fijo, la estantería de Rosa y algunos elementos que debían permanecer hasta la entrega de llaves.
Nada más ocupaba el espacio donde Teresa había desarrollado su actividad durante tantos años.
* * *
Clara cerró la puerta detrás de los trabajadores y se quedó un rato dentro.
Se escuchaba el ruido de la calle con más claridad que antes. Cada paso producía un eco pequeño, desconocido.
Se acercó a la pared del fondo.
La pintura conservaba marcas de los muebles. Había una zona más oscura junto a la ventana y dos agujeros antiguos que Rosa había acordado revisar antes de la entrega.
Clara apoyó la mano sobre el mostrador.
Recordó a Teresa ordenando formularios mientras hablaba por teléfono. Recordó las tardes en las que ella entraba deprisa, dejaba el bolso en una esquina y se quejaba de que el local siempre estaba demasiado lleno.
Su madre respondía que todo tenía su utilidad.
Clara había pasado semanas averiguando qué hacer con muchas de aquellas cosas.
Algunas habían encontrado otros lugares. Otras habían terminado su vida útil.
Ninguna decisión había sido tan sencilla como parecía desde fuera.
Abrió la ventana que daba a la plaza. Entró aire fresco y el ruido de unas personas conversando junto a la panadería.
Teresa solía abrirla después de comer porque decía que allí dentro se acumulaba el calor incluso en invierno.
Clara permaneció unos minutos escuchando la calle.
No lloró.
Tampoco sintió alivio.
Le dolía que el negocio de su madre estuviera terminando y, al mismo tiempo, agradecía haber llegado hasta aquel punto.
Antes de salir comprobó que la zona eléctrica estaba despejada y envió a Rosa dos fotografías para organizar la revisión final.
Después cerró la ventana.
* * *
Esa tarde, en casa de Teresa, Clara preparó una lista para el sábado.
Tenía que comprobar el inventario definitivo, dejar visibles los datos de contacto para cualquier gestión pendiente y colocar un aviso de cierre.
También debía acordar con Rosa la comprobación del local antes de entregar las llaves el miércoles siguiente.
Abrió un documento y escribió:
El Buzón de Teresa cerrará definitivamente el sábado 24 de octubre.
Debajo añadió una fórmula sencilla de agradecimiento a quienes habían confiado en Teresa durante los años de actividad.
No quiso convertirlo en una despedida grandilocuente.
Imprimió el cartel y lo dejó preparado junto a la carpeta del inventario.
Después comprobó que el acuerdo de entrega de la última documentación privada seguía correctamente registrado.
En la agenda marcó el sábado 24 y el miércoles 28.
Cerró la carpeta y dejó el cartel junto a las llaves del establecimiento, listo para llevarlo a la mañana siguiente.