CAPÍTULO 22. EL ÚLTIMO DÍA DE TERESA
Dio dos pasos hacia atrás, inclinó la cabeza y volvió a despegar una esquina.
—Ahora sí —murmuró.
En el papel se anunciaba que el establecimiento cerraría definitivamente al día siguiente.
Debajo figuraba una frase de agradecimiento a quienes habían confiado en Teresa.
Clara la había escrito, borrado y vuelto a escribir varias veces hasta encontrar unas palabras que no sonaran a nota de empresa ni a despedida de funeral.
Desde la calle podía leerse sin dificultad.
Entró y comprobó las últimas hojas del inventario.
El justificante de retirada de la impresora y del archivador grande estaba archivado junto a los de los muebles entregados anteriormente.
La estantería metálica de Rosa permanecía en la pared del fondo; el mostrador fijo seguía donde siempre.
El electricista había terminado su intervención y solo faltaba que Rosa revisara el resultado con ella.
La única carpeta privada todavía pendiente no estaba allí. Clara la había guardado, cerrada y etiquetada, en un lugar seguro de casa de Teresa, conforme al acuerdo escrito con su propietaria.
Abrió uno a uno los compartimentos del mostrador.
Encontró tres clips, una goma elástica y el tapón de un bolígrafo que no aparecía por ninguna parte. No quedaban documentos ajenos.
Puso los clips en una bolsa pequeña y se quedó mirando el tapón azul.
Su madre había perdido tapas de bolígrafo con una frecuencia asombrosa. Luego acusaba a los clientes de llevárselas, aunque Clara la había visto más de una vez guardarlas en un bolsillo y olvidarse de ellas.
Dejó el tapón con los últimos objetos personales.
Rosa llegó a media mañana. Revisaron la conexión intervenida, las paredes que habían quedado al descubierto y la zona donde había estado la impresora.
—El miércoles venimos con tiempo —dijo Rosa—. Miramos las lecturas, repasamos el estado del local y firmamos la entrega.
—A las diez, como hablamos.
—A las diez.
Rosa pasó la mano por el borde del mostrador.
—Cuesta verlo así.
—Todavía me parece que falta algo por recoger.
—Eso nos pasa cuando desaparecen los muebles. Antes tapaban medio local.
Clara sonrió.
Rosa no intentó decirle que Teresa habría estado orgullosa ni que todo ocurría por alguna razón. Se limitó a comprobar que la cerradura funcionaba bien antes de marcharse.
A última hora Clara guardó en una bolsa las fotografías que había querido conservar y el pequeño bote de lápices que había estado siempre sobre el mostrador. No necesitaba llevarse nada más.
Cerró y volvió a casa con la bolsa colgada del hombro.
* * *
El sábado 24 abrió a las diez.
Había decidido mantener unas horas de atención únicamente para informar del cierre y resolver cualquier consulta relacionada con las gestiones ya iniciadas. No quedaba material para asumir encargos nuevos, y así lo indicaba un aviso junto a la entrada.
La primera persona que llegó fue una mujer de unos sesenta años que buscaba confirmar dónde debía presentar una solicitud cuyo plazo vencía la semana siguiente.
Clara le explicó que el establecimiento ya no preparaba documentos, pero comprobó con ella que tenía anotado el nombre correcto del organismo y le recordó que debía consultar las instrucciones oficiales antes de entregarla.
—Tu madre me ayudó una vez con un formulario de becas —contó la mujer mientras guardaba sus papeles—. Me había saltado una página entera.
—Era fácil que pasara.
—Teresa me hizo empezar otra vez desde el principio. Yo me enfadé, porque llevaba una hora allí sentada.
—Eso también era muy suyo.
—Al final estaba bien hecho. Pero salí jurando que no volvería a pedirle ayuda.
—¿Y volvió?
—A los quince días, con otro papel.
Las dos se rieron.
La mujer miró el cartel de la puerta antes de marcharse.
—Tenía paciencia para explicar las cosas. Para las prisas, ninguna.
Clara la acompañó hasta la entrada.
—Gracias por venir.
—Que te vaya bien, hija.
No añadió nada más.
Clara regresó al mostrador y se sentó en una silla plegable que había llevado para aquella mañana.
Teresa había pasado años explicando procedimientos que a veces también la desesperaban. Clara recordaba verla señalar casillas con un dedo y obligar a sus clientes a leer lo que iban a firmar.
«Si no lo entiendes, no lo firmes todavía», repetía.
Nunca había sido una mujer especialmente dulce al decirlo.
* * *
Poco antes de las once apareció un hombre que Clara reconoció de haberlo visto en la plaza, aunque no recordaba su nombre.
Se presentó como Julián Ortega, antiguo cliente de Teresa.
—No vengo a pedirte nada —dijo—. Solo vi el aviso.
Clara lo invitó a pasar.
Julián observó el espacio vacío.
—Madre mía. Antes aquí no cabía ni un alfiler.
—Hemos tardado semanas en conseguirlo.
—Tu madre decía que todo lo que entraba por la puerta encontraba sitio. Salvo las personas que venían sin cita.
Clara soltó una carcajada.
—Eso me suena.
—Una vez me hizo esperar fuera mientras terminaba de atender a una señora. Empezó a llover y yo entré hecho una sopa. Teresa me dio una toalla y luego me riñó por no llevar paraguas.
—Podría haber sido perfectamente ayer.
Julián sonrió.
—Al día siguiente dejó uno viejo detrás de la puerta. Me dijo que no pensaba volver a secarme.
Clara miró hacia el rincón donde había estado el paragüero.
Conocía aquel paraguas: negro, con una varilla torcida. Su madre había insistido durante años en que era perfectamente utilizable.
—Era generosa a su manera —dijo Clara.
—Y tenía un genio considerable.
—Eso también.
Julián se despidió sin alargar el momento. Había ido a decir algo concreto, y lo había hecho.
Después de que se marchara, Clara descubrió que aquellas dos visitas le habían permitido recordar a su madre con más precisión que muchas frases de pésame.
* * *
Eva llegó cerca del mediodía con dos cafés en una bolsa de cartón.
—He supuesto que no querrías abandonar el puesto —dijo.
—Tengo un horario de atención al público extremadamente exigente.
Eva miró alrededor.
—Se nota. Hay una cola impresionante.
Clara aceptó el café y las dos se sentaron junto a la ventana.
—¿Cómo lo llevas?
—Bien a ratos. Ahora mismo, cansada.
—Es una respuesta bastante convincente.
Eva observó el bote de lápices que Clara había apartado.
—¿Te lo llevas?
—Sí. Mi madre lo tenía desde que yo era pequeña.
—Parece haber sobrevivido a varias guerras.
—Y a muchos bolígrafos.
Conversaron sobre la librería. Eva estaba preparando un pedido para Navidad y dudaba entre aumentar las novedades de narrativa o reservar espacio para libros ilustrados.
Clara le preguntó cuáles habían funcionado mejor el invierno anterior.
—¿Vas a hacerme un estudio de mercado aquí mismo? —bromeó Eva.
—Puedo limitarme a tomar café si lo prefieres.
—Hoy te lo permito.
Cuando Eva se levantó para volver a La Orilla, le preguntó si quería que pasara al cerrar.
—No hace falta —respondió Clara—. Pero gracias por venir.
—Entonces te llamo mañana y me cuentas cómo estás.
Se abrazaron brevemente.
Clara la vio cruzar la plaza hacia la librería, con la bolsa de cartón vacía en una mano.
* * *
A la una recibió un mensaje de Daniel.
¿Cómo va la mañana? Si te apetece compañía después de cerrar, puedo acercarme. Si prefieres estar sola, lo entiendo.
Clara lo leyó dos veces.
No quería que alguien organizara aquella despedida por ella. Tampoco deseaba quedarse sola toda la tarde.
Voy a cerrar sobre las dos. Me gustaría verte después, pero quiero hacerlo yo sola.
De acuerdo. ¿Nos vemos a las dos y cuarto en la panadería?
Perfecto.
Guardó el móvil.
Durante la última hora entraron dos personas más para preguntar por el cierre y por la manera de contactar con Clara si quedaba alguna cuestión pendiente.
Les explicó que las gestiones del establecimiento terminaban ese día y que cualquier asunto documental ya acordado se resolvería de forma individual.
A la una y cincuenta empezó a recoger.
Separó los justificantes que debía conservar de los papeles que podían desecharse. Guardó el bote de lápices, los clips y el tapón azul en su bolsa.
Revisó el mostrador, la estantería y los compartimentos vacíos.
Todo estaba en orden.
Entonces vio que había dejado la silla plegable abierta.
La cerró y la apoyó junto a la puerta para llevársela.
Era una operación sencilla, pero tardó varios segundos en dar el siguiente paso.
* * *
Clara había visto a Teresa cerrar aquel local cientos de veces.
Su madre solía comprobar la ventana dos veces, aunque acabara de hacerlo. Después buscaba las llaves en el bolso, no las encontraba y acusaba a la cerradura de ponerle las cosas difíciles antes de descubrir que las llevaba en la mano.
A Clara le irritaba aquella pequeña ceremonia cuando era adolescente.
Ahora se encontró repitiendo la primera parte.
Comprobó la ventana.
Después volvió a comprobarla.
Apagó la luz del fondo y, finalmente, la del mostrador.
Desde la puerta, el local parecía aún más vacío que el jueves. La franja de pintura clara donde había estado el archivador se distinguía en la pared. La estantería de Rosa proyectaba una sombra larga sobre el suelo.
Clara recordó una tarde en la que había entrado enfadada por una discusión en el instituto. Teresa estaba terminando de ayudar a un hombre a redactar una reclamación y le había dicho que esperara cinco minutos.
Habían sido veinte.
Cuando por fin pudo contarle lo sucedido, su madre escuchó la historia mientras recogía lápices y recibos. No le dio la razón en todo. De hecho, le señaló que quizá había contestado peor de lo que recordaba.
Clara se había enfadado todavía más.
Aquella noche cenaron juntas y terminaron riéndose del asunto.
No había sido una conversación extraordinaria. Probablemente Teresa la olvidó al día siguiente.
Clara no.
La memoria le llegó sin aviso, tan nítida que tuvo que sujetar un momento el respaldo de la silla.
Le habría gustado volver a discutir con su madre por algo sin importancia.
Dejó salir el aire despacio.
Después se echó la bolsa al hombro, sacó la silla plegable y cerró la puerta.
Giró la llave una vez y comprobó que había quedado cerrada.
Miró el cartel a través del cristal.
El Buzón de Teresa cerrará definitivamente el sábado 24 de octubre.
Ya era sábado 24.
La actividad había terminado.
Clara guardó las llaves en el bolso. Todavía tendría que volver con Rosa el miércoles para entregarlas.
Pero no volvería a abrir como había abierto aquella mañana.
* * *
Daniel estaba esperando cerca de la panadería cuando ella llegó.
No se acercó de inmediato.
—¿Has terminado? —preguntó.
—Sí.
Miró la bolsa y la silla plegable.
—¿Quieres que te lleve algo?
—La silla, si no te importa.
Daniel la cogió y caminaron juntos hacia una terraza que todavía tenía mesas libres.
Clara pidió agua. Daniel, un café.
Durante un rato no hablaron del local. Daniel le contó que había pasado la mañana preparando una entrega del taller y que el lunes tendría que revisar unas piezas que habían llegado con retraso.
Clara escuchó agradecida.
Después él preguntó:
—¿Cómo ha sido?
—Menos triste de lo que esperaba. Y más, en algunos momentos.
Daniel asintió.
—Ha venido gente a hablarme de mi madre —continuó Clara—. Una señora que recordaba lo estricta que era con los formularios. Y un hombre al que le prestó un paraguas después de reñirle por mojarse.
—Eso último suena bastante a Teresa.
—Mucho.
Clara sonrió y apoyó el vaso en la mesa.
—Creo que llevaba semanas despidiéndome del local sin darme cuenta. Hoy solo he tenido que cerrar la puerta.
—No parece poca cosa.
—No lo es.
Daniel no intentó encontrar una frase que mejorara aquel momento.
Cuando terminaron, caminaron juntos hasta la calle de la casa de Teresa.
Clara le pidió que dejara la silla junto a la entrada.
—Gracias por venir —dijo.
—Me alegro de que me lo hayas dicho.
Ella se acercó y le dio un abrazo. Daniel la sostuvo sin apretarla más de lo necesario.
Clara entró en casa con la bolsa de sus últimos recuerdos.
Dejó el bote de lápices sobre la mesa de la cocina, junto a la fotografía en la que Teresa y ella aparecían con los ojos cerrados.
Luego sacó las llaves de El Buzón de Teresa del bolso y las colocó en un plato pequeño, donde podría encontrarlas el miércoles.